lunes, 14 de junio de 2021

EL BIEN TIENDE A DIFUNDIRSE, A VECES INVISIBLEMENTE

“La mujer árbol”, así se conoce a la keniana Wangari Maathai, destacada ecologista y fundadora del Movimiento Cinturón Verde; a través del cual llegó a plantar más de 40 millones de árboles en toda África, creando más de 3.000 viveros atendidos por unas 35.000 mujeres. Su labor le hizo merecedora del Premio Nobel de la Paz en 2004, siendo la primera mujer africana en conseguirlo. Todo comenzó con un sueño: llenar de árboles su país. Así, de un pequeño proyecto de plantación de árboles pasó a ser, a lo largo de los años, el gran “Proyecto de la Muralla Verde”, que tiene el objetivo de frenar el avance del Sáhara hacia el sur del país e impedir su desertificación. La labor titánica de “la Mujer Árbol” no nació y se desarrolló sin dificultades. Ella misma escribió que: «hubo veces en que ni siquiera yo estaba segura de por qué seguía adelante… El servicio por el bien común quizás fuera difícil, incluso peligroso a veces, pero la Fuente (así nombraba a Dios) y los valores constituyeron poderosas fuerzas que nos mantuvieron en pie, avanzando» (M. Wangari). Esta valiosa mujer murió en el año 2011, su legado sigue vivo en el ahora conocido “Cinturón Verde” de África. Este motivante testimonio nos hace pensar en lo que Jesús nos enseña en el Evangelio de este domingo: la semilla que crece por sí sola, y la pequeña semilla de mostaza. El bien se expande sin darnos cuenta, y crece más allá de nuestras cortas expectativas.

En muchos momentos de su vida Jesús enseñó con parábolas. Con esta forma literaria hablaba de la presencia (del Reino) de Dios a través de ejemplos de la vida cotidiana. De dos parábolas se sirve en esta ocasión: la primera centrada en el crecimiento del Reino sin que sepamos cómo, así como sucede con la semilla que crece por sí sola (Cf. Mc 4, 26-29). La segunda parábola, centrada en el inicio imperceptible del mismo Reino, como sucede con la diminuta semilla de mostaza (Cf. Mc 4, 30-32). En ambas parábolas encontramos la idea de Reino visto como don y tarea; Reino que podemos traducir como el bien germinal en el mundo, que exige nuestro compromiso para su desarrollo, pero también nuestra paciencia y confianza en la Providencia para su ensanchamiento. Si bien ambas parábolas nos hablan de ese “crecimiento providencial de la semilla”, la segunda, referida al pequeño grano de mostaza, nos recuerda que toda siembra, por muy insignificante que sea, al final es capaz de albergar la vida, de ofrecer cobijo y protección.

¡Qué hermosa enseñanza nos entrega Jesús hoy a quienes más de alguna vez hemos caído en el desánimo y en la tentación de claudicar en nuestros sueños y deseos de hacer el bien! Por ejemplo, ante la crisis ambiental, en no pocas ocasiones nos asalta la duda de estar en el camino correcto porque pensamos que nuestras pequeñas acciones, como cuidar el agua, la energía, etc., no aportan nada eficaz ante la enorme destrucción masiva de nuestro planeta.

Ciertamente los comienzos de todo bien sembrado siempre son humildes, casi nunca espectaculares. El Papa Francisco nos dice: «No hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo. Esas acciones derraman un bien en la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que se pueda constatar, porque provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente» (Laudato Si’ 212). El bien germina secretamente en el corazón humano, y, por lo mismo, tenemos la capacidad de desarrollarlo con nuestro trabajo, pero sobre todo confiando en la providencia de Dios que nos hará crecer hasta ser protectores de la vida. «Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.» (Evangelii Gaudium, 279).

Hna. Gladys de la Cruz C. HCJC

 

viernes, 11 de junio de 2021

¿QUÉ ES NORMAL?

