martes, 12 de febrero de 2019

EL JESÚS MIXTECO

Tardamos 12 horas en volar desde Madrid a la Ciudad de México. Al día siguiente tomamos un autobús que tardó más de 5 horas en llevarnos a Nochixtlán, en el estado de Oaxaca. Allí el hermano Justino nos llevó en carro a Chalcatongo, en la Mixteca Alta. Después de recorrer carreteras asfaltadas y no asfaltadas, de subir cerros y de bajarlos, llegamos ya entrada la noche.

Al día siguiente, en aquel lugar aparentemente recóndito, cuando apenas había amanecido, rezamos la oración de la mañana frente a este Cristo de la imagen, adaptación del Cristo de San Damián. Un Jesús vivo y crucificado con rasgos mexicanos, rodeado de personajes con apariencia y vestiduras mixtecas, y con el centurión y Longinos convertidos en soldados mexicanos. Sus colores y los símbolos que lo jalonan son propios de esta cultura indígena tan desconocida para mí.

Y con los ojos inundados en este Cristo tal peculiar oí esta antífona: “A Cristo, que se nos ha manifestado, venid, adorémosle”. Miraba a un Jesús mixteco y oía que Cristo se nos había manifestado. Y se me hizo patente que en cada una de las personas que me iba a encontrar, allá en este estado de Oaxaca, Jesús se me iba a manifestar; que en el pueblo sencillo y castigado de la Mixteca Alta con el que iba a relacionarme, Cristo se me iba a revelar. Se dada una identificación entre Jesús y esta gente tan pobre y acogedora. El “diosito de Nazaret” se unía al destino de estas gentes: miraba a Jesús y me encontraba con estos mixtecos; y en la mirada a cada uno de estos oaxaqueños se me daba la oportunidad de toparme con el mismísimo Jesús. ¡¡Qué grande es este Dios nuestro encarnado!!

Y me doy cuenta que no tengo que irme tan lejos para tener esta experiencia de la presencia de Jesús en las personas que me encuentro cada día. Y encima, la antífona termina diciendo: “adorémosle”. Que cada uno se diga a sí mismo las consecuencias que tiene…

Javi Morala, capuchino

jueves, 7 de febrero de 2019

VIVIR EL CARISMA FRANCISCANO

VIVIR EL CARISMA FRANCISCANO ES… ser coherentes en un mundo donde parece que la autenticidad debe estar siempre maquillada. El mundo está poblado de apariencias externas y no repara en la belleza que reposa en corazón del prójimo, en lo verdaderamente valioso, en el hálito de vida y singularidad de todo lo que ha salido de las manos creadoras de Dios para con todas sus criaturas.

San Francisco seduce porque es coherente y auténtico, deseando ardientemente vivir lo que creía y decía. El luchó a lo largo de toda la vida, en sí mismo y en sus hermanos, contra cualquier forma de hipocresía, que quiere actuar para «aparecer» (cf. 2 Cel 130-135). Siente horror a la mentira y las componendas. Para él, la simplicidad de una persona que vive coherentemente la verdad en sus actos cotidianos es más contagiosa que mil discursos. «El que obra la verdad -y no el que sólo la piensa- va a la luz» (Jn 3, 21).

Vivir el carisma de Francisco es, entre otras cosas más, no tener dobleces, no tener doble agenda, ni dos caras… Porque somos lo que somos ante Dios y nada más.

espirituyvidaofm.wordpress.com

martes, 5 de febrero de 2019

LA VIDA CONSAGRADA, PRESENCIA DEL AMOR DE DIOS

El calendario está lleno de días especiales que nos ayudan a romper la monotonía. Solemnidades y fiestas, santos, días internacionales, mundiales… Uno de esos días significativos para los religiosos y religiosas, para todas las personas consagradas es el dos de febrero, día de la Presentación del Señor, día de la Candelaria. En esa fecha celebramos la jornada de la Vida Consagrada.

Hace ya unos cuantos años, en 1996, el Papa Juan Pablo II convocó un Sínodo sobre la Vida Consagrada en la Iglesia. Decía el Papa que “a lo largo de los siglos nunca han faltado hombres y mujeres que, dóciles a la llamada del Padre y a la moción del Espíritu, han elegido este camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a Él con corazón «indiviso» (cf. 1 Co 7, 34). También ellos, como los Apóstoles, han dejado todo para estar con Él y ponerse, como Él, al servicio de Dios y de los hermanos. De este modo han contribuido a manifestar el misterio y la misión de la Iglesia con los múltiples carismas de vida espiritual y apostólica que les distribuía el Espíritu Santo, y por ello han cooperado también a renovar la sociedad” (VC1).

