martes, 28 de abril de 2020

¿QUÉ DICEN LOS EVANGELIOS SOBRE LA ORACIÓN?

Podría pensarse, de salida, que los evangelios hablan mucho sobre la oración. Pero, como hemos dicho, no son primariamente un libro religioso, sino de relaciones. Por eso, hablan de la oración moderadamente. Con ello, quizá, se esté queriendo decir que hay otros elementos en la vida cristiana con los que hay que contar (la economía, la justicia, la dignidad).

Jesús, no cabe duda, ha sido una persona que ha orado. Lo hacía por necesidad, para descubrir en su vida el camino que el Padre le iba marcando. Por eso ora en la noche, “cuando está todavía oscuro” (Mc 1,35). La oración en la noche y en descampado tiene un componente de dureza: las opciones de Jesús a las que le empuja el Padre no han sido fáciles (Mt 15,21-28).
  • Lo más importante de la oración de Jesús no es la cantidad sino la confianza (Mt 6,7). Si uno reza mucho y cree que eso le hace acreedor del beneficio de Dios, ora como los paganos. Si ora con confianza, aunque lo haga en silencio, percibe a Dios cerca de él.
  • La oración ha de ser “en lo escondido” (Mt 6,6), porque tiene el peligro de quedarse en lo externo, en el espectáculo. No hay que alardear de la oración.
  • La oración no garantiza nada, no hace a Dios deudor de uno (ni tampoco los santos). Porque decir “Señor, Señor” no es garantía de nada (Mt 7,21). La cuestión no es tanto la oración, sino la solidaridad y la justicia.
Podría sacarse falsamente la conclusión de que la oración no es importante. Nada de eso: es un dinamismo para la justicia, para la buena relación. Porque si orando nuestra relación con los demás es mala, algo no va bien. La oración tendría que hacernos más proclives al dolor ajeno, al diálogo, a la paciencia, al acompañamiento. Y, desde luego, hacer una defensa a ultranza l rito orante como algo que no se puede cambiar no parece derivarse del comportamiento de Jesús. Es algo que nos hemos inventado nosotros.

Texto: Lc 11,1-4: «Cuando oréis decid: Nuestro abba, hondamente humano, confiadamente te pedimos que amanezca la buena relación, que tu querer de amor envuelva todo en amor. El pan de la solidaridad sea hoy nuestro pan y el perdón que nos damos sea el lenguaje de tu perdón. Que la esperanza nos haga fuertes».

Sabemos que el padrenuestro se inspira en el Qadish judío. Como lo rezamos tanto, tenemos el peligro de hacerlo rutinariamente. Vamos a leer su trasfondo, por eso damos una versión libre del mismo:
  • Abba es el grito de la filiación (Rom 8,15): querido padre. Y es padre común, nuestro. Es “del cielo”, es decir, no como los padres de la tierra que son autoritarios (Jesús tiene a la figura del padre entre ceja y ceja). Un padre común, cariñoso, de nuestro lado, con nosotros.
  • El nombre de Dios se santifica en el marco de lo humano, no fuera de él. Es santo siendo humano en profundidad, acompañando nuestros caminos.
  • Cuando se pide la buena relación se está pidiendo la venida del reino, porque éste es, básicamente, una relación nueva, la fraternidad soñada.
  • La voluntad de Dios es que todo quede envuelto en amor, que el amor sea la medida de la realidad.
  • El pan de verdad, el de hoy del mañana, no puede ser el pan del egoísmo, sino el de la solidaridad, el pan compartido, el pan común.
  • El perdón que perdona, el rostro que perdona, revela el rostro de Dios (Gen 33,11). No perdonamos para que Dios nos perdone, sino para que su rostro se haga visible y creíble entre nosotros, para tener la certeza de que él nos mira.
  • La tentación es la desesperanza. No caer en ella haciendo acopio de esperanza entre los humanos, siendo siempre semilla de esperanza.

No estamos acostumbrados a orar con la tierra, no la hemos hecho lugar de oración. De esta manera ora el papa Francisco al final de la Laudato Si’:

Dios omnipotente,
que estás presente en todo el universo
y en la más pequeña de tus criaturas,
Tú, que rodeas con tu ternura todo lo que existe,
derrama en nosotros la fuerza de tu amor
para que cuidemos la vida y la belleza.
Inúndanos de paz, para que vivamos como hermanos y hermanas
sin dañar a nadie.
Dios de los pobres,
ayúdanos a rescatar
a los abandonados y olvidados de esta tierra
que tanto valen a tus ojos.
Sana nuestras vidas,
para que seamos protectores del mundo
y no depredadores,
para que sembremos hermosura
y no contaminación y destrucción.
Toca los corazones
de los que buscan sólo beneficios
a costa de los pobres y de la tierra.
Enséñanos a descubrir el valor de cada cosa,
a contemplar admirados,
a reconocer que estamos profundamente unidos
con todas las criaturas
en nuestro camino hacia tu luz infinita.
Gracias porque estás con nosotros todos los días.
Aliéntanos, por favor, en nuestra lucha
por la justicia, el amor y la paz.
  • Se ora al Dios presente en lo grande y en lo pequeño: Dios dentro.
  • Quien ora ha de cuidar la vida y la belleza. No se puede orar sin ese anhelo que descubrimos hoy
  • Para ello hace falta un corazón pacificado, inundado de paz.
  • No se ora solo por la tierra, sino también por los pobres que la habitan, sobre todo.
  • Hemos de rezar para sanar nuestro corazón de depredadores, para convertirlo en corazón que admira y contempla.
  • Aprender orando el valor de cada cosa y que estamos profundamente unidos con todas las criaturas.
  • Necesitamos aliento para vivir en la justicia, el amor y la paz.
Fidel Aizpurúa, capuchino

domingo, 26 de abril de 2020

LAS BRASAS

Hay unos versos de Antonio Machado que dicen: “Creí mi hogar apagado, revolví las cenizas… me quemé la mano”.

