martes, 29 de diciembre de 2020

HUMILDAD, NUEVA SABIDURÍA

Hay personas que nos maravillan por su gran memoria, porque son capaces de acumular mucha información en multitud de campos del saber: ciencia, cultura, historia... Son como enciclopedias andantes. No hay más que ver algún concurso de televisión. Decimos de ellas que saben mucho. Hay otras personas que, aunque no sepan tanto como las anteriores, poseen la facilidad de captar los mecanismos humanos que mueven a los demás; son rápidas a la hora de saber qué le agrada y le disgusta al que tiene al lado, qué motivaciones le mueven, cómo se siente, qué necesita... No es fácil llevarles a engaño porque se las saben todas.

Pero cuando hablamos de alguien que es sabio, no nos estamos refiriendo a la acumulación de datos y saberes ni al conocimiento de las personas, sino a esa capacidad humana que se adquiere cuando comenzamos a percibir lo que podemos y no podemos esperar de nosotros mismos y de los demás. Es como ese olfato para calibrar en su justa medida lo que nuestra condición humana puede dar y no dar. No es mero fruto de un esfuerzo intelectual, ni de habilidades de relación, sino esa lucidez adquirida en la experiencia personal que nos sitúa en nuestra verdad. Esta sabiduría no nos coloca por encima ni por debajo de los demás, sino que nos pone en nuestro sitio en medio de la realidad. Es un tipo de sabiduría que requiere humildad. La persona que está llegando a esta situación, decimos que es una persona sabia.

Y hay otra sabiduría, parecida a la anterior, que se alcanza ante la presencia de Dios. Es la persona que se sabe criatura. Más que una especie de logro o algo que se alcanza, es una especie de revelación, un regalo. Ante el descubrimiento de la presencia de Dios, uno mismo se ve, al mismo tiempo, como la mayor maravilla de la naturaleza por el amor que recibe y como la más pequeña de las criaturas, porque todo es regalo, don, sin ningún mérito.

Carta de Asís, diciembre 2020 

viernes, 25 de diciembre de 2020

NO ES FÁCIL ABRAZAR LA LUZ

Cómo a las mariposas, la luz nos atrae poderosamente a los humanos. El brillo, el resplandor, lo refulgente nos abduce y nos emboba. Pero resulta que, en la vida humana, la luz va mezclada a las sombras de manera indefectible. Por eso, aun a riesgo de engaño, separamos las sombras de la luz para que ésta nos arrobe y nos alegre. Dejamos las sombras de lado aunque sepamos que, por hacerlo así, la grisura de lo oscuro no desaparece.

Pensamos que algo de eso pasa con la Navidad. La queremos fiesta de luz, la rodeamos de luces magníficas a nivel ciudadano (las ciudades importantes compiten por la iluminación), vamos a admirar el encendido de las luces en la ciudad, los escaparates intensifican la iluminación. Una Navidad sin luces sería una Navidad “muerta”. Hasta la misma liturgia la envolvemos en luz y no solamente se ilumina más el templo sino que en pleno presbiterio de coloca un árbol de Navidad con sus titilantes lucecillas. Da ambiente navideño. Sin luz, imposible.

Es claro que la Navidad, como la Pascua, son fiestas de luz para los creyentes. Pero resulta que, en el mismo paquete, van las sombras, la dureza de las situaciones que se celebran (nacimiento pobre, muerte en cruz) y tapar eso con ritmos bullangueros y lucecitas de colores sería, quizá, empobrecer el hecho creyente.

Es posible que, de salida, si alguien lee estas líneas frunza el ceño creyendo que se amarga la celebración. Nada de eso, tomar la luz con sus sombras da una hondura tal a la vivencia de la Navidad que puede resultarnos de gran novedad. Sombra y luz se entremezclan para formar la verdad del misterio de un Dios que se muestra acompañante sempiterno del caminar humano, misterio de la carne acompañada y acariciada.

Quizá este año 2020, tan lleno de oscuridad, podamos vivir la Navidad en esta mezcla de luz y sombras, no para olvidar las sombras sino para integrarlas en ese torrente de claridad que es la encarnación de Dios. Ojalá.

Fidel Aizpurúa, capuchino

(Descarga la reflexión completa aqui

NAVIDAD 2020

 

Bienvenido, Señor, esta es tu casa.
Haz de nuestro mundo un hogar de pan y de paz.
Porque a veces rompemos en pedazos la gran casa del mundo,
reconstrúyela con tu nacimiento.

Bienvenido, Señor, a la tierra.
haz de nuestro suelo, caminos de amor y de concordia.
Porque a veces rompemos la gran partitura
que Dios compuso en el principio de la historia.

Bienvenido, Señor, en esta noche silenciosa
a un lugar donde habita y reina el ruido.
Queremos escuchar palabras de amor,
queremos ver el rostro de Dios,
queremos comprender que, para llegar hasta El,
hay que inclinarse y entrar pequeño en Belén.

¡Gracias, Señor, por venir!
Eres la gran noticia de esta noche,
La luz que ilumina el camino incierto del hombre,
el llanto que nos hace de nuevo ser solidarios,
el Niño que, en el mundo, es salvación y futuro.

Bienvenido, Señor, a este valle.
Permítenos, como los pastores,
ofrecerte lo que somos y tenemos.
Déjanos, unirnos al coro de los ángeles y arcángeles
para cantar eternamente tu gloria.
Doblamos nuestras rodillas ante, Ti, Señor.
¡Eres tan pequeño y tan grande!
¡Tan débil y tan fuerte!
¡Tan inocente y tan sabedor de lo que te espera!

¡Bienvenido, Señor, a nuestra casa!
La paz, el amor, la concordia,
la fraternidad, el mundo, las personas...
Todo te espera y todos te necesitamos.
Amén.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

LEYENDA DE NAVIDAD

Un día, Dios miró a la tierra desde el cielo y vio que el mundo era como un inmenso archipiélago: un mar lleno de islas, millones de islas, nada más que islas.

Y en cada isla, vivía una sola persona, sólo una persona que no se podía comunicar con nadie, porque las aguas que separaban las islas eran profundas y tumultuosas.

La gente se estaba volviendo loca: no podían saludarse ni hablar con los otros; no podían compartir ni un café ni un pedazo de pan. No es que no hubiera comida en cada isla. Había alimentos, pero faltaba amor, que es tan necesario como el pan.

