viernes, 17 de septiembre de 2021

¿QUÉ DICEN LOS EVANGELIOS SOBRE EL TRABAJO?

En la sociedad de Jesús el trabajo no tiene una concepción tan sacral como después se ha tenido en la iglesia o en la misma sociedad (base de la dignidad). Es, simplemente, el modo de sobrevivir y se refiere, casi en todos los casos, al trabajo manual (hasta los mismos fariseos aprendían un oficio para no vivir de la ley, según 1 Tes 2,9.

El trabajo de las clases bajas (Jesús si es hijo de un artesano es uno sin tierras, bajo en la pirámide social) es precario y casi sin regular. Fundamentalmente agrícola (más allá de servicios como la construcción) y, en el caso de Galilea en relación con la pesca del lago. El pastoreo y la vid como trabajos propios de todo país mediterráneo. 

  • Según Mt 13,55 Jesús era el hijo de un tekton, un obrero manual, un peón sin especializar que, posiblemente, habría trabajado en las grandes obras romanas de Cesarea y Séforis. No se sabe muy bien porqué su trayectoria de predicador itinerante apunta más a las aldeas que a la ciudad. De cualquier manera, parece que fue uno que vivió del trabajo de sus manos. El que fuera “hijo del carpintero” (Mt 13,55) puede apuntar a trabajos artesanos o puede referirse a asuntos sinagogas (el rabino como el constructor de la ley, según Geza Vermes).
  • Según Mt 4,20 Pedro y Andrés estaban en plena faena de pescadores cuando fueron llamados, lo mismo que Juan y Santiago. Jesús se rodea de gente trabajadora, predominantemente del gremio de los pescadores por andar por la zona de Cafarnaún (Lc 4,1). Gente trabajadora y algo tosca (recordar las imágenes de Pedro que pinta Caravaggio).
  • En Jn 4,33-38 se habla del trabajo de unos sembrando y de otros recogiendo, aludiendo a la predicación de la misión primitiva cristiana. Es un indicio de que los evangelios, como Pablo, consideran la predicación itinerante un trabajo ligado al reino.

Texto: Mt 25,14-30: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: "Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco." Su señor le dijo: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor." Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: "Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos." Su señor le dijo: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor." Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: "Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo." El señor le respondió: "Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes».

  • Siempre se ha leído este pasaje en modos productivistas: Dios te ha dado una serie de talentos, de valores, tú tienes que hacerlos producir en la mayor cantidad posible. No se pregunta por qué ni para quién. Tú, obedece y produce.
  • El hombre que se va de viaje no es ninguna joya, además de ser rico: siega donde no siembra, recoge donde no esparce. Es decir, es un “todo para mí” neto (en Lc 19,11-28 es todavía peor: un rey ambicioso y vengativo): las ganancias son para engrosar sus haberes no para beneficio de otros, por más que premie la labor de los productores prometiéndoles ponerles al frente de mucho.
  • Pero al de un talento se le enciende una bombilla: ¿para quién produzco? Para un tirano. Y toma una decisión drástica: no quiero trabajar para un opresor ambicioso. Ni siquiera voy a darle el gusto de que el banco le pague los intereses. Devuelve el denario tal cual y corta con el sistema. Éste, que no es manco, lo rechaza y lo excluye. El trabajador lúcido que ha descubierto el para quién prefiere vivir en las tinieblas de su libertad que en la “luz” del sometimiento. Un adelantado del trabajo decente. El sistema premia al que tiene diez para que no se le ocurra seguir los pasos del que devuelve el uno. Esta interpretación ya la proponía Eusebio de Cesarea, padre de la Iglesia, en el siglo IV.

Aplicación: El trabajo decente como elemento de cohesión social. El trabajo es hoy, en las sociedades modernas, un elemento de disgregación social. La lucha por el empleo es muy parecida a la lucha por la vida. No es de extrañar que los modos sociales que engloban la mística del trabajo, los sindicatos, no solamente estén en crisis de afiliación sino, incluso, en crisis de sentido. Con una clase obrera profundamente fragmentada y dispersa, con la mayoría de los trabajadores en precario, con una patronal crecida y con los viejos partidos obreros habiendo perdido esa condición, los sindicatos están obligados a asumir funciones que van más allá de los intereses de sus afiliados y que van también más allá de concebir los centros de trabajo como el núcleo fundamental de la lucha. Para muchos obreros, el sindicalismo está desprestigiado. Esto ha abierto la veda de un individualismo laboral que se ve corroborado por la “indecencia” del trabajo temporal. La lucha por el empleo es cruel.

Podría ser de otra manera: el trabajo decente podría ser elemento aglutinante porque con él se eleva el nivel de dignidad, verdadero pegamento de la vida en sociedad. Con claridad lo dicen quien inventó la noción de trabajo decente: “No se trata simplemente de tener un trabajo para tener un ingreso y un nivel de vida material como en la concepción tradicional del empleo. Se trata del trabajo como fuente de autoestima y de dignidad personal, de paz en la comunidad y de cohesión en la sociedad”. El trabajo decente sería, pues, una de las fuentes principales de cohesión social, sabiendo que existen también otra clase de factores que cumplen esa función.

De ahí que este trabajo contribuiría a calmar las convulsiones sociales de las que, generalmente, nada se saca en positivo. Es cierto que las situaciones convulsión social coinciden con situaciones de precariedad laboral. Todos sabemos que las convulsiones se producen con más agudeza cuando los beneficios económicos no llegan a la gente en modos equitativos. En esas situaciones el trabajo decente puede vehicular tales beneficios. De tal manera que “el trabajo es un medio para vivir, en primera instancia, pero debería ser un medio clave para la formación de la sociedad”.

Por lo demás, el trabajo decente no puede cumplir su función de cohesión social en un ambiente de desigualdad económica. Por ello, si se quiere incidir en el valor dignificador del trabajo esto tiene que ir acompañado de una lucha a brazo partido contra la desigualdad que ha asentado sus reales en la sociedad neoliberal desde hace siglos y que esa desigualdad tiene cada vez más hondura. Como decimos, pretender un trabajo decente que cohesione la sociedad en una sociedad fragmentada por la desigualdad es imposible. Pero también hay que decir que “la desigualdad no está en los genes, no es una fuerza telúrica irresistible ni una maldición de los dioses: es producto de decisiones políticas. Y las decisiones políticas puede y deben cambiarse, también con la política”.

Fidel Aizpurúa, capuchino

miércoles, 15 de septiembre de 2021

CAMPAÑA VOCACIONAL 2021-2022: HERMANAD@S

«Fratelli tutti, escribía san Francisco de Asís para dirigirse a todos los hermanos y las hermanas, y proponerles una forma de vida con sabor a Evangelio. De esos consejos quiero destacar uno donde invita a un amor que va más allá de las barreras de la geografía y del espacio. Allí declara feliz a quien ame al otro “tanto a su hermano cuando está lejos de él como cuando está junto a él” ». 

Así comienza la encíclica del Papa Francisco firmada en vísperas de la festividad de San Francisco de Asís del año 2020. Este creador de puentes (pontífice) vuelve a inspirarse en el iniciador de nuestra espiritualidad para lanzar al mundo y a la iglesia una invitación a la amistad social. Como franciscanos nos unimos a este impulso de fraternidad universal con un lema que encierra la misma raíz: “HERMANAD@S”.

Todas las realidades pastorales de la Provincia Capuchina de España (SERCADE, Comisión de Pastoral, Comisión de Pastoral Juvenil, ESEF, Colegios y Revistas) hemos elegido este tema y este lema para el curso 21-22, y os invitamos a potenciar con ellos nuestro carisma capuchino, tanto dentro de nuestras fraternidades como en la proyección de misión que tengamos.

En la pestaña "Material de campañas" están disponibles los materiales preparados para este curso. Os invitamos a conocerlos y utilizarlos en nuestros grupos y para nuestra propia formación.

Un abrazo de paz y bien, herman@s. 

Comisión de Pastoral Juvenil

 

domingo, 12 de septiembre de 2021

¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?

“Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”. Palabras fuertes y poco comunes para captar adeptos. Pero es que Jesús no vino para eso, sino para dar testimonio de la verdad. No vino a ser servido, sino a servir; no vino a halagar sino a salvar; no vino a dar palmaditas en el hombre, sino a cargar la cruz y a proponerla…

Palabras que escandalizan a no pocos, que consideran esta invitación como una aceptación anticipada de la más radical frustración personal. Pero no es así.

En realidad, las palabras de Jesús no invitan tanto a la renuncia, cuanto al seguimiento. Seguir a Jesús, esta es la cuestión.

Seguimiento que supone una apropiación e interiorización de sus sentimientos y actitudes. Seguimiento que implica renuncias serias y dolorosas. Ocultarlas o silenciarlas sería un fraude al mismo Jesús, que no las ocultó, porque ser cristiano no es compatible con cualquier actitud teórica o práctica. Nada más contrario a Jesús que la ambigüedad referencial, que el posibilismo de servir a dos señores, de nadar y guardar la ropa.

