Con ese documento, la Iglesia reconocía oficialmente el pequeño grupo de frailes que soñaba con vivir el Evangelio de una manera más sencilla, auténtica y cercana al estilo de san Francisco de Asís.
En la bula se les permitía vivir una vida eremítica, usar hábito con capucha cuadrada, llevar barba, recibir candidatos y mendigar, bajo la protección de los franciscanos conventuales, ya que los franciscanos observantes -a los que pertenecían- los estaban persiguiendo.
Todo empezó con algunos franciscanos inquietos, como Mateo de Bascio y los hermanos Ludovico y Rafael de Fossombrone. Ellos sentían que hacía falta volver a lo esencial: una vida sencilla, fraterna, pobre, cercana a la gente y profundamente conectada con Dios. No querían crear algo nuevo, si no recuperar el fuego de los orígenes franciscanos. Así nació la reforma capuchina.
Para eso dieron dos pasos muy importantes que siguen inspirándonos hoy:
1. Encontrarse con uno mismo y con Dios
Los primeros capuchinos entendieron algo muy actual: para vivir de verdad, primero hay que parar y hacer silencio. Por eso buscaron espacios de silencio y contemplación. Se retiraban a pequeños eremitorios, lugares apartados pero cercanos a los pueblos, donde podían reconectar con Dios, con ellos mismos y con lo verdaderamente importante.
Necesitaban hacer silencio para escuchar el corazón, desconectar de lo superficial para volver a lo auténtico, y desde ahí dejarse renovar por el Espíritu.
Ese “encontrarse” no era huir del mundo, sino aprender a mirarlo con más verdad.
2. Encontrarse con la realidad y con las personas
Precisamente porque hacían silencio, podían escuchar mejor el sufrimiento, las búsquedas y las necesidades de la gente de su tiempo.
El siglo XVI era una época de crisis, cambios y búsqueda espiritual. Muchas personas tenían hambre de sentido, de profundidad y de una fe más auténtica. Los capuchinos respondieron a esa necesidad con una manera de vivir cercana, sencilla y creíble.
Por eso mucha gente se sintió atraída por ellos: jóvenes, laicos, religiosos, personas cultas y también gente sencilla. Un ejemplo muy importante fue Catalina Cybo, duquesa de Camerino. Mujer inteligente, sensible y buscadora de Dios, apoyó y protegió a los primeros capuchinos en sus momentos más difíciles.
Pero los capuchinos no solo hablaban de Dios: también se acercaban al dolor de las personas. Mientras otros huían, ellos cuidaban enfermos durante las pestes, acompañaban a los pobres y servían donde más se les necesitaba.
Llama la atención su capacidad de reinventarse para atender a las necesidades reales, como cuando se convierten en los primeros bomberos de París. Su manera de vivir hablaba más fuerte que cualquier discurso.
¿Y hoy?
Quizá hoy también necesitamos volver a “encontrarnos”:
encontrarnos con nosotros mismos,
encontrarnos con Dios,
encontrarnos de verdad unos con otros,
y encontrarnos con las heridas y necesidades de nuestro mundo.
Ojalá este lema, “Encontrarnos”, nos ayude también a acercarnos más entre las distintas realidades de la Provincia de Capuchinos de España, caminando juntos desde la sencillez, la fraternidad y la alegría franciscana.