Algo de eso debió de sucederles a aquellos dos discípulos que dejaban la comunidad desencantados y se marchaban caminando a Emaús. Toda aquella experiencia y aquel entusiasmo que ellos habían vivido y sentido con Jesús parecían convertidos en cenizas. Sus sueños y proyectos de liberación se habían venido abajo.

Pero no podían simplemente pasar página, y por eso iban comentando lo sucedido, seguían hablando de Jesús. No lo podían olvidar. Y, mientras conversaban, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos.

Los discípulos no son capaces de reconocerlo, pero Jesús ya está presente caminando con ellos. Las palabras y el testimonio de los que hablan con cariño de Jesús no caerán en saco roto. Es posible que los hijos y los jóvenes se alejen y haya momentos, más o menos largos, en que no quieran saber nada de la comunidad de creyentes. Pero probablemente las experiencias religiosas positivas que vivan serán, en los momentos de desconcierto o de huída, brasas que reaviven el fuego de Jesús.

Quédate con nosotros, dicen los dos discípulos a aquel acompañante que ha hecho arder sus corazones. Todavía no lo han reconocido, pero están a gusto con él y le ven algo especial. Las cenizas empiezan a revolverse. Y Jesús entró para quedarse con ellos.

En nuestra época, un problema grave en muchos jóvenes y mayores es que no tienen cenizas que revolver: no aparece ni por asomo en ellos el deseo de que Jesús se quede, porque nunca han oído hablar de él ni han experimentado su presencia. Es la que se ha llamado “la generación de los desheredados”. Se han quedado “sin herencia religiosa”, pues apenas han recibido, ni de la familia ni de la sociedad, experiencia religiosa alguna. Muchos de ellos “ya no niegan ni dudan; simplemente, no tienen ni idea”. (Pagola)

En contraposición, es significativo lo que Benedicto XVI respondió en una entrevista unos días antes de ser elegido Papa. Muestra que Jesús también está con los hombres y mujeres del siglo XXI. Decía el futuro Papa: “Lo que me sorprende no es la incredulidad, sino la fe. Lo que me sorprende no es el ateo, es el cristiano. El mundo nos aconseja el agnosticismo. Y realmente, en un mundo tan fragmentado y oscuro, millones de personas continúan creyendo. Esto es un milagro. Es el signo de que Dios actúa entre nosotros”.

Los de Emaús reconocieron a Jesús al partir el pan, es decir, al actualizar la última Cena. Para reconocer y hacer reconocer a Jesús, tenemos que vivir y comunicar todo lo que significa la Cena del Señor y su presencia: partir el pan para compartirlo, amarnos los unos a los otros, lavar los pies como Jesús, es decir, ponernos al servicio de los demás. En la medida que todo eso lo hagamos vida, Jesús será reconocido. Incluso podrá suscitar algún interrogante en quien no tiene ni idea de Él.

Iñaki Otano

sábado, 25 de abril de 2020

LOCKDOWN

Sí, hay miedo.
Sí, hay aislamiento.
Sí, hay pánico comprando.
Sí, hay enfermedad.
Sí, incluso hay muerte.
Pero,
Dicen que en Wuhan después de tantos años de ruido
Puedes escuchar los pájaros otra vez.
Dicen que después de solo unas semanas de silencio
El cielo ya no está lleno de humo
Pero azul y gris y claro.
Dicen que en las calles de Asís
La gente se está cantando el uno al otro
a través de las plazas vacías,
manteniendo sus ventanas abiertas
para que los que están solos
Puede escuchar los sonidos de la familia alrededor de ellos.
Dicen que un hotel en el oeste de Irlanda
Ofrece comidas gratis y entrega a la casa.
Hoy una mujer joven que conozco
Está ocupada difundiendo folletos con su número
a través del barrio
Para que los ancianos puedan tener a alguien a quien llamar.
Hoy iglesias, sinagogas, mezquitas y templos
se están preparando para dar la bienvenida
y refugio a los sin hogar, los enfermos, los cansados.
En todo el mundo la gente está ralentizando y reflexionando.
En todo el mundo la gente está mirando a sus vecinos de una nueva manera.
En todo el mundo la gente está despertando con una nueva realidad.
Por lo grandes que somos realmente.
A lo poco control que realmente tenemos.
A lo que realmente importa.
Para amar.
Así que oramos y recordamos eso.
Sí, hay miedo.
Pero no tiene que haber odio.
Sí, hay aislamiento.
Pero no tiene que haber soledad.
Sí, hay pánico comprando.
Pero no tiene que haber mezquindad.
Sí, hay enfermedad.
Pero no tiene que haber enfermedad del alma.
Sí, incluso hay muerte.
Pero siempre puede haber un renacimiento del amor.
Despierta con las decisiones que tomas en cuanto a cómo vivir ahora.
Hoy, respira.
Escucha, detrás de los ruidos de la fábrica de tu pánico.
Los pájaros están cantando de nuevo,
El cielo se está despejando,
La primavera está llegando,
Y siempre estamos abarcados por el amor.
Abre las ventanas de tu alma
Y aunque no seas capaz
para tocar a través de la plaza vacía,
Canta.

