Sucede con frecuencia que atendemos a cómo va nuestra oración, nuestras mociones interiores, nuestros sentimientos; también si damos tiempo a Dios, si tomamos parte en las celebraciones. Cuidamos que nuestras opiniones sean razonadas desde una sensibilidad creyente, abiertas a la presencia de Dios en nuestra vida, etc. Y todo eso así ha de ser. Sin embargo, la prueba del algodón de nuestra fe y su espiritualidad está en la relación que mantenemos con los hermanos, las hermanas. Ahí se ve en su verdad nuestra fe en el Dios de Jesús.
Y no es tanto si cumplimos o no con el mandato del amor, sino si nuestra vida se va configurando, tomando forma desde el trato de cariño y servicio que damos a los demás. Muchas veces uno no “siente el amor” por los que lo necesitan. Quizá no se dan las mejores circunstancias para “sentir amor”. Pero uno sabe que se debe a esa persona porque está en necesidad, porque su situación requiere atención, dedicación. El centro ya no está en mí, sino en la otra persona. Ese movimiento nos acerca a Jesús, y nos hace sintonizar con El.
No hay que razonar mucho para activar ese movimiento de cercanía hacia quien nos necesita; tampoco tendremos que complicarnos sobre los modos más adecuados de ese acercamiento. Sencillamente, reconociendo que Dios ha hecho por nosotros infinitamente más que lo que imaginamos, dejamos que su amor fluya a través de nosotros hacia los que lo necesitan, lo veamos o no, lo sintamos o no (Jn 2,9-11)
Carta de Asís, enero 2026

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