domingo, 29 de marzo de 2020

YO MISMO ABRIRÉ VUESTROS SEPULCROS

Aún hay gente que duda de si la Palabra, las Escrituras, están vivas y siguen teniendo hoy vigencia. Pues para quien no se lo crea ya puede ir leyendo la 1ª lectura y el evangelio de este domingo y además, ambas en perfecta consonancia.

Todos estamos deseando escuchar la gran noticia por parte del gobierno del día que podamos salir de nuestras casas. Será la gran liberación y yo no me excluyo de ello. Pero ¿qué tal ir ya experimentando hasta que llegue esa noticia la gran liberación de sentirse en casa? Y como en otras entradas he escrito, no me refiero a situaciones donde las casas en estos días no pueden ser hogares por causas variopintas. Con gran respeto y tristeza sé que estas líneas quedarían incluso frívolas para ciertas realidades. Pero de momento, muchos de nosotros estamos viviendo cada día deseando y agradeciendo que sea y haya sido un día más, un día que suma en este encierro y un día que ya resta para vernos pronto. Ahí, en estas situaciones es donde el profeta Ezequiel nos dice que Dios puede sacarnos de nuestros sepulcros y donde Jesús puede “quitarnos la losa”.

Este silencio de las calles gracias a la falta de ruidos procedentes de los coches ya inexistentes y de la escasez de viandantes ha sido inundado por el trinar de pájaros que antes ni podía reconocer (y yo vivo en la ciudad, nadie piense que tengo delante de mí un idílico paisaje). Mis sesenta metros de casa se están convirtiendo aún más en mi hogar porque es el que me protege y día a día confirmo que tengo más capacidad de llevar la situación de lo que me hubiera imaginado e incluso de lo que me imaginé hace ya unos veinte días cuando comenzó todo esto.

En mi propio hogar se me está quitando la losa de mi sepulcro y estoy experimentando como Dios me lleva a Israel, a la Tierra Prometida. Y para esto me ayudo de muchas cosas: duermo mucho, cocino, hablo mucho con mi gente, veo cosas en la tele que me agradan que me ayudan a pasar las horas del día, ejercicio moderado, trabajo… ¿puede haber algo más mundano o más terrestre? Pero creo que es la parte que a mí se me pide en esta experiencia de desierto. Si estoy bien, mi mente se mantendrá estable y mis defensas no se vendrán abajo por lo que estaré más fuerte frente al ataque del bicho. Por tanto, ya estoy ayudando. No quiero que alguien tenga que decir como a Jesús en el Evangelio: “Maestro, lleva ya cuatro días muerto”. Estoy viva y bien viva y pienso seguir estando en la medida en la que dependa de mí.

Última semana de Cuaresma. El próximo domingo… de Ramos y entraremos con Jesús en Jerusalén cada uno desde su hogar, desde donde se están librando hoy en día las batallas más importantes de este tiempo que nos ha tocado vivir. Pero hasta entonces no hagamos de estos días un sepulcro. Si sigues en casa con todo en orden y con tus seres más queridos luchando como tú, cuenta con la gran noticia de que nuestros sepulcros están abiertos porque más que nunca estamos viviendo en Espíritu y en Verdad. Un fuerte abrazo.

Clara López

MUERTE Y VIDA

A la muerte de un ser querido, sobre todo cuando se produce en momentos o circunstancias inesperadas, puede invadirnos la sensación de que nuestras aspiraciones, el anhelo por la vida no va con los intereses de Dios. Como si lo que Dios quiere y lo que el hombre anhela fuesen por dos vías paralelas que nunca se encuentran.

Pero Dios ama la vida y llama a la vida. Jesús, ante el amigo muerto, sollozó y estaba muy conmovido. La muerte no le deja indiferente. Sus lágrimas por la muerte de Lázaro y por el sufrimiento de sus hermanas expresan su aflicción por el dolor de cada uno de nosotros y por el vacío que deja en nuestro corazón la muerte de una persona querida. Por eso, una oración en medio del sufrimiento puede ser: “Señor, yo sé que esto te duele como a mí o más que a mí; sé que Tú me acompañas y me apoyas, aunque estoy en la oscuridad y me siento en la desolación”.

Tu hermano resucitará, dice Jesús a Marta, y lo repite prácticamente a María. Realiza el gesto de resucitar a Lázaro, mostrando así que la promesa de la resurrección no es una promesa vana sino una realidad que debe empapar nuestra vida y llenarla de esperanza. Estamos llamados a la vida y, si confiamos, nuestra esperanza no se verá defraudada.