Pero tampoco podemos absolutizarlas, porque la meta del seguimiento cristiano no es la renuncia, sino el descubrimiento y el seguimiento de Jesús; no es la cruz, sino el Crucificado.

Cristiano es aquel que ha descubierto a Cristo como el sentido de su vida, descubrimiento que se concreta en entrega personal. Es aquel para quien Cristo es norma y camino, con todo lo que esto tiene de configurante. Así se entendió desde los orígenes, cuando el calificativo cristiano era injurioso y subversivo, y no una etiqueta aséptica, válida para encubrir un producto soporífero.

Ser cristiano no es tanto un fenómeno cultural cuanto personal. Lo peculiar del cristianismo no es su ética, ni su filosofía, ni siquiera su teología, sino su vinculación a un tal Jesús, llamado Cristo, que, muerto, ha resucitado y vive (cf. Hch 25,19). Y si el cristianismo quiere ser significativo hoy…, nada logrará repitiendo simplemente lo que otros dice, o remedando lo que otros hacen. Tal cristianismo, de papagayo, es irrelevante.

Pero el seguimiento solo será auténtico cuando hayamos clarificado quién es ese Jesús, que exige una entrega tan absorvente y radical.

En este punto, quizá, nos encontramos al nivel de “lo que dice la gente”, y El quiere arrancarnos una respuesta personal. A Jesús no se le puede conocer -ni seguir- solo por referencias de terceros, ni se le puede seguir de lejos. Quizá lo prosaico de nuestra vida cristiana, la carencia de profundidad de nuestros compromisos…, todo eso que, en momentos de sinceridad, calificamos de inauténtico, se deba, en última instancia a que no hemos descubierto de verdad a ese Jesús al que religarnos, y por eso encontramos tanta dificultad en desligarnos de tantas cosas que nos asfixian.

“¿Quién decís que soy yo?” Planteada por Jesús en un momento crítico de su vida, esta pregunta continúa como cuestión permanente e identificadora. Conocemos la primera respuesta, la de Pedro, pero no basta; en todo caso esa respuesta no ha cerrado la pregunta, aunque suponga una aportación fundamental.

¿Quién decís que soy yo? es, en primer lugar, la llamada a descubrir personalmente a Jesús y a descubrirnos personalmente ante él. Y puesto que el conocimiento y reconocimiento de Cristo no es conquista humana sino revelación del Padre (Mt 16,17), tal pregunta nos llevará, necesariamente, al mundo de la oración. Y no es solo pregunta por la identidad de Jesús sino por su significatividad para la vida. ¿Qué densidad, qué contenido, qué tono aporta ese conocimiento? Pues no basta con saber quién es Jesús, es preciso saber qué significa existencialmente (Lc 6,46; Mt 7,21). Es la resonancia personal-contemplativa.

Pero la pregunta contiene una resonancia ulterior: ¿Quién decís que soy yo a los otros? Es la interpelación testimonial-apostólica. A ese Jesús descubierto personalmente, hay que descubrirlo públicamente. El Cristo conocido debe ser dado a conocer. Y eso llevará, inevitablemente, al centro de la vida, para ser testigos de lo que hemos visto... (1 Jn 1,1), pues nadie enciende una lámpara y la pone en un lugar oculto o debajo del celemín (Lc 11,33).

Ambas resonancias deben ser escuchadas; pues, por un lado existe la tentación de contentarse con imágenes edulcoradas de Cristo y, por otro, la inclinación a privatizar la fe. Olvidando que la fe que no deja huella en la vida es pura evasión, y que el anuncio de Jesús, sin vivencia y experiencia personal, no es evangelización, sino mera propaganda.

¿Quién decís que soy yo? Una pregunta que no sólo define a Jesús sino a sus discípulos.

PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

  •  ¿Cuál es mi conocimiento de Jesús?
  •  ¿Cuál es mi testimonio de Jesús?
  •  ¿Cuáles son las obras de mi fe?

Domingo Montero, capuchino

jueves, 9 de septiembre de 2021

ESCUCHAR DE NUEVO

El Papa Francisco, en su encíclica Fratelli tutti, nos advierte de que «el mundo de hoy es en su mayoría un mundo sordo». Y añade, explicando las causas: «A veces la velocidad del mundo moderno, lo frenético nos impide escuchar bien lo que dice otra persona. Y cuando está a la mitad de su diálogo, ya lo interrumpimos y le queremos contestar cuando todavía no terminó de decir. No hay que perder la capacidad de escucha».

Aunque la advertencia no es nueva, tiene precedentes en la tradición bíblica. Una de las principales plegarias de la religión judía insiste en la importancia de escuchar con atención: «Escucha Israel, el Señor es nuestro Señor, uno es el Señor». El propio Jesús, más tarde, constatará con preocupación que, también en su tiempo, «por más que miran, no ven; por más que escuchan, no oyen».

Hoy, frente al ruido ensordecedor que nos amenaza, podemos tratar de imitar a Francisco de Asís, quien «escuchó la voz de Dios, escuchó la voz del pobre, escuchó la voz del enfermo, escuchó la voz de la naturaleza. Y todo eso lo transforma en un estilo de vida».

La escucha, en definitiva, es un estilo de vida que requiere del hábito del silencio, del recogimiento y del análisis reposado de todo lo escuchado. El ruido, exterior e interior, es una amenaza de la que debemos protegernos. El ruido, que desorienta a las ballenas y confunde a los pájaros, impide también al ser humano escuchar la voz de la naturaleza, del enfermo, del pobre y de Dios.

Si conseguimos hacer silencio, entonces quizás podamos escuchar de nuevo la voz polifónica de la naturaleza y la música del Evangelio.

Jaime Tatay, sj

martes, 7 de septiembre de 2021

TIEMPO POS-COVID

Septiembre nos marca el inicio del nuevo curso pastoral y escolar. Hay quien afirma que este curso será un curso pos-COVID. Esperemos que así sea. 

Deseamos que, poco a poco, vaya desapareciendo el virus y superemos esta pandemia. Constantemente está en nuestras conversaciones, en los medios de comunicación, y cada día somos más conscientes de la situación tan complicada que se ha creado a nivel mundial.

A nivel individual y personal también nos ha afectado y nos sigue afectando más de lo que quisiéramos, pues de uno u otro modo nos ha afectado por dentro. Nos ha cuestionado muchas cosas, nos hemos preguntado sobre el sentido de la vida y de la muerte. Hemos vivido experiencias de angustia, temor, impotencia y sinsentido. El miedo ha sido uno de los protagonistas de este tiempo, pues se ha hecho especialmente real y palpable ante lo que no podemos entender o controlar. No sólo tenemos miedo al virus, sino también al sufrimiento de quienes están enfermos o viven solos. Miedo a perder el trabajo, miedo a las secuelas generadas, etc. 

Este tiempo y este virus nos ha hecho caer en la cuenta de que nadie se salva solo. El Papa Francisco, en uno de sus sermones decía que en los últimos momentos de la vida de Jesús es lo que le pedían a Él algunas personas: “Sálvate a ti mismo”. Es la tentación que nos amenaza a todos, también a nosotros, los cristianos. Es la tentación de pensar sólo en protegernos a nosotros mismos, o al propio grupo, de tener en mente solamente los propios problemas e intereses, mientras todo lo demás no importa. Es un instinto muy humano, pero malo, y es la última provocación al Dios crucificado. 

En esta situación tan difícil se activa en nosotros “lo último que se pierde”, como es la esperanza. Cuando los cristianos hablamos de esperanza no nos referimos solo a ilusiones, ni pensamos únicamente en que algo bueno sucederá. Volvemos la mirada hacia atrás y reconocemos todos los momentos en los que hemos sentido la presencia de Dios acompañándonos en nuestra propia vida. Eso mismo nos da la confianza de que también Dios nos acompañará en el futuro. La esperanza se basa en la experiencia que tenemos cada uno de nosotros del amor y de la fidelidad que Dios nos ha demostrado en nuestra vida y en nuestra historia, pero también en el trabajo que hemos realizado cada uno de nosotros y en la responsabilidad a la hora de afrontar la vida. 

Este comienzo de curso, de programaciones e iniciativas, tendremos que seguir planteándonos cómo no tener miedo y cómo construir esperanza transformando el miedo en amor y cuidado por los demás. 

Benjamín Echeverría, capuchino

viernes, 3 de septiembre de 2021

OIKOS, NUESTRO HOGAR, NUESTRA FAMILIA

¿Una casa para todos? Renovando el Oikos de Dios, es el tema del Tiempo de la Creación de este año, que será una oportunidad para renovar nuestra relación con el Creador y toda la creación a través de la celebración, la conversión y el compromiso juntos. 

Durante el Tiempo de la Creación, los católicos se unen a la familia ecuménica en oración y acción por nuestra casa común para renovar el Oikos de Dios.

Pero.. ¿Qué es Oikos? Bien, en un sentido etimológico, la raíz de la palabra Oikos proviene del griego antiguo y pueden atribuírsele dos significados “casa” o “familia”.