Y como no había manera de entrar en contacto con los demás, estos solitarios no tenían otra diversión que tirar piedras desde su isla hasta la más próxima. Adquirieron tanta destreza, que las piedras alcanzaban gran velocidad, y, a veces, herían gravemente al habitante de las islas cercanas.

De ese modo, el archipiélago se convirtió en una guerra a muerte, en un infierno: todos tirando piedras a todos.

Dijo Dios: No sé cómo se pudo llegar a esta situación. Hay que encontrar un remedio.

Y el Espíritu Santo sugirió: ¿Por qué no enviamos al Verbo, que es nuestra Sabiduría, para que construya puentes entre las islas? Así, la gente se podría encontrar y saludar, y dejarán de tirarse piedras.

El Verbo estuvo de acuerdo. Y se hizo hombre en el seno de María. Desde entonces, comenzaron a construirse muchos puentes.

La palabra es un puente. Cuando una persona se niega a hablar a otro, es que se ha encerrado en una isla. Necesita un puente. Que vaya y que diga a su vecino: ¿Cómo amaneció? Acaba de construir el puente de la palabra.

La sonrisa es un puente. No te aísles en un islote con cara seria. Sonríe a los demás y habrás construido el puente de la sonrisa.

Un regalo es un puente. Te habías alejado de los pobres, pero, de pronto, les llevaste una bolsa de alimentos. Levantase el puente de la solidaridad.

Y así es como la Navidad eliminó el inmenso archipiélago de este mundo. Ahora hay puentes por todos lados: puentes de fe, de confianza, puentes de amor, puentes de perdón. Todos tenemos la tarea de ser pontífices, constructores de puentes.

María, cuando le dijo “Sí” al ángel, hizo posible todos estos puentes, porque nos trajo al pontífice por excelencia, que es el niño Jesús. Él comenzó, con su nacimiento, a construir puentes sobre el mar del odio, de las venganzas, de la codicia y el egoísmo.

Pero es mucho trabajo para uno solo. Jesucristo nos pide a todos: "Ayudarme a construir puentes de alegría y felicidad”.

¿Todavía no has construido ningún puente? Entonces, sigues encerrado en tu isla. Y no podrás celebrar la Navidad.

Carlos Bazarra, capuchino

lunes, 21 de diciembre de 2020

LA HUMILDAD DE MARÍA

San Francisco descubre en María la humildad y pobreza que presidirán su vida, quiere que esas virtudes sean las que abracen todos los que se unirán a él y ¿Quién podría mostrarlas mejor que la Virgen?

Para María vivir desde la fe era algo cotidiano, normal. Para ella fe y vida formaban una unidad. También para San Francisco, que quiere vivir como la Madre empiezan a hacerse forma de vida. Pero él vive en el mundo y sabe que no es tan usual para cualquier cristiano pues cuando en la vida las cosas empiezan a ponerse mal parece que la fe empieza a desaparecer.

María cree firmemente el mensaje que el Ángel le trae, lo acoge en su corazón aunque su mente no pueda abarcarlo. Ella, salta al vacío y pronuncia su Sí incondicional, un Sí que sería el que revolucionaría la historia trayendo al mundo una novedad incomprensible para muchos.

Eso mismo le pasa a Francisco. Él ha optado por Cristo y nadie lo detendrá. Como María, acoge en su corazón todos los acontecimientos que Dios le pone en su camino de conversión, salta al vacío sin más apoyos que su fe y su confianza incondicionales, pronuncia el Sí y llevará Cristo hombres y mujeres de todos los tiempos; tantos que, ni siquiera él, podría dar crédito de ello.

Nuestra manera de obrar es distinta, dista infinitamente de la de María. Así los que decimos creer pedimos demostraciones, pruebas, certezas, oportunidades… sin darnos cuenta de que la fidelidad ha de pasar por la prueba de la confianza, la perseverancia y la coherencia.

Es importante vivir la Navidad como la vivía San Francisco. Fascinado por el misterio, traspasado por el amor, inundado por la delicadeza, la grandeza, el silencio, la inmensidad de Dios, escondido en un Bebé indefenso.

Creo que necesitamos callar, serenarnos, aplazar las compras y los regalos, dejar el desasosiego de los gastos y decir desde lo profundo de nuestro corazón, lo mismo que lo diría San Francisco:

Aquí estamos Señor,
con el alma abierta a tu amor
y el corazón ansioso de tu cercanía.
Aquí estamos con la necesidad de encontrarnos contigo,
de liberar nuestro interior y de sentirte a nuestro lado.
Aquí estamos para alabarte,
porque de nuestro ser agradecido
brota la acción de gracias y el canto.
Aquí estamos en oración para gozarnos contigo,
como gozó María al desgranar el Magníficat.

Julia Merodio
 

miércoles, 16 de diciembre de 2020

CARNE NUESTRA

El Papa Francisco se ha inspirado en San Francisco de Asís para escribir las Encíclicas “Laudato Si”, “Alabado seas, mi Señor”, sobre el cuidado de la casa común, escrita hace cinco años y  la recién publicada, “Fratelli tutti”, “Hermanos todos”, dedicada a la fraternidad y a la amistad social. En la primera nos decía que en San Francisco “se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior”. (LS 10)

En la segunda, nos dice del santo de Asís “que se sentía hermano del sol, del mar y del viento, se sabía todavía más unido a los que eran de su propia carne”. (FT2). Esta expresión de la “propia carne” me ha recordado lo que dice el profeta Isaías de parte de Dios: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo, y no te cierres a tu propia carne”. (Is 58,7-10)

Me ha llamado la atención esta expresión porque en este mes de diciembre celebramos la Navidad, que es el misterio de la Encarnación, el hecho de que Dios se hace carne nuestra. Así lo recordamos en el rezo del Ángelus: La Palabra o el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Así lo escucharemos en el Evangelio de Juan los días de Navidad. Dios mismo se encarna en Jesús de Nazaret, se hace “carne” asumiendo la debilidad, la vulnerabilidad y la fragilidad para traernos la vida. Dios se hace niño para ser acogido en nuestros brazos. El de la Encarnación es el misterio de la carne, de un Dios que se humaniza, que se hace carne. 

Para tratar de vivir y de adentrarnos en el misterio de la Encarnación, hemos de tener una nueva mirada sobre nosotros mismos, la historia, la vida, la sociedad… sobre nuestra tierra. 