Pero la resurrección de Lázaro es solo un signo, no la realidad definitiva. Tiene un alcance limitado porque Lázaro seguirá teniendo enfermedades, contrariedades, sufrimientos, y terminará muriendo. Las obras “inmortales” – por su valor artístico, cultural, humano – están en constante riesgo de ruina, necesitan continuos cuidados, reparaciones, etc. para no ser destruidas por el tiempo. Los esfuerzos admirables de la humanidad por alargar la vida y por mejorar la calidad de vida no pueden impedir que, tarde o temprano, aparezca la muerte. No hay ninguna persona ni obra humana que dure siempre.

No hay realidad humana, por muy admirable que sea, como la resurrección de un muerto, que pueda expresar lo que es la resurrección definitiva y la superación de todo obstáculo a la felicidad.

Nosotros creemos en lo que dice Jesús cuando se dispone a resucitar visiblemente a su amigo Lázaro, pero como signo de una resurrección más radical y definitiva: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. También a nosotros se dirige la pregunta de Jesús. ¿Crees esto? Nuestra respuesta es clave para comprender la vida y no desesperar ante la muerte.

Mientras tanto, Jesús no tiene una actitud fría ante el dolor y la muerte. Con la resurrección de su amigo, nos está diciendo que quien cree en la vida eterna, en la resurrección definitiva, debe luchar también aquí a favor de la vida de los hombres y mujeres, intentar quitar todas las losas que les tienen sepultados en vida y desatar todas las vendas que les impiden andar dignamente. Quien cree de veras en la vida eterna favorecerá todo signo de vida y de amor.

Iñaki Otano

sábado, 28 de marzo de 2020

ACUÉRDATE DE LO BUENO

Cuando el cielo esté gris: Acuérdate cuando lo viste profundamente azul.
Cuando sientas frío : Piensa en un sol radiante que ya te ha calentado.
Cuando sufras una derrota : Acuérdate de tus triunfos y de tus logros.
Cuando necesites amor : Revive tus experiencias de afecto y ternura.

Acuérdate de lo que has vivido y de lo que has dado con alegría.
Recuerda los regalos que te han hecho, los besos que te han dado,
los paisajes que has disfrutado y las risas que de ti han emanado.
Si esto has tenido lo podrás volver a tener y lo que has logrado, lo podrás volver a ganar.
Alégrate por lo bueno que tienes y por lo de los demás;
desecha los recuerdos tristes y dolorosos, no te lastimes más.

Piensa en lo bueno, en lo amable, en lo bello y en la verdad.
Recorre tu vida y detente en donde haya bellos recuerdos y emociones sanas y vívelas otra vez. Visualiza aquel atardecer que te emocionó.
Revive esa caricia espontánea que se te dio.
Disfruta nuevamente de la paz que ya has conocido, piensa y vive el bien.

Allá en tu mente están guardadas todas las imágenes.
Y solo tú decides cuáles has de volver a mirar…
Y así, un día como cualquier otro, decidí triunfar.

Decidí no esperar a las oportunidades, sino yo mismo buscarlas.
Decidí ver cada problema como la oportunidad de encontrar la solución.
Decidí ver cada desierto, como la oportunidad de encontrar un oasis.
Decidí ver cada noche, como un misterio a resolver.
Decidí ver cada día, como una nueva oportunidad de ser feliz.

Madre Teresa de Calcuta

jueves, 26 de marzo de 2020

¿QUÉ DICEN LOS EVANGELIOS SOBRE DIOS?

Podría uno pensar que dicen muchas cosas sobre Dios. Pero, en realidad, los evangelios son sobre Jesús y lo que dicen de Dios es, de alguna manera, secundario: dicen, más bien, lo que Jesús nos dice sobre Dios. Porque el Dios del que hablan los evangelios no es cualquier Dios, sino el Dios de Jesús. No debe despistarnos el que salga muchas veces la palabra Dios.

  • El Dios de Jesús es, en primer lugar, Dios de todos. Esto es una novedad, porque el judaísmo creía que Dios era Dios de ellos y no de los paganos. Jesús cree que nadie queda en el desamparo de Dios porque sobre todos hace salir su sol y caer su lluvia, más allá de su catadura moral (Mt 5,45).
  • El Dios de Jesús es un padre extraño que no es justo al modo de la justicia humana, sino que lo es con el perdón y la acogida (Lc 15,11-32). Por eso, no se cansa nunca de esperar y no retira el amor por más que se le ofenda. Casi se puede decir que no perdona porque, simplemente, ama y el amor siempre incluye el perdón. De ahí que creerse más ante Dios, por cualquier motivo que se aduzca, es una necedad (Lc 18,9-14).
  • El Dios de Jesús es parcial y se sitúa en un lado, en el de los frágiles (Lc 16,19-31). Si se quiere conectar con él hay que animarse a pasarse a la orilla de los frágiles sociales (Lc 19,1-10). Dios es Dios de todos pero no de la misma manera: a los pobres les anima a trabajar por el logro de la justicia, al poderoso a pasarse al lado de la justicia abandonando los caminos injustos del poder.
  • El Dios de Jesús no funciona con los criterios humanos del poder y de la apariencia, sino que ve en lo secreto (Mt 6,6). Por eso mismo, es un Dios de verdad personal y real, no un personaje de fachada religiosa.