Richard Hendrick, capuchino

jueves, 23 de abril de 2020

AÚN ES TIEMPO

El tiempo de Pascua es un tiempo para el ánimo, para el coraje. Tiempo bueno para sueños y utopías. Si los sueños mueren, el cadáver somos nosotros. Por eso, se puede vivir el tiempo de Pascua (siempre en el afán de que no pase en balde) como un tiempo propicio para alimentar el sueño de recrear la comunidad de Jesús, aquello tan simple y tan verdadero de que «uno es vuestro Padre y todos vosotros sois hermanos» (Mt 23,10).

Decir que “aún es tiempo” no quiere decir que la cosa sea para ahora mismo. Al hablar de recrear, se está dejando de lado, como opción, el recuperar porque se cree que esto es, a la larga, más difícil que aquello. Para muchos queda demostrado, y con creces, que la posibilidad de recuperación se ha alejado. Los benévolos intentos que se han hecho, tanto a título personal (desde san Francisco hasta el papa Francisco) como colectivos (el Vat. II y los últimos Sínodos a modo de ejemplos) arrojan para muchos creyentes el mismo saldo: todo sigue más o menos igual en un estado de cosas que hace que la recuperación de la Iglesia sea tan difícil como los cambios en el capitalismo, los ejércitos o los nacionalismos excluyentes. Es preciso soñar otros caminos.

Además, se cree que esto se puede hacer sin dialéctica, sin exclusión, sin condena, aunque no sin perplejidad y dolor. Hay que alejarse de polémicas irrelevantes o estériles donde, aunque vayan disfrazadas, son las cuestiones de poder las que se hallan en el fondo. El respeto ha de presidir este proceso y también la certeza de que hay sectores difícilmente recuperables por lo que no tiene sentido entablar una relación dialéctica con ellos.

Ante la evidencia de la lentitud del proceso, hay quien piensa que jamás se llegará a modificar lo que ha perdurado durante siglos. Pero, en realidad, esos siglos son un pequeño paréntesis en la cultura humana y una sombra en los amplios desarrollos del planeta. Por eso, la lejanía del horizonte no implica su imposibilidad.

Precisamente porque se cree que la utopía de Jesús es una buena aportación a la espiritualidad del sueño humano hay quien anhela otro modo de ser vivido y ofrecido a la sociedad. Esta ausencia de intereses espurios es la gran fuerza del anhelo por recrear la comunidad de Jesús.

Creemos que Pascua puede ser tiempo propicio para esta clase de reflexiones y que se puede alimentar en este tiempo del triunfo de Jesús el sueño más querido por él, la comunidad nueva.

Fidel Aizpurúa, capuchino 

miércoles, 22 de abril de 2020

DÍA MUNDIAL DE LA TIERRA

Hoy se celebra el 50º Día Mundial de la Tierra. El papa Francisco en su catequesis, dedicada plenamente a esta jornada, recordó que hoy es una “oportunidad para renovar nuestro compromiso de amar nuestra Casa Común y de cuidarla, así como a los miembros más débiles de nuestra familia”.

Porque como lo ha dicho continuamente el Papa, en estos días de pandemia, “sólo juntos y asumiendo los más débiles podemos superar los desafíos globales”. Al respecto, Francisco mencionó su Encíclica Laudato "sobre el cuidado de la Casa Común", hoy, dijo, reflexionaremos juntos sobre esta responsabilidad que caracteriza "nuestro paso por esta tierra" (LS, 160).

Tras mencionar dos conferencias internacionales importantes, COP15 sobre Biodiversidad en Kunming (China) y COP26 sobre Cambio Climático en Glasgow (Reino Unido), el Pontífice instó a los líderes a ser conscientes de la importancia de trabajar juntos como comunidad internacional para la protección de nuestra casa común. Y alentó a una acción concertada también a nivel nacional y local. De manera que se pueda converger desde todas las condiciones sociales y también crear un movimiento de base desde abajo hacia arriba.

Así es como nació el propio Día Mundial de la Tierra, que se celebra hoy. Cada uno de nosotros puede hacer su pequeña contribución, dijo el Santo Padre, y retomó un momento de su encíclica Laudato Sí: "No debemos pensar que estos esfuerzos no cambiarán el mundo. Tales acciones difunden un bien en la sociedad que siempre da frutos más allá de lo que se puede ver, porque provocan dentro de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces de manera invisible".

www.vaticannews.va

martes, 21 de abril de 2020

CRISTO, UN MÉDICO HUIDIZO

A muchos nos gustó -también a los cristianos- que iluminaran el Cristo de Río de Janeiro con una bata de médico. Esta identificación de Jesús de Nazaret con el personal sanitario a algunos les puede parecer un simple acierto estético, mediático y puramente sentimental pero ajeno a la realidad. Otros pueden entenderlo como una forma simplista y superficial de expresar la presencia de Dios entre nosotros, que nos autocomplace pero que nada tiene que ver con una experiencia auténtica de Jesús resucitado.

Sin embargo en el evangelio del domingo (Jn 20, 19-31) los amigos de Jesús le reconocieron cuando “les mostró las manos y el costado”. En las heridas reconocieron al crucificado, al que había vivido con ellos y con el que habían compartido tantas vivencias. Es decir lo reconocieron cuando sintieron que la experiencia de Jesús que estaban teniendo en ese momento tenía que ver con las experiencias sensibles que tuvieron con Él por los caminos de la vida. Así María Magdalena le reconoce cuando de nuevo Jesús dice su nombre; Juan se da cuenta que es Él cuando estaban pescando como tantas veces hicieron en el pasado; y los de Emaús le identifican cuando vuelve a partir el pan con ellos.

