Y, sin embargo, qué sencillo era: “Si das tu pan al hambriento y sacias el estómago del indigente, surgirá tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”. Estas palabras de Isaías (Is 58,10) son impresionantes por certeras. El camino es descentrarse. El camino es salir de los propios dramas para asomarse a los ajenos. Y lejos de sucumbir al peso del instante, elegir el amor al prójimo como lógica. Negarse a dejar que el propio sufrimiento te envuelva, como un narciso atrapado en un espejo de aflicción. Y mirar, más allá de ti, a las otras necesidades. La de quien pasa hambre, la de quien lidia con la soledad, la de quien busca sentido para su vida, la de quien experimenta la exclusión por los motivos que sean. La oscuridad no es tener problemas -que todos los tenemos- sino dejar que apaguen en uno la capacidad de compadecerse y actuar por los otros. La compasión es el camino.
Quien ama al prójimo, brilla, con el fulgor de Dios que se refleja en cada uno. Y entonces ni el llanto, ni el dolor, ni la aflicción, ni la tristeza, pueden apagar esa luz, que Dios mismo sembró en nuestra entraña.
José María Rodríguez Olaizola, sj



