miércoles, 25 de noviembre de 2020

DESPERTAR AL ESPÍRITU

Mucha gente está viviendo una gran necesidad de espiritualidad. Una vida fijada solo en lo material nos queda corta, chata, sin horizonte. No es nuevo este deseo de abrirnos a nuestra dimensión espiritual. Hace ya años que los libros en torno a este tema son de los más solicitados. De hecho, hay infinidad de oferta de espiritualidad, y de todo tipo además.

Más allá de las corrientes socioculturales imperantes, hay momentos en la vida donde se nos da asomarnos a nuevos territorios hasta entonces poco o nada vislumbrados. Hay circunstancias en nuestras biografías que, por situaciones límite de sufrimiento o de gozo o de no se sabe qué, medio barruntamos mundos ignotos hasta entonces. Son dimensiones no materiales, como nuevos pliegues de la existencia nunca imaginados en nuestras vidas concretas.

En cada uno se dan de modo muy peculiar: nacimiento del primer hijo, fallecimiento de alguien muy querido, una depresión, el despertar del amor personal, cambio de época existencial, el vacío producido por el anonimato en medio de la masa social, el aburrimiento de lo mismo de siempre, la admiración por la naturaleza que nos abruma... Todas estas situaciones cuestionan los marcos cerrados sobre la realidad con que funcionamos y nos señalan nuevos horizontes nunca sospechados. Estamos despertando al espíritu. El mundo, tanto material como personal, no sólo es lo que medimos, controlamos y proyectamos, sino más, mucho más.

Además, abrirnos a lo espiritual, al espíritu, es la oportunidad de arriesgarnos a abrirnos al Espíritu, a Dios. Nuestra vida grita, no sabe cómo, con gemidos que no se pueden decir. Muchas veces en silencio, a gritos callados, emerge en nosotros el deseo de Dios, la llamada para que Él se manifiesta en esta vida, en medio de este tiempo que nos toca vivir, a cada uno de nosotros en persona.

Carta de Asís, noviembre 2020


Espíritu Santo, eres el alma de mi alma,
te adoro humildemente.
Ilumíname, fortifícame, guíame, consuélame.
Y en cuanto corresponde al plan eterno
Padre Dios revélame tus deseos.
Dame a conocer
lo que el Amor eterno desea en mí.
Dame a conocer lo que debo realizar.
Dame a conocer lo que debo sufrir.
Dame a conocer
lo que con silenciosa modestia y en oración,
debo aceptar,
cargar y soportar.

Sí, Espíritu Santo,
dame a conocer tu voluntad
y la voluntad del Padre.

Pues toda mi vida no quiero ser otra cosa
que un continuado perpetuo Sí
a los deseos y al querer
del eterno Padre Dios.

(P. José Kentenich)

viernes, 20 de noviembre de 2020

CUANDO FUIMOS NIÑOS

El 20 de noviembre celebramos el Día Universal del Niño. Un día para celebrar todo lo que se ha avanzado y para ser conscientes de que todavía hay en el mundo muchos niños vulnerables y desprotegidos. Muchos niños que no pueden ser niños.

"Todas las personas grandes han sido niños antes, pero pocas lo recuerdan". Así dedicaba Antoine de Saint-Exupéry "El Principito" a su amigo León Werth. Aunque al final corregía su dedicatoria añadiendo: "A León Werth, cuando era niño."

Todos hemos sido niños. Nuestro mayor miedo llegaba cuando se apagaba la luz de la habitación. Nuestra mayor responsabilidad era poner la mesa. Y nuestros proyectos de futuro variaban según el cuento que estuviéramos leyendo: un día domador de dragones, otro día bombero, otro día astronauta, superhéroe, explorador...

Día a día, año a año, nos fuimos haciendo grandes. Nos empezó a gustar la sopa y ya no temíamos quedarnos a oscuras en nuestro cuarto. Las responsabilidades también se iban haciendo más grandes. Y nuestros proyectos de futuro ya no los marcaba el cuento de turno, sino muchos otros factores como nuestros gustos, intereses y en algunos casos, nuestras posibilidades.