Aquí surge un problema: entonces nosotros, habitantes del siglo XXI, ¿cómo podemos saber que es Él, si no hemos tenido esas experiencias sensibles durante su vida por Palestina? Tenemos que provocar otro tipo de encuentros con el nazareno, y podemos hacerlo con los evangelios, donde se nos relata con hondura su vida. Y así comparar los acontecimientos del presente con lo que el Nuevo Testamento nos dice de Jesús, para ver si encontramos sintonías, resonancias. En estos relatos leemos que sanaba a los enfermos, que liberaba de malos espíritus, que perdonaba las faltas, que no caía en la tentación del mal, que se compadecía entrañablemente, que le indignaba la injusticia, que le preocupaban especialmente los que sufrían, que tenía una intimidad intensa con el Padre, que aprendía de los lirios y las aves del cielo, que lavaba los pies de sus discípulos, que partía el pan, que entregó su vida por los demás, que amó hasta el extremo.

Por eso cuando hoy nos encontramos con alguna de estas vivencias, no es difícil que Jesús esté por ahí circulando. De esta forma los médicos, enfermeras, auxiliares y todos los trabajadores de hospitales y residencias, con su entrega, pueden estar haciendo presente, de una manera misteriosa pero real, a Jesús de Nazaret. Y lo mismo los que permanecen cerca del dolor, tantos que están al servicio de los demás, todos los que entregan su vida, muchos que se compadecen aunque no puedan hacer más, los que comparten su pan y su tiempo, los que se resisten a los malos espíritus que siguen surcando nuestras tierras, o los que trabajan por la justicia. En estas personas y actitudes cotidianas es donde nos dice Jesús que se hace presente: “que vayan a Galilea, donde me verán”.

Este tiempo de Pascua y de aislamiento es una oportunidad única para encontrarnos con Jesús resucitado: el ausente y el presente, el sencillo y el infinito, el cercano y el que no se deja atrapar, el que se te ofrece y el huidizo. Ahondemos en este tiempo que nos toca vivir para descubrir al mismísimo Dios paseando por las calles, los hospitales, los supermercados, los hogares, los cementerios, las residencias de ancianos; sentándose en la mesa a la hora de la comida y del teletrabajo; circulando con los repartidores, los basureros y tantos conductores; o acompañando a los parados, a los autónomos, a los empresarios y a los trabajadores anónimos.

Javi Morala, capuchino

domingo, 19 de abril de 2020

CRISIS

Tomás está en crisis. Se marcha de la comunidad porque esta, al parecer, tampoco se encuentra muy boyante, encerrada, con el miedo a los judíos metido en el cuerpo. La crisis les alcanza a todos.

Sin embargo, a Tomás le quedaban rescoldos de los buenos momentos vividos con sus compañeros, tenía cierta nostalgia que le llevaba a volver. Los valores, en sus diversas modalidades, que se aprenden en la familia, en las actividades educativas, en los grupos de amistad y en las relaciones sociales producen su efecto a la larga, aunque en determinados momentos parezcan olvidados.

La experiencia de Jesús resucitado hizo resucitar a la comunidad de su postración y miedo. Los discípulos no pueden ocultar su emoción y proclaman lo que han vivido. Hemos visto al Señor.

Pero Tomás no estaba allí y, cuando viene y se lo dicen, no se lo cree. Tremendo desengaño para la comunidad que no ha sabido transmitir su entusiasmo. Así es la decepción de muchos padres y maestros que ven que sus hijos o sus educandos permanecen escépticos e incluso agresivos ante lo que para ellos es la razón de vivir. “¡Tonterías, niñerías!”, tienen que escuchar a veces de boca de los que más quieren. O simplemente aceptar como respuesta el silencio y la indiferencia.

Tomás necesita tocar a Jesús. Nosotros y nuestros escépticos también. Ser de Jesús no se puede reducir a unos rezos. Hay que tocarle y palparle en los necesitados de ayuda. Al mismo tiempo, seguir anhelando, pidiendo a Dios y trabajando con humildad y paz para que nos una el ¡Señor mío y Dios mío! Creer nos hace bien a todos. Pero tenemos dudas. En todo caso, en medio de esas dudas, Dichosos los que crean sin haber visto.

Iñaki Otano

sábado, 18 de abril de 2020

Y AHORA ¿QUÉ?

Pasó la Cuaresma, pasó la Semana Santa… y un mes después seguimos en este tiempo de aislamiento comenzando a celebrar la Pascua. Durante la Cuaresma la crisis de la COVID nos invitaba a profundizar en el sentido del tiempo de conversión: silencio, aislamiento, prueba, cambio de vida, desierto, tentación... Pero ¿Y ahora?

También vivimos la Pasión con un rostro sufriente fácil de reconocer. No necesitábamos buscar cruces, ni tumbas abiertas, ni madres dolorosas, ni amigos desperados, bastaba mirar las noticias. Pero ¿Y ahora?

¿Dónde está la luz? ¿Dónde la alegría? ¿Dónde la comunidad que celebra la presencia del Resucitado? ¿Dónde la vida venciendo a la muerte? Este tiempo de Pascua que se abre ante nosotros es para muchos nuevo. Muchos hemos vivido siempre la Pascua en un contexto de alegría natural, de vacaciones, de fiesta. Y ahora ¿qué Pascua celebramos?

