jueves, 11 de junio de 2026

EL LEGADO DE FRANCISCO: CUIDAR AL DÉBIL

Ver el rostro de Dios donde otros no miran

El encuentro con el leproso fue, para Francisco, el punto de inflexión de su vida. Allí donde él antes sentía rechazo, miedo o incomodidad, descubrió una revelación: que en los más frágiles se escondía el rostro de Dios.

Cuidar de los débiles no era para él una obligación moral, sino una respuesta espontánea al amor recibido. Francisco se acercaba a quienes estaban solos, tocaba a los enfermos que nadie quería tocar, trataba con ternura a los pobres a los que otros ignoraban.

Su actitud nos enseña que el cuidado empieza por la mirada: una mirada que reconoce dignidad incluso donde el mundo ve estorbo. Cuidar de los débiles es dejar que el corazón se ensanche hasta sentir como propio el dolor ajeno. Es transformar el egoísmo en servicio, la indiferencia en compromiso.

Francisco entendió que la grandeza verdadera se mide por la capacidad de amar a quienes no pueden devolver nada. En ese amor se encuentra la fuerza que cambia el mundo sin hacer ruido.
  • ¿A quiénes suelo evitar por incomodidad o prejuicio?
  • ¿Cuándo he sentido que alguien cuidó de mí en mi debilidad?
  • ¿Qué pequeño acto de cercanía puedo ofrecer hoy a alguien que lo necesita?

martes, 9 de junio de 2026

LLEVADOS POR EL AMOR

Los primeros tiempos de una comunidad, una familia, un grupo de amistad llevan consigo dosis de gratificación y satisfacción. Los primeros pasos de una relación fraterna generalmente suelen ser agradecidos porque aunque requieran esfuerzo y trabajo son ilusionantes; hay tanto por hacer, tanto por estrenar… Según va pasando el tiempo y van apareciendo las dificultades, los problemas nada fáciles de resolver, y se va viendo que a pesar de nuestra buena voluntad no se logran las metas que nos propusimos tal como soñábamos, aquellas primeras energías menguan y surgen preguntas sobre la viabilidad de la fraternidad, de si merece la pena la apuesta hecha en otro tiempo.

Como no podemos rendirnos a las primeras de cambio, va asomando en la fraternidad como la obligación de redoblar los esfuerzos por salvarla. Cada miembro deberá poner más de sí. Es la hora de revisar y purificar las motivaciones de fondo que estaban en aquellos comienzos. Puede resultar que no había más que ideales, sueños, ilusiones. Puede que en medio de esos sueños e ilusiones también había relación sana y auténtica. Es la hora de mantener el esfuerzo, pero no por obligación sino por amor, por saber por quién y para quién vivimos nuestra vida. Un profesional se esfuerza por el sueldo, sea este monetario o de otro estilo; una madre no se esfuerza por obligación, sino por amor.

Los miembros de la fraternidad irán aprendiendo los caminos que ayudan a que sean llevados por el amor, no por la mera obligación. El esfuerzo que requiere la relación será llevado por el amor. Para ello, habrá que buscar los alimentos que nutran ese amor. La paga de dicho esfuerzo no será el salario sino más amor, o el mismo amor con dosis de nuevos condimentos que van enriqueciendo la relación: paciencia, generosidad, bondad, fe, esperanza…

Carta de Asís, junio 2026

martes, 2 de junio de 2026

MES DE JESÚS

Hemos terminado el mes de mayo, el mes de María, y nos adentramos en junio, el mes de Jesús. Dos de las fiestas importantes en la tradición católica nos lo recuerdan: el Sagrado Corazón y el Corpus. Las dos nos hablan del amor incondicional de Cristo, que ama y ser entrega por nosotros sin límites. En muchos de nuestros pueblos y ciudades se celebran estos días de forma especial. Es una llamada de atención para que la devoción no se quede en un acto de piedad personal sin más, sino que tenga una dimensión comunitaria: para que otras personas tengan esperanza a la hora de afrontar sus días y se renueven el amor sin límites de nuestro Dios.