La celebración de la Navidad nos trasporta a la experiencia de san Francisco de Asís. Conocemos lo que sucedió en Greccio. Aquella experiencia vivida por Francisco le sirve al Papa para decir que el santo de Asís realizó, con la simplicidad de aquel signo, una gran obra de evangelización. Es también un modo de representar con sencillez la belleza de nuestra fe. En palabras del Papa “el belén manifiesta la ternura de Dios y es, desde su origen franciscano, una invitación a “sentir”, a “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación. Es una llamada a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos y hermanas más necesitados”. Es no cerrarnos a nuestra propia carne, a los nuestros, sino sentirnos unidos a los que son como nosotros. 

Recordemos y seamos solidarios con cuantos tienen que vivir la Navidad en la pobreza, en el dolor, en la condición de emigrantes… Que les llegue a ellos y a nosotros esa bondad que Dios, con el nacimiento de su Hijo, ha querido traer al mundo.

Para todos vosotros, mis mejores deseos de Paz y Bien en estos días y el nuevo año.

Benjamín Echeverría, capuchino

sábado, 12 de diciembre de 2020

LA VIDA ES UN ADVIENTO

Ante la vida de San Francisco, uno descubre que la vida es un Adviento. Y los signos que lo determinan son: la búsqueda, la preparación y la esperanza. Es verdad que en todo hombre hay un trasfondo de esperanza. Por eso es muy importante, dedicar un tiempo a descubrir ese mundo de deseos que hay dentro de nosotros, pues solamente lo que de verdad queremos y deseamos es lo que anhelamos con ilusión y alegría.

San Francisco lo entiende bien. Él al principio no busca la vida que lleva, ni piensa en la santidad, ni en privaciones, ni en hacer oración... ni en nada de lo que después lo llevó a ser el santo que es. Pero Dios salió a su encuentro donde menos lo esperaba, la grandeza de San Francisco y lo que nosotros tenemos que copiar de él es que Francisco está abierto a la novedad, a la sorpresa, a caminar por otro camino distinto al elegido, a acoger en su corazón el amor que Dios le tiene. Francisco sabe velar porque espera, espera a Alguien grande y poderoso que se adueña de su alma.

Al llegar su Señor y pronunciar el Sí incondicional para seguirle, Francisco es otro hombre. Francisco descubre ese mundo que nunca soñó y abre los ojos del alma para ver con mirada nueva todo lo que el Señor le va mostrando. Su mayor grandeza es vivir, ya siempre junto a Cristo.

Julia Merodio

martes, 8 de diciembre de 2020

FIESTA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

SALUDO DE SAN FRANCISCO A LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA.

Salve, Señora, santa Reina,
santa Madre de Dios María,
que eres virgen hecha Iglesia
y elegida por el santísimo Padre del cielo,
consagrada por él con su santísimo Hijo amado
y el Espíritu Santo Paráclito,
en la que estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien.
Salve, palacio suyo; salve, tienda suya;
salve, casa suya; salve, vestidura suya;
salve, sierva suya; salve, madre suya.

viernes, 4 de diciembre de 2020

TIEMPO DE ESPERA Y ESPERANZA

Ya transcurrió un año, estamos iniciando un adviento más, pareciera que el tiempo va a pasos agigantados entre los miedos y oscuridades del COVID-19.

Seguramente este adviento será muy distinto, el virus no solo afecto la salud de las personas queridas, sino también ha hecho daño en el corazón del hombre, en su esperanza y felicidad, en sus valores, en sus objetivos, en sus tiempos y cuando el hombre o la mujer pierden la esperanza todo pareciera hacerse más complejo y difícil

Pero adviento significa espera y esperanza en el Señor, ser capaces de descubrir que los tiempos de Dios no son los nuestros y que en el camino, él, volverá a nosotros, a reinar en nuestros corazones.

Hoy la humanidad se encuentra dividida entre quienes ansían volver a la misma normalidad que dejamos, otros solo esperan el reencuentro con sus seres queridos, otros tal vez esperan que llegue la vacuna, y podemos encontrar muchas esperas mas; pero adviento es:

  • la espera puestas en María y José que como Mamá y Papá serán capaces de proteger la vida de Jesús dándole calor, ternura, Hogar, amor mas allá de la pobreza donde nació.
  • la presencia real, una vez más, en nuestros corazones del niño de Belén. Aquel niño desnudo, desprotegido, necesitado de ser amado.
  • la esperanza cristiana depositada en una persona: el niño de Belén, Verdadero Dios y Hombre, Jesús.

¿Y quienes lo esperan realmente?

Lo esperan realmente aquellos que son capaces de mirarse a si mismos, de hacer silencio y profundizar en su propia vida el sentido de la conversión para así ser capaces de poder cambiar día a día la lógica del descarte, del usar y tirar, del consumir y disfrutar.

Este tiempo es una nueva oportunidad para descubrirnos a nosotros mismos y preparar el corazón.

¡Velad! Es el grito de adviento, no pasemos por la vida sin dejar huellas profundas no en la tierra, sino en los corazones de nuestros hermanos. Huellas de Paz y fraternidad. Huellas de Amor y compasión. Huellas de santidad

¡Velad! Es el grito de adviento, que nos llama a seguir cuidándonos sin dejar de ser hermanos hijos, padres y madres. luz encendida sobre la mesa.

¡Velad! Es el grito de adviento, que nos llama a preparar la mesa y en la espera esperanzadora de la navidad.

Que este tiempo de adviento, crezcas hacia dentro, en profundidad, crezca hacia lo alto, en esperanza y crezca hacia los demás en misericordia.

Para que la luz de la Navidad inunde y transforme tu vida, vive este tiempo de adviento de puertas para adentro. Así Serás capaz de arrancarle a nuestros días, a la dictadura del tiempo, tiempo para ti y para Dios.

pazybien.es


miércoles, 2 de diciembre de 2020

LA BELLEZA DEL POLIEDRO

El Adviento como tiempo propicio para la cultura del encuentro

¡Cómo estamos echando en falta en este tiempo de pandemia los encuentros con la familia, las amistades, los mismos hermanos! Nada los suple: ni el móvil, ni los emails, ni los guasaps, ni las videollamadas. Nada es como verse la cara, estrechar las manos, sentir el calor del abrazo y la caricia reconfortante. Nada suple al placer enorme de estar con otro en alegría y comunicación. Por eso, se nos hace angustiante no saber hasta cuándo va a durar esto, cuándo va a llegar el tiempo de los encuentros normales, aquellos sin los que el corazón no sabe vivir.