De nuevo aparece aquí un diálogo fundamental, la conversación entre la realidad y la fe. El diálogo supone que ambas partes se reconocen, se hablan y se escuchan. Los discípulos no experimentaron la Resurrección inmediatamente como una gran fiesta. María no fue capaz de reconocer al Resucitado a primera vista. Las mujeres no salieron del sepulcro colmadas de felicidad, sino con miedo y alegría. A Tomás no le bastó con saber que Jesús había resucitado. Los discípulos seguían encerrados después de saber la noticia. Lo fueron descubriendo al poner en diálogo la realidad de su miedo y sus dudas con la alegría y la esperanza que manaba de su fe.

Tal vez nos habíamos acostumbrado con demasiada facilidad a que el contexto facilitaba la experiencia personal, y ahora es tiempo de descubrir que, aunque estén cerradas las puertas, Jesús se vuelve a poner en medio. Él nos vuelve a salir al encuentro, vuelve a caminar con nosotros, pero nosotros debemos querer reconocerlo. Hoy debemos poner en diálogo la oscuridad de la realidad que nos envuelve y la luz de la fe en el Resucitado. Y lo debemos hacer cada uno personalmente, porque el encuentro con Cristo es personal.

Quizás esa sea la invitación de este tiempo, redescubrir que nos dice Jesús Resucitado en nuestra realidad concreta. Discernir que supone anunciar la Vida eterna en este tiempo de vidas truncadas. La Resurrección de Jesús toma la realidad humana para revestirla de gloria, también esta realidad que nos envuelve ahora, atrevámonos a hacer este camino.

Javier Prieto 

jueves, 16 de abril de 2020

¿SOMOS FELICES?

La casa de perfumes Lancôme lanzó un precioso anuncio en torno al concepto de felicidad. La campaña invita a los espectadores a preguntarse si sabemos ser felices y en qué cosas ponemos la felicidad.

La idea creativa parte de un encuesta reciente: una de cada tres mujeres declara no sentirse feliz. A partir de ahí, el spot apela a la capacidad que tenemos para encontrar la felicidad en las pequeñas cosas y hace que el espectador se pregunte: ¿Si viera mi vida desde fuera, me daría cuenta de lo feliz que soy? ¿Sé descubrir la felicidad en lo ordinario: en la familia, en el trabajo, en la amistad…? La conclusión es que cualquiera de nosotros puede poner en marcha el motor de la felicidad, pero primero ha de mirar hacia dentro de sí mismo y preguntarse: ¿realmente soy feliz?

Según el estudio realizado por Lancôme a principios de 2019, el concepto de felicidad en la mujer española se ha transformado. En vez de “salud, dinero y amor”, lo que ahora queremos es “micro-momentos de felicidad”. Y, sobre todo, deseamos compartir la dicha con los demás para, de esa forma, multiplicarla.

Por eso, el anuncio concluye con una bonita afirmación: La vida está hecha de micro-momentos que nos hacen felices si sabemos disfrutarlos. Instantes que transcurren mientras pasamos tiempo con los demás: cuando viajamos, cuando compartimos cosas, cuando hacemos algo por los demás...

Alfonso Méndiz

martes, 14 de abril de 2020

“ECCE HUMANITAS”

La situación que nos está tocando vivir está envuelta en un halo de irrealidad: se parece más a una película apocalíptica que a cualquier futurible que nos podríamos haber imaginado. Las calles vacías en hora punta, la economía paralizada, todos metidos en casa como si por la vía pública pasara un mal espíritu, los sanitarios pertrechados como en Chernóbil, nadie va a la escuela y pocos al trabajo. Nos encontramos en un escenario que hace tres meses nos hubiera parecido más que improbable, imposible.

Pero esta supuesta fantasía que vemos, paradójicamente, nos está acercando a elementos muy reales de la vida; nos está descubriendo dimensiones muy auténticas de nuestro paso por este mundo. Así, nos damos cuenta que la sociedad saciada y segura de sí misma, es “un gigante con pies de barro”, verdaderamente muy frágil: un “bichito” minúsculo la ha llevado a una crisis sanitaria, económica y quizás también social, muy fuertes. Por otro lado, ¡cuántas veces habíamos pensado que este mundo estaba atravesado por la maldad y ahora el poso de nuestro corazón nos dice que la gente es fundamentalmente buena!: tantas personas destapan su generosidad, su cuidado por otros, su solidaridad, su estar pendientes de los demás. Infinidad de compromisos y preocupaciones nos hacían pasar de largo ante nuestros vecinos y ahora los vemos con cariño, nos saludamos en los balcones, compartimos los aplausos y comprobamos que unidos en la debilidad se despierta la complicidad.

También nos estamos haciendo conscientes de nuestra propia vulnerabilidad personal: muchos de nuestros apoyos se están tambaleando, como la salud, el trabajo, nuestros proyectos de futuro, el contacto físico con nuestros familiares y amigos, muchos entretenimientos, la relación con la naturaleza, etc. La percepción de esta fragilidad personal, a su vez, nos hace más conscientes de lo hondo de la vida, más sensibles a los demás, más despiertos a nuestro entorno, más capaces de escuchar el latido de la existencia, más agradecidos a lo que se nos da continuamente.

Qué inmensa paradoja: en medio de un paisaje aparentemente ficticio estamos más conectados a la realidad que nunca. Una contradicción como la de Pilato -ante Jesús azotado y disfrazado con un manto púrpura y una corona de espinas- cuando dice: “Ecce homo”, “aquí está el hombre”. Los soldados se mofan de él, que con la piel hecha girones tiene que oír la burla de “rey de los judíos”. Pero Pilato al reírse de él, está diciendo sin saberlo, la frase exacta: aquí está un hombre de verdad, aquí hay una persona auténtica, aquí podéis ver a un ser humano en plenitud, realizado, entero, entregado, cumplido enteramente.

