martes, 19 de noviembre de 2019

LA CONDENA DE LA AUTOESTIMA

Alex Abrines, jugador de baloncesto del Barcelona que llegó a lo más alto jugando en la NBA, cayó en una depresión cuando parecía que lo tenía todo, llegó incluso a odiar este maravilloso deporte. A muchos deportistas de élite les ha ocurrido lo mismo. ¿Cómo puede ser que una persona que aparentemente lo tiene todo se hunda hasta esos extremos?

Hace algunos meses, en un curso para profesores sobre disciplina positiva se nos indicaba que para no dañar la autoestima de los alumnos no había que decirles “lo que hacían mal”, sino que solo había que expresar “lo que podían mejorar”. Estoy de acuerdo en que hay que subrayar lo que los niños o jóvenes hacen bien porque, casi siempre, insistimos en sus errores y nuestras correcciones no sólo no sirven para que los alumnos se desarrollen, sino que muchas veces los hundimos. Pero entiendo que también hay que corregirles.

Creo que en esa artificiosidad del lenguaje de sustituir “lo que hacen mal”, por “lo que pueden mejorar” hay una manera de entender la persona perversa: la valoración de una persona responde a lo que hace, a algún logro personal (éxito profesional, buenas notas, títulos, fama, etc.). Otras veces también se pone el valor de alguien en lo que tiene, en sus características personales (inteligencia, belleza, etc.) o en el dinero, familia, etc.

Sin embargo, antes o después se producen los fracasos, y con ellos llegan la frustración, la minusvaloración personal y la depresión. Pero no sólo eso, la satisfacción que produce alcanzar los objetivos dura muy poco tiempo, y necesitamos buscar compulsivamente otros motivos para responder al impulso de la autoestima. Por eso los logros que indicábamos antes, una vez que se consiguen, ya no satisfacen o el reconocimiento que buscamos con ansiedad nunca es suficiente, como ocurre con los ‘likes’ de las redes sociales.

Como dice el psicólogo Davis Mills, la promoción de la autoestima ha hecho más daño que bien a la persona: “el concepto de autoestima conduce inevitablemente a la autocondenación”. Es decir, la autoestima y la autocondenación son dos caras de una misma moneda, y si buscamos una también conseguiremos la otra.

Poner nuestra valoración en lo que hacemos, lleva inevitablemente consigo que acabemos no estimándonos a nosotros mismos, porque tarde o temprano acabamos actuando inadecuadamente

En cambio, habría que conseguir que todas las personas se sintieran queridos incondicionalmente, es decir, que supieran que nuestro cariño no depende de cómo se comportan, sino que los queremos hagan lo que hagan, y que porque los queremos les corregimos.

A veces, oímos estas palabras de Jesús y nos sentimos incómodos: “cuando hayáis hecho cuanto os han mandado, decid: somos siervos inútiles, sólo hemos cumplido nuestro deber”. Pero está diciendo lo mismo: no tengo que creerme mejor por lo que hago, mi valor no está en mi modo de actuar. Porque mi valor está en lo que soy, “hijo de Dios” ¡nada más y nada menos!, “criatura predilecta del Señor de la vida”, hecha a “su imagen y semejanza”, “ser humano”. ¿SE PUEDE PEDIR MÁS?

Javier Morala, capuchino

viernes, 15 de noviembre de 2019

¿QUÉ DICEN LOS EVANGELIOS SOBRE LA FAMILIA?

Lo primero que hay que decir es que el discurso oficial de la iglesia pone mucho énfasis en el valor de la familia (la tradicional) y dice que es “santuario de la fe” con valoraciones de ese estilo. Nadie duda de que la familia es, aún día, un valor social seguro. Situar la fe ahí es apostar por lo seguro, aunque hay que preguntarse por qué el valor de la familia sigue verdeante y, dentro de ella misma, hay grandes lagunas de increencia.

