martes, 26 de mayo de 2026
domingo, 24 de mayo de 2026
PENTECOSTÉS
A los cincuenta días de la fiesta de Pascua celebramos Pentecostés. Uno de los domingos más importantes del año después de Pascua.
En el Antiguo Testamento era la fiesta de la cosecha, de la cebada. Más tarde se unió la celebración de la Alianza en el monte Sinaí. En la tradición cristiana lo celebramos como la conclusión del tiempo de Pascua. Podemos decir que la fiesta de Pentecostés es el segundo domingo más importante del año litúrgico, donde tratamos de vivir la relación que existe entre la Resurrección de Cristo, su Ascensión y la venida del Espíritu Santo, que marca el nacimiento de la Iglesia y que está dentro de nosotros mismos inspirando nuestra vida y ayudándonos a ser testigos de la realidad que nos toca vivir.
Tenemos la tentación de creer que las cosas del Espíritu, “lo espiritual”, es algo que afecta a nuestra interioridad y ayuda a “evadirnos” o desentendernos de la realidad en que vivimos, y sin embargo no es así. La Comisión para la Doctrina de Fe de la Conferencia Episcopal Española hace poco tiempo que ha escrito un pequeño documento, una nota, titulada “cor ad cor loquitur” (el corazón habla al corazón) insistiendo en que la vida espiritual y el encuentro con Dios afecta a la persona en todas sus dimensiones: afectiva, intelectual y volitiva.
Hay quienes constatan que hay un renacer de la fe cristiana en la sociedad actual española. Están surgiendo nuevas iniciativas y movimientos suscitados por el Espíritu Santo que tienen que ver con el primer anuncio de la fe. La Iglesia reconoce y valora la creatividad de los mismos, pero advierte que la fe no se puede quedar en pura emoción. “Anima a recuperar los sentimientos e integrarlos, sin menoscabo de la razón, en la vida cristiana”. Los mismos obispos nos recuerdan que “el verdadero encuentro con Cristo no solo transforma la interioridad del creyente, sino que lo impulsa al compromiso concreto con la Iglesia y con el mundo. La fe no puede quedarse en una experiencia meramente emocional, sino que se traduce en la caridad hacia los más pobres, en el testimonio y en servicio que transfiguran el mundo haciendo presentes en él los valores del Reino. Si no somos capaces de tocar la carne de los últimos, no estamos siendo fieles al Evangelio. El corazón cristiano “es un corazón que ve” dónde hay necesidad de amor y actúa en consecuencia” (n.33)
En el mes de mayo tiene un protagonismo especial la figura de María. También estuvo reunida con los apóstoles el día de Pentecostés. Ella es la primera creyente. Acogió el anuncio del Ángel y le dio su asentimiento. Creyó y se comprometió.
Tal y como se afirma en el Catecismo, los dones del Espíritu Santo son siete: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Estos sostienen la vida del cristiano. Que nos ayuden a vivir de tal manera que podamos reconocer y hacer en nuestra vida la voluntad de Dios.
Tenemos la tentación de creer que las cosas del Espíritu, “lo espiritual”, es algo que afecta a nuestra interioridad y ayuda a “evadirnos” o desentendernos de la realidad en que vivimos, y sin embargo no es así. La Comisión para la Doctrina de Fe de la Conferencia Episcopal Española hace poco tiempo que ha escrito un pequeño documento, una nota, titulada “cor ad cor loquitur” (el corazón habla al corazón) insistiendo en que la vida espiritual y el encuentro con Dios afecta a la persona en todas sus dimensiones: afectiva, intelectual y volitiva.
Hay quienes constatan que hay un renacer de la fe cristiana en la sociedad actual española. Están surgiendo nuevas iniciativas y movimientos suscitados por el Espíritu Santo que tienen que ver con el primer anuncio de la fe. La Iglesia reconoce y valora la creatividad de los mismos, pero advierte que la fe no se puede quedar en pura emoción. “Anima a recuperar los sentimientos e integrarlos, sin menoscabo de la razón, en la vida cristiana”. Los mismos obispos nos recuerdan que “el verdadero encuentro con Cristo no solo transforma la interioridad del creyente, sino que lo impulsa al compromiso concreto con la Iglesia y con el mundo. La fe no puede quedarse en una experiencia meramente emocional, sino que se traduce en la caridad hacia los más pobres, en el testimonio y en servicio que transfiguran el mundo haciendo presentes en él los valores del Reino. Si no somos capaces de tocar la carne de los últimos, no estamos siendo fieles al Evangelio. El corazón cristiano “es un corazón que ve” dónde hay necesidad de amor y actúa en consecuencia” (n.33)
En el mes de mayo tiene un protagonismo especial la figura de María. También estuvo reunida con los apóstoles el día de Pentecostés. Ella es la primera creyente. Acogió el anuncio del Ángel y le dio su asentimiento. Creyó y se comprometió.
Tal y como se afirma en el Catecismo, los dones del Espíritu Santo son siete: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Estos sostienen la vida del cristiano. Que nos ayuden a vivir de tal manera que podamos reconocer y hacer en nuestra vida la voluntad de Dios.