Nosotros también estamos azotados por el COVID-19, dolidos y tristes por la enfermedad y la muerte que nos acompaña, y escasos de fuerzas y de ánimos. Pero en medio de esta fragilidad están surgiendo actitudes auténticas, gestos heroicos, entregas admirables que hacen que esta humanidad sea más plena, más auténtica, más humana. Ojalá que Pilato pudiera decir al vernos: “Ecce humanitas”, aquí está una humanidad de verdad, auténtica, entregada, plena, realizada, cumplida.

Javi Morala, capuchino

domingo, 12 de abril de 2020

DOMINGO DE RESURRECCIÓN: HACES HUMILDES DE LUZ

Podemos pensar que solamente un haz fuerte de luz puede ser interesante, que si hemos de convertirnos tenemos que ver un relámpago potente que, como a san Pablo, nos tire del caballo. Pero resulta que tenemos, delante de las narices, humildes haces de luz que nos pueden iluminar de manera gozosa y profunda: los colores y formas en la naturaleza, la sonrisa que es luz de vida para el alma, el brillo de los ojos que es lenguaje del amor evidente, el gesto de amabilidad que habla de sentimientos hermosos, la pequeña ayuda y la colaboración que es el lenguaje de la fraternidad... Y al final de todo, piensa que todos estos haces de luz se pueden unir al gran haz de luz que es la resurrección de Jesús.

El papa Francisco lo dice con estas palabras: "La luz que nos ofrece Jesús no es una luz que se impone, es humilde. Es una luz apacible, con la fuerza de la mansedumbre; es una luz que habla al corazón y es también una luz que ofrece la cruz. Si nosotros, en nuestra luz interior, somos hombres mansos, oímos la voz de Jesús en el corazón y contemplamos sin miedo la cruz en la luz de Jesús. Pero si, al contrario, nos dejamos deslumbrar por una luz que nos hace sentir seguros, orgullosos y nos lleva a mirar a los demás desde arriba, a desdeñarles con soberbia, ciertamente no nos hallamos en presencia de la «luz de Jesús»."

¡Feliz Pascua de Resurrección!

sábado, 11 de abril de 2020

SÁBADO SANTO: HAZ DE LUZ EN NUESTROS SILENCIOS

El Sábado Santo es un día atípico. Tanto que es el único día en todo el año que no hay eucaristía (la Vigilia pascual pertenece al Domingo de Resurrección). Es día de hondo silencio, de quietud, de sosiego, de mirar en paz, de contemplación. Nos viene fenomenal que alguna vez paremos un poco el motor externo de nuestra vida y le demos marcha al motor de dentro, el amor que nunca duerme.

Tras este parón, por la noche celebraremos con alegría la certeza de que el amor es quien mueve el cielo, las estrellas y los corazones. Por eso mismo, prepararse con un baño de silencio puede ser algo muy interesante porque este silencio no es de muerte, sino de vida. Un silencio embarazado de vida.

A veces le tememos al silencio porque lo consideramos no solo aburrido, sino amuermado, triste, muerto. Pero no es así: en el silencio puede haber un verdadero fuego que arde, una alegría que se derrama hacia adentro más que hacia afuera, una fuerza que se manifiesta en el nuevo impulso con que nos subimos al carro de la vida. No está mal el silencio cuando se mira a lo profundo. Hay un dicho judío del tiempo de Jesús que él sabría de memoria. Decía: “Toda mi vida la pasé entre sabios y aprendí que lo más importante es el silencio”. No está mal.

San Francisco sabía mucho de esto porque le gustaba hacer retiro por lugares muy bellos que habréis visitado: las Cárceles, Greccio, la Alvernia, la Foresta. Por eso solía decir: “Hable el silencio donde falta la adecuada expresión”. De otra manera y con cierta guasa lo dijo Benjamín Franklin: “Mejor es callar y que sospechen de tu poca sabiduría que hablar y eliminar cualquier duda sobre ello”.

Para que la Resurección sea un haz de luz, un revivir lo más querido de nuestra fe en Jesús, no está mal ahondar en el silencio. No hace falta estar todo el día de cháchara. Que tu oración sea algo parecido a esto: “Que mi silencio me ayude a escuchar tu voz”. Así Jesús será un haz de luz potente en la Pascua de este año.


viernes, 10 de abril de 2020

VIERNES SANTO: HAZ DE LUZ EN NUESTRAS HERIDAS

Hoy es Viernes Santo, día en que el centro lo ocupa el recuerdo amable de la pasión de Jesús, su entrega total y generosa. La persona de Jesús es alguien con heridas, porque no es fácil amar sin heridas. Sus manos y pies heridos, su cuerpo despreciado son el signo de un amor loco, el amor de quien dejaba las 99 ovejas en el monte e iba en busca de la perdida.

Efectivamente, todos sabemos que es casi imposible amar sin recibir alguna herida. Ya lo dijo el poeta: “¿Qué sabes tú de la desdicha de amar?”. Porque amar es fuente de alegría, pero, a veces, la pena y la herida alcanza el corazón. Es cierto lo que dicen que dijo Alfonso X el Sabio: “Más vale sufrir pasión y dolores que andar sin amores”. ¡Si lo dijo él, que era sabio!

Por eso ocurre que la pasión de Jesús, aunque tenga un lado sufriente, es un haz luminoso: ilumina la hermosa realidad del corazón entregado, la certeza de que las entregas tienen un valor en sí mismas y que nunca se pierden. ¡Qué bien lo dijo Marina Rosell: “¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón”! La pasión de Jesús nos dice, una y otra vez, que nunca demos por perdido todo, que siempre puede haber una pequeña luz en medio de las sombras. Por eso es un pasión para la esperanza, para la luz.

