domingo, 29 de marzo de 2020

YO MISMO ABRIRÉ VUESTROS SEPULCROS

Aún hay gente que duda de si la Palabra, las Escrituras, están vivas y siguen teniendo hoy vigencia. Pues para quien no se lo crea ya puede ir leyendo la 1ª lectura y el evangelio de este domingo y además, ambas en perfecta consonancia.

Todos estamos deseando escuchar la gran noticia por parte del gobierno del día que podamos salir de nuestras casas. Será la gran liberación y yo no me excluyo de ello. Pero ¿qué tal ir ya experimentando hasta que llegue esa noticia la gran liberación de sentirse en casa? Y como en otras entradas he escrito, no me refiero a situaciones donde las casas en estos días no pueden ser hogares por causas variopintas. Con gran respeto y tristeza sé que estas líneas quedarían incluso frívolas para ciertas realidades. Pero de momento, muchos de nosotros estamos viviendo cada día deseando y agradeciendo que sea y haya sido un día más, un día que suma en este encierro y un día que ya resta para vernos pronto. Ahí, en estas situaciones es donde el profeta Ezequiel nos dice que Dios puede sacarnos de nuestros sepulcros y donde Jesús puede “quitarnos la losa”.

Este silencio de las calles gracias a la falta de ruidos procedentes de los coches ya inexistentes y de la escasez de viandantes ha sido inundado por el trinar de pájaros que antes ni podía reconocer (y yo vivo en la ciudad, nadie piense que tengo delante de mí un idílico paisaje). Mis sesenta metros de casa se están convirtiendo aún más en mi hogar porque es el que me protege y día a día confirmo que tengo más capacidad de llevar la situación de lo que me hubiera imaginado e incluso de lo que me imaginé hace ya unos veinte días cuando comenzó todo esto.

En mi propio hogar se me está quitando la losa de mi sepulcro y estoy experimentando como Dios me lleva a Israel, a la Tierra Prometida. Y para esto me ayudo de muchas cosas: duermo mucho, cocino, hablo mucho con mi gente, veo cosas en la tele que me agradan que me ayudan a pasar las horas del día, ejercicio moderado, trabajo… ¿puede haber algo más mundano o más terrestre? Pero creo que es la parte que a mí se me pide en esta experiencia de desierto. Si estoy bien, mi mente se mantendrá estable y mis defensas no se vendrán abajo por lo que estaré más fuerte frente al ataque del bicho. Por tanto, ya estoy ayudando. No quiero que alguien tenga que decir como a Jesús en el Evangelio: “Maestro, lleva ya cuatro días muerto”. Estoy viva y bien viva y pienso seguir estando en la medida en la que dependa de mí.

Última semana de Cuaresma. El próximo domingo… de Ramos y entraremos con Jesús en Jerusalén cada uno desde su hogar, desde donde se están librando hoy en día las batallas más importantes de este tiempo que nos ha tocado vivir. Pero hasta entonces no hagamos de estos días un sepulcro. Si sigues en casa con todo en orden y con tus seres más queridos luchando como tú, cuenta con la gran noticia de que nuestros sepulcros están abiertos porque más que nunca estamos viviendo en Espíritu y en Verdad. Un fuerte abrazo.

Clara López

MUERTE Y VIDA

A la muerte de un ser querido, sobre todo cuando se produce en momentos o circunstancias inesperadas, puede invadirnos la sensación de que nuestras aspiraciones, el anhelo por la vida no va con los intereses de Dios. Como si lo que Dios quiere y lo que el hombre anhela fuesen por dos vías paralelas que nunca se encuentran.

Pero Dios ama la vida y llama a la vida. Jesús, ante el amigo muerto, sollozó y estaba muy conmovido. La muerte no le deja indiferente. Sus lágrimas por la muerte de Lázaro y por el sufrimiento de sus hermanas expresan su aflicción por el dolor de cada uno de nosotros y por el vacío que deja en nuestro corazón la muerte de una persona querida. Por eso, una oración en medio del sufrimiento puede ser: “Señor, yo sé que esto te duele como a mí o más que a mí; sé que Tú me acompañas y me apoyas, aunque estoy en la oscuridad y me siento en la desolación”.

Tu hermano resucitará, dice Jesús a Marta, y lo repite prácticamente a María. Realiza el gesto de resucitar a Lázaro, mostrando así que la promesa de la resurrección no es una promesa vana sino una realidad que debe empapar nuestra vida y llenarla de esperanza. Estamos llamados a la vida y, si confiamos, nuestra esperanza no se verá defraudada.

Pero la resurrección de Lázaro es solo un signo, no la realidad definitiva. Tiene un alcance limitado porque Lázaro seguirá teniendo enfermedades, contrariedades, sufrimientos, y terminará muriendo. Las obras “inmortales” – por su valor artístico, cultural, humano – están en constante riesgo de ruina, necesitan continuos cuidados, reparaciones, etc. para no ser destruidas por el tiempo. Los esfuerzos admirables de la humanidad por alargar la vida y por mejorar la calidad de vida no pueden impedir que, tarde o temprano, aparezca la muerte. No hay ninguna persona ni obra humana que dure siempre.

No hay realidad humana, por muy admirable que sea, como la resurrección de un muerto, que pueda expresar lo que es la resurrección definitiva y la superación de todo obstáculo a la felicidad.

Nosotros creemos en lo que dice Jesús cuando se dispone a resucitar visiblemente a su amigo Lázaro, pero como signo de una resurrección más radical y definitiva: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. También a nosotros se dirige la pregunta de Jesús. ¿Crees esto? Nuestra respuesta es clave para comprender la vida y no desesperar ante la muerte.

Mientras tanto, Jesús no tiene una actitud fría ante el dolor y la muerte. Con la resurrección de su amigo, nos está diciendo que quien cree en la vida eterna, en la resurrección definitiva, debe luchar también aquí a favor de la vida de los hombres y mujeres, intentar quitar todas las losas que les tienen sepultados en vida y desatar todas las vendas que les impiden andar dignamente. Quien cree de veras en la vida eterna favorecerá todo signo de vida y de amor.

Iñaki Otano

sábado, 28 de marzo de 2020

ACUÉRDATE DE LO BUENO

Cuando el cielo esté gris: Acuérdate cuando lo viste profundamente azul.
Cuando sientas frío : Piensa en un sol radiante que ya te ha calentado.
Cuando sufras una derrota : Acuérdate de tus triunfos y de tus logros.
Cuando necesites amor : Revive tus experiencias de afecto y ternura.

Acuérdate de lo que has vivido y de lo que has dado con alegría.
Recuerda los regalos que te han hecho, los besos que te han dado,
los paisajes que has disfrutado y las risas que de ti han emanado.
Si esto has tenido lo podrás volver a tener y lo que has logrado, lo podrás volver a ganar.
Alégrate por lo bueno que tienes y por lo de los demás;
desecha los recuerdos tristes y dolorosos, no te lastimes más.