Llevamos cuatro olas de Covid-19 y al final de cada una de ellas hemos querido volver a esa normalidad en la que vivíamos antes. El final de esta cuarta ola coge vacunada buena parte de la población. Esto nos da más seguridad. Parece que esa nueva nor­ malidad, que hemos querido alcanzar ya en tres ocasiones anteriores, está más cerca.

Pero yo me pregunto ¿Qué es normal ahora? Y, sobre todo, ¿Qué aceptamos como normal para recuperar esas libertades sociales con las que vivíamos antes?

Ha finalizado el estado de alarma ¡por fin! Y con él las limitaciones perimetrales y las restricciones horarias. Ahora nos toca a nosotros, a cada persona, a cada ciudada­ no, actuar con responsabilidad social.

Creo que queda mucho para recuperar una normalidad en el sentido completo de la palabra. ¿Cuándo se eliminará la limita­ ción perimetral de los abrazos y los besos?

¿Cuándo dejaremos de sentirnos extraños al ver a un amigo y no saber si abrazarle o darle el codo? ¿Cuándo nuestra sonrisa no tendrá el filtro de la mascarilla?

Hay cosas que quiero que continúen en esta anormalidad en la que vivimos ahora. Por ejemplo, el tener más presentes a las personas mayores y sus necesidades. Ese resurgir solidario de donaciones y ayudas a los que más lo necesitan. Mantener un orden de entrada y salida en tiendas y me­ dios de transporte. Y, sobre todo, el haber cambiado las visitas del fin de semana a centros comerciales por salidas al campo en familia a disfrutar de la naturaleza.

Ojalá la fatiga social que nos ha traído esta pandemia dé paso a nuevos encuentros y relaciones... y que lo normal, por fin, sea normal.

Fernando Mosteiro

miércoles, 9 de junio de 2021

CARTA DE UN JOVEN POSMODERNO A OTRO JOVEN POSMODERNO

Querido amigo:

Te escribo porque últimamente veo a muchos hablando sobre nuestra generación y tengo la sensación de que todo se circunscribe a gente mayor que nosotros y con la vida resuelta explicándonos qué hay que hacer para conseguir lo mismo. Y creo que empieza a ser hora de que hablemos entre nosotros.

Mira, te adelanto que no tengo las respuestas a casi ninguna de las preguntas que tenemos como generación. Como mucho tengo intuiciones, y no creo que sea mucho más lo que tienen otros que nos prescriben.

A nosotros nos contaron que veníamos a tirar el sistema abajo. Que nuestro destino era superar a una generación de funcionarios de la genX que ni sabía idiomas, ni se manejaba en el entorno digital. Básicamente nos dijeron que el futuro era nuestro solo por existir. Y, a ver, en términos biológicos, podemos afirmar que hay algo de esto, lo decía Kapucinski. Pero ese futuro hoy, parece tener más de dolor que de gloria.

La mayoría de nosotros solo hemos leído a Nietzsche por encima y Foucault ni nos suena. Nuestras lecturas siempre han sido más prosaicas en general: novelas varias de fantasía y aventura y los manuales enormes de la universidad, que junto a las lecturas obligatorias han supuesto la mayor parte de nuestro acervo cultural lector. En general, a nosotros nos han influido más las series: Friends, Cómo Conocí a Vuestra Madre o Juego de Tronos. Ni mejor ni peor: la realidad. No podemos decir que nuestros referentes filosóficos sean demasiado intelectuales.

Nosotros, con lo que sí hemos convivido es con la política. Desde que empezamos a razonar como adolescentes hemos conocido plataformas políticas que nos venían a regenerar, que querían encontrarnos un futuro, que nos prometían que ellos sí pensaban en nosotros. El 15-M fue una catarsis política para nosotros. Los movimientos políticos de nuevo cuño solo nos pedían que comprásemos los paquetes que nos preparaban: los buenos solo son de derechas o de izquierdas (según quién te lo dijera, claro); las consignas de Twitter son para seguirlas y tampoco hace falta preocuparse demasiado, que ellos se encargaban de todo. Ellos, los influencer de cabecera y los preceptores de vida buena. Y, así, hemos crecido con conciencia de los problemas sociales, pero con pocos alicientes para profundizar en ellos. Sin interés por la participación política, pero con grandes dosis de crispación en ese ámbito.