Todos llevamos en nuestra mochila personal una serie de pequeñas o no tanto heridas relacionales. A veces nos hacemos daño. La pasión de Jesús nos empuja a no desistir en el bien. San Francisco solía decir: “Si alguien no puede amar a su prójimo, procure no hacerle mal, sino bien”. Hacer el bien, lo sabemos, es la mejor lámpara para nuestra vida, aquella que puede sacarnos muchas veces de la oscuridad.

Cuando recuerdes este día la Pasión del Señor que no te abandone un sentimiento de alegría porque no se está recordando un fracaso, sino un triunfo del amor. De ahí que has de tener la certeza de que tus heridas no son el horizonte, sino que te espera, como una patria, la tierra del amor. La entrega de Jesús, haz vivo de luz, es la que mantiene en nosotros viva esta certeza.

jueves, 9 de abril de 2020

JUEVES SANTO: HAZ DE LUZ EN NUESTROS PIES

En la celebración litúrgica del Jueves Santo se incluye el relato principal de este día: el lavatorio de los pies. Está muy bien que un día al año la celebración mire a los pies, a nuestros pobres pies que, algunos de nosotros, cuidamos tan poco. Son humildes, no protestan, pero ¡qué necesarios son! ¡Cómo nos acordamos de ellos cuando tenemos un esguince o una ampolla!

Los pies tienen su lenguaje, como el rostro, aunque sea este en el que casi siempre nos fijamos. Los pies hablan más libremente y no controlan tanto lo que queremos ocultar. Los pies dicen cuando se orientan hacia fuera que estamos impacientes, cuando se cierran sobre ellos que no queremos saber nada con el otro, cuando reclaman descanso que ellos también son “humanos”. Tendríamos que aprender a entender el lenguaje de nuestros pies.

Para Jesús que lava los pies a los discípulos, los pies de sus amigos son como su persona, merece ser cuidada y amablemente tratada. No tiene inconveniente en doblarse hasta llegar a ellos porque lavándolos y secándolos es como si bañase a toda la persona. No le importa tocar la suciedad que se les ha pegado del polvo del camino, porque han compartido caminos como quien comparte vida.
Francisco de Asís hacía algo parecido con sus hermanos. Por eso aseguraba que “tiene uno que enorgullecerse de tener un cargo como si le encargasen lavar los pies a los hermanos y deberían pensar que es mejor que le quiten el cargo que el que lo aparten de lavar los pies a los hermanos”. Él sí que lo tenía claro: “el hermano menor ha de estar siempre disponible a los pies de sus hermanos”, decía muchas veces.

Este gesto de Jesús que nos narra san Juan tiene una significación muy profunda: anticipa el gran gesto de servicio que es la muerte del Señor. Si no se entiende que lave pies (¡cuánta dificultad tiene Pedro!), menos se entenderá el gran servicio de su muerte. Por eso, si celebras hoy a este Jesús que lava los pies, tus pies, estás ya celebrando la muerte y resurrección de Jesús.
Habríamos hoy de reconciliarnos y mirar con amor nuestros pies y los de nuestros amigas y amigos. Es como acoger su vida, como decirles: tus caminos me importan, quiero que las sendas de tu vida no se me sean ajenas, me interesa saber tus senderos para hacerlos también míos. Que nuestros pies, humildes y callados, sean haz de luz que nos enseñen el amor.

miércoles, 8 de abril de 2020

HAZ DE LUZ - PASCUA ONLINE 2020

Partiendo del lema que rige nuestro curso -Pequeños- y de las máscaras que nos ponemos en carnaval, y que no hacen sino esconder nuestra realidad, quisimos hacer un recorrido por las máscaras que, a diario, y con más o menos asiduidad, vamos usando en nuestra propia vida, con el fin de esconder nuestra fragilidad, nuestra autenticidad. Esas máscaras que nos impiden ver el fondo de lo que somos, que nos impiden ver nuestra propia luz.

Nos quitamos esas máscaras, esas oscuridades de nuestras vidas, y hemos hecho un recorrido por la cuaresma para llegar a la Pascua como pequeñas luces. Cada pequeña luz, por sí misma, aunque parezca que alumbra poco, unida a otras pequeñas luces, haciendo un HAZ DE LUZ, se convierte en luz para otros.

1. INTRODUCCIÓN

No sé si te habrás parado a pensar algo elemental: la tierra es un planeta si luz. Si no fuera por el sol, haría millones de años que todo habría perecido en la oscuridad. Ni colores, ni rosas, ni miradas brillantes, ni amaneceres, ni puestas de sol. Ciegos como los topos. Muertos en la oscuridad. Pero gracias al hermano sol todo sonríe, todo vive, todo se pinta de color y de calor. Somos luciérnagas que se nutren de la luz del sol. Estamos así de necesitados de luz.

En una canción del año pasado Rozalén decía que cuando “se encendió una luz en la ciudad” triste y oscura, el amor salió a la calle... Necesitamos la luz y esa luz se puede encender. La puedes encender tú con cualquier gesto de luz, con cualquier palabra luminosa, con una sonrisa que ilumina. Encender la luz en la ciudad, en tu calle, en tu casa es algo hermoso y necesario.

