domingo, 22 de marzo de 2026

SER HERMANO HASTA EL FINAL

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

Jesús llora ante la tumba de Lázaro… y luego grita con voz fuerte: “¡Sal fuera!” No es solo un milagro: es una revelación. Jesús muestra que la muerte no tiene la última palabra, que el amor del Padre es más fuerte que toda oscuridad. Lázaro vuelve a la vida. Pero todos sabemos que un día volverá a morir.

Siglos después, San Francisco de Asís vive su propio “paso”. La tradición no habla de su muerte, sino de su Tránsito. Porque para él morir no era desaparecer, sino atravesar, no era final, sino encuentro. Pobre, ciego, agotado, acostado sobre la tierra desnuda, canta todavía… y se entrega. Francisco no “muere”, Francisco transita hacia el Amor.

Lázaro es llamado a salir del sepulcro, Francisco es llamado a entrar en la Vida. Ambos nos enseñan lo mismo: la muerte no es un muro, es una puerta. El último paso no es hacia la nada, sino hacia Dios. Jesús nos revela que la vida vence, Francisco nos muestra cómo entregarse confiando.

Tal vez hoy tengamos miedo al final, a la pérdida, al soltar... pero el Evangelio y la vida de Francisco nos susurran: no vamos hacia la oscuridad, vamos hacia el abrazo.


miércoles, 18 de marzo de 2026

TENÍA ALGO EN LA MIRADA

No era alto, ni elegante, ni especialmente atrayente. Pero tenía algo distinto en la mirada. Solía decir que los animales ven pero que los humanos miran. Él miraba. Si te dabas cuenta, en el fondo de sus pupilas estabas tú. Era su manera de conectar con el corazón.

Cuando miraba, cuando te mirabas en él, entendías que eras como de su familia. Para él la palabra “hermano/a” recalaba en sus ojos. Lo notabas en que jamás te juzgaba, porque si algo se nota es la mirada que te juzga. Como una espiga cargada de granos, así estaban sus ojos cargados de cercanía. Ante él, estabas en casa.

No sabía mirar por encima del hombro con una mirada de superioridad sencillamente porque jamás se creyó superior de nadie. A él le gustaba estar en el llano, donde es fácil mirar los ojos del otro sin tener que apearse de nada. Como por propia experiencia sabía de heridas, ponía mucho cuidado al tocar el alma del otro. Era de los que no se apropian, de los no te roban la entraña, no era un saqueador del corazón. Se percibía eso en cuanto le veías, en cuanto te miraba.

Uno se preguntaba en que fuentes ocultas había bebido para tener aquella mirada tan limpia como las aguas más tranquilas. Los que lo conocían lo sabían: el silencio era su compañero, la plegaria su lenguaje, el disfrute de la luz su alimento. Tenía dentro un torrente silencioso que le hacía conectar con facilidad con el latido más hondo de la más pequeña criatura que respira. Brillaban sus ojos con el brillo del rocío.

Su mirada decía a las claras que él no escondía ninguna factura que pasar después en concepto de tiempo ofrecido, de escucha amante, de amparo cálido. Era un convencido de que lo que se recibe gratis hay que darlo gratis. Ni debía ni le debían. Su mirada era como la de los ojos de los pájaros que cantan agradecidos al amanecer y al día siguiente lo vuelven a cantar. Mirada que no lleva cuentas.

Quienes le miraban a la cara y hablaban con él veían que la esperanza ensanchaba su corazón, que el aire era más ligero y que vivir y respirar era un don sagrado. Era la esperanza que brota de lo pequeño, de lo cotidiano, de lo que tienes alcance de la mano. Decía con un amor que contagiaba: “Espera y verás”. Su mirada era la firma de sus palabras.

Su mirada no era coto cerrado, tesoro sellado, casa atrancada. Lo suyo era mirar al campo abierto, al horizonte que se pierde, al cielo que termina no se sabe dónde. Como un taladro sus ojos llegaban a los adentros para descubrir ahí la perla de la dignidad. Cuando hablaba de lo que amaba, hablaba sobre todo de eso, de la dignidad. El brillo de sus ojos era el de un incendio.

Mirándole brotaba siempre la misma pregunta: ¿Quieres mirar como yo? ¿Quieres que miremos juntos? ¿Quieres que unamos nuestros otros en una mirada cautivadora? ¿Quieres?

