jueves, 22 de enero de 2026

CUENTOS CON VALORES: EL SACRIFICIO

Nada es imposible

Cuentan que en la periferia de una ciudad canadiense, en un soleado día de invierno, dos niños patinaban alegremente sobre una laguna congelada. Los niños no se habían percatado de que en el centro de la laguna había una bandera roja que anunciaba hielo quebradizo.

Los niños jugaban alegremente, sin preocupación, al no percibir el peligro que corrían.
De pronto, el hielo se reventó y uno de los niños cayó al agua.

El otro niño, viendo que su amiguito era llevado por la ligera corriente unos metros más lejos y se ahogaba debajo del hielo, tomó una piedra y empezó a golpear con todas sus fuerzas hasta que logró romperlo y así salvar a su amigo.

Un automovilista que pasaba dio la alarma y corrió con una manta a socorrerlos, pero no se atrevía a ir más allá de la orilla por temor al hielo quebradizo.

Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había sucedido, se preguntaron: «¿Cómo un niño tan pequeño fue capaz de romper un hielo de más de dos pulgadas de ancho? El hielo está muy grueso, es imposible que lo haya podido quebrar con esa piedra y sus manos tan pequeñas».

En ese instante apareció un anciano, quien les dijo: «Yo sé cómo lo hizo». «¿Cómo», le preguntaron al anciano, que contestó: «No había nadie a su alrededor para decirle que era imposible que lo pudiera hacer».

 

martes, 20 de enero de 2026

EL LEGADO DE FRANCISCO: HUMILDAD

Reconocer la verdad de uno mismo

La humildad de Francisco no nació de sentirse pequeño, sino de reconocer la verdad de lo que era: un hombre amado, frágil y lleno de deseo de bien. Él descubrió que la humildad no es rebajarse, ni negarse el valor, ni aceptar que somos menos; es más bien mirar con honestidad lo que llevamos dentro, sin exagerarlo ni esconderlo.

Vivir con humildad significa aceptar con serenidad nuestras luces y nuestras sombras. Significa comprender que necesitamos a los demás, que no podemos solos, que nadie nace sabiendo amar. Francisco vivía desde esa verdad: escuchaba incluso a quienes pensaban distinto, aceptaba correcciones sin enfadarse y sabía pedir perdón cuando fallaba.

La humildad es la puerta de la libertad interior. Cuando dejamos de aparentar lo que no somos, empezamos a construir relaciones más sinceras. Cuando no nos creemos superiores, aprendemos a caminar con otros. Y cuando no nos sentimos inferiores, nos atrevemos a dar lo mejor de nosotros.

Preguntas para la reflexión personal
  • ¿Qué verdades sobre mí mismo me cuesta aceptar?
  • ¿En qué situaciones me cuesta escuchar o dejarme corregir?
  • ¿Cómo reacciono cuando me equivoco? ¿Qué me enseña eso sobre mi humildad?

jueves, 15 de enero de 2026

EL PRÓJIMO SEÑALA MI VERDAD

Nuestra identidad cristiana y de carácter franciscano en concreto, la solemos asociar a un tipo de espiritualidad con los tintes peculiares del santo de Asís. Así asociamos a Francisco con la sencillez, con la pobreza, con la naturaleza… Pero lo que de verdad nos identifica como cristianos no es el tinte con el que coloreamos la espiritualidad, sino el tipo de relación que mantenemos con los demás.

Sucede con frecuencia que atendemos a cómo va nuestra oración, nuestras mociones interiores, nuestros sentimientos; también si damos tiempo a Dios, si tomamos parte en las celebraciones. Cuidamos que nuestras opiniones sean razonadas desde una sensibilidad creyente, abiertas a la presencia de Dios en nuestra vida, etc. Y todo eso así ha de ser. Sin embargo, la prueba del algodón de nuestra fe y su espiritualidad está en la relación que mantenemos con los hermanos, las hermanas. Ahí se ve en su verdad nuestra fe en el Dios de Jesús.

Y no es tanto si cumplimos o no con el mandato del amor, sino si nuestra vida se va configurando, tomando forma desde el trato de cariño y servicio que damos a los demás. Muchas veces uno no “siente el amor” por los que lo necesitan. Quizá no se dan las mejores circunstancias para “sentir amor”. Pero uno sabe que se debe a esa persona porque está en necesidad, porque su situación requiere atención, dedicación. El centro ya no está en mí, sino en la otra persona. Ese movimiento nos acerca a Jesús, y nos hace sintonizar con El.

No hay que razonar mucho para activar ese movimiento de cercanía hacia quien nos necesita; tampoco tendremos que complicarnos sobre los modos más adecuados de ese acercamiento. Sencillamente, reconociendo que Dios ha hecho por nosotros infinitamente más que lo que imaginamos, dejamos que su amor fluya a través de nosotros hacia los que lo necesitan, lo veamos o no, lo sintamos o no (Jn 2,9-11)

Carta de Asís, enero 2026

martes, 13 de enero de 2026

INFLUENCER SIN REDES

En el mundo del marketing, uno de los ámbitos que más auge está teniendo en los últimos años es el de la marca personal. Lo que hoy llamamos influencers o youtubers no suelen ser fruto de la improvisación. Detrás de ellos hay, normalmente, un trabajo serio de reflexión, coherencia y constancia. Más que un personaje ficticio, construyen una línea reconocible de presencia en los medios.

Cuando uno entra en sus redes sociales -Instagram, YouTube o cualquier otra- sabe, más o menos, qué se va a encontrar.

Pero esto no es algo reservado solo a profesionales del marketing. En realidad, todas las personas tenemos una marca personal, aunque no la hayamos diseñado conscientemente. Basta con tener una cuenta de WhatsApp, un perfil en alguna red social o, simplemente, participar en un grupo. Desde el momento en que estamos ahí, nos mostramos. Queramos o no, comunicamos algo de nosotros mismos a quienes nos leen o nos observan con curiosidad.

También los frailes.

Por eso se me ha ocurrido este pequeño ‘juego’ de lectura bíblica que comparto con vosotros hoy, festividad del Bautismo del Señor: mirar la figura de san Juan Bautista con las gafas del marketing. No para convertirnos en influencers, ni mucho menos, sino como un ejercicio para pensar, sonreír y tomar conciencia de algo importante: nuestra presencia -también la digital- deja huella y puede convertirse en lugar de evangelización.

jueves, 8 de enero de 2026

ORACIÓN PARA EL INICIO DEL AÑO EN EL OCTAVO CENTENARIO FRANCISCANO

Altísimo, Todopoderoso, Buen Señor,
al comienzo de este nuevo año,
nos presentamos ante Ti
en el tiempo de gracia de los ochocientos años
del testimonio de San Francisco.

Desde Asís,
cuna de un Evangelio vivo,
te damos gracias
por el don de una historia
que aún habla al mundo
de paz, fraternidad y conversión del corazón.

En este año de memoria y profecía,
concédenos no solo celebrar el pasado,
sino acoger la llamada
que a través de San Francisco
sigue resonando en la Iglesia y en la humanidad.

Haznos elegir lo esencial,
caminar con los pequeños,
cuidar la creación como nuestra casa común,
reconocer a cada hombre y mujer
como hermano y hermana.

Bendice este nuevo año,
para que sea un tiempo de renovación interior,
de escucha del Evangelio,
de paz buscada y construida,
de esperanza sembrada incluso en las heridas del mundo.

Por intercesión de San Francisco de Asís,
que también hoy seamos un signo vivo
de tu amor salvador.

Amén.