miércoles, 11 de noviembre de 2020

EUROPA ESTÁ PERDIENDO EL ALMA

La semana pasada, en la radio, escuché a Yolanda Álvarez que presentaba el libro “Náufragos sin tierra” que narra su experiencia en el barco Open Arms, en agosto del 2019. Lo que iba a ser una operación de salvamento de una semana en el Mediterráneo central -la zona donde más personas mueren intentando llegar a suelo europeo en patera- se convirtió en una pesadilla de 19 días de extenuante y crítica espera, porque ningún país permitía que los 160 inmigrantes rescatados desembarcaran en puerto seguro.

Y una frase de las que dijo se me quedó clavada: “Europa está perdiendo el alma”. Esa misma noche busqué el documental del programa “En Portada” donde el equipo de TVE, con esta periodista, tratan aquel drama: “Misión 65” (es el vídeo que hemos dejado debajo).

En el reportaje, algunos contaban su viaje. Eddymurphy Godwin de Nigeria, dice que en Libia sigue habiendo comercio de esclavos, ¡hoy en día! Allí la policía maltrata y extorsiona a los migrantes. Los torturan hasta que sus familiares o amigos les mandan dinero.

Issiaga Camara de Guinea-Conacry, relata que en los centros de detención de Libia les tratan como animales, sobre todo a los que tienen la piel negra. A él le dispararon en los dos tobillos. Cuenta que los que te embarcan en las pateras son los mismos que te detienen y te llevan de nuevo a los centros de detención: se trata de la misma organización.

Es increíble que Europa tenga acuerdos para frenar la inmigración con este país fallido. Para mantener este acuerdo, Libia hacina a más de 40.000 personas en sus centros de detención, en tales condiciones que hasta la misma ONU pide que se cierren.

En el reportaje también aparece Franceso Piobbichi, de la ONG Mediterranean Home, que denuncia: “Europa ha cometido esta extraordinaria vergüenza de haber cerrado la frontera libia (…) y haber dejado morir a miles de todas estas personas. Será responsable ante la historia y no sólo nuestros gobernantes también nuestros pueblos. Este tipo de odio no se debe a que lo alimente un gobernante, es un mal que llevamos dentro”. Estos migrantes “no pueden ser considerados bajo las leyes de las personas. Se les considera una cosa, un objeto. Lo coges tú, lo cojo yo. (…) Y cuando cosificas a las personas están dando el primer paso para una política de la segregación”.

Una imagen del metraje me revolvió por dentro. Lampedusa, donde la embarcación pudo fondear sin desembarcar, es una isla italiana muy turística. La cámara filmaba a los veraneantes bronceados tomando el sol en la playa, sobre sus cómodas hamacas, y a 800 metros en el mar, se veía el Open Arms con sus tragedias a bordo, sin que pudieran llegar a tierra firme y segura. Esa escena no cuestionaba sólo a aquellos turistas, sino que sobre todo, me cuestionaba a mí: ajeno a las situaciones dramáticas que sufren tantas personas. Me daba cuenta que vivo desenfocado, creyendo que la realidad son mis problemas, centrado en mis cosas, olvidándome de algo mucho más verdadero que mis preocupaciones o inquietudes. Tuve la sensación de que estoy viviendo en un mundo irreal, en mi mundo.

El documental termina con este desafío: esta realidad “obliga a Europa a preguntarse si puede seguir ajena a este sufrimiento, si puede cerrar sus puertos y sus puertas a náufragos que huyen del infierno”. Y también me obliga a hacerme yo mismo esta pregunta.

Javi Morala, capuchino


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