Piensa en lo bueno, en lo amable, en lo bello y en la verdad.
Recorre tu vida y detente en donde haya bellos recuerdos y emociones sanas y vívelas otra vez. Visualiza aquel atardecer que te emocionó.
Revive esa caricia espontánea que se te dio.
Disfruta nuevamente de la paz que ya has conocido, piensa y vive el bien.

Allá en tu mente están guardadas todas las imágenes.
Y solo tú decides cuáles has de volver a mirar…
Y así, un día como cualquier otro, decidí triunfar.

Decidí no esperar a las oportunidades, sino yo mismo buscarlas.
Decidí ver cada problema como la oportunidad de encontrar la solución.
Decidí ver cada desierto, como la oportunidad de encontrar un oasis.
Decidí ver cada noche, como un misterio a resolver.
Decidí ver cada día, como una nueva oportunidad de ser feliz.

Madre Teresa de Calcuta

jueves, 26 de marzo de 2020

¿QUÉ DICEN LOS EVANGELIOS SOBRE DIOS?

Podría uno pensar que dicen muchas cosas sobre Dios. Pero, en realidad, los evangelios son sobre Jesús y lo que dicen de Dios es, de alguna manera, secundario: dicen, más bien, lo que Jesús nos dice sobre Dios. Porque el Dios del que hablan los evangelios no es cualquier Dios, sino el Dios de Jesús. No debe despistarnos el que salga muchas veces la palabra Dios.

  • El Dios de Jesús es, en primer lugar, Dios de todos. Esto es una novedad, porque el judaísmo creía que Dios era Dios de ellos y no de los paganos. Jesús cree que nadie queda en el desamparo de Dios porque sobre todos hace salir su sol y caer su lluvia, más allá de su catadura moral (Mt 5,45).
  • El Dios de Jesús es un padre extraño que no es justo al modo de la justicia humana, sino que lo es con el perdón y la acogida (Lc 15,11-32). Por eso, no se cansa nunca de esperar y no retira el amor por más que se le ofenda. Casi se puede decir que no perdona porque, simplemente, ama y el amor siempre incluye el perdón. De ahí que creerse más ante Dios, por cualquier motivo que se aduzca, es una necedad (Lc 18,9-14).
  • El Dios de Jesús es parcial y se sitúa en un lado, en el de los frágiles (Lc 16,19-31). Si se quiere conectar con él hay que animarse a pasarse a la orilla de los frágiles sociales (Lc 19,1-10). Dios es Dios de todos pero no de la misma manera: a los pobres les anima a trabajar por el logro de la justicia, al poderoso a pasarse al lado de la justicia abandonando los caminos injustos del poder.
  • El Dios de Jesús no funciona con los criterios humanos del poder y de la apariencia, sino que ve en lo secreto (Mt 6,6). Por eso mismo, es un Dios de verdad personal y real, no un personaje de fachada religiosa.

Texto: Mt 20,1-16

«El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido. Ellos fueron. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: Nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a mi viña. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Él replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy generoso? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos».

  • Una de las cosas que más despista a la persona religiosa es que Dios sea generoso. Quiere que sea justo: si yo he cumplido, si he trabajado, si he sido buen cristiano que se me pague lo que se me debe. Dios pasa a ser un deudor de la persona religiosa. De tal manera que si paga a todos por igual, si se salvan todos, no tiene sentido el esfuerzo que supone la vida cristiana.
  • Alegrarse de la generosidad de Dios es algo que le cuesta mucho a la persona religiosa. Le causa una cierta contrariedad que Dios sea generoso. Y que lo sea con quien, a su juicio, no se lo merece, más todavía. ¿Cómo nos hubiera ido si nos hubieran inoculado la certeza de un Dios generoso?
  • Y es que cuesta entender que los últimos sean primeros y viceversa, o sea que, ante Dios, todos estamos en la línea de salida. No se puede aducir méritos para que a uno se le pague mejor que a otros. ¿Entonces, para qué el esfuerzo de la vida cristiana? Para comprender y celebrar la hermosura de un Dios generoso y sobre todo con quien lo merece menos. Eso habría de alegrarnos porque, quién más quién menos, todos estamos pendientes de la generosidad de Dios.

Aplicación:
  • ¿Es importante mejorar la idea de Dios o nos hemos de quedar con lo que nos enseñó el catecismo? Una idea muy metida es que Dios premia a los buenos y castiga a los males (la retribución de Dios). Quizá nos vendría mejor pensar que Dios ama a buenos y malos, a ambos los rodea de generosidad: al bueno para animarle en el camino de la justicia yal malo para hacerle ver que tiene que situarse en el camino del bien.
  • A Dios le alegra nuestra justicia y le duele nuestra injusticia, pero él tiene “mecanismos de envolvimiento” de lo que se somos y hacemos para saber envolver todo eso con amor. Si el amor de Dios es menor que nuestra injusticia es que Dios está a merced de ella.
  • Esto habría de llevarnos a una especie de ecumenismo vital sin creernos mejores que nadie porque seamos creyentes ni, incluso, porque seamos justos. Si lo somos, sigamos caminando por la senda de la justicia; si no lo somos, cosa frecuente, creamos que el amor de Dios nos sigue empujando al bien.
  • Dios no se “casa” con nadie porque se casa con todos; Dios no menosprecia a nadie porque aprecia a todos; Dios no condena a nadie porque salva a todos.
Fidel Aizpurúa, capuchino

martes, 24 de marzo de 2020

APRENDIZAJES DE ESTOS DÍAS

Ya no necesitamos apoyarnos en la Física cuántica para defender que todos los seres vivos estamos interconectados, que lo que hagamos unos influye en los otros. Se nos ha hecho evidente estos días que el confinamiento que cada uno de nosotros hacemos, es esencial para que los demás no enfermen; que la entrega de un sanitario en urgencias contribuye a la salud de toda la población; que la dedicación de un reponedor en un supermercado aliviará la preocupación de los compradores; que el cuidado de un vendedor en una tienda de alimentos disminuye los contagios de todos los ciudadanos; que la serenidad de un autónomo que estos días gasta pero no ingresa, ayuda a que la crispación global no aumente; que la paciencia de un niño –y la de sus padres- que están encerrados eleva la concienciación en cada barrio, en cada pueblo, en cada país.

Y si esa dinámica de interrelación es así, entonces mi alegría puede contagiar alegría a los otros, y la esperanza que uno siente también puede alcanzar a los demás, y el amor que ponemos en cada uno de los detalles se expande irremisiblemente; y la ternura que se escapa de nuestras manos no sólo llega al que tengo al lado; y la compasión que me nace ante la debilidad del otro fluye por mi ciudad. Es como si la sintonía de cada uno, se expandiera por el mundo e hiciera vibrar a los demás con la misma longitud de onda. Evidentemente esto también ocurre con la negatividad, de ahí la importancia de sumar en positivo.

