Cierta vez, un pobre hombre logró congraciarse con un dios que le ofreció tres dones, que tendría que pedir echando tres veces los dados.
El hombre volvió feliz a su casa y comunicó a su mujer la noticia de su dicha. Ella, llena de alegría, le dijo en seguida que echase los dados para pedir, primero, riquezas. El hombre repuso a esto:
- Los dos tenemos la nariz pequeña y fea, por lo que la gente se ríe de nosotros; pidamos primero una hermosa nariz aguileña, pues la riqueza no puede quitarnos tal deformidad.
Pero la mujer prefería obtener primero la riqueza y, tomándole la mano, contuvo la echada de los dados; él la retiró apresuradamente y en el mismo instante arrojó los dados exclamando:
- ¡Que tengamos bellas narices y nada más que narices!
El cuerpo se les cubrió, de inmediato, de muchas y hermosas narices, pero les resultaba un estorbo tan grande que convinieron en echar los dados por segunda vez para pedir su eliminación.
Así sucedió, mas, perdiendo sus propias narices, quedaron del todo desnarigados. De esa manera desperdiciaron dos dones y, completamente acongojados, no sabían qué hacer. No les quedaba más que un solo don para pedir. Habiendo perdido sus propias narices quedaban peor que antes. Ni en sueños imaginaron ese trance.
Deseaban tener una hermosa nariz, pero temían que se les interrogase acerca de semejante transformación y que los tomasen por dos grandes tontos, incapaces de remediarlo ni aun con la ayuda de las tres gracias. De manera que se pusieron de acuerdo y volvieron a echar los dados pidiendo nuevamente la misma fea y pequeña nariz de antes.

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