La muerte nos acompaña toda la vida y forma parte de ella. Existen momentos de la vida en los que la olvidamos, la sentimos lejana. A veces, sin embargo, se hace muy presente, por una enfermedad, la edad, la muerte de alguien querido... En algunos casos su aparición va envuelta en el miedo, en la frustración, en la desesperanza, mientras que en otras situaciones se la desea como el fin de los sufrimientos. Incluso la Biblia nos sorprende y aturde cuando se dice “Déjame morir ya, Señor”, en boca del profeta Elías. Francisco la llama hermana.
El modo de afrontar la muerte está relacionado con el modo como se encara la vida. Existe el miedo a la muerte y el miedo a la vida y, a menudo, van de la mano. Quien juega la vida con entereza, quien la gasta por lo que merece la pena, quien camina llenando de vida sus días, al final del recorrido puede sentirse agradecido por todo lo vivido y puede acoger la muerte con paz. Francisco al final dice: “He concluido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra”.
Quien ha perdido la vida por ayudar otras vidas, puede tener la seguridad de que su vida no se ha perdido ni se perderá, sino que seguirá viva en otras vidas y en otros corazones. Y, desde las palabras de Jesús, puede creer que está bien guardada y abrazada en el corazón del Padre Dios. Así lo cree Francisco.
Francisco no aparece como alguien que sufre la muerte, sino como alguien que vive su muerte. Sabe lo que quiere hacer en ese momento: volver la mirada hacia Jesucristo, estar acompañado de hermanos, bendecir, agradecer, orar. Celebra su muerte uniéndola a la muerte de Jesús, confiándose en las manos del Padre, del que procede todo bien y toda vida. La muerte es la hermana muerte.
Carta de Asís, septiembre 2026