Al estar pensando estas cosas, me venía a la mente que si nuestra disposición aporta tanto a los demás, cuánto más hará la de Dios. Cómo su amor, su cuidado por nosotros se transmite al mundo e influye en él, como el aire que nos da vida, o el sol que nos alumbra y calienta. Así se nos puede hacer presente el Padre en nuestra vida, dejando que su amor inunde cada rincón del planeta, que su aliento anime a cada ser vivo, que su esperanza nos llegue dentro, a cada corazón de cada persona. Y esperando a que, si es acogido, sea fecundo.

Javi Morala. capuchino

domingo, 22 de marzo de 2020

CUARESMA Y CUARENTENA

Dos palabras que comienzan por las mismas letras y que este año han venido de la mano. Y pocos lo imaginaban, pocos lo esperaban. El miércoles de ceniza no sólo trajo la penitencia de todos los años, las promesas que se repiten, las abstinencias y ayunos a veces mal entendidos sino que este año, en secreto, a escondidas traía una experiencia de la mano que hoy en día a todos nos toca vivir. Y lo hacemos sin distinción de sexo, ni de clase social, ni de estudios… lo hacemos todos porque ha llamado a la puerta de todos.

La Cuaresma ha traído este año consigo una compañera muy especial pero que no hace otra cosa que subrayar aún más el sentido que desde hace años le doy a la Cuaresma y que le enseño a mis alumnos en la clase de religión. La Cuaresma, con sus 40 días es el “tiempo necesario para tener una experiencia personal de Dios”. Poco me importa que sean 40 días o 40 años, es el tiempo necesario para … ahora nadie nos puede dar una cantidad de días que va a durar esta cua… resma, esta cua…rentena, sólo sabemos que va a ser el tiempo necesario para que seamos foco de contagios de una nueva vida. Porque este año sí que vamos a celebrar la Pascua, el Paso de la muerte a la vida, del encierro a la libertad como el pueblo hebreo. Este año sí que sabemos que tenemos una Tierra Prometida y a ella avanzamos cada día que pasa. Y para todo esto no hay otro lugar que el desierto de nuestra vida pero sin connotaciones negativas. El desierto de lo cotidiano, más cotidiano que nunca, el desierto de lo conocido, porque el territorio es mi casa, mi hogar, donde han nacido nuestros hijos, donde hemos vivido las experiencias más profundas. Así que es el tiempo propicio para ceñirnos la cintura y celebrar. Porque más que nunca la Pascua es una realidad y sabemos dónde está y más que nunca, si lo sabemos aprovechar sabemos que marchamos hacia la libertad y que hay una Tierra que se nos ha prometido y que nos está esperando.

Y lo hacemos con Luz, con la misma que le fue regalada al ciego del Evangelio de este domingo, ese que necesitó ir a lavarse a la piscina de Siloé después de encontrarse con Jesús, el Enviado. También nosotros somos ahora los enviados, portadores de la Buena Noticia de que una nueva humanidad es posible, la que rinde culto a Dios en Espíritu y en Verdad desde el seno de cada una de nuestras casas.

Clara López

sábado, 21 de marzo de 2020

VER LA LUZ

Cuando alguien persiste en un error a pesar de las recomendaciones, solemos decir: “está ciego”. Si al mirar nuestro pasado, vemos algo que no debíamos haber hecho, también decimos: “entonces estaba yo ciego”. Solemos decir: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Hay una ceguera distinta de la ceguera física: es la ceguera del que cierra los ojos a la verdad, a la luz.

En el evangelio de este domingo, Jesús cura a un ciego de nacimiento y encuentra la oposición de los fariseos, que no quieren ver la verdad. Según el Maestro, las cegueras que provienen del rechazo de la luz son peores que la ceguera física. Conocer a Jesús, fiarse de Él y seguir sus pasos es abrir los ojos para ver de veras.

Aquel invidente de nacimiento empieza por notar la curación física de su ceguera. Esa curación suscita en él admiración y agradecimiento. No se deja vencer por los juicios, amenazas y violencias de los fariseos: para él, Jesús es, por lo menos, un profeta. Esa es su primera fuerte impresión.

Hay una segunda curación en un nuevo encuentro con Jesús. El hombre estaba desconcertado y no se explicaba por qué le expulsaban los fariseos. En medio de su desconcierto, aparece de nuevo Jesús: el antiguo ciego no había descubierto todavía del todo la luz. Pero quiere creer en lo que cree Jesús, que Jesús le ayude a dar sentido a una vida que no sea un túnel sin salida, a tener una luz que ilumine. El célebre autor de “El Principito”, Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), hace decir a uno de sus personajes: “solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos”.

Para el ciego curado, el creo, Señor significa que Jesús ha iluminado toda su vida. Creer en Jesús transforma nuestra mirada, nos da una visión nueva: la visión desde el corazón de Dios. Sin esa visión de Dios, nuestra mirada es pobre, miope, a veces angustiosa, porque nos vemos en un círculo cerrado. Creo, Señor, me fío de ti y me confío a ti.

Iñaki Otano

viernes, 20 de marzo de 2020

NOS ASUSTA

Nos asusta la enfermedad.
Porque nos paraliza, en seco, sin esperarlo. Porque nos obliga a desprogramar, a deshacer, a descuadrarse, a desdibujar ese plan, esa proyección de futuro, es tenerlo todo bajo control.

Nos asusta la enfermedad.
Porque es pura incertidumbre y vulnerabilidad, es la vida en pañales, desnuda, sin añadidos, sin edulcorantes, sin parafernalias, sin excusas.

Nos asusta la enfermedad.
Porque toca la posesión, lo mío, mi familia, mis amigos, mi pareja, mi cuerpo, mi salud, mi estabilidad, mi trabajo, mis estudios, mis proyectos.

Nos asusta la enfermedad.
Porque la teníamos escondida, encerrada, aislada y cuando se nos presenta (¡ahá! aquí está), se nos cuela sin generar riquezas ni capitales, sin responder a la sobreabundancia que andaba suelta por todas partes.

Nos asusta la enfermedad.
Porque hace tambalear esa aparente libertad. Y la cuestiona y la sitúa entre la espada y la pared. Hasta que encontrarse de frente, ambas, libertad y necesidad, obligadas a construir desde este nuestro material: finito, sensible, limitado.

Nos asusta la enfermedad.
Porque somos expertos en huir del dolor, de la dependencia, del pedir ayuda, de la soledad, del estar en la cama, del tiempo inútil, improductivo, en silencio, sin responder. Y aquello de lo que huimos, al fin, nos atrapa.