Los escritos del NT hablarán mucho de la familia y casi siempre en modos tradicionales, de valor seguro. No podía ser de otra manera en la época, una época de mayor componente “clánico” que la nuestra. Pero los evangelios tienen algo atravesado el tema.
  • Hay indicios numerosos de que Jesús tuvo una relación conflictiva con su familia (Mc 3,7), con su “gente” (Jn 7,5), con su padre (hijo de María: Mc 6,3; recibirán cien veces más: Mc 10,28-31). No sabemos el motivo (¿su género de vida itinerante?).
  • Jesús no deja de entender la realidad familiar, como todo, desde una perspectiva de dignidad y de justicia: la limosna corrupta que olvida la justicia con los padres (Mc 7,11-12).
  • Sería demasiado entender a Jesús como un crítico del valor social seguro que es la familia. Pero tampoco como un defensor a ultranza de ese tipo de relación humana. Por eso, él formula la relación del reino bajo el paraguas de una familia distinta, la de los que cumplen el designio del Padre (Mt 12,49).
  • No sabemos si Jesús formó una familia. Los evangelios no aportan ningún indicio en esa dirección, ni tampoco en la contraria. ¿Por qué esto no fue interesante para los evangelistas siendo así que vivían en una sociedad en la que la familia es valor seguro?

Texto: Jn 13,1:«Antes de la fiesta de Pascua, consciente Jesús de que había llegado su hora, la de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo, les demostró su amor hasta el fin»
  • ¿A quién amó Jesús, según los evangelios? ¿Quién fue realmente su familia? Jn dice a quién amó ante el muro de “la fiesta de Pascua”, la última Pascua de Jesús. La pregunta por el amor ante el muro de la muerte cierta, porque Jesús sabe “que ha llegado su hora”, es una pregunta de honda verdad.
  • Amó “a los suyos”: esa fue su familia, contenga la expresión lo que contenga: ¿sus discípulos y discípulas? ¿la gente cercana? ¿los pobres que eran los más “suyos”? Lo cierto es que no vivió sin familia, aunque no fuera exactamente la biológica. La expresión “los suyos” encierra una indudable cordialidad.
  • Eran los que la vida le puso delante, “los que estaban en medio del mundo”. No amó a ángeles, sino a gente común, con sus tremendas imperfecciones y con sus corazones solidarios, a los que le dieron más de un disgusto (Mc 4,36) y los que le dieron momentos de gran alegría (Lc 10,21).
  • Y los amó “hasta el extremo”, todo lo que una persona puede amar a otra persona, con la tremenda decisión de estar dispuesto a entregar la vida por quien se ama (Si me muero, que sea de amor: C. Rivera).
  • Es un amor que se ve, se “demuestra”, algo que envuelve, algo que los del grupo de Jesús, con el tiempo, vieron que era la mayor demostración de amor. Si a ellos les hubieran preguntado quién era Jesús, habrían respondido: “Uno que nos amó hasta el límite”.

Actualización:
  • La iglesia sigue apostado por el valor seguro de la familia. Y, como es realmente un valor, nosotros también apostamos y valoramos la realidad familiar. Pero eso no impide que lo hagamos con sentido crítico, sobre todo no entendiendo esa realidad como algo cerrado, aislado, que no tiene en cuenta la realidad de toda familia.
  • Por otra parte, asistimos hoy a una ampliación de la realidad familiar con la presencia social de las otras familias: monoparentales, con hijos de parejas del mismo sexo, grupos sociales de índole familiar, etc. No se ve muy bien el empeño de negar la categoría de familia a tales modos relacionales cuando, en realidad, cumplen las mismas funciones.
  • Acoger la pluralidad de la realidad familiar no puede redundar sino en beneficio del nivel de relacionalidad social. Si tal nivel aumenta, la ganancia social es evidente.
  • Por otro lado, una vivencia saludable del evangelio ha de llevarnos a sumar realidades familiares no encasillándonos únicamente en la biológica. Toda familia puede sumarse a nuestro camino personal aportando, a veces, tantos o más que la biológica.
  • Una de esas “familias” es la de quienes leen con empeño en el evangelio. Eso va creando lazos “familiares”, de amistad y de fe, que son muy valiosos.
Fidel Aizpurúa, capuchino

jueves, 7 de noviembre de 2019

POEMA DE LA CONTEMPLACIÓN

El valle está callado en su última hora. No hace mucho
se abría al azadón del campesino. Lleva tantos
siglos de cicatrices, la madre milenaria
que nos gesta y olvida entre sus pechos...
Las campesinas llevan lazos en la cintura;
hay arena en sus manos y en sus rostros,
sus risas se salpican por el valle.
Ahora es el silencio.
Como un lago que se hunde en la distancia,
se mecen los trigales, olas mansas
bajo el viento del este.