Fidel Aizpurúa, capuchino

martes, 17 de marzo de 2026

CON OTRA MIRADA

Vivimos en una sociedad que nos ha enseñado a mirar deprisa, a mirar desde lo que poseemos, desde lo que valemos, desde lo que mostramos. Pero Jesús, y después Francisco de Asís, nos enseñan otra forma de mirar, una mirada que no juzga, sino que abraza, que no domina, sino que sirve, que no se cansa de creer en los demás. Y esa es precisamente la mirada capuchina: una manera distinta de estar en el mundo.

A continuación, presentamos esta mirada a través de seis columnas que sostienen nuestro carisma: fraternidad, minoridad, contemplación, pobreza, misión y cuidado de la casa común.
  • MIRADA FRATERNA: significa ver a cada persona como un regalo, no como una amenaza ni un objeto. Fraternidad es tener los ojos cargados de misericordia, como pide Francisco en la Carta a un Ministro: que nadie se aleje de ti sin haber visto en tus ojos la mirada de Jesús.
  • MIRADA DESDE ABAJO: ver desde el lugar del menor, no desde el poder, el privilegio o la autosuficiencia. La verdadera grandeza reside en hacerse pequeño para que los demás puedan crecer.
  • MIRADA ORANTE: La relación con Dios hace posible que nuestra mirada sea limpia, libre y profundamente humana. La oración te da ojos nuevos: ojos agradecidos, ojos sensibles, ojos que descubren belleza donde otros no ven nada.
  • MIRADA POBRE: La pobreza franciscana no es carencia, sino otra forma de mirar las cosas y la vida. La pobreza educa el ojo interior para descubrir que la verdadera riqueza está en las relaciones, no en los bienes.
  • MIRADA DE AMOR: La misión capuchina es una mirada que se deja conmover por la realidad del mundo. Es la mirada de Francisco hacia el leproso, hacia el sultán, hacia el lobo de Gubbio, hacia el hermano pecador… una mirada que sale de sí para tocar la vida del otro.
  • MIRADA AMPLIA: La mirada franciscana se traduce en mirar la creación con ojos fraternos, como quien contempla a su propia familia. Una familia hermosa, frágil, sagrada, interconectada, confiada a nuestras manos para amarla y protegerla.

INTERPELACIÓN PERSONAL

Dios también quiere regalarte otra forma de mirar. Una mirada más humana, más libre, más honda. Una mirada que puede transformar tu vida… y la de los demás.

Si alguna vez has sentido dentro de ti un deseo de vivir para algo grande, una inquietud por ayudar a otros, una sed de autenticidad, una voz suave que te dice: “¿y si…?”, una atracción por la vida sencilla, fraterna y alegre… entonces quizás este camino sea para ti.

No tengas miedo de mirar como Jesús. No tengas miedo de mirar como Francisco. No tengas miedo de mirar como un capuchino. La vocación empieza en los ojos… y termina en el corazón que se entrega.

Pastoral vocacional capuchina

domingo, 15 de marzo de 2026

SER HERMANO EN LA OSCURIDAD

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

Jesús se encuentra con el ciego de nacimiento. No solo le devuelve la vista: le regala una manera nueva de ver. Mientras muchos que “ven” permanecen cerrados por dentro, aquel hombre, tocado por Jesús, descubre la luz verdadera. La curación no es solo física: es interior. Aprende a reconocer a Dios actuando en su propia fragilidad.

Siglos después, San Francisco de Asís vive su propia noche. Casi ciego, enfermo, lleno de dolores, sin fuerzas… y, sin embargo, en esa oscuridad compone el Cántico de las criaturas. Cuando ya no puede contemplar el sol con los ojos, lo ve con el alma. Cuando el cuerpo se apaga, el corazón se enciende. Francisco canta al hermano sol, a la hermana luna, al agua, al fuego, a la tierra… No porque todo esté bien, sino porque ha aprendido a mirar desde Dios.

El ciego recibe la vista. Francisco pierde la suya. Pero ambos descubren lo mismo: La verdadera luz no entra por los ojos, sino por el corazón. La belleza más profunda se revela cuando aceptamos nuestra fragilidad. A veces creemos que necesitamos ver para creer. Pero el Evangelio nos enseña lo contrario: cuando confiamos, empezamos a ver.

Tal vez hoy tu oscuridad no sea un obstáculo, sino el lugar donde Dios quiere enseñarte a cantar.