Nos asusta la enfermedad. Quizás (quizás, digo yo) porque tiene algo que ver con esa dosis de Verdad a la que tanto nos cuesta llegar.

Nuria Romay 

miércoles, 18 de marzo de 2020

EL AMOR EN TIEMPO DE CRISIS

Otra seña de identidad de nuestro tiempo eran las prisas, falta de tiempo, aceleración,… Ahora tenemos la oportunidad de pararnos y dedicar tiempo a aquello que dejábamos para lo último en nuestra rutina diaria, puede que esta crisis nos haga establecer prioridades de dedicación del tiempo alternativas, y quizá también plantearnos si no deberían cambiar para siempre. Basta meterse en Instagram para descubrir que los juegos de mesa se han hecho trending topic. Y estos están siendo instrumento de reencuentro de las familias.

¡Qué bonita oportunidad de pasar tiempo juntos, de volver a pensar lo que significa ser familia, de fortalecer vínculos y olvidar rencillas!

¡Qué oportunidad para dedicarse tiempo a uno mismo, a revisar el proyecto de vida, a conocernos mejor, a descubrir el aliento de Dios en cada una de nosotras! Podremos hacer hueco al silencio, dejar espacio para curarnos y, en definitiva, salir reforzados cuando esto pase.

¡Qué oportunidad para leer, ver series y expandir nuestra cultura!

¡Qué oportunidad para …!

… para caer en la cuenta de lo afortunados que somos y valorar lo que tenemos. Podemos aprender mucho del momento presente, creo que sobre todo en cuanto a lo privilegiados que somos, porque perder o sentir amenazados nuestros privilegios debería inspirarnos una enorme empatía con aquellas personas que no gozan de nuestra suerte. Para acabar deseo que no olvidemos esta situación cuando salgamos de ella, que no olvidemos que un día tuvimos hambre y nos dieron de comer, que tuvimos sed y nos dieron de beber, que estuvimos desnudos y nos vistieron. Ojalá que la humanidad que despierta en nosotros no se aletargue y nos empuje avanzar en la historia de la Salvación.

Enrique Fraga Sierra
Tomado de rpj.es

lunes, 16 de marzo de 2020

LA OPORTUNIDAD DE PENSAR EN EL BIEN COMÚN

Todavía somos muchos los que vivimos entre el asombro y la preocupación por lo vivido estos días, sobre todo en las grandes ciudades donde parece que esto del coronavirus es más serio de lo que pensábamos en un principio. Hemos pasado en horas del «todo está controlado» a vaciar supermercados compulsivamente, de considerar las manifestaciones como un festival de unidad, de libertad y de orgullo a un espacio de riesgo e inconsciencia, de los exámenes a la ausencia de clases, de bromear como solo los españoles sabemos hacer a criminalizar el sentido del humor…

No es exagerado afirmar que aquí se entremezcla la crisis sanitaria con la política, y en unos días con la económica. Sin embargo, más allá de intentar no perder el norte, tomar precauciones, asimilar la información de forma clara y de no dejarnos llevar por el alarmismo hay un aspecto muy positivo, podemos recuperar el bien común como valor de nuestra sociedad. Muchos sabemos que en principio no es una enfermedad severa si estás sano, pero sí que es peligrosa si eres población vulnerable. Esto nos sitúa a todo el mundo ante el reto de intentar transmitir lo menos posible un virus –o mejor dicho coronavirus– que se mueve como pez en el agua. Es hacernos conscientes que nuestras decisiones condicionan la salud pública, que es patrimonio de todos.

En una época profundamente individualista nos encontramos en una situación en la que más que nunca nuestras decisiones cuentan. Se trata de una oportunidad como sociedad de pensar más en el otro, y considerar que muchas de nuestras acciones tendrán repercusión, para bien y para mal, en alguien que no conocemos sin saber cuándo ni cómo. Ojalá descubramos que detrás de la salud pública está el cuidado del bien común, algo que ocurre con la ecología, la economía, la política y así una lista larga de posibilidades que a menudo nos negamos a ver.

Álvaro Lobo, sj



sábado, 14 de marzo de 2020

DAME DE BEBER

Es Jesús mismo quien siente sed y pide agua a la samaritana. Resulta algo inusitado. Se para a hablar con una mujer, lo que estaba prohibido para los judíos. Es una mujer pecadora, fulminada por la gente, especialmente por la que se consideraba de más clase que la gente vulgar. Para remate, era una samaritana, cuando los judíos y los samaritanos no se podían ni ver.

Jesús desafía los prejuicios y tabúes de su tiempo, inicia el encuentro y le pide de beber. Ante aquella mujer, tan frágil y por eso mismo tan despreciada, Jesús no se presenta con prepotencia. Al contrario, es un Jesús fatigado, sediento, necesitado. Dios se muestra frágil y sediento en Jesús.

Jesús se fatigó como nosotros. Aprendo así que el cansancio es humano, que es bueno y necesario sentarse a descansar: que tiene que haber momentos gratificantes a lo largo de la jornada; que hay que agradecer la tertulia y el café, y la buena película y el partido o juego relajante; y las vacaciones en calidad; el sueño, siempre reparador.

Jesús no se limitó a sentir la fatiga humana, sino que acoge y alivia a los hombres y mujeres fatigados. Por eso invita: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré” (Mt 11,28). Venid a mí y descargad sobre mis hombros y mis espaldas vuestro peso, vuestro agobio, vuestra debilidad, vuestra preocupación. Descargad sobre mí todo lo que os cansa y os deprime. Yo seré vuestra fuerza y consuelo, vuestra esperanza y alegría.

La sed de Dios se encuentra con la sed de la mujer, con nuestra sed. El que pide de beber está listo para ofrecer un agua nueva y eterna que regenera y transforma la vida.

La actitud y las palabras de aquel hombre cautivan a la samaritana. Esta mujer lleva en su corazón una historia de relaciones heridas. Jesús se va revelando al ritmo de las inquietudes que descubre en la mujer. El misterioso maestro no la condena, sino que le habla con palabras nuevas que llegan hasta su corazón sediento de relaciones intensas.

La mujer, tras el encuentro, anuncia a un “Mesías” que conoce sin condenar y que orienta la sed hacia las aguas que saltan hasta la Vida eterna,

La samaritana será un símbolo del hombre que no consigue apagar su sed. Todo hombre está herido de insatisfacción: Vamos de un pozo a otro, de un bar a otro, de un mercado a otro, buscando nuevos productos para calmar la sed que nos tortura, pero al final seguimos con más sed.

En la samaritana descubrimos sed de de felicidad, sed de amor – iba ya por el sexto hombre -, sed religiosa, sed del Mesías, sed de Dios.

