jueves, 5 de marzo de 2026

LA LIMOSNA QUE NADIE VE

En Mt 6, 4 podemos leer: «… tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará».

Hacer en lo secreto… y hoy lo secreto no se lleva. Queremos airear todo lo nuestro. Lo digo, pero para nada soy un ejemplo a seguir. Las redes nos tienen atrapados, aunque sea para buenos fines: evangelizar; promocionar nuestros grupos, parroquias, colegios…; transmitir nuestros valores; compartir nuestros talentos… Ahí estamos y, probablemente, es ahí donde debemos estar. Pero esta es una reflexión para otro momento.

La Cuaresma invita al sacrificio en secreto, que es doble sacrificio. Y fíjate que el sacrificio puede ser evangelizador, nada más que hay que ver la Cruz. Sin embargo, también Jesús habla de hacer en secreto. Que solo lo sepa Dios.

Hoy hay tantos sufriendo en secreto: quien ha padecido una pérdida, quien no se quiere a sí mismo, quien no ve salida en su vida, quien cree que no tiene nada que ofrecer, quien no encuentra sentido a su dolor, quien vive siempre bajo una perenne sombra… En lo secreto cargan y van tirando, en lo secreto piden, y en lo secreto tenemos que dar nuestra limosna. Eso es una auténtica revolución social: hacer el bien en lo secreto.

Y la limosna más valiosa que podemos dar es nuestro tiempo: para escuchar, para sostener, para animar, para acompañar, para dar esperanza, para arrimar el hombro, para tirar, para empujar.

Como he dicho al principio, no soy un ejemplo. Esto es un recordatorio que me hago a mí misma mientras escribo, y que deseo que sirva también para vosotros. Caridad, sacrificio, limosna…y en secreto. Y Dios, que ve en lo secreto, nos recompensará. Aunque sea esponjando y ensanchando este duro corazón, que ya es mucho.

Almudena Colorado

martes, 3 de marzo de 2026

HACER MEMORIA

En nuestro mundo tan tecnificado, la palabra memoria está asociada casi automáticamente a la capacidad que tienen las computadoras para almacenar datos, números, bits… Sin embargo, memoria es algo bastante más que la mera acumulación de datos para su posterior utilización.

Cuando hablamos de hacer memoria, tiene más que ver con la capacidad de recordar lo vivido. “Re-cordar” sería algo así como volver a pasar por el corazón. Y este re-memorar nos ayuda a vivir la vida de modo más humano. La memoria no solo de lo vivido en nuestra biografía, sino lo vivido por los hombres y mujeres que nos han precedido. Ellos, que vivieron lo que les tocó vivir, nos ayudan ahora en nuestra vida porque nos ha llegado su memoria, sus vivencias, sus apuestas vitales, sus idas y venidas. Y sobre todo, sus aprendizajes sobre nuestra condición humana, y los valores y modos que más ayudan en nuestra situación.

Quizá, si no perdiéramos la memoria de la sabiduría existencial de las vidas pasadas, nuestro modo de vida sería de un modo más humano. Además de tecnología y eficacia, necesitamos aprender que lo que nos hace más humanos no son los avances científicos y técnicos, sino la memoria de la sabiduría que nos ayuda a vivir y a morir; la sabiduría de los consejeros, sean estos letrados o analfabetos. Porque aprendieron en propia carne la sabiduría de la existencia: el nacimiento, el amor, el dolor, la muerte, la esperanza…

Uno de los ejercicios que más ayudan a vivir la fe es el recuerdo, el hacer memoria de la maravillas que Dios ha hecho en el mundo, y en cada uno de nosotros. Los cristianos hacemos memoria de Jesús cada vez que nos reunimos en su nombre. Es más que traer a nuestra mente su recuerdo; es hacerle presente hoy y aquí para nuestra vida y la del mundo.

Carta de Asís, marzo 2026

domingo, 1 de marzo de 2026

SER HERMANO EN LA HERIDA

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

En el monte Tabor, los discípulos contemplan a Jesús transfigurado. La luz los envuelve, el miedo se vuelve asombro y quisieran quedarse allí para siempre. Es una experiencia alta, luminosa, donde descubren quién es realmente su Maestro: el Hijo amado de Dios. Pero esa gloria no es para instalarse. Hay que bajar del monte y anunciarlo.

Algo semejante -aunque por el camino contrario- vive san Francisco de Asís cuando se encuentra con el leproso. Pero esta vez no hay luz deslumbrante ni nubes de gloria. Hay olor, rechazo, pobreza, carne herida. Y, sin embargo, Francisco reconoce allí al mismo Jesús, abraza al que le daba repugnancia… y en ese gesto descubre el rostro de Cristo. Al final de sus días dirá algo asombroso: “Lo que me parecía amargo se me volvió dulcedumbre del alma".

Los discípulos ven a Jesús glorioso en el monte. Francisco lo encuentra escondido en el sufrimiento. Ambas experiencias revelan lo mismo: Cristo se manifiesta tanto en la luz como en la herida. Dios se deja encontrar en lo alto… y también en lo más bajo. El Tabor nos enseña quién es Jesús. El leproso nos enseña dónde encontrarlo.

Tal vez hoy nuestro camino no pase por montes luminosos, sino por encuentros incómodos, personas difíciles o situaciones que quisiéramos evitar. Pero allí también espera Cristo. Y muchas veces, justo donde más resistimos amar, Dios prepara nuestra mayor transformación.


jueves, 26 de febrero de 2026

TU OSCURIDAD SE VOLVERÁ MEDIODÍA

Cuántas veces las propias oscuridades (heridas, dolores, soledades, fracasos, temores, angustias, rechazos) se convierten en un agujero negro que atrapa toda la vida en una nube de malestar. Uno vive vuelto sobre sí mismo, rumiándose las heridas, lamentando aquello que se ha convertido en fuente de dolor. Y tratas de pensar, de trabajarte por dentro, de buscar caminos para la superación personal. Buscas salida, y buscas a Dios, pero cuanto más te centras en ti mismo o más vuelves sobre tus tormentas y dramas, entonces más te atrapa el desaliento y más al fondo del pozo caes.

Y, sin embargo, qué sencillo era: “Si das tu pan al hambriento y sacias el estómago del indigente, surgirá tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”. Estas palabras de Isaías (Is 58,10) son impresionantes por certeras. El camino es descentrarse. El camino es salir de los propios dramas para asomarse a los ajenos. Y lejos de sucumbir al peso del instante, elegir el amor al prójimo como lógica. Negarse a dejar que el propio sufrimiento te envuelva, como un narciso atrapado en un espejo de aflicción. Y mirar, más allá de ti, a las otras necesidades. La de quien pasa hambre, la de quien lidia con la soledad, la de quien busca sentido para su vida, la de quien experimenta la exclusión por los motivos que sean. La oscuridad no es tener problemas -que todos los tenemos- sino dejar que apaguen en uno la capacidad de compadecerse y actuar por los otros. La compasión es el camino.

Quien ama al prójimo, brilla, con el fulgor de Dios que se refleja en cada uno. Y entonces ni el llanto, ni el dolor, ni la aflicción, ni la tristeza, pueden apagar esa luz, que Dios mismo sembró en nuestra entraña.

José María Rodríguez Olaizola, sj