Benjamín Echeverría, capuchino
viernes, 22 de mayo de 2026
CUENTOS CON VALORES: EL COMPARTIR
La caja de los besos
Un padre de familia contaba a un amigo lo que había pasado con una hija suya cuando esta tenía tres años. Se había enfadado con ella porque había estropeado un papel dorado de envolver forrando y adornando una caja para colocar debajo del árbol de Navidad. Al día siguiente, la pequeña le entregó la caja diciendo:
- Toma, papá. Este es mi regalo.
Abrió la caja emocionado, y volvió a regañar a la niña al comprobar que estaba vacía:
- ¿No sabes que cuando se da a alguien un regalo debe haber algo dentro? ¿Cómo se te ocurre regalarme una caja vacía?
La niña, medio llorosa, replicó:
- Pero, papá, no está vacía. La llené de besos para ti.
El padre, emocionado, abrazó a la pequeña y le pidió perdón por no haber visto en la caja sus besos.
Aquel padre conservó muchos años aquella caja sobre su mesilla de noche. Cuando se encontraba descorazonado la abría y sacaba de ella un beso de su hija, que reanimaba su corazón.
Un padre de familia contaba a un amigo lo que había pasado con una hija suya cuando esta tenía tres años. Se había enfadado con ella porque había estropeado un papel dorado de envolver forrando y adornando una caja para colocar debajo del árbol de Navidad. Al día siguiente, la pequeña le entregó la caja diciendo:
- Toma, papá. Este es mi regalo.
Abrió la caja emocionado, y volvió a regañar a la niña al comprobar que estaba vacía:
- ¿No sabes que cuando se da a alguien un regalo debe haber algo dentro? ¿Cómo se te ocurre regalarme una caja vacía?
La niña, medio llorosa, replicó:
- Pero, papá, no está vacía. La llené de besos para ti.
El padre, emocionado, abrazó a la pequeña y le pidió perdón por no haber visto en la caja sus besos.
Aquel padre conservó muchos años aquella caja sobre su mesilla de noche. Cuando se encontraba descorazonado la abría y sacaba de ella un beso de su hija, que reanimaba su corazón.
martes, 19 de mayo de 2026
EL VERBO QUISO DE MÍ
Para no ser Dios apenas,
el Verbo quiso de mí
la carne que hace al Hombre.
Y yo Le dije que sí,
para no ser niña apenas.
Para no ser vida apenas,
el Verbo quiso de mí
la carne que hace la muerte.
Y yo Le dije que sí,
para no ser madre apenas.
Y para ser Vida Eterna,
el Verbo quiso de mí
la carne que resucita.
Y yo Le dije que sí
para no ser Tiempo apenas.
Pedro Casaldáliga
viernes, 15 de mayo de 2026
EL LEGADO DE FRANCISCO: PAZ
Un trabajo interior
Francisco fue un verdadero constructor de paz, no porque viviera lejos de conflictos, sino porque se atrevió a desarmar su propio interior. Comprendió que la violencia no nace de las armas, sino del miedo, del orgullo herido, de la necesidad de tener razón.
Su paz brotaba de la oración, de la escucha profunda, de un silencio que no huye, sino que ordena. Cuando el corazón encuentra su centro, pierde el deseo de imponerse, de herir, de competir.
Por eso Francisco podía acercarse al enemigo sin miedo, reconciliar a quienes peleaban, hablar con suavidad incluso cuando nadie lo escuchaba. La paz que él vivía era activa: buscaba puentes, no trincheras.
Hoy nos deja el desafío de trabajar la paz en lo cotidiano: en la familia, en las redes, en el aula, en la calle. Aprender a responder con calma, a no prender fuego con las palabras, a no alimentar rencores. La paz es una elección que se renueva cada día.
Francisco fue un verdadero constructor de paz, no porque viviera lejos de conflictos, sino porque se atrevió a desarmar su propio interior. Comprendió que la violencia no nace de las armas, sino del miedo, del orgullo herido, de la necesidad de tener razón.
Su paz brotaba de la oración, de la escucha profunda, de un silencio que no huye, sino que ordena. Cuando el corazón encuentra su centro, pierde el deseo de imponerse, de herir, de competir.
Por eso Francisco podía acercarse al enemigo sin miedo, reconciliar a quienes peleaban, hablar con suavidad incluso cuando nadie lo escuchaba. La paz que él vivía era activa: buscaba puentes, no trincheras.
Hoy nos deja el desafío de trabajar la paz en lo cotidiano: en la familia, en las redes, en el aula, en la calle. Aprender a responder con calma, a no prender fuego con las palabras, a no alimentar rencores. La paz es una elección que se renueva cada día.
- ¿Qué cosas me roban la paz interior?
- ¿Qué actitud mía suele generar conflicto en los demás?
- ¿Qué puedo hacer para ser sembrador de paz en un ambiente concreto (familia, estudios, redes, amistades…)?
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