Jesús ofrece a la samaritana el agua viva… Se necesita una cosa: ir a Jesús, creer en Él, pedirle de beber. Aceptar que Jesús es el Dios que te salva, que te ama, que está contigo. Aceptar su amor confiado y responder con amor confiado.

martes, 10 de marzo de 2020

PEQUEÑOS DUENDES

A nuestro centro acuden diariamente ciertas personas, o como me gusta llamarlo a mí, pequeños duendes mágicos. En la sociedad actual, nos hemos acostumbrado a que lo más importante son los números. Cuánto tienes, cuánto vale lo que tienes, aunque no necesitemos ciertos artículos cuantos más tengamos mejor.

Hacemos fotos, que muchas veces no son realistas ni objetivas con el único motivo de colgarlas en redes sociales y que se vuelvan virales aunque en poco tiempo ya nadie recuerde esa foto.

En el Centro Social San Antonio somos muy afortunados, pues aquí existe un grupo de personas que piensa diferente, piensa en “calidad” y no en “cantidad”. Aquí somos de “otro equipo”. Somos pequeños. Esto no quiere decir pequeños de tamaño, que seamos pocos o que nuestros actos carezcan de importancia. Formar parte de este grupo significa que eres una persona que valora otras cosas y no lo que la sociedad te exige. Que eres capaz de mirar el mundo con otros ojos y valoras lo sencillo, lo humilde, lo pequeño.

En el Centro Social San Antonio existen diferentes voluntariados donde poder integrarse y colaborar. Aquí todos podemos hacer algo buscando el espacio adecuado donde desarrollar mejor las capacitaciones de cada uno. Existen espacios que pasan más desapercibidos y en cambio otros requieres más esfuerzo físico. Todo depende del tiempo de dedicación, gustos, y trabajos a desarrollar. Pero toda colaboración tiene un único objetivo y es el de poder aportar nuestro granito de arena por una sociedad más justa y digna.

Con el voluntariado se presenta la oportunidad de poder compartir espacios y vivencias con otras personas que pasan dificultades y de esta manera colaborar en su proceso para que esa situación tan difícil por la que atraviesan sea lo más corta y menos dolorosa posible.

Comprobar que gracias a esa labor humanitaria que realizan los voluntarios, esos rostros duros, tristes y desorientados pueden devolver una sonrisa o simplemente les da fuerza para luchar por salir adelante, constata que con pequeños gestos podemos ayudar a construir una sociedad más justa y equitativa.

Ser voluntario del Centro Social es vivir y comprobar en primera persona que es posible este cambio, apostando por lo sencillo y lo humilde. Y eso sólo se consigue haciéndose pequeño...

Óscar Matés
Centro Social San Antonio de Zaragoza

lunes, 9 de marzo de 2020

CAMINOS PARA EL SILENCIAMIENTO

El silenciamiento es la acción y el efecto de silenciar. Es decir, hay que construir el silencio poco a poco. Si no se hacen trabajos de silenciamiento, el ruido nos come el alma y termina invadiéndolo todo. Propongamos algunos caminos a la sombra de frases luminosas que la gente espiritual ha dicho del silencio. Esto podía ser un buen trabajo espiritual en esta Cuaresma.
  1. El camino de las distancias saludables: «No toda distancia es ausencia, ni todo silencio es olvido». Puede venir muy bien el silencio para apaciguar situaciones que tienen, hoy por hoy, difícil salida.
  2. El camino del logro que viene lento: «El silencio es el sol que madura los frutos del alma». Hay que se paciente activo. Para ello, el silencio que celebra lo que viene lento puede ser, a la vez, apaciguador y animador.
  3. El camino de un saludable control: «Manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra». El silencio puede ser una herramienta de control para que no muramos, como el pez, por la boca.
  4. El camino de la voz que se levanta contra lo injusto: «Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena». Lo peor es la gente que se queda callada cuando hay que hablar. El silencio no está reñido con bajar a la arena cuando hay que hacerlo.
  5. El camino de quien ama una Palabra que pasa por el silencio: «Aquel que no entiende tus silencios, lo más seguro es que tampoco entienda tus palabras». Para entender la Palabra hay que mirar tenazmente al Dios del silencio.
  6. El camino de saber aguantar las preguntas: «El silencio es oro cuando no puedes pensar en una respuesta correcta». Porque las preguntas son beneficiosas aunque no tengan respuestas. Para seguir en la búsqueda de las preguntas hay que manejar el silencio.
  7. El camino de otra mirada: «Es hermoso mirar las cosas bellas desde el silencio». Porque el silencio puede ayudar al logro de esa otra mirada “integral” de la que habla el papa Francisco.
  8. El camino de la interconexión: «La respiración continua del cosmos es aquello que llamamos silencio». “Todo está conectado” proclama la Laudato Si’. El cosmos es silencio más que ruido. Afiliarse al silencio es acercarse a ese abismo de vida en el que estamos montados.
  9. El camino extraño de la oración silenciosa: «Alguna vez, ¿callaré en el silencio?». Porque a la oración le va muy bien el silencio cuando este se halla habitado. Es la “casa sosegada” de san Juan de la Cruz.
Cuaresma 2020
Fidel Aizpurúa, capuchino

domingo, 8 de marzo de 2020

ESFUERZO Y GOZO

Tenemos un grado de satisfacción diferente cuando conseguimos algo con nuestro esfuerzo y trabajo que cuando nos lo dan todo hecho. En el primer caso, lo apreciamos mucho más. En nuestra vida existe como una balanza: en un platillo está el trabajo y el esfuerzo, y, en el otro, la felicidad y la satisfacción.

Si desequilibramos la balanza solo a favor del platillo del trabajo y el esfuerzo, y no ponemos nada en el de la felicidad y la satisfacción, el resultado es una persona insatisfecha, siempre descontenta y quejosa.

Si, por el contrario, todo el peso lo ponemos en conseguir lo que nos satisface en este momento, rehuyendo el esfuerzo necesario para conseguir una meta, viene el vacío que lleva a la insatisfacción y a la infelicidad.

Esos dos platillos de la balanza aparecen en el evangelio. En la Transfiguración, escuchamos a Pedro decir entusiasmado: ¡Qué bien se está aquí! Esta transfiguración se produce después del anuncio de Jesús de su pasión y muerte. Les había dicho a sus discípulos que tomasen la cruz para seguirle pero también que esperasen su vuelta gloriosa.

Este episodio forma parte de la pedagogía de Jesús: mostrar que el sacrificio, el esfuerzo, el trabajo y las renuncias no son por nada sino para llegar a la vida, para poder llegar a decir: ¡Qué bien se está aquí! También el camino difícil de la cruz necesita de la esperanza, de la motivación que anima. Al educar, no solo hay que exigir sino también motivar positivamente.

Ver la vida solo desde el punto de vista del sufrimiento, sin espacio para la alegría, es recorrer el camino difícil sin meta; por tanto, caer en la amargura.