En la última encíclica que escribió el papa Francisco, “Dilexit nos”, animaba a volver al corazón. En este mundo “es necesario hablar nuevamente del corazón, apuntar hacia allí donde cada persona hace su síntesis; allí donde los seres concretos tienen la fuente y la raíz de todas sus demás potencias, convicciones, pasiones, elecciones… porque en la sociedad actual el ser humano tiene el riesgo de perder el centro de sí mismo”.

Pasadas estas fiestas nos llega la de san Antonio de Padua, a quien tenemos una devoción especial. San Antonio nos lleva a los primeros años de la creación de la familia franciscana, pues pertenece a aquella primera generación de hombres que quisieron formar parte del movimiento espiritual creado por Francisco de Asís. Este año estamos celebrando el 800 aniversario de su muerte.

San Antonio contribuyó mucho al desarrollo de la espiritualidad franciscana. Tenía un buen conocimiento bíblico y teológico que utilizó en su enseñanza y su predicación. Aunque en un año lo proclamaron santo, muchos años después, en 1946, el papa Pío XII lo proclamó doctor de la Iglesia dándole el título de “Doctor evangélico”, pues en sus sermones que dejó escritos ponía de manifiesto la belleza del Evangelio.

San Antonio escribió que “la caridad es el alma de la fe, hace que esté viva; sin el amor, la fe muere”. El amor siempre se orienta hacia el otro. Ayuda a dejar la propia realidad y va al encuentro de lo diferente, estableciendo una relación de acogida, cordialidad y amistad. El amor es tan central, que quien lo tiene, lo tiene todo. Por eso Jesús en el evangelio da tal importancia al amor al otro, que es idéntico al amor a Dios.

Nuestra fe cristiana afirma que Dios nos salva por amor. También nosotros reconocemos que es el amor esa fuente de energía nos ayuda y puede “salvar” a otros, porque convierte a quienes están o sentimos distantes en próximos y a los próximos en hermanos y hermanas.

Benjamín Echeverría, capuchino

jueves, 28 de mayo de 2026

VOLVAMOS A LO PEQUEÑO

Hace unos días, un grupo de compañeros hablábamos de que hemos pasado de la sociedad de las tiendas pequeñas a la de las grandes superficies. Yo he sido la primera que se quedó deslumbrada cuando pusieron en mi ciudad un macrocentro comercial de no sé cuántas tiendas de primeras marcas, con cines, bares, restaurantes, zona de juegos…Aquello fue como creer que la modernidad había llegado. Sin embargo, donde vivo ahora, me encanta pasear por la calle Santa Cecilia y pasar por delante de la frutería, la pescadería, la papelería, la tienda de las torrijas, la de las golosinas o la de los pequeños electrodomésticos. Y no te digo nada cuando me pierdo entre la gente: ir a la carnicería y escuchar a un anciano octogenario decir que cuando se pone la bata de casa, parece un viejo (que lo parece, dice), todo mientras compra pollo y croquetas, te enseña que los avatares de la vida pueden sobrellevarse con sentido del humor.

Abogo por volver a lo pequeño, contemplar la rutina con nuevos ojos, sumergirte en la cotidianidad de todo con agradecimiento por tanta belleza escondida en cada detalle, cada rincón, cada gesto, cada tarea.

Nos perdemos en las grandezas. Queremos tener cuantos más amigos, mejor; estar en los grandes eventos y figurar en los mejores lugares o puestos. Pero, lo cierto es que el “fogonazo de lo colosal” nos desconecta de una realidad mucho más de verdad, que nos une y nos hace sentirnos parte de algo: de un barrio, de una comunidad, de una hermandad, de una familia.

Entiendo que Dios pensó lo mismo cuando decidió encarnarse en una humilde familia de un pequeño pueblo llamado Nazaret. En su vida diaria descubrió Jesús quién es el Padre y lo contó a través de parábolas sencillas que hablaban de ovejas, semillas, viñedos, lámparas de aceite, levadura, del hijo que despilfarra el dinero de la familia y del comerciante que es atracado en un camino. En sus palabras latía la rutina y lo cotidiano, porque ahí está Dios. En las pequeñas cosas, con las pequeñas gentes. Bendito sea.

Almudena Colorado