De esta manera, ambos conceptos se integran de forma muy significativa para nosotros ya que la palabra casa hace referencia al lugar físico habitado, nuestra casa común, el planeta Tierra y la familia somos quienes habitan en el hogar, todas las especies que habitamos nuestra casa común.

Nuestra familia, integrada por la humanidad entera y cada una de las especies que habita este planeta forma nuestro hogar, nuestra casa común, una casa para todos. 

Nuestra casa se encuentra en peligro, la crisis climática provoca la pérdida de hábitats y ecosistemas que son el hogar de millones de especies, esto también nos incluye a los seres humanos, nuestro hogar está en peligro por desastres climáticos y conflictos, por eso  necesita ser renovado. Nuestro bautismo nos impulsa a renovar toda la Tierra, para que la vida pueda florecer. 

Otros conceptos relacionados con Oikos, contemplan la interconexión de la vida que existe en toda la Tierra (oikoumene), en donde la Iglesia llama a todos los hogares (oikos) a una conversión de nuestros sistemas políticos, sociales y económicos (oikonomia) hacia economías de vida justas y sostenibles, que respeten los límites y las fronteras ecológicas vitales (oikologia) de nuestra casa común. 

Así el Tiempo de la Creación renueve en nuestros corazón el llamado a la conversión ecológica para poder así renovar también el Oikos de Dios, sabiendo que la Tierra y todo lo que hay en ella es del Señor. (Salmo 24:1) 

Renovar el Oikos de Dios, es volver al deseo inicial del Creador, una casa para todos y todas.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

TIEMPO DE LA CREACIÓN 2021

El Tiempo de la Creación es la celebración anual de oración y acción por nuestra casa común. Juntos, la familia ecuménica de todo el mundo se une para rezar y proteger la creación de Dios.

Este tiempo comienza el 1 de septiembre, Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, y termina el 4 de octubre, fiesta de San Francisco de Asís, el santo patrono de la ecología amado por muchas denominaciones cristianas.

Este año nos uniremos en torno al tema "¿UNA CASA PARA TODOS? RENOVANDO EL OIKOS DE DIOS". Oikos es una palabra griega que significa "hogar" o "casa". Al enmarcar nuestro tema en el concepto de oikos, celebramos la red integral de relaciones que sostienen el bienestar de la Tierra.

El símbolo de este año, la tienda de Abraham, representa nuestro compromiso de salvaguardar un lugar para todos los que comparten nuestra casa común, tal como hizo Abraham en el Libro del Génesis. Sugerimos colocar la tienda de Abraham en las liturgias o eventos a lo largo del Tiempo de la Creación como símbolo de la intención de la comunidad de crear un hogar para todos.

Estamos invitados a participar en este tiempo a través de la oración, los proyectos de sostenibilidad y la incidencia.
  • Una oración que una a todos los cristianos para cuidar nuestra casa común.
  • Participar en algún proyecto de limpieza que ayude a que toda la creación prospere.
  • Alzar la voz por la justicia climática, participando o liderando una campaña en curso, como el movimiento de desinversión de combustibles fósiles.

Por último te sugerimos visitar SeasonOfCreation.org/es Allí encontrarás la Guía oficial de la celebración del Tiempo de la Creación, una amplia gama de recursos y un formulario para registrar tus eventos.

Esperamos que este Tiempo de la Creación renueve nuestro compromiso bautismal de cuidar y sostener este giro ecológico para que la vida florezca y todas las criaturas encuentren su lugar para florecer en nuestra casa común.

miércoles, 25 de agosto de 2021

VOLVER A SER NIÑO

Lo que nos cuesta volver a ser como niños. Estamos llamados a ser adultos, responsables de la vida, de sus cosas. Nos esforzamos por sacar adelante el trabajo, las relaciones, la familia, nuestras mismas personas. Hace mucho tiempo que dejamos la época infantil donde vivimos más despreocupadamente que ahora. Sin embargo, poco a poco vamos cayendo en la cuenta que nuestra existencia no la podemos fundamentar en nosotros mismos. Es decir, por mucho que pongamos de nuestra parte, y así nos corresponde hacer, no somos artífices de lo mejor de nuestras vidas, ni de la de los demás. Lo que de verdad nos sostiene en la existencia es recibido, es don, es regalo.

Parece un contrasentido. ¿No tenemos la experiencia de que si no nos esforzamos, si no desarrollamos nuestras potencialidades, si no ponemos todos nuestros talentos en juego no llegaremos a desarrollarnos como personas? Ciertamente, hemos aprendido que aunque hoy en día es muy valorada culturalmente la infancia, nadie quiere ser alguien a quien se le evite ver la realidad en toda su complejidad, se le niegue su dignidad de persona autosuficiente, ni de ser dueños de su propio destino. Nunca se nos ha exigido tanto para ser personas libres y adultas.

Pero llegan etapas de la vida en las cuales ya no nos sirven tanto los logros ni los méritos alcanzados. Uno de los aprendizajes más profundos y más valiosos que la misma vida nos va brindando es que lo más preciado de la existencia es regalo que hay que aprender a recibirlo humildemente, como un niño recibe todo de los padres. Cuando uno va adentrándose en este camino de la nueva infancia, van adquiriendo mayor relieve en su vida —y cada vez con mayor naturalidad— la ternura, el descanso, la misericordia, el perdón, la admiración… Y sobre todo, ser pequeños con Dios y con el prójimo, sin dejar de ser responsables. Cuando uno vuelve a ser niño, niña, el mundo vuelve a ser un milagro permanente.

Carta de Asís, agosto 2021

miércoles, 18 de agosto de 2021

¿QUÉ DICEN LOS EVANGELIOS DE LOS FRÁGILES SOCIALES?

La época de los evangelios es un tiempo en el que, a diferencia del nuestro, no existe la clase media. Por eso, el campo de las pobrezas se ensancha y, por ello, la fragilidad social es manifiesta. Además, y lógicamente, las fragilidades sociales no tienen un tratamiento político. Cada uno las ventila como puede. El frágil social está en total desamparo. Nuestra preocupación no es de la época, por eso los evangelios no trabajan explícitamente este tema. Pero, como en otros que venimos planteando en este curso, podemos recabar “semillas” que nos ayuden.

Hay que decir que la fragilidad social está en los evangelios muy ligada a la enfermedad. Por eso mismo, los relatos de curación son, con frecuencia, relatos de reinserción social más que relatos de curación física. Eso da a los textos un valor añadido que los hace más elocuentes en nuestra época.
  • En el relato de la curación de los 10 leprosos, uno de los cuales, un samaritano, vuelve a agradecérselo (Lc 5,12-16) hay un aspecto reivindicativo que no conviene ignorar: se ofrece lo mandado en la ley como prueba contra los sacerdotes. Así es: ellos han hecho la ley de exclusión de los leprosos, ellos la deben corregir si quieren legislar según el querer de Dios que acoge a todos. Se demanda una ley de reinserción de leprosos que corrija una injusticia flagrante.
  • En el texto de la curación de la mujer que llevaba doce años con flujos de sangre (Mc 5,24b-34) se reinserta a la “impura” haciéndola “hija de Abrahán”, devolviéndole la identidad espiritual judía de la que había sido injustamente desposeída por su enfermedad. Reinserción de identidad.
  • En el signo del paralítico de la piscina de Jn 5,1-9 se reinserta al que llevaba toda su vida sujeto a la camilla (40 menos 2) haciéndole dueño de sus pasos. Ya no tendrá que depender de ella. Se le ha devuelto la libertad de movimientos. Es un reinsertado que se puede mover como todos.

Texto: Mc 3,1-5: «Entró de nuevo en la sinagoga y había allí un hombre con un brazo atrofiado. Estaban al acecho para ver si lo curaba en sábado y presentar una acusación contra él. Le dijo al hombre del brazo atrofiado: -Levántate y ponte en medio. Y a ellos les preguntó: -¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o hacer daño, salvar una vida o matar? Ellos guardaron silencio. Echándoles en torno una mirada de ira y apenado por su obcecación le dice al hombre: - Extiende el brazo. Lo extendió y su brazo volvió a quedar normal».

  • Un hombre con el brazo atrofiado es un frágil social en una época donde prácticamente no existía el trabajo intelectual. Por eso, su curación tiene un indudable matiz de reinserción social.
  • Los verbos “levantarse” y “ponerse en medio” están intensificados. Se le está diciendo: te han dicho que has de vivir postrado, yo te digo que te levantes. Te ha dicho que has de vivir fuera del corro social, yo te digo que te coloques en el centro porque tu fragilidad te hace acreedor de ese centro social.
  • Cuando se dice que extienda el brazo se está refiriendo, lógicamente, al brazo atrofiado. Pero puede entenderse también como algo que apunta a todo brazo: extiende todas tus posibilidades. El reinsertado tienen sus posibilidades. Si se extienden, el conjunto social sale beneficiado.
  • Dice el relato que “volvió a quedar normal”. En realidad, ya era normal. Vuelve a ser reinsertado. Esa es la normalidad a la que le lleva el milagro.

