Pero resulta que esas ideas, discursos, propuestas que hacemos, solo se dan en lo concreto, toman cuerpo determinado en la realidad cotidiana de nuestras vidas. No existe el huevo, sino este o aquel huevo; no hay valores sino un acto determinado de generosidad de una persona a otra, o de un grupo organizado de un lugar a alguien con nombre y apellido.
En la vida espiritual, pasa exactamente lo mismo. Mi amor no es en general, sino concreto, a personas determinadas por medio de medios concretos. La fe que tengo en Dios se vehicula en tiempos y espacios concretos; me hace vivir sentimientos determinados, me activa movimientos y palabras definidas, me acerca a personas con rostro único…
Lo concreto me hace vivir lo más sublime en tiempos y espacios determinados, con toda su carga de ambivalencia, mediocridad, mezcla… Pero me hace vivir lo más elevado en verdad, ya que toma tierra. Lo concreto me ayuda a vivir en verdad, aunque no tenga el brillo de lo puro.
Lo concreto solo se puede vivir en humildad. Sólo en las personas concretas de carne y hueso, con todo lo que llevan de imperfección, se da la salvación de Dios. Cuando dice nuestra fe que la Palabra se hizo carne, apunta a que se ha encarnado en un cuerpo, en un tiempo, en un espacio concreto; y lo vimos en Jesús el nazareno. Dios es el más humilde.
Carta de Asís, abril 2025