Lo sabemos: los encuentros son la mejor medicina contra la tristeza, el autodesprecio, los sentimientos de culpa, la falta de fuerza de voluntad. El encuentro despeja la mente, borra de los ojos la niebla que se pega con la soledad, devuelve el gozo de sentirse vivo palpando la vida de los otros. El aislamiento y el desencuentro son enfermedades graves porque roen el alma hasta dejarla vacía.

Podríamos entender y vivir el tiempo de Adviento como un tiempo propicio para incentivar y cultivar el encuentro. Adviento es tiempo de anhelos, de sueños compartidos, de otear el horizonte, de suspirar por lo que se busca, de preguntar con calidez por la presencia de quien se ama. Así se prepara la Navidad que es el tiempo del gran encuentro de un Dios que hambrea encontrarse con quien ama y que ha puesto carne a ese encuentro en la persona del Hermano Jesús, el que nació de María. Una vivencia explícita de la espiritualidad del Adviento como tiempo para el encuentro puede entreabrirnos las puertas de ese misterioso volcarse de Dios al camino humano.

El Papa Francisco desarrolla ampliamente en su encíclica Fratelli tutti la espiritualidad del encuentro. Y dice que la cultura del encuentro es como un poliedro de muchos lados: «El poliedro representa una sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente, aunque esto implique discusiones y prevenciones. Porque de todos se puede aprender algo, nadie es inservible, nadie es prescindible» (215).

Descubrir una vez más la belleza de este poliedro que es la vida en encuentro, en comunidad, en sociedad, puede ser una hermosa manera de vivir el Adviento 2020 y una forma explícita de apuntar bien al misterio de la Navidad. Que no pase en vano el kairós de este momento.

Fidel Aizpurúa, capuchino

(Retiro de Adviento completo)

domingo, 29 de noviembre de 2020

ADVIENTO 2020

El Adviento en la perspectiva de Laudato Sí nos invita a preparar el corazón, a reparar las relaciones humanas rotas, a crear espacios de convivencia entre nosotros y el medio ambiente, entre nosotros mismos y entre nosotros y Dios. Esto es, finalmente, el proceso de conversión a Dios en perspectiva de una ecología integral.

El Adviento es renovación de nuestras prácticas de solidaridad las cuales hemos de construirlas por fidelidad a la esperanza que tenemos en el Reino de Dios. La capacidad de acoger al otro, de dejar que “los otros dejen de ser extraños y se los pueda sentir como parte de un nosotros que construimos juntos” (LS 151), nos ilumina en el camino de la preparación del corazón personal y social que quiere acoger al Mesías Jesús.

Reconocer la felicidad, la fraternidad, la armonía, la belleza, la gratuidad del encuentro, son instancias que humanamente nos hablan de que la esperanza es una armonía que puede y debe seguir interpretándose por las múltiples voces que formamos el mundo. Con estas perspectivas estaremos viviendo el Adviento de la ecología integral, el Adviento de la esperanza en la comunión de la creación humana con la no humana, en la presencia renovadora de Dios en medio de nuestro medio ambiente, que es el suyo desde el momento en que el Verbo se hizo carne y quiso compartir la casa común.

Juan Pablo Espinosa Arce

miércoles, 25 de noviembre de 2020

DESPERTAR AL ESPÍRITU

Mucha gente está viviendo una gran necesidad de espiritualidad. Una vida fijada solo en lo material nos queda corta, chata, sin horizonte. No es nuevo este deseo de abrirnos a nuestra dimensión espiritual. Hace ya años que los libros en torno a este tema son de los más solicitados. De hecho, hay infinidad de oferta de espiritualidad, y de todo tipo además.

Más allá de las corrientes socioculturales imperantes, hay momentos en la vida donde se nos da asomarnos a nuevos territorios hasta entonces poco o nada vislumbrados. Hay circunstancias en nuestras biografías que, por situaciones límite de sufrimiento o de gozo o de no se sabe qué, medio barruntamos mundos ignotos hasta entonces. Son dimensiones no materiales, como nuevos pliegues de la existencia nunca imaginados en nuestras vidas concretas.

En cada uno se dan de modo muy peculiar: nacimiento del primer hijo, fallecimiento de alguien muy querido, una depresión, el despertar del amor personal, cambio de época existencial, el vacío producido por el anonimato en medio de la masa social, el aburrimiento de lo mismo de siempre, la admiración por la naturaleza que nos abruma... Todas estas situaciones cuestionan los marcos cerrados sobre la realidad con que funcionamos y nos señalan nuevos horizontes nunca sospechados. Estamos despertando al espíritu. El mundo, tanto material como personal, no sólo es lo que medimos, controlamos y proyectamos, sino más, mucho más.

Además, abrirnos a lo espiritual, al espíritu, es la oportunidad de arriesgarnos a abrirnos al Espíritu, a Dios. Nuestra vida grita, no sabe cómo, con gemidos que no se pueden decir. Muchas veces en silencio, a gritos callados, emerge en nosotros el deseo de Dios, la llamada para que Él se manifiesta en esta vida, en medio de este tiempo que nos toca vivir, a cada uno de nosotros en persona.

Carta de Asís, noviembre 2020


Espíritu Santo, eres el alma de mi alma,
te adoro humildemente.
Ilumíname, fortifícame, guíame, consuélame.
Y en cuanto corresponde al plan eterno
Padre Dios revélame tus deseos.
Dame a conocer
lo que el Amor eterno desea en mí.
Dame a conocer lo que debo realizar.
Dame a conocer lo que debo sufrir.
Dame a conocer
lo que con silenciosa modestia y en oración,
debo aceptar,
cargar y soportar.

Sí, Espíritu Santo,
dame a conocer tu voluntad
y la voluntad del Padre.

Pues toda mi vida no quiero ser otra cosa
que un continuado perpetuo Sí
a los deseos y al querer
del eterno Padre Dios.

(P. José Kentenich)

viernes, 20 de noviembre de 2020

CUANDO FUIMOS NIÑOS

El 20 de noviembre celebramos el Día Universal del Niño. Un día para celebrar todo lo que se ha avanzado y para ser conscientes de que todavía hay en el mundo muchos niños vulnerables y desprotegidos. Muchos niños que no pueden ser niños.