Aplicación: Aprestarse a la generosidad social. Quizá haya que arrancar de la evidencia del atractivo de las personas generosas. Desvelan en su comportamiento lo mejor de lo humano. Y, más aún, puesto que de cristianos se trata, habrá que asimilar el perfil del Dios generoso que Jesús mismo ha descrito magistralmente en el evangelio. Sin este “deslumbramiento social” de la generosidad animarse a la colaboración solidaria no es fácil. Tal valor, el “deslumbramiento”, viene, sobre todo, por la cercanía de las personas solidarias a los problemas, por su entrega austera y por su claridad económica. Es así como acumulan un crédito moral que hace que los donantes se fíen de su honestidad.

La generosidad incluye a la justicia. Una generosidad sin justicia sería una burla inaceptable. Pero la generosidad va más allá de la justicia incluyéndola. La generosidad que da lo justo, que no reconoce la dignidad, que no valora exquisitamente los derechos de la persona, que hace diferencias en base a cuestiones culturales, etc., no es la generosidad de componente humano y, menos, cristiano. Por eso, hay generosidades que, al incluir, la injusticia se convierten en injusticia. Y una generosidad injusta es una contradicción inaceptable.

Habiendo crecido en generosidad social, respecto a otras épocas de la historia, el camino de la integración del débil, exigida por la justicia, y ámbito de generosidad tiene todavía mucho recorrido que hacer. La puesta en práctica de los derechos elementales de las minorías socialmente más frágiles demanda, todavía, mucho esfuerzo. Una sociedad civilizada habría de ser generosa en el reconocimiento de tales derechos tanto que la lucha por ellos habría de quedar en desuso porque la generosidad y la prontitud social haría que los derechos de tales minorías fueran reconocidos ipso facto. Esto es todavía soñar. Muchos de tales derechos tienen que ser arrancados migaja a migaja. Y esto en una sociedad que se dice evolucionada y, más todavía, de componente cristiano. Hoy por hoy, la generosidad social pasa, todavía, por el mero reconocimiento de lo que es justo.

Y habrá que poner un punto de crítica contra las prácticas de generosidad social publicitada como maratones solidarios, cenas para recaudar fondos caritativos entre gente pudiente y, con frecuencia, capitalistamente opresora, donaciones que provienen de dinero negro o similar, legados económicos con los que se pretende lavar dinero o, aún todavía, adquirir nombre como benefactor social. Todo ese mundo queda cuestionado por la justicia de manera radical y nada tiene que ver con una generosidad que ha cumplido exquisitamente todos los requisitos de la justicia.

Fidel Aizpurúa, capuchino

miércoles, 11 de agosto de 2021

FIESTA DE SANTA CLARA

El apelativo de “hermana luna” no le va mal a Clara de Asís. Tanto la luna como la tierra giran en torno al sol. Para Francisco y Clara, Jesús es el sol, a él le quieren seguir ambos. Y cada uno a su manera, apoyándose y animándose, pero cada uno tiene su camino. Quizá el de Clara sea más oculto, pero no menos interesante. Tal vez el de Francisco sea más conocido, no en vano es hombre y la historia (la de la Iglesia también) ha sido escrita por hombres. Pero Clara está ahí como una figura y un mensaje por descubrir.


miércoles, 28 de julio de 2021

LA VERDAD DE LA ORACIÓN

Decimos que la oración es importante para poder vivir la fe, para mantenernos en la relación personal con Dios. Y es así, en verdad. Pero aunque llevemos años ejercitandonos en la oración, nos viene bien darle un repaso de vez en cuando. Las rutinas, los tiempos de sequedad, los cuestionamientos que sobre la fe imperan en nuestro entorno van adelgazando, debilitando aquellas motivaciones primeras que nos empujaron a tomar un tiempo para orar ante Dios.

Pablo en una carta a los cristianos de Colosas les dice: “Perseverad en la oración”. Para ello es necesario tener la convicción de que no estamos solos en este empeño. Estamos animados por el Espíritu que susurra, inspira, intercede, adora en nuestro corazón. Más que decidir orar desde nosotros, quizá nos ayudaría pensar que poniéndonos ante el Señor, es al Espíritu a quien dejamos que diga en nuestro interior. Nosotros consentimos que nuestro corazón hable, diga, suelte lo que lleva dentro. Y todo esto lo ponemos ante El. No soy yo la fuente de la oración, de la relación con Dios, sino que es Dios mismo el que inunda todo nuestro ser.

Qué gozoso es cuando sentimos su presencia, o cuando salen a borbotones palabras en esa relación, o cuando se percibe uno en coherencia entre lo dicho y lo vivido. Ciertamente es de agradecer. Sin embargo, la verdad de mi oración no se mide desde esas cosas, sino por el grado de apertura de mi corazón a Dios; lo sienta o no lo sienta, tenga palabras o no las tenga, viva coherentemente o no. Su presencia autentifica la verdad de mi oración.

La oración, por ello, no solo es consecuencia de la fe, es también escuela de fe, de purificación, de crecimiento en la relación; nos enseña a vivir en verdad a la luz de Dios.

Carta de Asís, julio 2021

miércoles, 21 de julio de 2021

GRAVITY

El otro día vi la película Gravity. La doctora Ryan, en su primera misión espacial, queda a la deriva en medio de la nada después de quedar destruida su nave. Más allá de las vistas espectaculares de la tierra, cuando te pones en su situación, impone el silencio del espacio, su oscuridad, la inmensidad carente de amparos, la falta de oxígeno, la soledad y la imposibilidad de moverte por tus propios medios sin elementos de apoyo o propulsión. Todos los soportes -la nave, el traje espacial, el oxígeno, la comunicación con la tierra- pueden desaparecer y dejarte en la mayor de las vulnerabilidades, solo, en el vacío material y existencial.

Ya al final de la historia, después de muchos avatares hay una escena maravillosa. Ameriza en una especie de lago y sale de la nave nadando –siento el spoiler-. Jadea porque ya puede respirar por sí misma, ¡ya está rodeada de atmósfera! Mira hacia arriba y ve el cielo azul con sus nubes y no la oscuridad impenetrable. Escucha el ruido del agua y de los pájaros, no el silencio de la nada. Y cuando llega a la orilla se agarra a la arena y sonríe porque está en tierra firme, porque se siente sustentada, porque está salvada. Sus piernas la vuelven a sostener a duras penas porque los músculos han perdido masa después de no ejercitarlos en el vacío. Camina con dificultad, pero por sí misma, como si volviera a dar sus primeros pasos.

Cuando viene de la oscuridad, el silencio, la soledad, el vacío y la falta de referencias, todo lo que se encuentra en nuestro planeta es un regalo: la luz, los colores, la gravedad que le une al suelo, el aire, los sonidos, el agua, la arena. Ha descubierto que nuestro planeta azul es un rincón de cuidados para el ser humano, en medio del universo inhóspito. Como si alguien, en medio de la nada, hubiera concentrado un sinfín de atenciones para nosotros, en este puntito entre estrellas y galaxias. Y por eso, en toda la escena, sólo salen de sus labios unas palabras “thank you”. Porque ha descubierto, después de mil peripecias, con lo que el planeta nos obsequia cada día. Pero ha tenido que prescindir de ello para darse cuenta, como nos ha ocurrido a nosotros en el confinamiento. ¿Seremos capaces de darnos cuenta que, aunque desaparezca la pandemia, seguimos siendo extremadamente frágiles y por tanto todo lo que nos rodea es un regalo?

Javi Morala, capuchino

miércoles, 14 de julio de 2021

EVANGELIZAR COMO FRUTO DEL CONECTAR

Evangelizar… una palabra hoy en día no muy acogida por la mayoría de los que dicen profesar la fe y menos acogida aún por los que no lo hacen. A pesar de estar viviendo en la era en la que todo se difunde rápidamente gracias a la tecnología, evangelizar me compromete y justo lo que muchos buscan es establecer una serie de relaciones que no les comprometan.

Si nos vamos al significado de la palabra Evangelio como “Buena Noticia”, evangelizar es contar esa Buena Noticia o incluso cualquier buena noticia que haga que este mundo o al menos mi alrededor tenga más luz. Siempre me pregunto por qué las cadenas de televisión y los medios de difusión están llenos de malas noticias. ¿A nadie se le ocurre hacer un diario de buenas noticias? ¿Un espacio televisivo de todo lo agradable que pasa por el mundo? La cuestión es que no es momento de sentarnos a esperar sino de hacerlo nosotros.

Desde el amanecer hasta el anochecer se hacen realidad un montón de momentos en los que podemos ser capaces de transmitir algo que genere más sentido común, regale serenidad y transmita un Espíritu que nos aliente para la vida, con ello, se dispersarán los espíritus inmundos de los que habla el Evangelio. El juicio, la crítica, el hablar sin saber ya deberían estar superados. Estamos en el momento de evaluar y ser conscientes de los temas de los que hablamos y desde dónde los hablamos. Porque no hay discurso que menos llegue que el que se hace desde la cabeza, desconectados de lo que sentimos.