Texto: Mt 20,1-16

«El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido. Ellos fueron. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: Nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a mi viña. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Él replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy generoso? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos».

  • Una de las cosas que más despista a la persona religiosa es que Dios sea generoso. Quiere que sea justo: si yo he cumplido, si he trabajado, si he sido buen cristiano que se me pague lo que se me debe. Dios pasa a ser un deudor de la persona religiosa. De tal manera que si paga a todos por igual, si se salvan todos, no tiene sentido el esfuerzo que supone la vida cristiana.
  • Alegrarse de la generosidad de Dios es algo que le cuesta mucho a la persona religiosa. Le causa una cierta contrariedad que Dios sea generoso. Y que lo sea con quien, a su juicio, no se lo merece, más todavía. ¿Cómo nos hubiera ido si nos hubieran inoculado la certeza de un Dios generoso?
  • Y es que cuesta entender que los últimos sean primeros y viceversa, o sea que, ante Dios, todos estamos en la línea de salida. No se puede aducir méritos para que a uno se le pague mejor que a otros. ¿Entonces, para qué el esfuerzo de la vida cristiana? Para comprender y celebrar la hermosura de un Dios generoso y sobre todo con quien lo merece menos. Eso habría de alegrarnos porque, quién más quién menos, todos estamos pendientes de la generosidad de Dios.

Aplicación:
  • ¿Es importante mejorar la idea de Dios o nos hemos de quedar con lo que nos enseñó el catecismo? Una idea muy metida es que Dios premia a los buenos y castiga a los males (la retribución de Dios). Quizá nos vendría mejor pensar que Dios ama a buenos y malos, a ambos los rodea de generosidad: al bueno para animarle en el camino de la justicia yal malo para hacerle ver que tiene que situarse en el camino del bien.
  • A Dios le alegra nuestra justicia y le duele nuestra injusticia, pero él tiene “mecanismos de envolvimiento” de lo que se somos y hacemos para saber envolver todo eso con amor. Si el amor de Dios es menor que nuestra injusticia es que Dios está a merced de ella.
  • Esto habría de llevarnos a una especie de ecumenismo vital sin creernos mejores que nadie porque seamos creyentes ni, incluso, porque seamos justos. Si lo somos, sigamos caminando por la senda de la justicia; si no lo somos, cosa frecuente, creamos que el amor de Dios nos sigue empujando al bien.
  • Dios no se “casa” con nadie porque se casa con todos; Dios no menosprecia a nadie porque aprecia a todos; Dios no condena a nadie porque salva a todos.
Fidel Aizpurúa, capuchino

martes, 24 de marzo de 2020

APRENDIZAJES DE ESTOS DÍAS

Ya no necesitamos apoyarnos en la Física cuántica para defender que todos los seres vivos estamos interconectados, que lo que hagamos unos influye en los otros. Se nos ha hecho evidente estos días que el confinamiento que cada uno de nosotros hacemos, es esencial para que los demás no enfermen; que la entrega de un sanitario en urgencias contribuye a la salud de toda la población; que la dedicación de un reponedor en un supermercado aliviará la preocupación de los compradores; que el cuidado de un vendedor en una tienda de alimentos disminuye los contagios de todos los ciudadanos; que la serenidad de un autónomo que estos días gasta pero no ingresa, ayuda a que la crispación global no aumente; que la paciencia de un niño –y la de sus padres- que están encerrados eleva la concienciación en cada barrio, en cada pueblo, en cada país.

Y si esa dinámica de interrelación es así, entonces mi alegría puede contagiar alegría a los otros, y la esperanza que uno siente también puede alcanzar a los demás, y el amor que ponemos en cada uno de los detalles se expande irremisiblemente; y la ternura que se escapa de nuestras manos no sólo llega al que tengo al lado; y la compasión que me nace ante la debilidad del otro fluye por mi ciudad. Es como si la sintonía de cada uno, se expandiera por el mundo e hiciera vibrar a los demás con la misma longitud de onda. Evidentemente esto también ocurre con la negatividad, de ahí la importancia de sumar en positivo.

Al estar pensando estas cosas, me venía a la mente que si nuestra disposición aporta tanto a los demás, cuánto más hará la de Dios. Cómo su amor, su cuidado por nosotros se transmite al mundo e influye en él, como el aire que nos da vida, o el sol que nos alumbra y calienta. Así se nos puede hacer presente el Padre en nuestra vida, dejando que su amor inunde cada rincón del planeta, que su aliento anime a cada ser vivo, que su esperanza nos llegue dentro, a cada corazón de cada persona. Y esperando a que, si es acogido, sea fecundo.

Javi Morala. capuchino