También existe el peligro contrario: Pedro se siente tan bien, gozando de la presencia de Jesús y de su conversación con Moisés y Elías, que quiere quedarse allí en lugar de volver a la lucha de cada día. Es uno de esos momentos que decimos que no tendrían que acabar nunca.

Pero Jesús llama a levantarse y continuar el esfuerzo de cada día sin temor. Se puede arruinar la propia vida, las relaciones conyugales y familiares, el trabajo y muchas cosas si solo se acepta lo que agrada y se rechaza lo que requiere trabajo, camino laborioso. Hay que conjugar el ¡Qué hermoso es estar aquí! con el Levantaos, no temáis.

Iñaki Otano

sábado, 7 de marzo de 2020

APRENDER EL SILENCIO DE LA CRUZ

Así se podría entender la tarea espiritual de esta Cuaresma porque aprender la cruz no es cosa ideológica, sino trabajo de amoroso ahondamiento. El silencio se hace imprescindible para esa contemplación.

La cruz es silencio que grita la injusticia. Porque injustamente fue condenado quien hizo el bien y porque el silencio es el entorno de su muerte, una vez apaciguado el alboroto de la condena. Por lo que la cruz, las cruces, han de sentirse primeramente como injusticia y el rechazo de la cruz como respuesta correcta a quien injustamente ha sido puesto en ella.

La cruz de Jesús es silencio que se entrega sin gloria. Porque nadie agradeció ni alabó a Jesús por su muerte. Eso vino después. No fue una muerte rodeada de gloria sino de exclusión y de injuria (le hacían coplas: a ver si viene Elías…). La ausencia de gloria de los crucificados es su mejor carta de presentación: no querían gloria, querían justicia. Y no la hubo.

La cruz de Jesús es silencio que no reprocha a quien no ama. Es el amor sin esperanzas, sin demanda de recompensa y, por lo tanto, sin reproche (“no saben lo que hacen”: Lc 23,24). No se tomaron las opciones que llevaron al desastre para recibir premio, sino por amor. Y cuando no ha habido respuesta de amor, el amor sigue vivo y no reprocha.

La cruz de Jesús es un fracaso. Porque terminar una relación humana con una muerte violenta es un fracaso. No es un mártir glorioso porque el martirio nunca es glorioso, sino humillante. Jesús llega a morir como un fracasado. Hundirse en ese fracaso para hacer ver que ese camino no es el que los humanos habrían de seguir es su triunfo.

La cruz de Jesús cuestiona los infiernos. Porque ella misma es un infierno y, desde ahí, hace visible la insensatez de todo infierno humano y divino. Por haber sido infierno y haber bebido el cáliz de su contradicción, desautoriza todo infierno, despoja de razón de ser a toda opresión generadora de relaciones infernales.

La cruz de Jesús es bálsamo para las vidas heridas. Porque tales vidas están afectadas en mayor o menor medida de la ponzoña de la cruz. Si Jesús bebió esa ponzoña y, creemos, salió vivo, es que se puede superar el veneno de las heridas humanas con el bálsamo del amor callado.

Cuaresma 2020

viernes, 6 de marzo de 2020

CONSTRUIR UNA ESPIRITUALIDAD DE SILENCIO

Esta espiritualidad, lo sabemos, pasa necesariamente por hacer silencio por fuera y por dentro. La persona necesita el silencio por constitución natural. El silencio externo conlleva el control de las interferencias técnicas y sociológicas. Lo más difícil es el silencio interno. Es el ruido de nuestras pasiones humanas: la sexualidad, la ambición, el orgullo, la vanidad. El silencio interno es el apaciguamiento del mundo íntimo acompañado de la ausencia de ruido externo. Es difícil de lograr, pero es el que más tendríamos que trabajar por una cuestión de salud psíquica, física y espiritual.

Habría que construir espacios de silencio que no tienen por qué ser siempre sagrados. Un rincón del propio cuarto, con una luz y una evocación espiritual (icono, flor, vela, etc.) puede ser lugar apto. Este sencillo espacio externo será una invitación a atender lo interior y un modo indirecto de cuidarlo efectivamente.

Luego habría que silenciar el cuerpo: postura, sentarse, quietud. La mente no puede silenciarse en un cuerpo inquieto. La quietud está en proporción directa con la concentración. Se trata de estar vivo ante quien vive.

Resulta necesaria una mística del desierto, vaciar la mente en la medida en que se medita. Es hacer consciencia de algo porque hemos hecho vacío a su alrededor, lo que nos permite distinguirlo.

Es necesaria también una mística de la escucha. El silencio va en busca de la palabra que abra aún a un silencio mayor. Eso nos permite meditar en busca de la propia identidad, del propio nombre y del papel que hemos de jugar en la vida.

Todo culmina en una mística de amor. Lo que se escucha en el desierto de la práctica meditativa no es un genérico “yo soy”, sino un “yo soy hijo”, “yo soy amado”. En otras palabras, se descubre que se puede confiar.

Cuaresma 2020

jueves, 5 de marzo de 2020

IMPOSICIÓN DE LA CENIZA EN JUFRA

El miércoles de ceniza dimos inicio a la Cuaresma y, por lo tanto, comenzamos el camino que nos permite prepararnos para la Pascua.

Un camino se puede recorrer de muchas maneras. Pero si queremos hacer que merezca la pena, antes de iniciarlo quizá tendríamos que pararnos a pensar si existe algo de lo que deberíamos desprendernos, si hay algo que deberíamos cambiar. Y todo cambio va precedido, generalmente, de un compromiso.

Cuando nos reunimos los grupos de Jufra en Zaragoza, para la celebración de la imposición de la ceniza el domingo pasado en la Parroquia de San Francisco de Asís, fuimos invitados precisamente a esto, a adquirir un compromiso que nos permitiera llegar a la Pascua siendo una versión más auténtica de nosotros; un compromiso que nos llama a quitarnos durante este tiempo las máscaras que utilizamos en nuestro día a día para protegernos o escondernos.

No pudo ser más simbólico. A nuestra llegada, se nos entregó una máscara que teníamos que ponernos para después escribir sobre ella qué nombre le dábamos cada uno: la de la alegría, para los que no quieren que les vean llorar; la de la educación, para los que disfrazan de corrección el miedo de expresar en voz alta su opinión; la del adicto al trabajo, incapaz de pedir ayuda y decir que no; la del “yo no fui”, para los que no quieren asumir las consecuencias de sus actos, etc.

Cuando se nos impuso la ceniza, hicimos esta promesa de quitarnos, a lo largo de estas semanas de transformación, nuestras máscaras. O al menos intentarlo, siendo conscientes de que aunque no se puedan ver, las llevamos puestas. Al final, tenemos que tener presente que, aunque a veces nuestra vida es una mentira que nos inventamos, como bien dice la canción de Dani Martín, que nos acompañó durante la celebración, todo depende de lo que uno decida salvar entre tanto ruido.

