En una granja, un gato armaba mucho jaleo cada vez que se decidía a perseguir a un ratón. En vista de que aquel estrépito podía molestar al dueño de la casa, que solía roncar a la hora de la siesta, el perro se dirigió a ellos, pidiéndoles calma, pero no logró apaciguarlos.
Solicitó entonces ayuda al gallo vanidoso, pero este dijo que su sitio era el corral, que no entraba más adentro.
Habló luego con el chivo, para que con sus cuernos separara al gato y al ratón. Pero el chivo roía las hojas verdes del huerto y no deseaba interrumpir su banquete de frescura.
Entonces el perro prosiguió buscando ayuda y le contó el caso al buey, que descansaba rumiando, el cual se excusó diciendo que nunca le dejaban entrar en la parte habitada de la casa, así que no iba a acudir ahora a meterse en líos.
Cuando el perro regresó al lugar de la pelea, la desgracia había alcanzado una proporción insospechada. Resulta que el amo se desangraba inconsciente, porque el gato y el ratón, en su pelea, habían tirado una reja de arado que había en una repisa y lo había alcanzado en la cabeza.
Al día siguiente se celebraron los funerales. Según la costumbre, en esas ocasiones había que sacrificar un gallo; para dar de comer a los primeros parientes mataron al chivo y para las ceremonias del día octavo, como la concurrencia fue grande, terminó asado también el buey.
De esta manera, por no querer colaborar en una ayuda de poca importancia, perdieron la existencia los tres animales.


