jueves, 26 de febrero de 2026

TU OSCURIDAD SE VOLVERÁ MEDIODÍA

Cuántas veces las propias oscuridades (heridas, dolores, soledades, fracasos, temores, angustias, rechazos) se convierten en un agujero negro que atrapa toda la vida en una nube de malestar. Uno vive vuelto sobre sí mismo, rumiándose las heridas, lamentando aquello que se ha convertido en fuente de dolor. Y tratas de pensar, de trabajarte por dentro, de buscar caminos para la superación personal. Buscas salida, y buscas a Dios, pero cuanto más te centras en ti mismo o más vuelves sobre tus tormentas y dramas, entonces más te atrapa el desaliento y más al fondo del pozo caes.

Y, sin embargo, qué sencillo era: “Si das tu pan al hambriento y sacias el estómago del indigente, surgirá tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”. Estas palabras de Isaías (Is 58,10) son impresionantes por certeras. El camino es descentrarse. El camino es salir de los propios dramas para asomarse a los ajenos. Y lejos de sucumbir al peso del instante, elegir el amor al prójimo como lógica. Negarse a dejar que el propio sufrimiento te envuelva, como un narciso atrapado en un espejo de aflicción. Y mirar, más allá de ti, a las otras necesidades. La de quien pasa hambre, la de quien lidia con la soledad, la de quien busca sentido para su vida, la de quien experimenta la exclusión por los motivos que sean. La oscuridad no es tener problemas -que todos los tenemos- sino dejar que apaguen en uno la capacidad de compadecerse y actuar por los otros. La compasión es el camino.

Quien ama al prójimo, brilla, con el fulgor de Dios que se refleja en cada uno. Y entonces ni el llanto, ni el dolor, ni la aflicción, ni la tristeza, pueden apagar esa luz, que Dios mismo sembró en nuestra entraña.

José María Rodríguez Olaizola, sj

domingo, 22 de febrero de 2026

SER HERMANO EN LA BÚSQUEDA

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

Jesús entra en el desierto y allí enfrenta la tentación, el hambre y el silencio. No huye: permanece. Y en esa soledad aprende a elegir, una vez más, la voluntad del Padre.

Algo parecido vive san Francisco de Asís. Tras el fracaso de sus sueños humanos y la caída de sus seguridades, busca la soledad. Todo lo que creía ser se derrumba. Ya no tiene respuestas, solo una pregunta que brota desde lo más hondo del alma: “Señor, ¿qué quieres que haga?” Esa pregunta lo cambia todo. Porque cuando ya no podemos apoyarnos en nuestras fuerzas, en el éxito o en la imagen, queda solo lo esencial: Dios… y un corazón disponible.

A veces necesitamos pasar por la noche interior para descubrir nuestra verdadera luz. A veces Dios permite que perdamos el control para enseñarnos a confiar. La vocación, la paz y el sentido nacen justo ahí: cuando dejamos de imponer nuestro camino y aprendemos a escuchar.

Tal vez hoy tu desierto sea el cansancio, la incertidumbre o el silencio. No tengas miedo: puede ser el lugar donde Dios esté preparando algo nuevo.



viernes, 20 de febrero de 2026

PIEDAD Y LIBERALIDAD

La Cuaresma vuelve, y podemos vivirla en el “como siempre” o como un tiempo de búsqueda, de acercarnos al fuego de Jesús y dejarnos iluminar por Él. No se trata solo de repetir prácticas, sino de preparar el corazón para la Pascua desde una fe más consciente y viva.

La piedad y la liberalidad van unidas en la vida cristiana. La piedad abre el horizonte de Dios; la liberalidad construye lo humano. Si se separan, se empobrecen; si se integran, se fortalecen y dan fruto.

Jesús vivió esa unidad de manera sorprendente. Fue profundamente piadoso y, al mismo tiempo, escandalosamente libre: puso la persona por delante de la norma, la misericordia por encima del rigor. Su mesa compartida con pecadores mostró que el amor concreto es la verdadera medida de la fe. Su ejemplo nos invita a revisar qué piedad practicamos y qué liberalidad ejercemos.

Esta Cuaresma puede ser un tiempo para cuidar la oración y el silencio, pero también para comprometernos más con la justicia y la solidaridad. Una piedad razonable y una liberalidad con horizonte espiritual pueden renovar nuestra vida cristiana. Que al llegar la Pascua estemos un poco más cerca del fuego que es Jesús.

Iván Alonso

miércoles, 18 de febrero de 2026

EN CUARESMA, HERMANO

La fraternidad como camino de conversión.

La Cuaresma suele entenderse como un tiempo de esfuerzo personal: cambiar hábitos, dejar cosas, mejorar conductas. Y todo eso tiene sentido. Pero la experiencia de san Francisco de Asís nos recuerda algo esencial: la conversión cristiana nunca es solo individual, siempre tiene un rostro concreto, el del hermano.

Francisco no inició su camino de conversión encerrándose en sí mismo ni huyendo del mundo. Su vida cambió cuando se dejó tocar por el otro, especialmente por aquel que le resultaba incómodo, molesto o difícil. El encuentro con los leprosos, y más tarde la experiencia de la fraternidad, le hicieron descubrir que Dios se manifiesta de manera especial en la relación con los demás. Por eso pudo decir con sencillez y profundidad: “El Señor me dio hermanos”.

La Cuaresma, vivida desde esta clave, se convierte en una escuela de fraternidad. No se trata solo de preguntarnos qué vamos a dejar o qué prácticas vamos a asumir, sino cómo estamos viviendo nuestras relaciones. ¿A quién excluimos? ¿A quién juzgamos con dureza? ¿A quién evitamos? Muchas veces nuestro corazón necesita convertirse no porque haga grandes males, sino porque se ha ido cerrando poco a poco al otro.

Por eso la conversión cuaresmal pasa por gestos muy concretos: aprender a escuchar, pedir perdón, ofrecerlo sin condiciones, renunciar al juicio fácil, abrir espacio al que queda al margen. Es en estos pequeños gestos donde el Evangelio se hace carne y donde nuestro corazón se va pareciendo al de Jesús.

Que este camino cuaresmal nos ayude a dejarnos transformar no solo en lo que hacemos, sino en cómo miramos y tratamos a quienes caminan con nosotros. Porque, como descubrió Francisco, ahí -en el hermano- nos espera el Señor.