Introducción.
Leer consiste en cosechar con los ojos”. Esta frase de Michel de Certeau, el jesuita francés que dedicó buena parte de su vida a estudiar el fenómeno místico, encierra una verdad sencilla y honda a la vez: dentro de un texto hay siempre un fruto que viene hacia nosotros. Antes de la cosecha hubo una espiga y, antes de la espiga, una siembra. Lo que ahora se recibe –el alimento, la palabra, el sentido– ha sido precedido por el trabajo silencioso de alguien que abonó la tierra y la cuidó. Leer, entonces, como todo lo que importa, es en el fondo un modo de agradecer.
El año pasado, 2025, se cumplieron ochocientos años de la composición del Cántico de las Criaturas, y ese aniversario trajo consigo un regalo continuo: la ocasión de detenerse, una y otra vez, en lo que ese poema dice todavía. Nada hacía prever que 2026 prolongara el don. Y, sin embargo, en el octavo centenario del tránsito de Francisco, vemos abierta la posibilidad de contemplar la muerte del santo –el tránsito del Poverello– no como un hecho biográfico sellado en el tiempo, no como algo que sucedió únicamente a la persona histórica de Francisco de Asís, sino como otro cántico, otro poema, otra cosecha infinita.
Tomás de Celano, el primero en escribir la vida de Francisco y en narrar su muerte, dejó unas palabras que sostienen por sí solas todo lo que sigue: al morir, Francisco “mortem cantando suscepit”, abre las manos, se convierte él mismo en mano abierta, y recibe a la muerte cantando. Su muerte es vida convertida en canción. Lo que sigue es un acercamiento, urdido con la delicadeza y la gratitud que el asunto exige, a algunos de los textos antiguos que narran esa muerte y que, al narrarla, entonan la verdadera melodía de la vida del santo. Acercarse a páginas de hace casi ochocientos años puede ser, también hoy, un modo de descubrir y aceptar la música viva de una existencia entera. A comienzos de este siglo, el poeta español José Hierro escribió que la poesía consiste en sanar, con palabras antiguas, heridas de ahora. Algo que duele hoy recibe, desde el tiempo remoto, el bálsamo de una bondad que alivia: el lenitivo del lenguaje. Ojalá lo que sigue alcance a curar también algo de lo que, en lo profundo, nos sigue doliendo a cada uno.
Son seis los momentos que componen este ‘Pliego’, seis detalles que los textos biográficos de Francisco ofrecen sobre su muerte. Pequeños, casi minúsculos, y sin embargo de un alcance casi sin fin, como el objetivo de un telescopio que, apuntando a un solo punto del cielo, descubre la galaxia entera. Detrás de una palabra hay otra, detrás de un gesto, otro, y detrás del hombre Francisco de Asís estamos cada uno de nosotros, en el ejercicio gozoso de vivir agradeciendo.
No se trata de reconstruir una crónica ni de fijar, con pretensiones de exactitud histórica, la sucesión precisa de aquella tarde de octubre de 1226 en Asís. Los biógrafos medievales no escriben como notarios que levantan acta de un fallecimiento; son discípulos que, releyendo lo sucedido, descubren en cada gesto una teología entera. Por eso cada uno de estos seis momentos admite dos lecturas: una, como el relato de lo que un hombre concreto hizo una tarde precisa de octubre; otra, como una clave que entrega, en su desnudez, la gramática de una vida rendida a Dios y a los hermanos. Ambas lecturas, lejos de estorbarse, se necesitan y se iluminan con reciprocidad.


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