"Todas las personas grandes han sido niños antes, pero pocas lo recuerdan". Así dedicaba Antoine de Saint-Exupéry "El Principito" a su amigo León Werth. Aunque al final corregía su dedicatoria añadiendo: "A León Werth, cuando era niño."

Todos hemos sido niños. Nuestro mayor miedo llegaba cuando se apagaba la luz de la habitación. Nuestra mayor responsabilidad era poner la mesa. Y nuestros proyectos de futuro variaban según el cuento que estuviéramos leyendo: un día domador de dragones, otro día bombero, otro día astronauta, superhéroe, explorador...

Día a día, año a año, nos fuimos haciendo grandes. Nos empezó a gustar la sopa y ya no temíamos quedarnos a oscuras en nuestro cuarto. Las responsabilidades también se iban haciendo más grandes. Y nuestros proyectos de futuro ya no los marcaba el cuento de turno, sino muchos otros factores como nuestros gustos, intereses y en algunos casos, nuestras posibilidades.

Pero, como os decía al principio, hay niños a los que la vida no les deja ser niños. Que sus preocupaciones, sus miedos y responsabilidades son reales y en ocasiones, mayores que las de algunos adultos. Hay niños que se han hecho grandes antes de tiempo sin haber podido elegir, en ningún modo, su proyecto de futuro. Defendamos sus derechos. No nos olvidemos de cuando fuimos niños.

Fernando Mosteiro

miércoles, 18 de noviembre de 2020

¿QUÉ DICEN LOS EVANGELIOS SOBRE EL PODER?

El poder es en los evangelios una estructura componente de la persona y, por ello, está presente en la vida de todos, incluidos los parientes del Señor y sus discípulos. El poder se manifiesta en la ambición que acompaña el caminar humano como una sombra pegada a nuestra espalda. El evangelio tiene una increíble pretensión: transformar la ambición en servicio (Mc 1,29-31).
  • Sobra decir que la propuesta de Jesús, su reino, es, justamente, lo opuesto al poder. En él, todos somos iguales y de ser alguien algo más esos serían los humildes, los pobres. Pero el reino y el poder es incompatible (Mt 20,25).
  • La misma familia de Jesús mantiene una indudable ambición respecto a Jesús (como en Jn 7,1-10). Creen que de un Mesías se pueden deducir beneficios para el clan familiar. Por eso, siempre están al acecho para ver si llega la hora de tocar poder.
  • Los discípulos, por supuesto, están afectados del ansia de poder y de ambición. Es verdad que han hecho un gran esfuerzo por seguir a Jesús con muchas privaciones, pero están esperando qué les va a tocar (Mt 19,27). Siempre esperando beneficios. Por eso, se les remueven las tripas cuando ven a un Jesús lavando pies (Jn 13,6-11).
  • Incluso después de su muerte, cuando Jesús adoctrina sobre el reino de Dios, la pregunta está siempre presente: ¿es ahora…? (Hech 1,6-7). No les abandona la ambición que es el rostro del poder. Tendrán que hacer un largo proceso de reorientación.
Texto: Mateo 20, 20-28: «Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?» Ella le dice: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» Le dicen: «Sí, podemos». Les dijo Jesús: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre. Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».
  • Es la ambición sin tapujos: se esperan de Jesús unos beneficios y se quiere estar en primera fila para hacerse con ellos. Además hay una actitud de evidencia: “manda”. O sea, Dios tiene que dar esos beneficios. Ya no se habla de la gracia, sino del pago a unos servicios prestados.
  • Es cierto que en los discípulos hay adhesión y hasta amor por Jesús. Pero a eso se mezcla la ambición y el anhelo de poder. Tiene que hacerse un trabajo evidente de reorientación.
  • Jesús quiere hacer ver que el reino funciona con otros parámetros: no la jerarquía y el poder, no la ambición y los primeros puestos, sino la igualdad, el servicio y la ausencia de ambición.
  • Jesús mismo es un servidor, uno que se pone el delantal (Lc 12,27), uno que está fuera de la mesa como quien sirve (Lc 22,24-27). Es un mesianismo de servicio y de humildad el suyo. Nada tiene que ver con el poder. Por eso la ambición no tiene sentido.

Aplicación:

La ambición parece ser un elemento estructural, tanto de la persona como del hecho social. Pretender “desterrarla” es pretender lo imposible. Nos referimos a la ambición tóxica, excluyente, aquella que tiene como centro real el beneficio autorreferenciaL y, por lo tanto, no sufre ni se altera ante las consecuencias, muchas veces dramáticas, que se deducen de un comportamiento ambicioso. No nos referimos a una ambición dinamizadora, aquella que siempre aspira a que las cosas estén mejor hechas, a que los niveles de humanidad suban, a que el progreso y el bienestar se difundan para todos. El Evangelio fustiga la ambición autosuficiente y cree que ese es el gran escándalo de quien viene a la comunidad, merecedora de aquella hiperbólica pero sugerente “rueda de molino”.

Pretender el destierro de la ambición en la sociedad sería como querer quitarle la espina dorsal sobre la que está articulada. Pero sí se puede moderar y reorientar. Muchas iniciativas sociales y económicas pretenden una reorientación de la ambición. El que la gran corriente de lo humano, al menos en los países occidentales, esté asentada sobre la más cruda de las ambiciones no invalida los trabajos de quienes, en los márgenes, emplean lenguajes y formas de comportamiento con la ambición controlada cuando no con una forma evidentemente solidaria. No todo es el “estanque de tiburones” en que parecen haberse convertido las relaciones sociales.

Este trabajo del control de la ambición es también necesario en subsistemas como los religiosos, ya que albergan en su seno unos niveles de ambición realmente espeluznantes. Parece que, por derivado religioso, debería ser todo lo contrario, pero la historia y la realidad diaria lo desmienten. Mientras no se aireen los sótanos de la estructura, mientras no sean cuestionadas estructuras tan rígidas como las de la Curia Vaticana o tan llenas de prejuicios ambiciosos como el clericalismo reinante, siempre estará viva la necesidad de una reforma de fondo. Vivir en la burbuja religiosa que afirma y quiere hacer ver que esto no existe es cerrar los ojos a la realidad.