Pero, como os decía al principio, hay niños a los que la vida no les deja ser niños. Que sus preocupaciones, sus miedos y responsabilidades son reales y en ocasiones, mayores que las de algunos adultos. Hay niños que se han hecho grandes antes de tiempo sin haber podido elegir, en ningún modo, su proyecto de futuro. Defendamos sus derechos. No nos olvidemos de cuando fuimos niños.

Fernando Mosteiro

miércoles, 18 de noviembre de 2020

¿QUÉ DICEN LOS EVANGELIOS SOBRE EL PODER?

El poder es en los evangelios una estructura componente de la persona y, por ello, está presente en la vida de todos, incluidos los parientes del Señor y sus discípulos. El poder se manifiesta en la ambición que acompaña el caminar humano como una sombra pegada a nuestra espalda. El evangelio tiene una increíble pretensión: transformar la ambición en servicio (Mc 1,29-31).
  • Sobra decir que la propuesta de Jesús, su reino, es, justamente, lo opuesto al poder. En él, todos somos iguales y de ser alguien algo más esos serían los humildes, los pobres. Pero el reino y el poder es incompatible (Mt 20,25).
  • La misma familia de Jesús mantiene una indudable ambición respecto a Jesús (como en Jn 7,1-10). Creen que de un Mesías se pueden deducir beneficios para el clan familiar. Por eso, siempre están al acecho para ver si llega la hora de tocar poder.
  • Los discípulos, por supuesto, están afectados del ansia de poder y de ambición. Es verdad que han hecho un gran esfuerzo por seguir a Jesús con muchas privaciones, pero están esperando qué les va a tocar (Mt 19,27). Siempre esperando beneficios. Por eso, se les remueven las tripas cuando ven a un Jesús lavando pies (Jn 13,6-11).
  • Incluso después de su muerte, cuando Jesús adoctrina sobre el reino de Dios, la pregunta está siempre presente: ¿es ahora…? (Hech 1,6-7). No les abandona la ambición que es el rostro del poder. Tendrán que hacer un largo proceso de reorientación.
Texto: Mateo 20, 20-28: «Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?» Ella le dice: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» Le dicen: «Sí, podemos». Les dijo Jesús: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre. Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».
  • Es la ambición sin tapujos: se esperan de Jesús unos beneficios y se quiere estar en primera fila para hacerse con ellos. Además hay una actitud de evidencia: “manda”. O sea, Dios tiene que dar esos beneficios. Ya no se habla de la gracia, sino del pago a unos servicios prestados.
  • Es cierto que en los discípulos hay adhesión y hasta amor por Jesús. Pero a eso se mezcla la ambición y el anhelo de poder. Tiene que hacerse un trabajo evidente de reorientación.
  • Jesús quiere hacer ver que el reino funciona con otros parámetros: no la jerarquía y el poder, no la ambición y los primeros puestos, sino la igualdad, el servicio y la ausencia de ambición.
  • Jesús mismo es un servidor, uno que se pone el delantal (Lc 12,27), uno que está fuera de la mesa como quien sirve (Lc 22,24-27). Es un mesianismo de servicio y de humildad el suyo. Nada tiene que ver con el poder. Por eso la ambición no tiene sentido.

Aplicación:

La ambición parece ser un elemento estructural, tanto de la persona como del hecho social. Pretender “desterrarla” es pretender lo imposible. Nos referimos a la ambición tóxica, excluyente, aquella que tiene como centro real el beneficio autorreferenciaL y, por lo tanto, no sufre ni se altera ante las consecuencias, muchas veces dramáticas, que se deducen de un comportamiento ambicioso. No nos referimos a una ambición dinamizadora, aquella que siempre aspira a que las cosas estén mejor hechas, a que los niveles de humanidad suban, a que el progreso y el bienestar se difundan para todos. El Evangelio fustiga la ambición autosuficiente y cree que ese es el gran escándalo de quien viene a la comunidad, merecedora de aquella hiperbólica pero sugerente “rueda de molino”.