Nos dijeron que nos abriésemos cuenta en Netflix, en Instagram y en Tinder y que disfrutásemos. Que hiciéramos un Erasmus y que estudiásemos aquello que soñábamos (aunque nunca nos invitaron a ser pragmáticos a la hora de elegir empleo. Y así estamos, frustrados porque nunca seremos directores de cine en Hollywood y asuntos por el estilo, pero el alquiler hay que pagarlo igual). Nos contaron que podíamos tenerlo todo siempre: las series, en maratón; los likes a puñados; y los ligues a golpe de match.

También nos dijeron que la juventud dura hasta que uno quiera, pero estamos llegando (o pasando) a los 30 y uno empieza ver que sus padres ya peinan canas. Nos dijeron que lo importante era probarlo todo, pero no nos explicaron que a más experiencias no se le seguía necesariamente más herramientas para enfrentarse al mundo. Nos explicaron que ser padres jóvenes no era guay, que lo importante es tenerlo todo atado antes de tomar decisiones y que, por supuesto, estas nunca jamás tendrían por qué ser irrevocables. Nos empujaron a pensar que cuidar de otros «era una mierda», que la vida es mejor preocupándose de uno mismo y que nadie te quiere como tú. Nos han vendido muchas motos.

Y yo, con alguno menos de 30, ya me estoy dando cuenta de ciertas cosas que, si me dejas, te quiero compartir.

Mira, cada uno vive lo mejor que puede. Pero viendo a los que van por delante de mí y con preocupación por los que vienen detrás, no puedo evitar pensar que hay cosas que no funcionan. A mi edad ya he conocido a demasiada gente con depresión a la que la frustración vital se le ha unido la precariedad económica y emocional. Y no es justo.

Yo quiero decirte que creo que sí, que hay que tener conciencia de la sociedad, pero que lo primero y más importante es que nadie te obligue a comprar packs cerrados y completos: que tienes derecho a participar de la vida pública escogiendo aquellas propuestas que te ayuden a ser mejor, a hacer mejor la sociedad. Y, sobre todo, respetando y discutiendo ideas con quienes piensan diferente. Y que no es solo tu derecho, es que te va en ello el futuro (y el presente).

También creo que sí: las series, los likes y los match son divertidos, pero no dejan de ser un juego. Que la vida nos la jugamos en la búsqueda de sentido, en el trabajo duro y en la recreación (de recrear, o crear de nuevo) de un pensamiento que nos ayude a llegar más adentro, en la espesura, con todos sus matices y sus sombras. Escuchando y leyendo a los que saben más, con la conciencia de que ni siquiera ellos tienen la Verdad completa. En definitiva: que lo ganamos todo buscando referentes buenos que no prescriban, pero sí señalen. Y que en la costumbre –o sea, en los mayores– , encontramos pistas sobre la Vida, con mayúsculas: los retos, lo importante, lo superfluo, las raíces…

Creo que la juventud es un buen momento para experimentar y que tenemos la obligación de vivir la etapa sabiendo que es un trampolín para el futuro. Que a la vez que lo pasamos bien y vivimos experiencias, tenemos que sentar las bases para no pasar por la existencia de cualquier manera. Que no somos jóvenes eternamente, vaya. Que tomar decisiones hoy nos condiciona el futuro nos guste o no y que, entonces, vale la pena dedicar tiempo a elegir las mejores posibles.