Hasta en las estructuras sociales de mayor componente relacional, como la familia, será preciso tener controlada la ambición. Porque la desigualdad real en las relaciones de pareja toma muchas veces la prepotencia del poder que es el rostro de la ambición. El equilibrio en el poder y el control de la ambición son piedras del cimiento real sobre la que se asienta la relación familiar.

La propia estructura personal habría de verse afectada por este control de la ambición ya que es, a veces, una tendencia irrefrenable en la persona la de tratar de apoderarse de la realidad íntima del otro. Porque es cierto que los ladrones roban cosas y son penados por la ley, caso de que les atrape. Pero la persona tiende a apropiarse de sentimientos, opiniones, perspectivas de vida, historias de dentro. Somos “ladrones de personas”. Si la ambición campa a sus anchas el ladronicio puede ser espantoso, destructor.

Fidel Aizpurúa

miércoles, 11 de noviembre de 2020

EUROPA ESTÁ PERDIENDO EL ALMA

La semana pasada, en la radio, escuché a Yolanda Álvarez que presentaba el libro “Náufragos sin tierra” que narra su experiencia en el barco Open Arms, en agosto del 2019. Lo que iba a ser una operación de salvamento de una semana en el Mediterráneo central -la zona donde más personas mueren intentando llegar a suelo europeo en patera- se convirtió en una pesadilla de 19 días de extenuante y crítica espera, porque ningún país permitía que los 160 inmigrantes rescatados desembarcaran en puerto seguro.

Y una frase de las que dijo se me quedó clavada: “Europa está perdiendo el alma”. Esa misma noche busqué el documental del programa “En Portada” donde el equipo de TVE, con esta periodista, tratan aquel drama: “Misión 65” (es el vídeo que hemos dejado debajo).

En el reportaje, algunos contaban su viaje. Eddymurphy Godwin de Nigeria, dice que en Libia sigue habiendo comercio de esclavos, ¡hoy en día! Allí la policía maltrata y extorsiona a los migrantes. Los torturan hasta que sus familiares o amigos les mandan dinero.

Issiaga Camara de Guinea-Conacry, relata que en los centros de detención de Libia les tratan como animales, sobre todo a los que tienen la piel negra. A él le dispararon en los dos tobillos. Cuenta que los que te embarcan en las pateras son los mismos que te detienen y te llevan de nuevo a los centros de detención: se trata de la misma organización.

Es increíble que Europa tenga acuerdos para frenar la inmigración con este país fallido. Para mantener este acuerdo, Libia hacina a más de 40.000 personas en sus centros de detención, en tales condiciones que hasta la misma ONU pide que se cierren.

En el reportaje también aparece Franceso Piobbichi, de la ONG Mediterranean Home, que denuncia: “Europa ha cometido esta extraordinaria vergüenza de haber cerrado la frontera libia (…) y haber dejado morir a miles de todas estas personas. Será responsable ante la historia y no sólo nuestros gobernantes también nuestros pueblos. Este tipo de odio no se debe a que lo alimente un gobernante, es un mal que llevamos dentro”. Estos migrantes “no pueden ser considerados bajo las leyes de las personas. Se les considera una cosa, un objeto. Lo coges tú, lo cojo yo. (…) Y cuando cosificas a las personas están dando el primer paso para una política de la segregación”.

Una imagen del metraje me revolvió por dentro. Lampedusa, donde la embarcación pudo fondear sin desembarcar, es una isla italiana muy turística. La cámara filmaba a los veraneantes bronceados tomando el sol en la playa, sobre sus cómodas hamacas, y a 800 metros en el mar, se veía el Open Arms con sus tragedias a bordo, sin que pudieran llegar a tierra firme y segura. Esa escena no cuestionaba sólo a aquellos turistas, sino que sobre todo, me cuestionaba a mí: ajeno a las situaciones dramáticas que sufren tantas personas. Me daba cuenta que vivo desenfocado, creyendo que la realidad son mis problemas, centrado en mis cosas, olvidándome de algo mucho más verdadero que mis preocupaciones o inquietudes. Tuve la sensación de que estoy viviendo en un mundo irreal, en mi mundo.

El documental termina con este desafío: esta realidad “obliga a Europa a preguntarse si puede seguir ajena a este sufrimiento, si puede cerrar sus puertos y sus puertas a náufragos que huyen del infierno”. Y también me obliga a hacerme yo mismo esta pregunta.

Javi Morala, capuchino


miércoles, 4 de noviembre de 2020

LLORAR Y REZAR

Durante este tiempo de pandemia hemos escuchado varias veces que el virus nos iguala a todos, pues infecta por igual a pobres y ricos a lo largo y ancho de nuestro mundo. Los medios de comunicación nos han notificado la muerte de personas conocidas, famosas y acomodadas.

Es verdad que también ha afectado a algunas personas que han tenido más medios para hacerle frente. Aun así, la realidad nos muestra que, a las personas más pobres, más vulnerables, esta pandemia afecta más, pues los pobres mueren casi siempre antes.

Quienes analizan nuestro mundo nos dicen que uno de los efectos del coronavirus es precisamente la desigualdad. Esta ha crecido, ha aumentado en la mayoría de los países. Nos dicen también que el coronavirus ha destapado muchas desigualdades que estaban ocultas y que va a crear otras nuevas. Muchas personas van perdiendo su trabajo y otras sufrirán jornadas interminables y extenuantes, que les hará prácticamente imposible poder conciliar la vida familiar.

La realidad es que en estos tiempos todos nos sentimos más frágiles y somos conscientes de que el virus puede ocasionarnos la muerte. Nunca como hasta ahora la muerte ha estado tan presente en nuestro día a día. Noticias, conversaciones, informaciones nos llevan al mismo tema. No queremos morir ni que se nos mueran las personas cercanas y queridas. La muerte de un familiar, de un abuelo, de un padre, madre, hermano o amigo, la sentimos como algo irrecuperable. Nos cuesta aceptar que haya personas que se olviden de esto y funcionen como si no pasara nada en nuestro mundo, desoyendo los consejos y orientaciones de las autoridades sanitarias.