Todo esto empezó hace ya mucho tiempo cuando alguien
pronunció el primer verso igual que una oración
mientras las luces últimas del día
temblaban en las hojas sobre el valle.
Yo también miro este misterio.
Antes de que la noche lo termine
quiero decir amén. Luego caigan las sombras.

Alejandro Martín Navarro (De Aquel lugar)

martes, 5 de noviembre de 2019

DALE LA VUELTA A TU MIRADA

Todos los días pasan por nuestro centro diferentes personas cargadas de historias duras y difíciles. Vidas cargadas de sufrimiento, situaciones y vivencias que dejan sus marcas para siempre. José es uno de tantos. Un hombre que carga sobre su espalda una vida difícil, áspera y complicada. No es fácil acercarte a José porque posee una imagen desaliñada, sucia, y un olor corporal muy fuerte por una evidente falta de higiene.

Su mirada y su físico indican que es un superviviente de los años 80 en el que la droga circulaba, libre como el viento, por algunos barrios de las ciudades de nuestro país. En especial en el lugar donde José vivió su infancia y adolescencia.

Se acerca a mí y comienza a hablar. Mientras escucho su historia, historias en primera persona, no puedo evitar que mi cabeza vaya a mil por hora y me surjan preguntas y respuestas rápidas… ¿tú tienes la culpa de tu situación? ¿ya sabías que la droga y el alcohol eran malos...? Me saca de mis pensamientos y continúa la conversación. Habla de que ha estado varias veces en prisión por robar para obtener dinero para sus “cosas” y que conoce varias prisiones.

No me lo puedo creer. ¿Cómo puede haber gente así? De nuevo me sumerjo en mis pensamientos y pasa por mi mente una frase muy clara, certera y concisa: “a mí nunca me va a pasar eso”. Seguidamente pienso que la culpa es suya, por no haber sido más fuerte. Pienso que tengo ante mí a un monstruo que me dice abiertamente y sin reparo alguno que ha estado en la cárcel varias veces por varios delitos. ¡Vaya personaje!

Pero la conversación cambia y lo que parece una tomadura de pelo se transforma en una confesión. Comienza a contar que todavía tiene que pagar unos “asuntillos” pendientes con la justicia y que tiene que entrar de nuevo a prisión unos 4 años por tener antecedentes...

La historia de José no es un caso aislado. Existen muchas personas en nuestra sociedad pasando por situaciones similares, pero no nos damos cuenta de su presencia porque están ocultas, no salen en las noticias, no interesan, no son virales, ni dan audiencia. Y cuando nos encontramos con una persona de estas características no permitimos el lujo de juzgarlas, analizarlas sin compasión, con preguntas y respuestas rápidas que no atienden a su relato sino a prejuicios que latentes en cada uno de nosotros sirven para completar el puzzle. Una vez que hemos configurado nuestro estereotipo ya no intentamos darle la vuelta a la situación.

El ejercicio no es complicado: mirar con otros ojos y ponernos en el lugar del otro. ¿Cómo hubiese reaccionado yo si hubiera tenido la infancia y adolescencia de José? ¿Qué hubiese hecho yo si mis padres me hubiesen abandonado? ¿Qué hubiese hecho yo si mi matrimonio hubiese fracasado? ¿Qué sería de mí si yo estuviera en la piel de José?

Quizá estaría como José, deambulado por las calles sin rumbo. Permaneciendo oculto para molestar lo menos posible, durmiendo en la calle… sobreviviendo. Pensar en la suerte que he tenido me ayuda a empatizar con él. Dándole la vuelta a todas esas preguntas puedo acercarme a su historia más allá de mis prejuicios. Al poco empiezo a comprender desde otras claves y ya no estoy tan seguro de que su situación sea únicamente responsabilidad suya.