Alguien tiene que decirnos que el trabajo de los sueños no existe para casi nadie. Y que eso no nos convierte en infelices o incompletos. Que el mito del hombre del traje gris es solo un mito, que su problema siempre fue de inocente idealismo o de mirada corta. Algunos tendremos más suerte, otros menos, pero la felicidad está en otras cosas. Si tienes suerte de trabajar en tu vocación, aprovecha y agradece. Y si no, vuelca tus esperanzas en otros asuntos. Quien te paga la nómina no te define ni a ti ni a tus aspiraciones.

La felicidad, querido amigo, está, por lo que voy intuyendo, en lo que no se paga. En cuidar a otros. Porque los que nos dicen que eso «es una mierda», lo que nunca nos dicen es que peor es no tener a quien cuidar. Y que por esto vale la pena establecer relaciones duraderas, basadas en la confianza y el Amor. Un Amor que no vive solo de mariposeos en el estómago, sino que se demuestra cuando más cuesta, cuando la vida aprieta. Cuando haya que cambiar pañales (de niño o de adulto) o aguantar tormentas.

Y una cosa más. También creo que los jóvenes de la postmodernidad tenemos mucha hambre de creer en algo que nos cambie la vida y nos hable de eternidad. Quizá lo que nos ha faltado hasta ahora son personas que lo hagan en nuestro idioma.

Bueno, eso, que son intuiciones. No sé si tendrán valor, pero quiero ver qué hay detrás. Te lo cuento en unos años.

Pablo Martín Ibáñez

domingo, 6 de junio de 2021

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

La representación de lo sagrado está muy presente en la cosmovisión indígena, sobre todo a través de símbolos y elementos de la naturaleza. Un ejemplo de ello lo encontramos en el “Altar Maya”, realizado sobre todo en Centroamérica. Éste de ordinario es preparado frente al altar de la misa, con flores y velas de colores, según los cuatro rumbos del universo, y con frutos de la tierra. Llama la atención que después de las diversas oraciones, dirigidas según los puntos cardinales, todos se dirigen al centro del “Altar Maya” y se eleva una oración para aclamar a Jesucristo, “corazón del cielo y corazón de la tierra”, en quien se unen lo humano con lo divino, el cielo y la tierra, centro de la vida cristiana y corazón de la celebración (Cf. F. Arizmendi). Algunas veces el “Altar Maya” también es preparado para la adoración del Santísimo Sacramento. Así, se unen los símbolos y oraciones, expresión holística de la realidad, a la presencia Eucarística de Jesucristo. He querido compartir esta experiencia, propia de mi cultura, porque considero que expresa claramente el valor de la naturaleza y del cosmos en el Misterio eucarístico. Aspecto que reflexionaremos en este espacio, dentro del marco de la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. 

El Evangelio de este domingo nos presenta el más precioso don que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia: el Misterio eucarístico (Cf. EE 9). Desde aquella última cena, y a lo largo de los siglos, en el humilde signo del pan y el vino, Jesucristo nuestro Señor sigue entregando el don de sí mismo, de su persona, de su Cuerpo y su Sangre: 

«Tomad, esto es mi cuerpo… esta es mi sangre» (Mc. 14, 22-23). Es realmente asombroso considerar que el pan y el vino, frutos de la tierra y del trabajo humano, han sido los elementos elegidos por nuestro Señor para perpetuar su presencia viva entre nosotros. La encíclica Laudato sí’ expresa esta excepcional verdad: «El Señor, en el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo a él» (LS 236). Y así es, nada más cierto y hermoso, tener a Jesucristo presente bajo las apariencias de pan y vino, y más aún, comiéndolo en las especies consagradas. Esto es así, sin más explicación, Jesucristo está realmente presente en la Eucaristía. «No veas -exhorta San Cirilo de Jerusalén- en el pan y el vino meros elementos naturales, porque el Señor ha dicho expresamente que son su cuerpo y su sangre: la fe te lo asegura, aunque los sentidos te sugieran otra cosa» (EE 15).