Lorena Horna 

PENSAR A DIOS DESDE EL SILENCIO

A la persona religiosa le cuesta entender y vivir la realidad de un Dios en silencio. El Dios de la religión, de la teología, de la piedad habla en palabras y revelaciones que damos por cierto que han sido gestadas en el mismo cielo. ¿Cómo se va a revelar Dios si no habla? Por eso mismo, el revelador es llamado el Verbo, la Palabra. ¿Es Palabra de un Dios que habla o de un Dios que no habla?

Es verdad que ha habido corrientes espirituales que han promovido el silencio de Dios, la espiritualidad “apofática” (que dice “no”). Pero ha sido algo minoritario. Lo normal ha sido que Dios hable, que hable mucho y que muchas veces lo que decimos que Dios habla se parece enormemente a lo que nosotros, por nuestros intereses, queremos que diga.

Habría, para empezar, que renunciar a hablar de Dios con ligereza, atribuyéndole cosas que son nuestras. Habría que pensar que es, tal vez, mejor que Dios no hable para que así se pueda garantizar su verdad, porque si le atribuimos locuciones suyas estamos invadiendo y pretendiendo apropiarnos de su verdad. Estar ante un Dios en silencio no quiere decir que se esté ante un Dios ausente, sino ante ese Otro que, por su peculiaridad, da sentido a la mía.

Hundirse en el silencio de Dios es, quizá, la senda para dar con él. Así lo han entendido los grandes místicos; ese silencio les ha hecho más buscadores y más anhelantes de un Dios de silencio.

Cuaresma 2020

miércoles, 4 de marzo de 2020

EL JESÚS DE LA PASIÓN: UN JESÚS EN SILENCIO

«Mas Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios (Mt 26,33)…Y al ser acusado por los principales sacerdotes y los ancianos, nada respondió (Mt 27,12)…Entonces Pilato le dijo: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? (Mt 27,13)…Pero Jesús no respondió nada más; de modo que Pilato estaba asombrado (Mc 15,5)…Y le interrogó extensamente, pero Jesús nada le respondió (Lc 23,9)…Entró de nuevo al Pretorio y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Pero Jesús no le dio respuesta (Jn 19,9)».

Pocas veces se subraya el silencio de Jesús en las horas amargas de la pasión. Es un silencio por fuera, aunque su interior sería un hervidero de sensaciones, preguntas y dolor (San Francisco de Asís lo ha retratado muy bien en su “oficio de la pasión”). Mudo por fuera, hirviente por dentro.

Interpelar a Jesús por “el Dios viviente” es hacerlo por el Dios que le hace vivir, por el que es su “abbá”. Ese Dios es el que sella sus labios para hacer ver que es condenado a contrafuero: toda su vida orientada a Dios y se le condena por Dios.

Todas las obras hechas en favor de la persona no han logrado ser argumento suficiente para desvelar que Jesús es el Hijo, el revelador del amor del Padre. Por eso, preguntarle ahora que está encadenado no servirá de nada. No hay intención de aceptarlo como desvelador del Dios que está a lado de los pobres. Por eso, silencio ante quien tiene ya una postura tomada previamente.

El sistema acusa a Jesús (sacerdotes principales y ancianos), el poder religioso y el poder social. ¿Es mejor el silencio o la réplica? Jesús opta por el silencio porque, tal vez, ha llegado a la convicción de que con el poder no hay nada que hacer (¿no era esa sensación la que se deducía de Lc 16,19-31, la parábola de Lázaro y el rico?).

Se testifica contra quien se entrega. Ese es el rostro extraño del mal que anida en el corazón: se hace daño a quien te ama. No tiene explicación. Jesús tampoco la encuentra. Por eso calla.

Pilato, gobernante, pagano y juez, se asombra del silencio de Jesús. Él había dicho muchas veces: “cuando os detengan, no preparéis vuestra defensa” (Mc 13,11). Jesús utiliza la defensa del silencio del justo, la que han empleado quienes no han podido hablar, quienes sabían que era inútil hablar porque las posiciones estaban fijadas de antemano, sobre todo si uno era pobre y no tenía amparo legal. Ese es el caso de Jesús.

Pilato le interroga “extensamente”, aunque tenía fama (como dice Filón) de hacer juicios demasiado rápidos (de hecho, el proceso de Jesús es sumarísimo, no dura ni un día entero). Por eso no sabemos la “extensión” del interrogatorio, ni los resultados. El testimonio de Jesús es el de los pobres que dejan rastro jurídico. Por eso, el tiempo (que es la mortaja de los pobres) se ha comido su testimonio. Para que lo veneremos en su mudez, no en su (posible) elocuencia.

Preguntar a Jesús a estas alturas “¿de dónde eres?” está indicando que no se ha conectado para nada con la propuesta de Jesús. Mientras uno esté sentado “en el Pretorio”, aposentado en el poder, la mejor respuesta es el silencio. Por eso se nos queda mudo lo de Jesús, porque le interrogamos desde posturas que no han elaborado el tema del poder. El silencio de Jesús es una andanada sobre la línea de flotación del poder.

Cuaresma 2020

martes, 3 de marzo de 2020

EL RUIDO QUE NO CESA

Vamos ciegos y perdidos bajo un diluvio de datos en el que vivimos un guirigay gritón y confuso que aturde al más templado que nos hace incapaces de interpretar y valorar la información más básica. Es preciso zafarse de tal presión, aun con el precio de parecer desinformados, de que no estamos a la última.

Hacemos muchas cosas a la vez. Es la multitarea. Miramos el móvil, comemos, estamos con otros y respondemos malamente a sus cuestiones, comentamos la actualidad, mandamos un guasap, miramos la tele encendida, todo a la vez. Vamos a una reunión importante y plantamos el móvil sobre la mesa: eso está ahí, lo atenderé. Estamos en una reflexión y por lo bajo consultamos nuestros emails o guasaps. Todo a la vez, múltiple dispersión. El silencio de una cosa cada vez puede ser algo a considerar.

Nos tragamos con facilidad cualquier embuste. Es lo que tiene el ruido. Somos lentos para discernir las falsedades, para desarrollar un espíritu crítico y movernos por la selva de noticias falsas. El silencio puede ayudarnos a diferenciar entre lo que es un dato y una opinión (47 mujeres muertas en 2018 es un dato; pensar, sin verificar, que en las denuncias de las mujeres puede haber quien haga denuncias falsas es una opinión).

Si no estás en Netflix no estás en el mundo: Así te lo espetan a la cara las jóvenes generaciones. Para ello, vivir es estar conectados a Netflix valorando lo barata que resulta la conexión. El silencio nos lleva por otros derroteros (por el disfrute de libros como del Irene Vallejo, El pensamiento en un junco).