Pienso en si yo hubiera sido capaz de ser fuerte, en cómo sería mi reacción ante tanta adversidad. ¿Si tuviera sus zapatos sería capaz de caminar? La biblia nos responde en uno de sus pasajes: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más."
Oscar Matés

domingo, 3 de noviembre de 2019

ENCUENTRO JUVENIL INTERFRANCISCANO (EJIF) 2019

Del 25 al 27 de octubre, 140 jóvenes provenientes de diversas realidades de la familia franciscana de toda España se han dado cita en el Colegio san Buenaventura de El Batán, en Madrid. En este fin de semana hemos podido conocer la riqueza del carisma franciscano plasmado en toda su extensión como familia. San Francisco de Asís sigue siendo un referente para nuestros jóvenes y lo hemos podido comprobar durante este fin de semana.

"Qué suerte tenerte" ha sido el lema de este IV EJIF, que desde 2010 no se ha vuelto a repetir hasta la fecha. Y con este lema hemos profundizado en la temática de "La alegría del encuentro" que la hermana Marta Ulinska, terciaria capuchina, ofreció a los jóvenes.

En la tarde del sábado pudimos vivir un momento ecuménico en la oración del "Espíritu de Asís", celebrada en la capilla del Hospital de la Venerable Orden Tercera. Junto con hermanos de otras religiones nos unimos en la oración por la paz, igual que hizo Juan Pablo II en Asís en el año 1986.

Y en la mañana del domingo, antes de celebrar la Eucaristía presidida por el nuevo presidente de la Interfranciscana fr. Txetxi, tuvimos la oportunidad de tener una Mesa Redonda donde se expusieron distintos compromisos que están llevando a cabo nuestros jóvenes desde su identidad franciscana.

Nos despedimos después de la comida del domingo, dando gracias a Dios por todo lo vivido, dando gracias a Dios por el equipo de PJV de la Interfranciscana que desde hace tanto tiempo llevan preparando este encuentro y a los voluntarios que le han ayudado en su preparación. Esperamos vernos de nuevo muy pronto. Pero, por el momento, podemos volver a decir: "Qué suerte tenerte".

sábado, 2 de noviembre de 2019

ORAR POR LOS DIFUNTOS

En la sociedad en la que vivimos aparecen corrientes, grupos, iniciativas en busca de espiritualidad. Hay quien dice que esa búsqueda se debe al cansancio y a la falta de sentido y vacío que crea esta sociedad de consumo.

Toda búsqueda de espiritualidad nos parece, en principio, algo positivo, mientras no sea para eludir o falsificar al Dios que nos presenta Jesús. Su Espíritu siempre nos animará a trabajar por un mundo más fraterno, justo e igualitario, teniendo presente el dolor y sufrimiento de tantas personas en nuestro mundo.

En el mes de noviembre, el recuerdo de nuestros difuntos y la celebración de todos los Santos, la visita a los cementerios, etc, nos lleva a recordar a tantas personas que han formado parte de nuestras vidas, que nos han dado la vida o nos han ayudado a plantearnos la nuestra. Ellas, nos inculcaron una manera de entender la existencia en que los valores religiosos estaban presentes. Eran auténticos valores. Recordamos a nuestros seres queridos, hombres y mujeres, a quienes hemos ido diciendo “adiós”, unas veces de manera sencilla y otras más complicada.

En este mes de noviembre, haciendo nuestras las palabras del Papa Francisco, se nos invita “a reconocer que tenemos «una nube tan ingente de testigos (12,1) que nos alientan a no detenernos en el camino, nos estimulan a seguir caminando hacia la meta. Y entre ellos puede estar nuestra propia madre, una abuela u otras personas cercanas (cf. 2 Tm 1,5). Quizá su vida no fue siempre perfecta, pero aun en medio de imperfecciones y caídas siguieron adelante y agradaron al Señor”. (GE 3)

Su recuerdo nos lleva a plantearnos también esas preguntas sobre el final de la vida y el destino de los nuestros. El Catecismo de la Iglesia Católica, al hablar de la comunión con los difuntos (nº 958) afirma que “la Iglesia nos recuerda que desde los primeros tiempos del Cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones…”. Esta es también una de las obras de misericordia.