Y al hacerlo, no pongamos nuestra seguridad en el pan que llevamos para el camino ni en la túnica que nos aguarda limpia, sino en la presencia de Dios, el que habita en nosotros y que se transmite de forma sencilla. Sólo el sabernos libres y conectados en lo más hondo serán nuestro bastón y si lo que transmitimos es acogido, nuestra casa quedará en paz y nuestro recuerdo quedará en la entraña del que nos acogió y si la experiencia es diferente y no se corresponde con lo que hubiéramos querido, no somos dueños de sus vidas para violentarlos, el respeto por lo ajeno sigue siendo lo más valioso. Sacudir el polvo de nuestros pies será el equivalente a desechar de nosotros el juicio y la crítica y procurarnos continuar ligeros de equipaje.

Así lo entendió San Francisco y así pudo sentir una Perfecta Alegría.

Clara López Rubio

 

miércoles, 7 de julio de 2021

BUSCAD EL REINO DE DIOS

El Dios que está en las personas también está en las cosas, en las entrañas de su creación. Su presencia la perciben los pájaros que revolotean confiados sin sembrar ni segar y la captan las flores que crecen en los prados y en los márgenes de los caminos sin hilar ni trabajar (Mt 6,25-33). La naturaleza se despliega sin agobiarse porque vive inmersa en esta  presencia. El Reino de Dios es la revelación de la inmanencia de Dios que brota por doquier. Sólo hay que abrirse para percibirla. Esta apertura conduce a vivir con autenticidad: «Buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33). La justicia consiste en reconocer la sacralidad de cada ser y de cada existencia, lo cual lleva a instituir un nuevo orden social, donde el dominio y la apropiación dejen paso a la reciprocidad.

Javier Melloni

domingo, 27 de junio de 2021

ECOEVANGELIO: FE ACTIVA E ITINERANTE PARA CUIDAR LA VIDA

Cada año se entrega el “Premio Goldman”, considerado el Premio Nobel de Ecología. En este año 2021 han sido galardonadas seis mujeres de distintos países. Liz Chicaje, lideresa bora peruana es una de las premiadas. Con su aporte ha contribuido a fundar el Parque Nacional Yaguas, que protege más de 800.000 hectáreas de selva amazónica. El logro de esta mujer ambientalista es relevante en sí, pero datos más concretos nos permiten dimensionar su aporte: «Con la declaración de Yaguas como parque nacional se logrará proteger alrededor de 1,5 millones de toneladas de carbono durante los próximos 20 años» (SERNANP). Como cada historia de lucha a favor del medio ambiente sembrada de dificultades, la de Liz no es la excepción. Ella recuerda el difícil trayecto para conseguir que Yaguas fuera declarado Parque Nacional. Siendo la única mujer, entre los 16 líderes hombres, logró ganarse el respeto y la confianza de su equipo, que siempre la respaldó en las múltiples gestiones y diálogos que supuso este proyecto. En unas de sus declaraciones expresa el sentido profundo que la ha movido a defender la vida en el Amazonas: «Yaguas es un lugar sagrado para nosotros. Hemos trabajado incansablemente para que, como parque, sea un lugar seguro, donde los animales puedan reproducirse, que sea un lugar donde no ingresen quienes cometen actos ilegales». La audacia de Liz, que la ha llevado a proteger y sanar la vida de una parte de nuestro planeta, nos introduce en el acento que hoy queremos resaltar del Evangelio de este domingo. Necesitamos una fe atrevida para gestionar y curar la vida.

Fijemos nuestra atención en dos personajes del Evangelio: en Jairo, jefe de la sinagoga y en la mujer, de la que no se dice su nombre sino que se la identifica por su enfermedad y su impureza. Recordemos que en la mentalidad de la época, toda persona que tocara sangre o a un cadáver era considerado impuro. Tanto Jairo como la mujer son personajes llenos de coraje. Cada uno a su manera y desde su situación se atreve a romper barreras para conseguir que Jesús atienda a su necesidad. El primero tuvo que superar los prejuicios religiosos. Él era un jefe religioso, y seguramente sabía lo que se decía de Jesús, de sus curaciones en sábado, de su convivencia con los pecadores, etc., y por lo tanto se exponía a ser descalificado por sus correligionarios por este acercamiento. Sin embargo, vemos a un hombre que ruega con insistencia, y a la vista de todos, que su hija sea curada. Por otro lado, la mujer anónima, impura y avergonzada de su mal, ni siquiera se siente digna de hablar con Jesús. Sale por detrás de la multitud y se atreve a tocar su manto. El atrevimiento de Jairo y de la mujer antecede a la acción de Jesús. Las acciones de cada uno expresan el valor de la fe; la fe en Jesús es lo que los mueve a superar miedos, descalificaciones, prejuicios y barreras para obtener la salud y la vida.

Es muy potente el mensaje que nos llega a través de las decisiones de estos personajes, capaces de actuar desde la fe; una fe activa que los mueve y que los desinstala de su necesidad para buscar una alternativa nueva de vida. Ciertamente Jesús no pasa de largo sino que acoge la necesidad y actúa. Y desde aquí también podemos preguntarnos: desde la fe, ¿acogemos y ayudamos a levantarse a otros caídos por tantas causas?, ¿vencemos obstáculos y nos hacemos cargo de la vida que se desarrolla a nuestro alrededor?, ¿ante los problemas que enfrentamos como humanidad, damos respuestas audaces y atrevidas? La fe en Jesús no debería enajenarnos de lo que le sucede a nuestro mundo, por el contrario, según la encíclica Laudato Si’, «La fe aporta nuevas motivaciones y exigencias frente al mundo del cual formamos parte» (LS 17). Nuestro tiempo, como nunca, es tiempo de fe; no de una fe privatizada y barnizada de mutismo, sino de fe activa, de movimiento, de itinerancia desestabilizadora para realizar y testimoniar el sentido de la vida.

Hna. Gladys de la Cruz C. HCJC

viernes, 25 de junio de 2021

LA FRATERNIDAD: HECHURA DE DIOS

Decimos muy fácil que la familia, la comunidad, la fraternidad es regalo de Dios. En el comienzo hubo un proyecto ilusionante de vida en común; con grandes dosis de voluntarismo, poniendo cada uno mucho de sí en todos los aspectos: material, relacional, oracional…; años de despliegue, de fuerza y de entrega por parte de todos. Aprendíamos a convivir los diferentes; nos esforzábamos en limar asperezas, en articular ritmos, en motivarnos en las horas de dificultad… Era la época de la construcción de la fraternidad, de la pareja, de la familia, de la comunidad.

Las rutinas, el largo tiempo de trabajos, la vida cotidiana de todos los días, etc. hicieron que lo construido fuera perdiendo el primer brillo, la primera fuerza. No sólo era cuestión de renovar la voluntad de los inicios, sino encontrar nuevos motivos, nuevos horizontes que sostuviesen la fraternidad, nuevos manantiales que la regasen. Y así se renovó el brío de la fraternidad en muchas de sus dinámicas. Ya pasaron las ilusiones de la primera juventud; ahora se vivía con el realismo de la adultez, más consciente de los límites, con mayor humildad.

Al paso de los años, la edad, el desgaste de la vida, las nuevas dificultades tanto personales como institucionales fueron dejando casi sin aliento la vida fraterna. Parecía inalcanzable nada de lo deseado; ni en los comienzos de todo, ni en los planes más adultos aquilatados por la experiencia de la vida.

Ha sido necesario todo lo vivido para ir cayendo en la cuenta, de un modo callado e invisible, que el artífice de la fraternidad ha sido y está siendo Dios mismo. Nuestra fraternidad es hechura de sus manos. Ojalá estemos listos a dejar en sus manos nuestra fraternidad, nuestra familia, nuestra comunidad; porque en fondo siempre ha sido suya. Entonces seremos del todo familia, comunidad, fraternidad de Dios.

Carta de Asís, junio 2021

miércoles, 23 de junio de 2021

JOVEN, NO TE DEJES ROBAR LA VIDA

Una de las mayores dificultades de nuestra sociedad es que se trata a los jóvenes como niños grandes. En lugar de considerar la juventud como el inicio de una vida adulta, con todos sus retos, en demasiadas ocasiones es más bien una adolescencia prolongada. Con más posibilidades –dinero, sexo, o ciertas dosis de autonomía ficticia– mientras no queda más remedio que alargar estudios, encadenar contratos muy inestables y seguir viviendo con los padres. ¿A quién culpamos esto? ¿A vosotros, jóvenes, que os dejáis seducir por el espejismo de esa etapa donde las responsabilidades parecen menos y las posibilidades más? ¿A mi generación, que compró el discurso del «No limits» y se lo impuso a sus hijos, ya que nosotros habíamos tenido bastantes restricciones y elegimos entonces ver el vaso medio vacío e instalarnos en la queja, para descubrir ahora que no estuvo tan mal nuestra educación?

No ganaríamos nada jugando a las culpas y reproches generacionales. El caso es que estamos en una situación en la que se ha apresado a los jóvenes en un laberinto de espejos. Se conjuga mucho la diversión, la elección a la carta, o peor aún, la indefinición (por aquello de no renunciar), la precariedad disfrazada de buen rollo (cohousing y otras milongas), y la diversión como sucedáneo fácil del compromiso.