Pretender el destierro de la ambición en la sociedad sería como querer quitarle la espina dorsal sobre la que está articulada. Pero sí se puede moderar y reorientar. Muchas iniciativas sociales y económicas pretenden una reorientación de la ambición. El que la gran corriente de lo humano, al menos en los países occidentales, esté asentada sobre la más cruda de las ambiciones no invalida los trabajos de quienes, en los márgenes, emplean lenguajes y formas de comportamiento con la ambición controlada cuando no con una forma evidentemente solidaria. No todo es el “estanque de tiburones” en que parecen haberse convertido las relaciones sociales.

Este trabajo del control de la ambición es también necesario en subsistemas como los religiosos, ya que albergan en su seno unos niveles de ambición realmente espeluznantes. Parece que, por derivado religioso, debería ser todo lo contrario, pero la historia y la realidad diaria lo desmienten. Mientras no se aireen los sótanos de la estructura, mientras no sean cuestionadas estructuras tan rígidas como las de la Curia Vaticana o tan llenas de prejuicios ambiciosos como el clericalismo reinante, siempre estará viva la necesidad de una reforma de fondo. Vivir en la burbuja religiosa que afirma y quiere hacer ver que esto no existe es cerrar los ojos a la realidad.

Hasta en las estructuras sociales de mayor componente relacional, como la familia, será preciso tener controlada la ambición. Porque la desigualdad real en las relaciones de pareja toma muchas veces la prepotencia del poder que es el rostro de la ambición. El equilibrio en el poder y el control de la ambición son piedras del cimiento real sobre la que se asienta la relación familiar.

La propia estructura personal habría de verse afectada por este control de la ambición ya que es, a veces, una tendencia irrefrenable en la persona la de tratar de apoderarse de la realidad íntima del otro. Porque es cierto que los ladrones roban cosas y son penados por la ley, caso de que les atrape. Pero la persona tiende a apropiarse de sentimientos, opiniones, perspectivas de vida, historias de dentro. Somos “ladrones de personas”. Si la ambición campa a sus anchas el ladronicio puede ser espantoso, destructor.

Fidel Aizpurúa

miércoles, 11 de noviembre de 2020

EUROPA ESTÁ PERDIENDO EL ALMA

La semana pasada, en la radio, escuché a Yolanda Álvarez que presentaba el libro “Náufragos sin tierra” que narra su experiencia en el barco Open Arms, en agosto del 2019. Lo que iba a ser una operación de salvamento de una semana en el Mediterráneo central -la zona donde más personas mueren intentando llegar a suelo europeo en patera- se convirtió en una pesadilla de 19 días de extenuante y crítica espera, porque ningún país permitía que los 160 inmigrantes rescatados desembarcaran en puerto seguro.

Y una frase de las que dijo se me quedó clavada: “Europa está perdiendo el alma”. Esa misma noche busqué el documental del programa “En Portada” donde el equipo de TVE, con esta periodista, tratan aquel drama: “Misión 65” (es el vídeo que hemos dejado debajo).

En el reportaje, algunos contaban su viaje. Eddymurphy Godwin de Nigeria, dice que en Libia sigue habiendo comercio de esclavos, ¡hoy en día! Allí la policía maltrata y extorsiona a los migrantes. Los torturan hasta que sus familiares o amigos les mandan dinero.

Issiaga Camara de Guinea-Conacry, relata que en los centros de detención de Libia les tratan como animales, sobre todo a los que tienen la piel negra. A él le dispararon en los dos tobillos. Cuenta que los que te embarcan en las pateras son los mismos que te detienen y te llevan de nuevo a los centros de detención: se trata de la misma organización.

Es increíble que Europa tenga acuerdos para frenar la inmigración con este país fallido. Para mantener este acuerdo, Libia hacina a más de 40.000 personas en sus centros de detención, en tales condiciones que hasta la misma ONU pide que se cierren.

En el reportaje también aparece Franceso Piobbichi, de la ONG Mediterranean Home, que denuncia: “Europa ha cometido esta extraordinaria vergüenza de haber cerrado la frontera libia (…) y haber dejado morir a miles de todas estas personas. Será responsable ante la historia y no sólo nuestros gobernantes también nuestros pueblos. Este tipo de odio no se debe a que lo alimente un gobernante, es un mal que llevamos dentro”. Estos migrantes “no pueden ser considerados bajo las leyes de las personas. Se les considera una cosa, un objeto. Lo coges tú, lo cojo yo. (…) Y cuando cosificas a las personas están dando el primer paso para una política de la segregación”.

