jueves, 22 de febrero de 2024

UNA CUARESMA DE SANACIÓN

Estamos en Cuaresma y una manera de “convertirse” es sanar heridas y para ello, inicialmente, hay que comenzar por encarar las situaciones difíciles. ¿Cómo hacerlo, cómo mirar de frente aquello que se nos hace muy cuesta arriba?


• Pongamos nombre a la dificultad: no temamos llamar por su nombre a la enfermedad, al cáncer, al dolor, a la muerte incluso. No escondamos la dificultad, no obviemos su dentellada. Nombrar la dificultad es una manera inicial de atajarla.
• Tratemos de vivirla con la mayor paz posible: tras la tempestad de una mala noticia, tratemos de recuperar la paz del corazón. No solucionará el problema pero, al estar menos alterados, podremos descubrir caminos nuevos para vivir lo difícil de manera más humana.
• Apoyémonos en Jesús: él ha experimentado fuertes dificultades. Su valor y su generosidad puede animarnos y pueden hacernos descubrir algo hermoso: que más allá de la dificultad hay margen para la vida, aunque sea escaso. Que la alegría también es posible cuando las lágrimas brotan.

Hay un valor humano y espiritual del que se habla poco: la ecuanimidad. Una persona ecuánime es aquella que sabe mantener un cierto equilibrio ante los avatares de la vida. Contamos, para ello, con la ayuda de Jesús que nos dice: “No se altere vuestro corazón” (Jn 14,27). Es posible y deseable esta ecuanimidad.

​San Pablo dice que “la fuerza se realiza en la debilidad” (2 Cor 12,9). Es paradójico, pero puede ser verdadero. En esta Cuaresma, tiempo para sanar heridas, podemos experimentar esto: siendo frágiles, como somos, seremos fuertes si nos apoyamos en Jesús y si nos damos, unos a otros, nuestro más sincero apoyo.

martes, 20 de febrero de 2024

ORACIÓN COMUNITARIA DE FEBRERO: HECHOS CON AMOR, PARA EL AMOR

Haz clic en la imagen para acceder a la oración comunitaria para este mes.

jueves, 15 de febrero de 2024

¿QUÉ DIRÍA HOY SAN FRANCISCO? 5/6

5. Un lugar para los animales

A muchas personas les parece una desproporción extender el tema de la dignidad a los animales o a las otras creaturas, a la tierra en su conjunto. Hay que decir que la dignidad es diversa en sus formas, pero única en su esencia. Y por ello, los humanos tendrán unos derechos, los animales otros, los árboles otros, pero el denominador común es la dignidad. Y ello, simplemente, porque el espacio es común y eso genera unas relaciones de convivencia que no se pueden eludir.

Se impone, pues, un reparto de la dignidad que no se puede obviar y que tampoco puede hacerse por ley, aunque las leyes puedan construirse siempre con ese presupuesto. El reparto de la dignidad supone el control y el reparto del poder, porque la negación de la dignidad común brota del antropocentrismo desviado de una parte que ve como lógico imponer su ley al resto.

Esto lleva a revisar el antropocentrismo como poder de intervención en el mundo y a superar el paradigma moral del sufrimiento de los animales en una ética animal respetuosa y liberadora. Y lo mismo habría que decir de la instauración de una ética de liberación cósmica. Un intervencionismo que considere obvio el enriquecimiento de lo humano saltándose los derechos de animales y cosas es una parte del imaginario occidental que habría de ser superado. Un intervencionismo desde la dignidad abriría caminos de novedad en la relación cósmica con el consiguiente beneficio para todos los intervinientes.

En todo esto, la espiritualidad franciscana tiene una enorme posibilidad y la familia franciscana una responsabilidad. En el franciscanismo primitivo se produjo un acontecimiento histórico nuevo: la obligación de hacer entrar en un mundo común, es decir, en una comunidad moral, la vida de los animales no humanos y a la naturaleza toda. El siglo XIII, con este acontecimiento, supuso una ruptura histórica fundamental en la ética animal y de la naturaleza. Que tal intuición pueda ser recuperada hoy es tarea, en parte, de la espiritualidad franciscana.

martes, 13 de febrero de 2024

CUARESMA: SANAR HERIDAS

Al llegar la Cuaresma, la llamada a la conversión resuena en la Iglesia. Puede tener el peligro de ser algo cíclico que deriva en rutina. Pero también es posible hacerle un sitio en el itinerario del creyente. No es un mero deseo; también es una posibilidad.

Hay quien define la conversión como una “revolución del alma” (J. Baggini). Podría parecer excesivo, pero de algo de eso se trata: apuntar al corazón, a la interioridad y creer que la propuesta de modificación, de cambio, que hace el evangelio tiene que ver con uno. No es un brindis al sol, sino un dardo al propio corazón.

La concreción para la conversión que proponemos este año es SANAR HERIDAS. Cualquiera sabe que las heridas son elemento de la más concreta realidad. Están siempre ahí, con mayor o menor profundidad, con diverso grado de dolor, con repercusiones de distinto calado. Pero están ahí. Mejor encararlas que obviarlas.

Y también está comprobado que, en parte al menos, podemos ejercer con ellas una acción sanante, mitigadora, curativa. Eliminar las heridas no está en nuestra mano; sanarlas sí en la medida en que nos inclinemos a ellas, las acojamos, las cuidemos.

Comenzar la Cuaresma de este año con un planteamiento tal puede ser algo más que un anhelo. Puede ser tomarse en serio la capacidad “samaritana” de la vida y de la fe ante la evidente presencia de las heridas en nuestra vida. Pasar del deseo al trabajo con ellas; he ahí el desafío y el marco de la conversión.

Fidel Aizpurúa, capuchino