Yo ya tengo 50 años. Para bien o para mal, creo que mi vida ya está hecha. Las decisiones clave, tomadas. El camino, va avanzado. Pero si tuviera que dar un consejo a alguien más joven sería este: No te dejes robar la vida adulta. No dejes que los años para plantearte lo que quieres ser sean los que van de los 30 a los 40. Eso llega ya una década tarde. No pases años que son de sembrar revoloteando por la vida, porque cuando quieras ponerte descubrirás que se te ha hecho tarde sin darte cuenta. No dejes que te digan que eres muy joven para tener convicciones sólidas, y complicarte la vida por ellas. No te dejes entretener con el espejismo de la diversión (que está bien para un rato, pero no como meta en la vida). Ni te dejes tampoco cegar por la exigencia de seguridad para construir la vida. No aspires a empezar el camino en las condiciones soñadas. La mayor parte de la humanidad, a lo largo de la historia, y hoy también en tantísimas latitudes, se ha hecho adulta en la inseguridad, en la intemperie, y en la toma de decisiones que implicaban elecciones y renuncias. Hacerse adulto no es haberlo logrado ya todo. Es, más bien, ponerle nombre a las batallas que eliges luchar, y empezar a hacerlo. Es comprometerte. Es empezar a pelear por un lugar en el mundo. Es asumir renuncias por abrazar proyectos. Es, en definitiva, comprender que tienes que tomar las riendas, pelear y apostar por algo. Y sé que no está fácil hacer todo esto, pero es que la vida no es fácil. Tú lánzate, aunque te equivoques y tengas que afrontar algunas magulladuras por el camino. Que eso, también, es vivir.

José María Rodríguez Olaizola, sj

domingo, 20 de junio de 2021

ECOEVANGELIO: VAMOS A LA OTRA ORILLA...

En la primera mitad del siglo XX encontramos el desarrollo de una propuesta novedosa y reconciliadora entre la ciencia, la fe y la mística, en la obra de Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), científico y sacerdote jesuita. No sin dificultades, Teilhard asumió la difícil tarea de reconciliar el pensamiento cristiano con el pensamiento evolucionista y científico de su tiempo. Y desde esta preocupación describió su bella experiencia creyente, como leemos en sus escritos: «Escribo estas líneas por exuberancia de vida y por apremio de vivir; para expresar una visión apasionada de la Tierra, y para buscar una solución a las dudas de mi acción: porque amo el Universo, sus energías, sus secretos, sus esperanzas, y porque, al mismo tiempo, estoy consagrado a Dios, único Origen, único Camino, único Término». Teilhard habla de las dudas de su acción, porque estas le ocasionaron la prohibición de escribir y de enseñar; sus libros fueron considerados peligrosos. Hoy la labor de Teilhard es valorada en el conjunto de la renovación de la fe cristiana y de la puesta al día de la misma espiritualidad, así como en la perspectiva ecológica creyente. La pasión y la audacia de Teilhard nos recuerda el imperativo de Jesús a todos los creyentes: “Pasar a la otra orilla”, a la orilla de nuestra sociedad actual, esta que nos desafía y nos desinstala, y nos recrea en nuestra experiencia creyente. Nos lo recuerda el Evangelio de este domingo.

“Tierra firme”, “barca”, “otra orilla”, “mar”, “tempestad”, son signos que destaca Marcos en este Evangelio. Con determinación Jesús le dice a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla” (Mc 4, 35). Jesús no hace opción por la seguridad que ofrece la tierra firme. Su objetivo es ir más allá “a la otra orilla”, que en su época era territorio no judío y por tanto territorio de paganos. Este movimiento lo obliga necesariamente a atravesar el mar, considerado como signo del mal y de peligro. Lo atravesará en una barca en medio de la tempestad, y este es otro elemento a resaltar. Marcos quiere explicar que la primera comunidad cristiana se está enfrentando a un tiempo y un viento contrarios; pero Jesús está en la barca, emprende el viaje junto con ellos, junto a otras barcas. Hoy podemos asociar la barca a nuestra sociedad, a nuestra Iglesia y a nuestro mundo. La tempestad tiene muchos rostros, uno sin duda es el de la pandemia que aún padecemos y con ello todas las consecuencias de un sistema que termina descartando. Pero Jesús está en nuestra barca.

Como mujeres y hombres de fe hoy somos invitados a “ir a otras orillas”, aunque ello implique necesariamente el peligro y el riesgo de perecer en la travesía. El Papa Francisco habla de una Iglesia en salida hacia las periferias, es decir, otras orillas que nos hagan llegar hasta los últimos, porque Dios no olvida a los olvidados que están en las periferias (Cfr. C. Galli). Y en este sentido, la apuesta por la ecología integral de este pontificado, la cual implica atender unitariamente el clamor de la tierra y el clamor de los pobres (Cfr. LS 49), es la orilla a la que Jesús nos invita a ir a los cristianos de este tiempo. Por eso no ha de extrañarnos que en nuestros ambientes parroquiales y de catequesis se pretenda hacernos conscientes de la crisis ambiental y de la repercusión que tiene en los más pobres. No es que la Iglesia haya caído en el “postureo ecológico” o “moda ecológica”. Es responsabilidad creyente hacernos cargo de los nuevos signos de los tiempos, como lo es la crisis socioambiental. En esta tempestad «no es cuestión de despertar a Jesucristo dormido, sino de que nosotros despertemos a su presencia» (J. Espeja), para que seamos capaces de amar comprometidamente este mundo en el que el Señor está presente. «En el corazón de este mundo sigue presente el Señor de la vida que nos ama tanto. Él no nos abandona, no nos deja solos, porque se ha unido definitivamente a nuestra tierra, y su amor siempre nos lleva a encontrar nuevos caminos. Alabado sea» (LS 245).

Hna. Gladys de la Cruz C. HCJC
 

viernes, 18 de junio de 2021

¿QUÉ DICE LOS EVANGELIOS SOBRE LAS PALABRAS?

Una cosa cae fuera de duda: el mayor bien que nos hacemos los humanos nos lo hacemos con las buenas palabras; y los mayores males que nos causamos los humanos nos los hacemos con las malas palabras. De ahí que haya que vigilarlas para que no contribuyan a empeorar nuestras relaciones sino, más bien, a mejorarlas.

Los evangelios no hablan explícitamente de buenas o malas palabras. Pero, deudores de la corriente sapiencial del AT que da mucha importancia a este tema, no hay que dudar que se apunta a las buenas palabras. Las palabras de Jesús han sido, globalmente, buenas, compasivas, curativas, consoladoras, amables, esperanzadoras.

  • Jesús mismo ha recibido palabras buenas como las de aquella mujer que alabó el vientre que le llevó y los pechos que lo criaron (Lc 11,27-28). Alabar a la madre es alabar a la persona, denigrar a la madre, bien lo sabemos, es denigrar a la persona. Jesús habría recibido con corazón agradecido aquella alabanza espontánea de la mujer. Si no, no la habrían consignado los evangelios.
  • Cuando Jesús manda a la misión a sus discípulos les dice, sobre todo, que den una palabra de paz (Mt 10,12-13). De tal modo que la palabra de paz es lo central del anuncio del reino. Una palabra buena, la paz, para anunciar el reino, junto con las curaciones.
  • Jesús queda pintado en Jn 18,23 como una persona de palabras buenas: “si he hablado bien, ¿por qué me pegas?”. Y junto a eso, la evidencia de que en sus palabras no ha habido intenciones ocultas: “no he dicho nada a ocultas” (Jn 18,20). Uno de palabras buenas y sin doblez.

Texto Mt 5,33-37: «También os han enseñado que se mandó a los antiguos: “No jurarás en falso” (Éx 20,17) y “cumplirás tus votos al Señor” (Dt 23,22). Pues yo os digo que no juréis en absoluto: por el cielo no, porque es el trono de Dios; por la tierra tampoco, porque es el estrado de sus pies; por Jerusalén tampoco, porque es la ciudad del gran rey; no jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo pelo. Que vuestro sí sea un sí y vuestro no un no; lo que pasa de ahí es cosa del Malo».

El juramento delata la fragilidad de la palabra: se jura porque la palabra dada no se considera suficiente. Por eso el evangelio propone no jurar, ya que cree en la palabra y en la verdad que la sustenta

  • La palabra del juramento puede ser engañosa porque no hay quien verifique su verdad (ni siquiera en los juramentos judiciales). La palabra del seguidor habría de ser exacta y justa, sin doblez ni ocultamiento y, por lo mismo, no necesitada del apoyo del juramento.
  • En las malas palabras se oculta el malo, la maldad, porque las palabras inhumanas generan inhumanidad. Controlando las palabras se controla la acción del maligno, se es menos malo.
  • La fe se resuelve en estas posturas de componente antropológico. No está la cuestión en los grandes temas espirituales, sino en lo cotidiano de las palabras que salen del corazón.

