domingo, 27 de diciembre de 2015

EN BUSCA DE UN SUEÑO

Puede que los sueños estén desprestigiados. El viejo calificativo de “soñador” no dice bien de una persona. Y, sin embargo, no podemos vivir sin sueños. Es la señal de que uno está vivo. Solamente los muertos carecen de sueños. Es cierto que, con frecuencia, nuestros sueños están escondidos, agazapados. Diríase que no existen. Pero están ahí, debajo de la piel, callados a veces, activos otras. Pero siempre ahí.
   Hablamos de sueños, no ensoñaciones. Los sueños son tales cuando se pone algo de nuestra parte para que puedan ser una realidad. Las ensoñaciones, por el contrario, son sueños sin intención de poner nada de nuestra parte. Estos se esfuman como la niebla; los otros persisten cada vez que damos un paso en la dirección que marcan.
   Por experiencia sabemos que, generalmente, nuestros sueños son pequeños, se adaptan a lo cotidiano. Hay quien piensa que, de pequeños que son, nuestros sueños son raquíticos. Pero, de cualquier manera, en esos sueños, en esos anhelos se urde nuestra vida. Son su esqueleto. Sin ellos, nuestra vida se derrumbaría como un castillo de arena. Por eso resulta preciso mirar con aprecio el mundo de nuestros sueños, incluso de los sueños que hace brotar el mundo de la fe.
   Y dando un paso más se podría decir que Dios tiene sus sueños. Lo sabemos por Jesús (el gran sueño de la fraternidad, el reino), lo sabemos por los escritos del NT (reconciliar todo: Efesios, Colosenses). Y lo sabemos por el “misterio abrupto” (Rahner) de la encarnación. ¿Qué otra cosa puede querer decir este loco afán de Dios de querer mezclarse a lo nuestro sino mostrar la evidencia del gran sueño del Dios de Jesús de mezclarse hasta el fondo con nuestro pobre camino humano?
   Podríamos vivir este año la Navidad como el tiempo en el que contemplamos el sueño que Dios acaricia: el de unirse a lo nuestro para que eso nuestro, tan humilde, cobre otro brillo y tenga horizonte. Esto nos unirá con todos los sueños de las personas, sobre todo con las de quienes están peor.
Fidel Aizpurúa 
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