Este año, celebramos este día con el lema: Padre nuestro. La Vida Consagrada, Presencia del amor de Dios. Queremos recordarnos que la vida consagrada es presencia del amor de Dios. Cada consagrado, con su vida y testimonio, anuncia que Dios es Padre, un Dios que ama con entrañas de misericordia.

Cada familia religiosa, cada Orden o Congregación intenta reflejar y expresar en su vida y en sus obras algún aspecto, algún detalle, que expresó Jesús en su vida. Cada grupo religioso tiene una manera concreta de situarse dentro de la Iglesia y de la sociedad. En el encuentro que tuvimos los Capuchinos con el Papa Francisco durante el Capítulo General último, el “Señor Papa”, pues así lo llamaba San Francisco de Asís, nos pidió a los Capuchinos tres cosas: en primer lugar, cercanía a la gente. Sois los frailes del pueblo y tenéis que mantener esa cercanía que os ha caracterizado a lo largo de la historia. En segundo lugar, nos decía que somos hombres capaces de resolver los conflictos, de hacer la paz, con aquella sabiduría que proviene propiamente de la cercanía; y sobre todo hacer la paz en las conciencias. Por eso nos pedía que continuemos nuestra tarea de ser hombres de reconciliación, no solo a través del sacramente del perdón desde el confesonario. Y finalmente otra cosa que resaltaba de nuestra vida es la oración simple. Vosotros sois hombres de oración, pero simple. Una oración de tú a tú con el Señor, con la Virgen, con los santos… Conservad esta simplicidad en la oración. Hombres de paz, de oración simple, hombres del pueblo, hombres de reconciliación. Así quiere la Iglesia que seáis: conservad esto. Y con aquella libertad y simplicidad que es propia de vuestro carisma.

Que estos deseos del Papa los llevemos y nos ayudéis a llevarlos a la práctica día a día.

Benjamín Echeverría, capuchino

martes, 29 de enero de 2019

ME HAGO PRÓJIMO

Suceden fenómenos curiosos en el campo de la solidaridad. No nos cuesta hacer un acto solidario con personas que no conocemos, que están lejos, que no hemos tenido trato con ellas ni la tendremos previsiblemente. Es fácil ser solidario cuando se concreta en sólo una firma digital. En cambio, nos resulta más complicado hacernos solidarios con la persona que conocemos de cerca, con su historia sabida, con su modo concreto de vida, de relación, de manera de pensar, etc. y que requerirá tiempo y dedicación en el futuro. Es necesario primeramente hacerme prójimo de ella, próximo.

No me hago prójimo de alguien simplemente porque haga algo a favor de ella, o porque piense igual que ella, o seamos del mismo pueblo, o tengamos el mismo enemigo. En una palabra: no me hago solidario de alguien porque me caiga simpática. Me hago prójimo de una persona porque soy capaz de situarme en su lugar y así, percibiendo su sufrimiento, actúo a favor suya. Todas las circunstancias que me acercan a la otra personas (cultura, manera de pensar, origen, etc.) me ayudarán a acertar mejor en mis actos solidarios, pero no son el origen de mi movimiento solidario.

Hacerme prójimo requiere un proceso de muchas cosas: cuanto más conozca a la otra persona más me haré cargo de su situación, cuanto más me acerque mejor podré verla, cuanto más me exponga a ella más podré aprender de ella...; Y así, iré dándome cuenta de qué podré aportarle dada mi realidad, llena de posibilidades y de limitaciones. Pero sobre todo, podré empatizar con ella, padecer con ella. Esto último es lo que sostiene la solidaridad: es el dolor captado en el otro lo que me moviliza y motiva a hacer.

Dice el texto del Éxodo que Yahvé dijo a Moisés: “He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he oído el clamor que le arrancan sus opresores y conozco sus angustias. Voy a bajar para librarlo”. Dios se hace solidario de su pueblo porque se hace prójimo, próximo.

Carta de Asís, enero 2019