Una imagen del metraje me revolvió por dentro. Lampedusa, donde la embarcación pudo fondear sin desembarcar, es una isla italiana muy turística. La cámara filmaba a los veraneantes bronceados tomando el sol en la playa, sobre sus cómodas hamacas, y a 800 metros en el mar, se veía el Open Arms con sus tragedias a bordo, sin que pudieran llegar a tierra firme y segura. Esa escena no cuestionaba sólo a aquellos turistas, sino que sobre todo, me cuestionaba a mí: ajeno a las situaciones dramáticas que sufren tantas personas. Me daba cuenta que vivo desenfocado, creyendo que la realidad son mis problemas, centrado en mis cosas, olvidándome de algo mucho más verdadero que mis preocupaciones o inquietudes. Tuve la sensación de que estoy viviendo en un mundo irreal, en mi mundo.

El documental termina con este desafío: esta realidad “obliga a Europa a preguntarse si puede seguir ajena a este sufrimiento, si puede cerrar sus puertos y sus puertas a náufragos que huyen del infierno”. Y también me obliga a hacerme yo mismo esta pregunta.

Javi Morala, capuchino


miércoles, 4 de noviembre de 2020

LLORAR Y REZAR

Durante este tiempo de pandemia hemos escuchado varias veces que el virus nos iguala a todos, pues infecta por igual a pobres y ricos a lo largo y ancho de nuestro mundo. Los medios de comunicación nos han notificado la muerte de personas conocidas, famosas y acomodadas.

Es verdad que también ha afectado a algunas personas que han tenido más medios para hacerle frente. Aun así, la realidad nos muestra que, a las personas más pobres, más vulnerables, esta pandemia afecta más, pues los pobres mueren casi siempre antes.

Quienes analizan nuestro mundo nos dicen que uno de los efectos del coronavirus es precisamente la desigualdad. Esta ha crecido, ha aumentado en la mayoría de los países. Nos dicen también que el coronavirus ha destapado muchas desigualdades que estaban ocultas y que va a crear otras nuevas. Muchas personas van perdiendo su trabajo y otras sufrirán jornadas interminables y extenuantes, que les hará prácticamente imposible poder conciliar la vida familiar.

La realidad es que en estos tiempos todos nos sentimos más frágiles y somos conscientes de que el virus puede ocasionarnos la muerte. Nunca como hasta ahora la muerte ha estado tan presente en nuestro día a día. Noticias, conversaciones, informaciones nos llevan al mismo tema. No queremos morir ni que se nos mueran las personas cercanas y queridas. La muerte de un familiar, de un abuelo, de un padre, madre, hermano o amigo, la sentimos como algo irrecuperable. Nos cuesta aceptar que haya personas que se olviden de esto y funcionen como si no pasara nada en nuestro mundo, desoyendo los consejos y orientaciones de las autoridades sanitarias.

No hace mucho tiempo leía un artículo en el que se decía que casi todos, seamos creyentes o no, o más o menos creyentes, ante la muerte podemos hacer dos cosas: llorar y rezar. Recuerdo esta afirmación en este mes de noviembre, en el que tradicionalmente tenemos un recuerdo especial como creyentes por todos nuestros difuntos. Ante su ausencia, utilizamos este tipo de expresiones: “se nos ha ido”, “nos ha dejado”, “ya no está entre nosotros”…, marcando así su ausencia ante el vacío que nos deja. Sin embargo, hay también otra expresión que apunta en otra dirección. Cuando alguien muere, como creyentes también decimos: “ya ha llegado”. Expresa la convicción de que esta persona ha hecho lo que tenía que hacer en la vida y ahora está junto a Dios. Un Dios que es amigo de la vida, que acompaña nuestra vida y nos da la vida plena o eterna. Ante él presentamos la vida de todos los difuntos, conocidos y desconocidos, al mismo tiempo que reconocemos que la vida es el mayor regalo que recibimos de Dios y estamos llamados a defenderla, protegerla, cuidarla y cultivarla.

Benjamín Echeverría, capuchino