domingo, 22 de febrero de 2026

SER HERMANO EN LA BÚSQUEDA

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

Jesús entra en el desierto y allí enfrenta la tentación, el hambre y el silencio. No huye: permanece. Y en esa soledad aprende a elegir, una vez más, la voluntad del Padre.

Algo parecido vive san Francisco de Asís. Tras el fracaso de sus sueños humanos y la caída de sus seguridades, busca la soledad. Todo lo que creía ser se derrumba. Ya no tiene respuestas, solo una pregunta que brota desde lo más hondo del alma: “Señor, ¿qué quieres que haga?” Esa pregunta lo cambia todo. Porque cuando ya no podemos apoyarnos en nuestras fuerzas, en el éxito o en la imagen, queda solo lo esencial: Dios… y un corazón disponible.

A veces necesitamos pasar por la noche interior para descubrir nuestra verdadera luz. A veces Dios permite que perdamos el control para enseñarnos a confiar. La vocación, la paz y el sentido nacen justo ahí: cuando dejamos de imponer nuestro camino y aprendemos a escuchar.

Tal vez hoy tu desierto sea el cansancio, la incertidumbre o el silencio. No tengas miedo: puede ser el lugar donde Dios esté preparando algo nuevo.



viernes, 20 de febrero de 2026

PIEDAD Y LIBERALIDAD

La Cuaresma vuelve, y podemos vivirla en el “como siempre” o como un tiempo de búsqueda, de acercarnos al fuego de Jesús y dejarnos iluminar por Él. No se trata solo de repetir prácticas, sino de preparar el corazón para la Pascua desde una fe más consciente y viva.

La piedad y la liberalidad van unidas en la vida cristiana. La piedad abre el horizonte de Dios; la liberalidad construye lo humano. Si se separan, se empobrecen; si se integran, se fortalecen y dan fruto.

Jesús vivió esa unidad de manera sorprendente. Fue profundamente piadoso y, al mismo tiempo, escandalosamente libre: puso la persona por delante de la norma, la misericordia por encima del rigor. Su mesa compartida con pecadores mostró que el amor concreto es la verdadera medida de la fe. Su ejemplo nos invita a revisar qué piedad practicamos y qué liberalidad ejercemos.

Esta Cuaresma puede ser un tiempo para cuidar la oración y el silencio, pero también para comprometernos más con la justicia y la solidaridad. Una piedad razonable y una liberalidad con horizonte espiritual pueden renovar nuestra vida cristiana. Que al llegar la Pascua estemos un poco más cerca del fuego que es Jesús.

Iván Alonso

miércoles, 18 de febrero de 2026

EN CUARESMA, HERMANO

La fraternidad como camino de conversión.

La Cuaresma suele entenderse como un tiempo de esfuerzo personal: cambiar hábitos, dejar cosas, mejorar conductas. Y todo eso tiene sentido. Pero la experiencia de san Francisco de Asís nos recuerda algo esencial: la conversión cristiana nunca es solo individual, siempre tiene un rostro concreto, el del hermano.

Francisco no inició su camino de conversión encerrándose en sí mismo ni huyendo del mundo. Su vida cambió cuando se dejó tocar por el otro, especialmente por aquel que le resultaba incómodo, molesto o difícil. El encuentro con los leprosos, y más tarde la experiencia de la fraternidad, le hicieron descubrir que Dios se manifiesta de manera especial en la relación con los demás. Por eso pudo decir con sencillez y profundidad: “El Señor me dio hermanos”.

La Cuaresma, vivida desde esta clave, se convierte en una escuela de fraternidad. No se trata solo de preguntarnos qué vamos a dejar o qué prácticas vamos a asumir, sino cómo estamos viviendo nuestras relaciones. ¿A quién excluimos? ¿A quién juzgamos con dureza? ¿A quién evitamos? Muchas veces nuestro corazón necesita convertirse no porque haga grandes males, sino porque se ha ido cerrando poco a poco al otro.

Por eso la conversión cuaresmal pasa por gestos muy concretos: aprender a escuchar, pedir perdón, ofrecerlo sin condiciones, renunciar al juicio fácil, abrir espacio al que queda al margen. Es en estos pequeños gestos donde el Evangelio se hace carne y donde nuestro corazón se va pareciendo al de Jesús.

Que este camino cuaresmal nos ayude a dejarnos transformar no solo en lo que hacemos, sino en cómo miramos y tratamos a quienes caminan con nosotros. Porque, como descubrió Francisco, ahí -en el hermano- nos espera el Señor.

martes, 17 de febrero de 2026

EL LEGADO DE FRANCISCO: POBREZA

Libertad interior

Cuando Francisco vivia en pobreza radical, algunos lo tacharon de loco e irresponsable. Pero él no defendía una existencia de sufrimiento y miseria, sino a una vida sin cadenas. Descubrió que la dependencia obsesiva de los bienes, de la seguridad o de la imagen pública nos encierra en jaulas que, aunque invisibles, nos quitan la libertad.

Francisco vivía desde la gratitud. Cada cosa era un regalo y no un derecho. Cada encuentro, una oportunidad. Cada momento, un motivo de agradecimiento. Cuando el corazón aprende a vivir desde ahí, dejamos de competir y empezamos a compartir.

La pobreza franciscana es una invitación a vivir con el corazón libre. Es preguntarse: ¿qué cosas me atan? ¿Qué necesito soltar para vivir con más paz? No se trata de tirar todo por la ventana, sino de relacionarnos con lo que tenemos de otro modo, sin convertirlo en el centro de todo.  

La pobreza, entendida así, nos recuerda que la verdadera riqueza es poder mirar el mundo sin miedo y con el alma ligera.

Preguntas para la reflexión personal
  • ¿De qué cosas dependo demasiado para sentirme seguro o valioso?
  • ¿Qué lugar ocupa el agradecimiento en mi vida?
  • ¿Qué experiencias me han mostrado que no necesito tanto como pensaba?