No hace mucho tiempo leía un artículo en el que se decía que casi todos, seamos creyentes o no, o más o menos creyentes, ante la muerte podemos hacer dos cosas: llorar y rezar. Recuerdo esta afirmación en este mes de noviembre, en el que tradicionalmente tenemos un recuerdo especial como creyentes por todos nuestros difuntos. Ante su ausencia, utilizamos este tipo de expresiones: “se nos ha ido”, “nos ha dejado”, “ya no está entre nosotros”…, marcando así su ausencia ante el vacío que nos deja. Sin embargo, hay también otra expresión que apunta en otra dirección. Cuando alguien muere, como creyentes también decimos: “ya ha llegado”. Expresa la convicción de que esta persona ha hecho lo que tenía que hacer en la vida y ahora está junto a Dios. Un Dios que es amigo de la vida, que acompaña nuestra vida y nos da la vida plena o eterna. Ante él presentamos la vida de todos los difuntos, conocidos y desconocidos, al mismo tiempo que reconocemos que la vida es el mayor regalo que recibimos de Dios y estamos llamados a defenderla, protegerla, cuidarla y cultivarla.

Benjamín Echeverría, capuchino

miércoles, 28 de octubre de 2020

HERMANOS, HERMANAS DIFERENTES

Vivimos en una sociedad cada vez más plural. La pluralidad se vive en la cultura, en la procedencia, en la religión, en la ideología... En la misma comunidad eclesial se dan diferentes modos de vivir la fe y de pertenencia a la Iglesia. Estamos llamados a vivir con los diferentes, y decimos que todos somos hermanos. Es fácil pensar y decir que todos somos iguales en dignidad, pero la convivencia se hace dificultosa en la realidad diaria.

Por ello, con la mejor buena voluntad intentamos encontrar los mínimos comunes que nos igualan, y sobre ellos construir los modos de convivencia: tenemos necesidades parecidas, aspiramos a un modo de vida digno, utilizamos los mismos espacios públicos, tenemos las mismas escuelas, etc. Pero todo ello, no disuelve la conciencia de la propia identidad de fe, por ejemplo. ¿Cómo se vive en la igualdad social y en la diferencia de fe?

Es un aprendizaje largo pero fructífero el convivir con hermanos diferentes. Se requiere abrir el horizonte de nuestras verdades más allá de lo ideológico, de lo que nuestra manera de pensar ofrece; se requiere elevar nuestra mirada más allá de nuestras esperanzas, de las concreciones a las que esperamos llegar; se requiere abrir el horizonte más allá de nuestros amores, de los rostros que habitan nuestro corazón.

Así, nuestro ser hermanos, hermanas, se ensanchará más allá del círculo conocido y controlado. A ello nos invita Jesús cuando habla de amar a los enemigos, a los que nos persiguen, a los que son menos que nosotros, etc. Amar al que no es igual, al diferente. Ser hermano, ser hermana es una aventura hacia el infinito, pero que se con-creta en personas de carne y hueso. Es un signo concreto del Reino de Jesús entre nosotros hoy.

Carta de Asís, octubre 2020 

Señor, que vea...

...que vea tu rostro en cada esquina.
Que vea reír al desheredado,
con risa alegre y renacida.
Que vea encenderse la ilusión
en los ojos apagados
de quien un día olvidó soñar y creer.
Que vea los brazos que,
ocultos, pero infatigables,
construyen milagros
de amor, de paz, de futuro.
Que vea oportunidad y llamada
donde a veces sólo hay bruma.
Que vea cómo la dignidad recuperada
cierra los infiernos del mundo.
Que en otro vea a mi hermano,
en el espejo, un apóstol
y en mi interior te vislumbre.

Porque no quiero andar ciego,
perdido de tu presencia,
distraído por la nada...
equivocando mis pasos
hacia lugares sin ti.

Señor, que vea...
...que vea tu rostro en cada esquina.

José María Rodríguez Olaizola, sj

martes, 27 de octubre de 2020

DÍA DEL ESPÍRITU DE ASÍS 2020

LEMA: EL CLAMOR DE LA TIERRA Y EL LLANTO DE LOS POBRES

El 27 de octubre de 1986 tuvo lugar la primera celebración del Espíritu de Asís, en Italia. Allí se congregaron los líderes de las grandes religiones del mundo para hacer juntos un día de ayuno y oración por la paz.

Desde entonces, la familia franciscana celebra cada año la “Jornada por la paz en el Espíritu de Asís”. Es una llamada de atención a no permanecer indiferentes a tanta violencia e injusticia social, y a defender la paz como el único camino posible para seguir adelante.

El pasado 20 de octubre se celebró en Roma un Encuentro de Oración por la Paz, promovido por la Comunidad de Sant Egidio. Allí, el Papa Francisco se dirigió a los presentes y les recordó que “en este tiempo de desorientación, golpeados por las consecuencias de la pandemia de Covid-19, que amenaza la paz aumentando las desigualdades y los miedos, decimos con fuerza: nadie puede salvarse solo, ningún pueblo, nadie.”

Somos hermanas y hermanos, ¡todos! Recemos al Altísimo que, después de este tiempo de prueba, no haya más un “los otros”, sino un gran “nosotros” rico de diversidad. Es tiempo de soñar de nuevo, con valentía, que la paz es posible, que la paz es necesaria, que un mundo sin guerras no es una utopía. Por eso queremos decir una vez más: «¡Nunca más la guerra!».”

Esta transformación del mundo sólo será posible con la preservación de nuestra Casa Común y escuchando la voz de los más desfavorecidos, que son los que sufren más la injusticia de la guerra y la destrucción de la naturaleza.

miércoles, 21 de octubre de 2020

LA PLENITUD ES FRÁGIL Y A VECES DESAGRADABLE

Hace unas semanas entré en una tienda de fotografía que tenía varias de sus instantáneas de boda colgadas en las paredes. Dos hombres, sutilmente, se reían de una de ellas en la que la novia no tenía los cánones de belleza del siglo XXI. En cambio, si te fijabas en los rostros de los novios, se podía observar que no expresaban menos felicidad que otros recién casados.

Al salir de aquel local pensaba que vivimos ofuscados por la apariencia, por el éxito, por la grandeza, por los resultados o el rendimiento. Cientos de películas han conseguido que asociemos la delgadez, los músculos o el poder, con la plenitud personal. Miles de conversaciones nos intentan convencer de que el éxito en la vida tiene que ver con el estatus, el dinero o el triunfo profesional. Millones de anuncios relacionan felicidad con consumo de productos, o de “experiencias” como dicen ahora.

