jueves, 2 de diciembre de 2021

ESTOY PENDIENTE

Estoy pendiente, Señor, de tus labios,
de tu Palabra, de tu Buena Noticia,
para escuchar tu voz en medio de tanto ruido,
para escucharle en mis hermanos más necesitados.

Estoy pendiente, Señor, de tus ojos,
de tu mirada cómplice, de tus guiños amorosos,
para ver tu rostro allí donde mis ojos se dirigen,
para verte en mis hermanos más pequeños.

Estoy pendiente, Señor, de tus manos,
manos que sirven, que abrazan, que aman,
para tocar y juntar mis manos con las tuyas,
para tocarte y juntarme con mis hermanos más débiles.

Estoy pendiente, Señor, de tus pies,
pisada firme que deja huella imborrable,
para seguir el camino que Tú me trazas cada día,
para seguirte en mis hermanos más pobres.

Estoy pendiente, Señor, de tu corazón,
corazón grande, cercano, abierto,
para sentir como te aproximas a mi vida,
para sentirte en mis hermanos, en los que Tú te haces presente.

Estoy pendiente, Señor, de tu venida,
para que este año, durante este camino de Adviento,
te descubra acercándote a mi corazón
y puede darte la mejor de las bienvenidas

J.M. de Palazuelo

martes, 30 de noviembre de 2021

PROHIBIDO QUEJARSE: RETIRO DE ADVIENTO

Hay una anécdota simpática en la vida del Papa Francisco que se hizo viral: un psicólogo, Salvo Noé, le regaló un cartel con el lema “Prohibido quejarse” (Vietato lamentarsi) y el Papa lo colocó en la puerta de su habitación de la residencia de santa Marta.

El coro de las lamentaciones es amplio en la sociedad y en la comunidad cristiana. Procede de un negativismo que ve todo negro. Todo va mal, la familia, la política, la juventud, la economía, la moral. Y un lento desgranar de quejas deja un regusto amargo en la boca e impide una vida medianamente disfrutante.

¿Puede uno irse alejando de ese coro? ¿Puede alguien que lo desee zafarse de esos tentáculos que terminan por envolverlo todo? ¿Se puede escapar de esa melodía pegajosa y gris que quita el color a las cosas y a la vida? ¿Puede uno no sucumbir al peso atosigante de la ceniza gris, peor que la del volcán de La Palma, con la que cubren los lamentos los caminos de la vida?

El Adviento, siempre lo decimos, es tiempo de esperanza. Ésta se bloquea con el continuo lamentarse. Por eso, este tiempo puede ser bueno para percatarse de lo invasivos que son los lamentos y de que tenemos posibilidad de abandonarlos. Estos caminos sencillos de espiritualidad, pero bien concretos, pueden ser una ayuda para nosotros este año.

Fidel Aizpurúa, capuchino

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domingo, 28 de noviembre de 2021

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO: YA VIENE

Estrenamos calendario. Hay que poner los relojes en hora. Comenzamos el año litúrgico con el tiempo de Adviento. La Iglesia, a través de los diversos tiempos -Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua y Tiempo Ordinario- quiere concienciarnos a los cristianos para que vivamos e interioricemos el misterio de la salvación, meditando y celebrando sus contenidos más importantes.

No solemos valorar correctamente el tiempo de Adviento; nos parece un tiempo sin identidad, breve, de trámite, de tránsito para la Navidad. Es verdad que es un tiempo intermedio, no definitivo, pero ineludible y decisivo. Es el tiempo de la vida, de la creación entera.

En tiempo litúrgica y existencialmente “fuerte”. Es el tiempo bíblico por excelencia. Un tiempo crístico, por cuanto todo él está orientado a Cristo y por Cristo...; un tiempo crítico, en cuanto que ayuda a desenmascarar impaciencias y utopías, y a purificar y consolidar la esperanza... Y un tiempo eclesial: el tiempo de la Iglesia que celebra su fe “mientras espera la gloriosa venida del Señor Jesucristo”.

Los textos bíblicos de este primer domingo pretenden suscitar en nosotros una reacción para que rompamos con ritmos de vida cansinos y rutinarios y elevemos los ojos a lo alto para descubrir esa figura que viene cargada de ilusión y salvación para la vida.

Este tiempo de Adviento no es, pues, solo, la evocación de Belén, no es un tiempo de añoranzas sino de esperanzas; no es un tiempo retrospectivo, sino la espera de la gran Navidad futura, cuando Dios nazca definitivamente en todo hombre y todo hombre renazca para Dios.

El Señor vino, vendrá y VIENE en cada instante y circunstancia, en cada urgencia del prójimo y en cada gracia. ¡No vivamos distraídos! ¡Y hay muchas formas de distraerse! ¡Y muchas distracciones!

