martes, 19 de junio de 2018

RECUPERAR LAS COSAS SENCILLAS

Tendemos a dar poca importancia a los detalles y a las cosas pequeñas. Nos dejamos encandilar por las cosas complejas y espectaculares, corremos tras de ellas frenéticamente y terminamos agotados, incapaces de disfrutar lo que tenemos. Benjamin Franklin decía: “La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días”.

Estamos rodeados por cosas sencillas que se esconden a nuestra mirada distraída. No tenemos tiempo para mirar las estrellas. Sería bueno que un día de estos contemplemos un amanecer: los rayos del sol que acarician lo que tocan, el canto de los pájaros que saludan el nuevo día, la multitud de pequeños animales que hacen sentir que en la tierra estalla la vida por doquier. Pongamos atención a este ritual que generalmente nos pasa inadvertido y observemos lo que sucede en nuestro ánimo.

Las cosas sencillas de la vida nos hacen sentir vivos. Si cada día pudiéramos detenernos en esas pequeñas cosas que nos rodean, tal vez nuestro día se llenaría de armonía y paz interior. La contemplación de las cosas pequeñas y humildes nos lleva a descubrirnos a nosotros mismos desde lo sencillo. Si nos detenemos unos minutos en nuestro propio ser, descubrimos la grandeza de la vida que nos envuelve, nos acoge, nos invita a vivirla y sentirla. Entonces nos percatamos de la fuerza escondida en nuestro interior y nos sentimos grandes en nuestra pequeñez, seguros en nuestra debilidad. Entonces nos amamos con nuestras virtudes y defectos, nuestra grandeza y fragilidad. No esperemos el día en que extrañaremos las cosas simples que no supimos y no quisimos valorar.

Benjamín Monroy, Ofm

martes, 12 de junio de 2018

UN HOSPITAL: UN TROCITO DE REINO

Hace unas semanas me tocó acompañar a mi madre en el hospital. Hay momentos de mucho movimiento y otros de una tranquilidad pasmosa que hacen descender el biorritmo y, a veces también, el ánimo. En una de esas tardes, después de comer, donde los minutos se suceden sin otro aliciente que los ronquidos de las pacientes, me di cuenta de una circunstancia.

En un hospital las limpiadoras se afanan cada día para que todo esté pulcro y ordenado; las auxiliares cambian la cama, traen la comida y asean al paciente; con los amables celadores recorres las instalaciones en busca de una radiografía o un TAC, como si de una ruta turística se tratara; las enfermeras ponen vías, hacen curas, suministran la medicación, miden las constantes, calman el dolor físico y emocional con su alegría y su buen hacer; los médicos -los grandes esperados- se preocupan por la paciente, realizan decenas de pruebas para descartar una enfermedad y la otra, explican con tacto el diagnóstico y el pronóstico; y hay que contar también con las personas que están en los laboratorios, los trabajadores de la cocina, de la lavandería, secretaría-recepción, información, informática, etc.

En aquella tarde apática, desperté y me hice consciente de que aquel lugar era una estructura de cientos de trabajadores, pensada y organizada para el cuidado de las personas más vulnerables, de las personas que en otros contextos no son valoradas. Da igual de qué condición social seas, si tienes dinero o no, si eres famoso o un marginado: allí se hace todo lo posible para que recuperes la salud. Muchos podrían decir que tales o cuales personas no merecerían esos cuidados; que no se lo han ganado, que no son de aquí, que no vale la pena tanto gasto. Pero no. Superando la aporofobia, la cultura del descarte, el economicismo, el egocentrismo cultural y la supuesta productividad, los hospitales son capaces de gestionar un ejército de personas y capacidades al servicio de los más débiles. Algo así debe ser el Reino de Dios, algo así debe ser la vida plena, la Vida con mayúsculas. Un trocito de cielo se está construyendo ya en estos edificios llenos de dolor y consuelo.

Luego me di cuenta que este descubrimiento no había sido una mera ocurrencia mía, sino que ya aparece en la bóveda de la Capilla Sixtina pintada por Miguel Ángel. En su visión del juicio final, los que consiguen subir a la presencia del Padre están ayudándose unos a otros, los más fuertes a los más débiles, los que más pueden a los que menos pueden: como en nuestros hospitales.

Gracias a todos los que hacéis posible que experimentemos la maravilla del Reino de Dios ya aquí en esta bendita tierra.
Javi Morala, capuchino

martes, 5 de junio de 2018

ALEGRAOS Y REGOCIJAOS

El papa Francisco acaba de publicar otro gran documento, una Exhortación Apostólica sobre la Llamada a la Santidad en el Mundo Contemporáneo. “Gaudete et Exsultate”, “Alegraos y regocijaos” (Mt 5, 12). No es un tratado sobre la santidad.

El objetivo o el deseo del Papa es que seamos conscientes de la llamada a la santidad que el Señor nos hace a cada uno de nosotros. Haciendo referencia a un texto de la Carta a los Hebreos, nos invita a reconocer que tenemos «una nube ingente de testigos» (12,1) que nos alientan a no detenernos en el camino, nos estimulan a seguir caminando hacia la meta. Entre ellos puede estar nuestra propia madre, una abuela u otras personas cercanas (cf. 2 Tm 1,5). Quizá su vida no fue siempre perfecta, pero aun en medio de imperfecciones y caídas siguieron adelante y agradaron al Señor (GE.3).

Es importante que seamos conscientes de que cada uno de nosotros tiene que recorrer su propio camino, su propia vida. Hemos hecho distintas opciones, hemos elegido estilos distintos de vida, creyendo que eso era lo mejor para nosotros mismos. Desde lo que vivimos cada uno estamos llamados a acertar con lo mejor de nosotros mismos y a sacarlo a la luz… Estamos llamados a hacer la voluntad de Dios.

En este mes de junio recordamos dentro de la familia franciscana al santo más popular, a San Antonio de Padua. Un hombre de origen portugués que, impactado por la muerte de los primeros mártires franciscanos en Marruecos, decidió sumarse al movimiento que se estaba creando en torno a San Francisco de Asís. Al principio pasó desapercibido dentro de la fraternidad franciscana, pero en seguida sus hermanos se dieron cuenta de sus cualidades y capacidades intelectuales.

Cuando Francisco se enteró de que Antonio enseñaba teología a los frailes les escribió estas palabras: «Me agrada que enseñes sagrada teología a los hermanos con tal que, en el estudio de la misma, no apagues el espíritu de oración y devoción». De esta manera le advertía de la tentación de convertir la experiencia cristiana en un conjunto de elucubraciones mentales que terminan alejándonos de la frescura del Evangelio. En esta misma línea se sitúa al Papa al hablarnos de la santidad: “me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad” (GE.7)

Benjamín Echeverría, capuchino