Aplicación: Hablar de justicia. En nuestra sociedad da casi vergüenza hablar de justicia. Es como si éste valor sustancial produjera malestar al ciudadano de a pie. Hablar de justicia, demandarla, gritar en su nombre resulta trasnochado, como si uno estuviera anclado en mayo del 68. Quizá sea esto así porque lo individual ha copado el todo del ámbito humano moderno y la justicia tiene que ver, sobre todo, con planteamientos colectivos. “La necesidad de equilibrar lo individual con lo colectivo es uno de los grandes dilemas de la ética. El valor de la autonomía y de la libertad individual ha sido lo más desarrollado, y a medida que eso evoluciona resulta más difícil hacer al individuo partícipe de lo colectivo, que piense en los demás, pero no cabe duda de que hay que tender a esa armonía y a un concepto de justicia que viene de los griegos. Al fin y al cabo, la ética busca lo universal. El relativismo absoluto, aunque suene a contradicción, es opuesto a la ética”. Este anhelo de lo universal justo es un elemento insustituible de la experiencia de fraternidad social.

La justicia es  el componente “político” del seguimiento, su participación en el devenir social desde una honda compasión histórica. Este componente es insustituible y, de alguna manera, da sentido al componente “místico”  ya que lo hace visible y, por ello, verdadero. De ahí que una experiencia espiritual que no parta y no aboque al anhelo de la justicia se pierde en el marasmo de lo religioso.

Por lo mismo, hasta la tarea orante ha de nacer y llevar al logro de la justicia esencial. J. Chittister muestra en páginas muy luminosas el cambio que supone en una comunidad contemplativa poner el horizonte de la justicia como algo tomado en serio. “La oración cambió para incluir una nueva conciencia sobre la política nuclear y sus amenazas”. Son cosas, aparentemente, incompatibles. Pero no. El camino de inocular la preocupación y el compromiso con la justicia puede que sea la “salvación” de la oración y de la misma liturgia para que éstas no queden atrapadas en la rutina, en el rito. El cristianismo en general tiene que andar todavía un gran trecho si anhela este horizonte. Y sin embargo, como decimos, existe en ello una gran oportunidad de revitalización. Las palabras del profeta D. Bonhöffer siguen sonando veraces: “Nuestra iglesia que durante años solo ha luchado por su existencia, como si esta fuera una finalidad absoluta, es incapaz de erigirse ahora en portadora de la Palabra que ha de redimir y reconciliar a todos los hombres y al mundo… Por esta razón, las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer y nuestra existencia de cristianos solo tendrá, en la actualidad, dos aspectos: orar y hacer justicia entre los hombres». La oración mezclada a la justicia, ambas realidades unidas.

Fidel Aizpurúa, capuchino

miércoles, 16 de junio de 2021

UNA BONDAD ILUMINANDO EL UNIVERSO

Era mi primera salida al monte de esta primavera. Dejé el coche en Cardaño de Arriba (Palencia), me calcé las botas y la mochila, y lleno de energía comencé la caminata acompañando el río de las Lomas. Su sonido era fresco, de vez en cuando dejaba ver unas pozas que no hubiera dudado en probar si estuviéramos en agosto. Los pájaros estaban contentos y el sol y el cielo mostraban sus colores de fiesta. El camino no era duro, así que tenía tiempo de admirar el paisaje, sobre todo las cumbres nevadas de alrededor, que no conocía. Después de pasar un puente la pendiente se incrementó y saqué los bastones para no castigar las rodillas. Acompasando la respiración caminaba rodeado de los arbustos que siempre hemos llamado “escobas”. Me hizo ilusión ver los primeros rastros de nieve que se convirtieron en grandes neveros y que no tardaron en cubrir todo el camino. La nieve estaba blanda, así que caminaba sobre ella sin resbalarme.  La música de multitud de riachuelos creados por el deshielo alegraba el paseo. Un montañero me adelantó corriendo por la derecha. Fue el anuncio de que faltaba poco para llegar a Pozos de las Lomas. Al superar una loma, la vi. La laguna estaba helada, blanca. Encajonada en una hondonada, rodeada de blancura, me dejó boquiabierto, con una sola palabra en la boca: “espectacular”. Emocionado, no podía dejar de mirarla y no salía de mi boca otra palabra. Pero una convicción fue creándose dentro de mí: “Dios existe”. Tanta belleza despertaba en mí la necesidad de un creador. La armonía de aquel lugar con la concordancia de miles de variables me hablaban, no solo de un diseñador inteligente, sino de un artista genial, un alfarero imprevisible con una sabiduría infinita, inabarcable, desmesurada.

Otras veces -ante un paisaje precioso, o en un momento de placer- también había tenido esta experiencia: la convicción de que Dios existe. Pero por lo repetido me parecía que era vulgar. Sin embargo, unos días después leí un texto del escritor ateo Emile Cioran y me di cuenta que aquella vivencia no era tan trivial. Decía el filósofo: “Cada vez que escucho la Misa en si menor o la Pasión según San Mateo o una cantata de Bach, debo confesar que Dios tiene que existir, y esta es la única prueba que los teólogos han pasado por alto”. Cuando te dejas alcanzar por la belleza, sin querer nada más, no buscando atraparla o sacar rédito de ella, la existencia se serena, el pecho se te ensancha y todas tus células te dicen que hay una bondad iluminando el universo, coloreando cada elemento y cada criatura de la tierra.

Javi Morala, capuchino

 

lunes, 14 de junio de 2021

ECOEVANGELIO: EL BIEN TIENDE A DIFUNDIRSE, A VECES INVISIBLEMENTE

“La mujer árbol”, así se conoce a la keniana Wangari Maathai, destacada ecologista y fundadora del Movimiento Cinturón Verde; a través del cual llegó a plantar más de 40 millones de árboles en toda África, creando más de 3.000 viveros atendidos por unas 35.000 mujeres. Su labor le hizo merecedora del Premio Nobel de la Paz en 2004, siendo la primera mujer africana en conseguirlo. Todo comenzó con un sueño: llenar de árboles su país. Así, de un pequeño proyecto de plantación de árboles pasó a ser, a lo largo de los años, el gran “Proyecto de la Muralla Verde”, que tiene el objetivo de frenar el avance del Sáhara hacia el sur del país e impedir su desertificación. La labor titánica de “la Mujer Árbol” no nació y se desarrolló sin dificultades. Ella misma escribió que: «hubo veces en que ni siquiera yo estaba segura de por qué seguía adelante… El servicio por el bien común quizás fuera difícil, incluso peligroso a veces, pero la Fuente (así nombraba a Dios) y los valores constituyeron poderosas fuerzas que nos mantuvieron en pie, avanzando» (M. Wangari). Esta valiosa mujer murió en el año 2011, su legado sigue vivo en el ahora conocido “Cinturón Verde” de África. Este motivante testimonio nos hace pensar en lo que Jesús nos enseña en el Evangelio de este domingo: la semilla que crece por sí sola, y la pequeña semilla de mostaza. El bien se expande sin darnos cuenta, y crece más allá de nuestras cortas expectativas.

En muchos momentos de su vida Jesús enseñó con parábolas. Con esta forma literaria hablaba de la presencia (del Reino) de Dios a través de ejemplos de la vida cotidiana. De dos parábolas se sirve en esta ocasión: la primera centrada en el crecimiento del Reino sin que sepamos cómo, así como sucede con la semilla que crece por sí sola (Cf. Mc 4, 26-29). La segunda parábola, centrada en el inicio imperceptible del mismo Reino, como sucede con la diminuta semilla de mostaza (Cf. Mc 4, 30-32). En ambas parábolas encontramos la idea de Reino visto como don y tarea; Reino que podemos traducir como el bien germinal en el mundo, que exige nuestro compromiso para su desarrollo, pero también nuestra paciencia y confianza en la Providencia para su ensanchamiento. Si bien ambas parábolas nos hablan de ese “crecimiento providencial de la semilla”, la segunda, referida al pequeño grano de mostaza, nos recuerda que toda siembra, por muy insignificante que sea, al final es capaz de albergar la vida, de ofrecer cobijo y protección.

¡Qué hermosa enseñanza nos entrega Jesús hoy a quienes más de alguna vez hemos caído en el desánimo y en la tentación de claudicar en nuestros sueños y deseos de hacer el bien! Por ejemplo, ante la crisis ambiental, en no pocas ocasiones nos asalta la duda de estar en el camino correcto porque pensamos que nuestras pequeñas acciones, como cuidar el agua, la energía, etc., no aportan nada eficaz ante la enorme destrucción masiva de nuestro planeta.

Ciertamente los comienzos de todo bien sembrado siempre son humildes, casi nunca espectaculares. El Papa Francisco nos dice: «No hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo. Esas acciones derraman un bien en la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que se pueda constatar, porque provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente» (Laudato Si’ 212). El bien germina secretamente en el corazón humano, y, por lo mismo, tenemos la capacidad de desarrollarlo con nuestro trabajo, pero sobre todo confiando en la providencia de Dios que nos hará crecer hasta ser protectores de la vida. «Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.» (Evangelii Gaudium, 279).

Hna. Gladys de la Cruz C. HCJC

 

viernes, 11 de junio de 2021

¿QUÉ ES NORMAL?