REFLEXIÓN PERSONAL
  • ¿Con qué actitud me sitúo ante el Adviento?
  • ¿Mantengo esperanzas en la vida? ¿De qué tipo?
  • ¿Con qué alimento la esperanza?
Domingo Montero, capuchino

jueves, 25 de noviembre de 2021

RECORDAR Y CONFIAR

En las horas bajas de la vida, cuando toca sufrir, qué diferente es saber o no saber por qué, para qué, para quién se sufre. En el primer caso tiene sentido este tiempo de dolor; sin embargo, cuando no se ve el origen, el destino o para quién y por quién uno está padeciendo, la angustia oscurece el horizonte porque no se ve el motivo de este padecimiento.

Cuando se está en este segundo caso, ayuda el recuerdo de otras épocas donde se vivieron parecidas experiencias y se salió de ellas. Aquello vivido anteriormente nos hace pensar que también saldremos de esta, aunque ahora no veamos cómo. Todos tenemos recuerdos que refrendan aquella frase según la cual después de la tormenta vuelve a lucir el sol. Pero más de una vez nos toca vivir épocas duras en las cuales todo lo experimentado con anterioridad pierde valor y queda en entredicho la verdad de lo vivido en otras épocas. Surge la pregunta de si no fue todo una ilusión.

El creyente, si está abierto a la presencia de Dios en la historia, echará mano del recuerdo de la vida de otros creyentes, de la salvación de Dios. La Biblia es la recopilación de los recuerdos de estas historias. Este recuerdo me hace salir de “mi experiencia” y me abre a la confianza más allá de lo que siento ahora por lo que estoy viviendo. Es el ejercicio de confianza al que me agarro en medio de la noche. Esta confianza me guarda el corazón del poder tinieblas. Esta confianza se apoya en la fidelidad de Dios, no en mi experiencia.

Y misteriosamente, este recuerdo y esta confianza me transforman y me hacen fuerte en la debilidad. Como dice una pasaje de la Biblia: “El Señor es bueno para los que en Él esperan y lo buscan; es bueno esperar en silencio la salvación del Señor”.

Carta de Asís, noviembre 2021

martes, 23 de noviembre de 2021

LA TENTACIÓN DE SER PROTAGONISTAS

Una de las grandes tentaciones que vivimos actualmente los jóvenes en la Iglesia, y también en otros ambientes, es el avasallador deseo de ser protagonistas. Penosamente, me ha tocado ser testigo de grupos juveniles que quedan heridos y desintegrados porque algunos de sus miembros pelean por el pedestal principal, ese ansiado lugar en donde todos los vean, les obedezcan y les rindan algún tipo de pleitesía. Me parece que esa misma tentación acecha también a las comunidades de religiosas, religiosos y a cualquier grupo humano. Todos estamos expuestos a la tentación de sentirnos indispensables, insustituibles y únicos; y es verdad, cada uno de nosotros es absoluto en sí mismo, imagen del buen Dios y también sujetos de su amor que sobrepasa todas las cosas, pero ninguno de nosotros somos los protagonistas ni de nuestra propia vida.

A muchos jóvenes nos parece que el mundo ha nacido con nosotros y parece que ignoramos que antes de nosotros ha habido muchas personas que han labrado, con su esfuerzo y su sudor, esta bendita tierra que ahora habitamos. La historia no nació con nosotros y el mundo no terminará después de nosotros. ¡Qué liberador resalta ser el darse cuenta de que no somos el centro del mundo y que el universo no gira alrededor nuestro! ¡Qué liberador es percatarse de que las cosas se hacen conmigo, sin mí y, a veces, a pesar de mí! ¡Qué liberador, también, es ser consciente de que soy uno más en la fila de la vida…Uno más y nada más!

El mejor ejemplo siempre lo encontramos en Jesús de Nazaret, que «no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mt 20, 28). Ese mismo Jesús, que sabiamente aconsejaba a sus discípulos, también nos aconseja a nosotros «el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor» (Mt 20, 26). No somos más que servidores en la viña del Señor y nuestro aporte, por más valioso y necesario que sea, no es indispensable. El complejo mesiánico hace mucho daño a nuestras comunidades. Si el Señor nos ha regalado un don o un carisma particular, no es para sentirnos especiales, sino para ponerlo al servicio gratuito y desinteresado de los demás.

Cuidemos nuestro corazón de los vanos deseos de ser protagonistas, pues esos deseos nos pierden y nos convierten en los antagónicos de la historia de nuestras comunidades. Cuidemos nuestro corazón de la hambrienta búsqueda de los reflectores y de los aplausos que tan fugazmente se desvanecen y nos dejan en la nada. Contemplemos cómo la fecundidad de una semilla siempre brota en lo profundo y secreto de las entrañas de la tierra, sin aspavientos, sin escándalos y muy lejos de toda ambición de grandeza.

Del deseo de ser aplaudidos y del temor de ser olvidados: ¡líbranos, Señor!
 
Genaro Ávila-Valencia sj