El silencio puede ser, también, un enemigo: Dice Olga Rodríguez de eldiario.es: «El silencio es el mayor enemigo de la verdad, de la memoria, de la justicia, pues solo con la palabra, con el recuerdo, con la denuncia, puede reivindicarse a las víctimas, señalar a los verdugos y evitar que el infierno ocurrido vuelva a repetirse. Por eso hay que hablar sobre los crímenes y el dolor de las guerras, para intentar hacer entender qué pasa en ellas. Por eso, el silencio, como indiferencia, es criminal». Tiene razón, pero también dice esta misma autora: «Hay un silencio que actúa como la expresión más elocuente cuando no hay significante capaz de dar forma a lo que se quiere explicar». Dos facetas de la misma realidad.

Cuaresma 2020

lunes, 2 de marzo de 2020

FORMACION DE ANIMADORES DE FEBRERO

Para poder seguir dando como animadores y animadoras de nuestros grupos, también tenemos que pararnos, reflexionar y seguir construyéndonos a nosotros mismos.

Con este objetivo nos reunimos en el convento de Capuchinos de El Pardo un nutrido grupo de animadores de pastoral juvenil procedentes de Logroño, Gijón, Totana, Madrid y Zaragoza el fin de semana del 14 de febrero. La formación de este año abordaba un tema tan amplio y complejo como es la moral cristiana. El ponente, Gerardo Solas, arrojó luz sobre la evolución de este concepto en el ámbito cristiano a lo largo de la historia, su contenido actual y cómo podemos trasladarlo y aplicarlo a nuestro día a día; especialmente a aquellas circunstancias que por su importancia y dificultad pueden resultar más delicadas de afrontar.

Destacar también la actividad de “Café pastoral”, donde pudimos sentarnos tranquilamente a tomar un café y compartir sobre nuestra experiencia en nuestros propios grupos, poniendo sobre la mesa qué es lo que nos resulta más difícil de nuestra labor, cómo lo superamos y poniendo en valor qué es lo que nos insta, a pesar de ello, a seguir desempeñando esta tarea.

Tampoco podemos dejar de lado los momentos de oración. Además de la celebración de la Eucaristía del domingo en la que nos reunimos todos, el sábado para finalizar la tarde, tuvimos una oración un poco diferente y muy especial, ya que dejándonos llevar por la música y siguiendo una sencilla danza, pudimos pedir y dar las gracias por nuestros seres más queridos, por los que estábamos allí, y por nosotros mismos.

Y ahora que han pasado unos días, toca valorar la importancia de juntarnos. Juntarnos para poder ser mejores: mejores nosotros y mejores con nuestros grupos. Juntarnos para aprender de la experiencia de los más veteranos, para contagiarnos de la frescura de los que tienen menos y para recordar que precisamente así, juntos, todo tiene más sentido.

Lorena, Zaragoza

SI AL SILENCIO LLEGARAS...

El silencio no es un mero no hablar; es una sabiduría. Eso requiere un aprendizaje continuo si se quiere incorporar al acervo cotidiano algo que, amén de beneficioso, nos compone, por mucho que lo dejemos de lado. Si comunicarse es humano, hacerlo a través del silencio, porque este no es la negación de la comunicación sino un modo privilegiado de ella, vivir en silencio también lo es.

Que el silencio sea una sabiduría lo dicen, desde antiguo, quienes más han ahondado en el alma humana. Dice el tratado de espiritualidad farisea llamado Pirqué Abot (Los escritos de los padres) que es del tiempo de Jesús: “Toda mi vida la pasé entre los sabios y aprendí que lo más importante es el silencio”. Aprender el silencio, he ahí una tarea espiritual permanente.

Podría parecer que, como luego diremos, la nuestra no sea una época favorable al silencio vista la algarabía de los medios de comunicación y la parafernalia de las “redes”. Pero cuando no existía este marco social también era difícil elaborar la espiritualidad del silencio. Los viejos desiertos siempre han estado poblados de buscadores del silencio, Por eso, elaborar una espiritualidad del silencio es, sin duda, ir contracorriente.

Cuaresma puede ser un buen tiempo para hondar en la espiritualidad del silencio y del silencio. La primera nos llevará a la contemplación del interior de la persona que se expresa sin palabras. Y el segundo nos propondrá unos caminos concretos para avanzar en el silencio, tan fecundo para la vida y para la fe.

Siempre que escribimos estas notas en los tiempos fuertes del año litúrgico nos mueve un anhelo: que tales tiempos, la Cuaresma en concreto, no pasen sin pena ni gloria. Que podamos aprovechar que la Cuaresma viene a nuestra mano y que no la desperdiciemos por una actitud rutinaria.

Cuaresma 2020

domingo, 1 de marzo de 2020

HACER EL BIEN

Las tentaciones de Jesús son las tentaciones de quien, al plantearse su misión en el mundo, corre el riesgo de hacerse trampa a sí mismo con argumentos aparentemente razonables pero realmente desviados.

La primera tentación es la de pretender usar a Dios en beneficio propio para eludir la tarea humana en el mundo, buscar atajos en el compromiso diario para zafarse del esfuerzo indispensable, pretender que Dios nos traiga el pan a la mesa sin ir nosotros a buscarlo. La respuesta de Jesús, que el hombre no vive sólo de pan, “equivale a decir que Dios no está con nosotros solo cuando se nos cambian las piedras en pan, sino también cuando no se nos cambian, cuando creemos estar sin él: porque se manifiesta precisamente en la llamada a que cambiemos en pan las piedras” (José Ignacio González Faus).

En la segunda tentación se trata de hacer un portento que convenza de primeras a los escépticos o a los incrédulos. Es también saltarse una condición de la misión humana, la del servicio humilde y escondido, que no busca el prestigio del éxito espectacular sino el bien de la persona. Durante su vida pública, Jesús se verá a menudo asaltado por esta tentación y la apartará mandando silencio después de algunas curaciones. En la cruz será incitado a bajar de la cruz para creer en él. Pero su misión, como la nuestra, no la lleva a cabo en acciones portentosas que le den prestigio sino que se somete al riesgo del olvido o de la irrelevancia al que están sometidas todas las misiones humanas, por muy elevadas que sean.

La tercera tentación es buscar influir eficazmente haciéndose con mucho poder. El evangelio no desautoriza cualquier poder. Lo que niega es que se tome el poder “en nombre de Dios”. Hay que recordar constantemente que el poder humano es interino y relativo, no definitivo ni absoluto. No hay que confundir el poder que uno se arroga con el poder de Dios.

Abundancia material, prestigio y poder son tres tentaciones que pueden desviar a la persona de lo primordial en su vida. Se presentan a menudo disfrazadas de bien razonable. La persona tiene que preguntarse por qué actúa de veras, qué valores le sustentan.