Llevamos cuatro olas de Covid-19 y al final de cada una de ellas hemos querido volver a esa normalidad en la que vivíamos antes. El final de esta cuarta ola coge vacunada buena parte de la población. Esto nos da más seguridad. Parece que esa nueva nor­ malidad, que hemos querido alcanzar ya en tres ocasiones anteriores, está más cerca.

Pero yo me pregunto ¿Qué es normal ahora? Y, sobre todo, ¿Qué aceptamos como normal para recuperar esas libertades sociales con las que vivíamos antes?

Ha finalizado el estado de alarma ¡por fin! Y con él las limitaciones perimetrales y las restricciones horarias. Ahora nos toca a nosotros, a cada persona, a cada ciudada­ no, actuar con responsabilidad social.

Creo que queda mucho para recuperar una normalidad en el sentido completo de la palabra. ¿Cuándo se eliminará la limita­ ción perimetral de los abrazos y los besos?

¿Cuándo dejaremos de sentirnos extraños al ver a un amigo y no saber si abrazarle o darle el codo? ¿Cuándo nuestra sonrisa no tendrá el filtro de la mascarilla?

Hay cosas que quiero que continúen en esta anormalidad en la que vivimos ahora. Por ejemplo, el tener más presentes a las personas mayores y sus necesidades. Ese resurgir solidario de donaciones y ayudas a los que más lo necesitan. Mantener un orden de entrada y salida en tiendas y me­ dios de transporte. Y, sobre todo, el haber cambiado las visitas del fin de semana a centros comerciales por salidas al campo en familia a disfrutar de la naturaleza.

Ojalá la fatiga social que nos ha traído esta pandemia dé paso a nuevos encuentros y relaciones... y que lo normal, por fin, sea normal.

Fernando Mosteiro

miércoles, 9 de junio de 2021

CARTA DE UN JOVEN POSMODERNO A OTRO JOVEN POSMODERNO

Querido amigo:

Te escribo porque últimamente veo a muchos hablando sobre nuestra generación y tengo la sensación de que todo se circunscribe a gente mayor que nosotros y con la vida resuelta explicándonos qué hay que hacer para conseguir lo mismo. Y creo que empieza a ser hora de que hablemos entre nosotros.

Mira, te adelanto que no tengo las respuestas a casi ninguna de las preguntas que tenemos como generación. Como mucho tengo intuiciones, y no creo que sea mucho más lo que tienen otros que nos prescriben.

A nosotros nos contaron que veníamos a tirar el sistema abajo. Que nuestro destino era superar a una generación de funcionarios de la genX que ni sabía idiomas, ni se manejaba en el entorno digital. Básicamente nos dijeron que el futuro era nuestro solo por existir. Y, a ver, en términos biológicos, podemos afirmar que hay algo de esto, lo decía Kapucinski. Pero ese futuro hoy, parece tener más de dolor que de gloria.

La mayoría de nosotros solo hemos leído a Nietzsche por encima y Foucault ni nos suena. Nuestras lecturas siempre han sido más prosaicas en general: novelas varias de fantasía y aventura y los manuales enormes de la universidad, que junto a las lecturas obligatorias han supuesto la mayor parte de nuestro acervo cultural lector. En general, a nosotros nos han influido más las series: Friends, Cómo Conocí a Vuestra Madre o Juego de Tronos. Ni mejor ni peor: la realidad. No podemos decir que nuestros referentes filosóficos sean demasiado intelectuales.

Nosotros, con lo que sí hemos convivido es con la política. Desde que empezamos a razonar como adolescentes hemos conocido plataformas políticas que nos venían a regenerar, que querían encontrarnos un futuro, que nos prometían que ellos sí pensaban en nosotros. El 15-M fue una catarsis política para nosotros. Los movimientos políticos de nuevo cuño solo nos pedían que comprásemos los paquetes que nos preparaban: los buenos solo son de derechas o de izquierdas (según quién te lo dijera, claro); las consignas de Twitter son para seguirlas y tampoco hace falta preocuparse demasiado, que ellos se encargaban de todo. Ellos, los influencer de cabecera y los preceptores de vida buena. Y, así, hemos crecido con conciencia de los problemas sociales, pero con pocos alicientes para profundizar en ellos. Sin interés por la participación política, pero con grandes dosis de crispación en ese ámbito.

Nos dijeron que nos abriésemos cuenta en Netflix, en Instagram y en Tinder y que disfrutásemos. Que hiciéramos un Erasmus y que estudiásemos aquello que soñábamos (aunque nunca nos invitaron a ser pragmáticos a la hora de elegir empleo. Y así estamos, frustrados porque nunca seremos directores de cine en Hollywood y asuntos por el estilo, pero el alquiler hay que pagarlo igual). Nos contaron que podíamos tenerlo todo siempre: las series, en maratón; los likes a puñados; y los ligues a golpe de match.

También nos dijeron que la juventud dura hasta que uno quiera, pero estamos llegando (o pasando) a los 30 y uno empieza ver que sus padres ya peinan canas. Nos dijeron que lo importante era probarlo todo, pero no nos explicaron que a más experiencias no se le seguía necesariamente más herramientas para enfrentarse al mundo. Nos explicaron que ser padres jóvenes no era guay, que lo importante es tenerlo todo atado antes de tomar decisiones y que, por supuesto, estas nunca jamás tendrían por qué ser irrevocables. Nos empujaron a pensar que cuidar de otros «era una mierda», que la vida es mejor preocupándose de uno mismo y que nadie te quiere como tú. Nos han vendido muchas motos.

Y yo, con alguno menos de 30, ya me estoy dando cuenta de ciertas cosas que, si me dejas, te quiero compartir.

Mira, cada uno vive lo mejor que puede. Pero viendo a los que van por delante de mí y con preocupación por los que vienen detrás, no puedo evitar pensar que hay cosas que no funcionan. A mi edad ya he conocido a demasiada gente con depresión a la que la frustración vital se le ha unido la precariedad económica y emocional. Y no es justo.

Yo quiero decirte que creo que sí, que hay que tener conciencia de la sociedad, pero que lo primero y más importante es que nadie te obligue a comprar packs cerrados y completos: que tienes derecho a participar de la vida pública escogiendo aquellas propuestas que te ayuden a ser mejor, a hacer mejor la sociedad. Y, sobre todo, respetando y discutiendo ideas con quienes piensan diferente. Y que no es solo tu derecho, es que te va en ello el futuro (y el presente).

También creo que sí: las series, los likes y los match son divertidos, pero no dejan de ser un juego. Que la vida nos la jugamos en la búsqueda de sentido, en el trabajo duro y en la recreación (de recrear, o crear de nuevo) de un pensamiento que nos ayude a llegar más adentro, en la espesura, con todos sus matices y sus sombras. Escuchando y leyendo a los que saben más, con la conciencia de que ni siquiera ellos tienen la Verdad completa. En definitiva: que lo ganamos todo buscando referentes buenos que no prescriban, pero sí señalen. Y que en la costumbre –o sea, en los mayores– , encontramos pistas sobre la Vida, con mayúsculas: los retos, lo importante, lo superfluo, las raíces…

Creo que la juventud es un buen momento para experimentar y que tenemos la obligación de vivir la etapa sabiendo que es un trampolín para el futuro. Que a la vez que lo pasamos bien y vivimos experiencias, tenemos que sentar las bases para no pasar por la existencia de cualquier manera. Que no somos jóvenes eternamente, vaya. Que tomar decisiones hoy nos condiciona el futuro nos guste o no y que, entonces, vale la pena dedicar tiempo a elegir las mejores posibles.

Alguien tiene que decirnos que el trabajo de los sueños no existe para casi nadie. Y que eso no nos convierte en infelices o incompletos. Que el mito del hombre del traje gris es solo un mito, que su problema siempre fue de inocente idealismo o de mirada corta. Algunos tendremos más suerte, otros menos, pero la felicidad está en otras cosas. Si tienes suerte de trabajar en tu vocación, aprovecha y agradece. Y si no, vuelca tus esperanzas en otros asuntos. Quien te paga la nómina no te define ni a ti ni a tus aspiraciones.

La felicidad, querido amigo, está, por lo que voy intuyendo, en lo que no se paga. En cuidar a otros. Porque los que nos dicen que eso «es una mierda», lo que nunca nos dicen es que peor es no tener a quien cuidar. Y que por esto vale la pena establecer relaciones duraderas, basadas en la confianza y el Amor. Un Amor que no vive solo de mariposeos en el estómago, sino que se demuestra cuando más cuesta, cuando la vida aprieta. Cuando haya que cambiar pañales (de niño o de adulto) o aguantar tormentas.

Y una cosa más. También creo que los jóvenes de la postmodernidad tenemos mucha hambre de creer en algo que nos cambie la vida y nos hable de eternidad. Quizá lo que nos ha faltado hasta ahora son personas que lo hagan en nuestro idioma.

Bueno, eso, que son intuiciones. No sé si tendrán valor, pero quiero ver qué hay detrás. Te lo cuento en unos años.

Pablo Martín Ibáñez