Me viene a la mente el diálogo entre Santa Mónica y sus hijos antes de morir, cuando les dice: “enterrad aquí a vuestra madre… Sepultad este cuerpo en cualquier lugar: esto no os ha de preocupar en absoluto; lo único que os pido es que os acordéis de mí, ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde estéis”.

Seguramente que aquellas últimas palabras de su madre quedaron bien grabadas en el corazón de San Agustín. Él, como hombre creyente llegó a esta conclusión: “Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios”.
Benjamín Echeverría, capuchino

viernes, 1 de noviembre de 2019

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Cuando se trata de vocación, no somos nosotros los que elegimos a Dios sino que él nos elige a nosotros; no somos nosotros quienes proponemos a Dios nuestro proyecto sino que es Dios quien nos propone su proyecto; no somos nosotros quienes hemos de señalarnos objetivos sino que hemos de discernir lo que el Señor nuestro Dios quiere de nosotros. Así lo hicieron los santos. Así queremos hacerlo quienes, como ellos, somos llamados a la santidad.

De ese proceso de discernimiento de la voluntad de Dios en la propia vida, nos dejó testimonio en sus escritos San Francisco de Asís. En medio de oscuridades y sufrimientos, el Hermano Francisco hubo de buscar en la oración cuáles fuesen los designios de Dios para él. Creo que podemos hacer nuestra su “oración ante el Cristo de San Damián”, oración de discernimiento, humilde oración en busca de conocimiento de la voluntad del Señor:

“Sumo y glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para que cumpla tu santo y veraz mandamiento”.

Sólo Dios nos puede iluminar acerca de su santa voluntad. Sólo Dios puede darnos la fe, la esperanza y el amor que necesitamos para adherirnos a ella. Sólo él puede darnos “sentido y conocimiento” para que en nuestra vida cumplamos “el mandato” que el Señor nos haya concedido conocer.

Esto fue lo que sucedió con San Francisco –lo cuenta San Buenaventura en su Leyenda Mayor-: “Como quiera que el siervo del Altísimo no tenía en su vida más maestro que Cristo, plugo a la divina clemencia colmarlo de nuevos favores visitándole con la dulzura de su gracia. Prueba de ello es el siguiente hecho. Salió un día Francisco al campo a meditar, y al pasear junto a la iglesia de San Damián, cuya vetusta fábrica amenazaba ruina, entró en ella –movido por el Espíritu- a hacer oración; y mientras oraba postrado ante la imagen del crucificado, de pronto se sintió inundado de una gran consolación espiritual. Fijó sus ojos, arrasados en lágrimas, en la cruz del Señor, y he aquí que oyó con sus oídos corporales una voz, procedente de la misma cruz, que le dijo tres veces: «Francisco, ve y repara mi casa, que, como ves, está a punto de arruinarse toda ella… Vuelto en sí, se dispone a obedecer, y concentra todo su esfuerzo en la decisión de reparar materialmente la iglesia, aunque la voz divina se refería principalmente a la reparación de la Iglesia que Cristo adquirió con su sangre, según el Espíritu Santo se lo dio a entender y el mismo Francisco lo reveló más tarde a sus hermanos.»

Creo que las palabras de Cristo a Francisco pueden ser una muy buena síntesis del carisma que el Señor nos llama a vivir en estos tiempos en que Satanás parece “habernos reclamado de nuevo para cribarnos como trigo” (cf. Lc 22, 31), tiempos de pasión y prueba para el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Aquel: «ve y repara mi casa», hoy lo escuchamos dicho para nosotros. Se ha hecho necesaria una comunidad de fieles que amen a la Iglesia como la ama Cristo Jesús; que la acudan en su necesidad como cuidaba a Jesús su Madre santísima; que en todo tiempo y lugar sirvan a la Iglesia como la sirvieron los santos.

Monseñor Santiago Agrelo