La toma de conciencia sobre la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino consagrado no hace más que elevar nuestro pensamiento y preguntarnos: ¿cómo no abrazar a la creación de un modo distinto? Desde nuestra fe en la Eucaristía no sólo podemos valorar aún más el mundo creado, sino unirnos a la creación y dar gracias al que nos ha creado. Se puede decir que en la Eucaristía nos hermanamos realmente con todo el cosmos en una única alabanza, porque «Unido al Hijo encarnado, presente en la Eucaristía, todo el cosmos da gracias a Dios» (LS 236). Así también el gran Misterio de la presencia real de Cristo en los elementos naturales, en el que Cristo abraza y penetra todo lo creado, es fuente de luz y motivación para nuestras preocupaciones por el ambiente (Cf. LS 236). Para finalizar, te propongo hacer un ejercicio sencillo: cuando participes en la Eucaristía sé extremadamente consciente del momento en que el sacerdote consagra el pan y el vino. También puedes visitar a Jesús sacramentado en tu parroquia, o en algún templo que te quede cerca o de camino. En tu visita eucarística sé consciente de estar unido a todo el cosmos en la alabanza al Creador, y da gracias a Jesucristo, que a través de los elementos naturales, se ha hecho tu compañero y tu alimento.

Hna. Gladys de la Cruz Castañón

jueves, 3 de junio de 2021

EL CORAZÓN DE JESÚS

El mes de junio la Iglesia Católica lo dedica al Sagrado Corazón de Jesús, para que veneremos, honremos e imitemos el amor de Cristo a todas las personas. La fiesta se celebra el viernes siguiente al Corpus Christi. 

Esta devoción por el Sagrado Corazón de Jesús, ha estado presente en la Iglesia desde el siglo XI, cuando los cristianos meditaban sobre las cinco llagas de Cristo. Esta devoción se extendió especialmente en los tiempos de la Contrarreforma, en los siglos XVII y XVIII. Más tarde, en el XIX se propaga también la devoción por el Sagrado Corazón de María, cuya fiesta se celebra al día siguiente del Corazón de Jesús.

A la hora de propagar la devoción al Sagrado Corazón tuvieron una importancia especial las figuras de San Juan Eudes, que celebró la primera fiesta del Sagrado Corazón, y la de Santa María de Alacoque, que vio el corazón de Jesús rodeado de llamas de amor, coronado de espinas, con una herida abierta por la que salía sangre, y una cruz. En esta visión ella escuchó estas palabras de Jesús: “He aquí el corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres recibo ingratitud, irreverencia y desprecio”.

La devoción al Sagrado Corazón, de alguna manera nos propone que seamos capaces de acercarnos a Dios más por el corazón, por vía afectiva, que por la razón. San Juan nos dice que Dios es amor. El mandamiento nuevo de Jesús gira en torno al amor. Por eso el lenguaje racional es insuficiente, se queda corto, para hablar de Dios. En este mes hagamos nuestra esta afirmación de San Gregorio Magno: “Aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios”. Dios es amor. El suyo es un lenguaje de amor. Cuando entendamos su Palabra como la de Alguien que nos ama, llegaremos a comprendernos a nosotros mismos y a conocer el corazón de Dios. De ahí que el que papa Francisco nos invite “a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor” (EG3)

Es curioso que sea el corazón el único órgano interno de nuestro cuerpo que sentimos, escuchamos e incluso hay momentos en los que apreciamos sus cambios de ritmo según los diferentes estados de ánimo que tengamos. Tal vez por eso cada persona tiene una relación distinta con el corazón que con los demás órganos, a los que solemos sentir a través del dolor o malestar.

Desde que leímos el pequeño libro de El Principito sabemos que “solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”. Que Dios nos conceda el arte y la sabiduría para ver más allá de las apariencias y valorar las cosas por aquello que en realidad son, y no por lo que parecen.

Benjamín Echeverría, capuchino