Hay otro camino, mucho más discreto y paradójico que no acabamos de entender -yo incluido- pero que es el único real en esta cotidianidad quebradiza y limitada. Es el que Jesús muestra cuando dice que solo los pequeños entrarán en el Reino de los cielos (Mt 18, 1ss). Nos parece que lo que proponen el nazareno y también Francisco de Asís, no es para este mundo, como si fuera simple retórica o consuelo de débiles: “Dichosos los pobres, porque el reinado de Dios les pertenece. Dichosos los que ahora pasáis hambre, porque seréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos cuando os odien los hombres y os destierren, os insulten y denigren vuestro nombre a causa de este Hombre” (Lc 6, 20-22).

Hay una discreta dicha que se nos ofrece, no en lo llamativo, en lo novedoso, en el logro, en lo emotivo o extraordinario. Hay una vida escondida en la experiencia de carencia, en el dolor compartido, en la verdad aunque sea conflictiva, en la lucha por la justicia, en el cuidado del otro aunque genere sufrimiento, en el aparente vacío. Y esta plenitud no se experimenta en lo vistoso, en lo sorprendente, en lo sensacional, sino en lo secreto, en la serenidad de los fondos personales, casi traspapelado entre el tumulto cotidiano, muchas veces desapercibido ante la mirada despistada o las expectativas desorientadas: “Cuando tú hagas limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; de ese modo tu limosna quedará escondida, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará” (Mt 6, 3-4)

Se puede vivir una alegría serena en los logros no dados a conocer, un gozo hondo y no adictivo, que te deja satisfecho y te permite permanecer ahí, sin necesidad de ir tras otro resultado: es una plenitud sorda y sutil. Algo parecido dice este poema que me mandaron hace poco: “La flor es más que el fruto, aunque no cuaje, es más exacta y más certeza. Porque la plenitud es frágil y en lo conseguido debe de haber cautela, cuando no encubrimiento” (Fermín Herrero y Henar Sastre. Húrgura). La plenitud es frágil, y a veces desagradable, como la de Jesús colgado de la cruz.

Javi Morala, capuchino

lunes, 19 de octubre de 2020

ESPIRITUALIDAD ECOLÓGICA

La espiritualidad es el alma de las grandes religiones que existen y cada tradición tiene su propia manera de proclamar que la esencia de la espiritualidad es el amor. El Papa Francisco, en la encíclica Laudato Si´ nos propone una manera actualizada de vivir nuestra espiritualidad cristiana, invitándonos a ir más allá de nosotros mismos.

La espiritualidad ecológica es una invitación a:

  1. Comprender el poder infinito de Dios que nos lleva a experimentar su ternura paterna para acoger el amor divino y adorarle con confianza. (LS 73). 99. Para la comprensión cristiana de la realidad, el destino de toda la creación pasa por el misterio de Cristo, que está presente desde el origen de todas las cosas: «Todo fue creado por él y para él » (Col 1,16). Desde el inicio del mundo, pero de modo peculiar a partir de la encarnación, el misterio de Cristo opera de manera oculta en el conjunto de la realidad natural, sin por ello afectar su autonomía (LS 99).
  2. Percibir a Dios como Creador, evitando adorar los poderes del mundo y no colocándonos en el lugar del Señor. La mejor manera de poner en su lugar al ser humano, y de acabar con su pretensión de ser un dominador absoluto de la tierra, es volver a proponer la figura de un Padre creador y único dueño del mundo, porque de otro modo el ser humano tenderá siempre a querer imponer a la realidad sus propias leyes e intereses (LS 57).
  3. Intuir a Dios en la Creación a través de la contemplación. Esta contemplación de lo creado nos permite descubrir a través de cada cosa alguna enseñanza que Dios nos quiere transmitir. Podemos decir que, «junto a la Revelación propiamente dicha, contenida en la sagrada Escritura, se da una manifestación divina cuando brilla el sol y cuando cae la noche»[58]. Prestando atención a esa manifestación, el ser humano aprende a reconocerse a sí mismo en la relación con las demás criaturas (LS 85).
  4. Discernir los signos de los tiempos desde una mirada distinta que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático y proponer un modo alternativo de entender la calidad de vida desde un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo (LS 222).
  5. Descubrir el valor de lo sencillo. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño con sobriedad y una capacidad de gozar con poco, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto supone evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres (LS 222).

La espiritualidad ecológica nos invita a admirar las múltiples conexiones que existen entre las criaturas y a descubrir una clave de nuestra propia realización en la importancia de los pequeños gestos cotidianos, el amor social y la cultura del cuidado. Cuando alguien reconoce el llamado de Dios a intervenir junto con los demás en las dinámicas sociales, debe recordar que eso es parte de su espiritualidad, que es ejercicio de la caridad y que de ese modo madura y se santifica (LS 231).

Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad con Dios, con el prójimo y con la tierra. Espiritualidad ecológica una invitación a crecer en nuestra vida interior. ¿Te animas a vivirla?


Néstor Wer, capuchino
 

sábado, 17 de octubre de 2020

PADRE NUESTRO Y DE LA CREACIÓN

Padre nuestro que estás en el cielo y también junto a nosotros y en el interior de todo lo creado.

Santificado sea tu nombre por el soplo del aire y el rumor de las aguas, la fecundidad de la tierra, la belleza de los valles y los montes, la existencia de todos los vivientes, y la dignidad de los seres humanos.

Venga a nosotros tu Reino de verdad y de vida, de justicia, de amor y de paz.

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo; tu voluntad de ver felices a todos tus hijos e hijas, de que toda manifestación de vida sea respetada.

Danos hoy nuestro pan de cada día para que partido y compartido todos lleguen a tener lo suficiente y puedan vivir su vida en plenitud.

Perdona nuestras ofensas, nuestra falta de amor a los demás, nuestro afán de acaparar sin compartir, nuestro individualismo egoísta, nuestra explotación de la naturaleza, nuestra falta de cuidado por otras especies y de solidaridad con las futuras generaciones.

Como nosotros perdonamos a los que nos ofenden buscando la reconciliación por la justicia y la paz.

No nos dejes caer en tentación de volverte la espalda, de ignorar a los hermanos o hermanas, de olvidar o descartar a los pobres, de convertir el cuidado de la Creación en abuso y explotación.

Y líbranos del mal, el mal de destruir o maltratar la vida de cada ser, la armonía del Universo.