Francisco quiso hacer de su propia muerte una gran celebración fraterna, en la que sobresale la comunión con Jesucristo, la centralidad de Cristo y del evangelio. Así y no de otra forma hay que entender e interpretar su petición de que se le lea el evangelio de San Juan, en el capítulo 13, a partir del lavatorio de los pies (Cf 1Cel. 110).
No hace falta decir el cariño y el cuidado que Francisco tenía por sus hermanos, a quienes, poco antes en el testamento les llama: “mis benditos hermanos” y hace estos gestos para indicarles el camino que tenían que tomar en el futuro. Francisco, muere rodeado por sus hermanos.
Pero, hay más. En los relatos de la “pascua” de Francisco, hay otro dato que es muy bonito y conviene resaltar. En la muerte de Francisco aparece una mujer: Jacoba de Settesoli, una amiga de Francisco a la que hizo saber de las condiciones finales en las que se encontraba y a la que rogó viniera a verle en sus últimos momentos y que le trajera un dulce que ella hacía, los “mostaccioli”. Cuentan los biógrafos que ella llegó a Santa María de la Porciúncula y Francisco la aceptó en la cabecera de su cama, contraviniendo las normas que había sobre la clausura, y Francisco dijo aquella simpática frase: “Abrid las puertas y haced pasar a la que está entrando, porque la disposición que prohíbe la entrada a las mujeres no reza con fray Jacoba” (3Cel 37).
Francisco, pues, muere solo, como todos, pero acompañado de Jesucristo, de sus hermanos, de las hermanas pobres de Santa Clara y de la amiga, Fray Jacoba de Settesoli. ¡Cuánta humanidad!
Carta de Asís, octubre 2026