Es que la Pascua de Jesús es, sobre todo, más allá de cualquier tiniebla, una fiesta de luz. En Jesús, la luz termina por triunfar sobre la tiniebla y el miedo. Por muchas y densas que sean las sombras, la luz de Jesús las atraviesa y llega hasta nuestro corazón arrojando sobre él un chorro de luz. No hay tiniebla que se le resista, no hay rincón oscuro al que no pueda llegar la cálida luz que abraza y reconforta.

Decían de Francisco de Asís sus biógrafos primeros que él fue “una luz entre la niebla”. Con más razón podemos decir eso mismo de Jesús. Por mucha y cerrada que sea la niebla de tu vida, la luz de Jesús puede atravesarla y hacer que brille un sol nuevo y amable. San Pablo dice que él quería anunciar el “amanecer” que es Jesús. Un amanecer, eso es la Pascua.

Un amanecer y un haz de luz. Un haz que te invita a que tú también seas otro haz, siquiera más modesto, de luz. Haz de luz para tus amigos, para tu familia, para tus compañeros de convivencia. Haz de luz hoy mismo. No dejes que la tiniebla y el mal rollo roben un minuto de tu tiempo. Intenta ser luz y verás que ese intento es premiado con la certeza de que quien está contigo es también para ti un haz de luz.

domingo, 5 de abril de 2020

UNA ENTRADA PECULIAR EN JERUSALEN

Pues sí, si nos dejamos llevar por el texto que para la liturgia de hoy nos pone la Iglesia para celebrar la entrada de Jesús en Jerusalén, me parece tan peculiar aquella que vivió Jesús en ese momento como la de este año donde todos lo vamos a celebrar en casa.

Desde que aprendí que muchos de los relatos del Evangelio al escribirse muchos años después vienen con una carga más simbólica que histórica, no me ralla el pensar que este es uno de ellos, y que para que se cumpliera la escritura los evangelistas hicieron que Jesús se subiera en un sencillo borriquillo y entrara en la gran ciudad o quizá fue Jesús el que así lo decidió. Sea de una manera o de otra me parece tan peculiar esa entrada en Jerusalén como la que nos toca este año. Peculiar, simbólica y llena de contrastes: aquella fue escogida, esta es obligada. Aquella fue entre el alboroto de la gente, esta es en silencio. Aquella fue tumultuosa y en esta cada un oen lo más hondo de nuestra alma la caminamos solos. Pero tanto en aquella como en esta llegamos hoy a Jerusalén.

La gente necesitaba un signo por parte de Jesús: que entrase de una vez por todas victorioso, como el rey y como muestra de aceptación de este Rey, que la gente lo aclamara y cuantas más aclamaciones más convencidos estaban sus discípulos de que ahí llegaba la liberación del pueblo de Israel. Todo aún tenía que tornarse de otro modo, aún estaba todo por resolver y precisamente no seguiría como ellos lo deseaban.

El silencio reina en nuestras calles, la muchedumbre está cada una en su casa y la naturaleza nos lo agradece mejorando y ¿dentro, cómo estamos por dentro?

Si no ha habido en estos días una situación que especialmente te lo impida porque tu vida esté ahora mismo a jirones y eres uno de los que como yo aún tenemos que dar gracias por todo aunque estemos en casa, no lo dudes, agarra tu pollino y adéntrate en la Jerusalén verdadera que cada uno tenemos en nuestras entrañas y atraviesa cada uno de los días de esta nueva experiencia, porque desde luego, experiencia…es.

Jesús sí que sabía bien lo que a partir de montarse en ese jumento le esperaba. No lo sabía con detalles, ni conocía el cómo ni el cuándo pero que su final estaba cerca sí lo sabía. Nosotros sabemos el final de este confinamiento está cerca, al menos más cerca que ayer.. No sabemos cómo será nuestra liberación ni cuándo, pero sí sabemos que viviremos la Pascua, la Resurrección, el encuentro con nuestras familias y nuestros amigos, aunque algunos ya estén en la otra Jerusalén, entonces, todo es ganancia, como decía San Pablo.

Nos encontraremos en pocos días partiendo el Pan, rezando entre los olivos de nuestros recuerdos, tomando la Cruz de la lejanía física de los que más queremos, muriendo a nuestros deseos pero con una esperanza infinita de que lo mejor está por venir. Definitivamente este año sí que caminamos hacia la Pascua.

Clara López

EXIGENCIAS DEL AMOR

San Cirilo de Alejandría (378-44) decía: “El Hijo de Dios ha muerto como solo un Dios puede morir: dando vida”. A eso vino Jesús: a vivir y dar vida. Lo que nos salva no es el dolor y la muerte, sino el amor del crucificado, solidario con la causa humana hasta morir en el empeño.

Ni el Padre ni Jesús son unos masoquistas ávidos de sangre. Hubiesen preferido que las cosas fuesen de otra manera, que el sueño de Dios, un mundo justo y fraterno, se implantase sin violencia y sin una muerte ignominiosa. Pero los intereses insolidarios de los hombres no lo hicieron posible. Según el relato evangélico, Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia. Optar por la justicia y el amor, en medio de un mundo que se conduce por otros criterios, es arriesgar la vida. De Jesús se dijo de todo: que era un blasfemo, que estaba poseído por el demonio y actuaba a su servicio, que era un comilón, borracho o amigo de mala gente, que era un falso profeta, un subversivo. Su mensaje apasionado en favor los últimos de la sociedad y su visión humanizadora de la religión resultaban incómodos y provocadores.

El teólogo alemán Jürgen Moltmann, nacido en 1926, dice: “Yo veo a Dios como el Padre de Jesús, que tiene que asistir a la muerte de su hijo desconsolado y lleno de dolor como cualquier padre terreno. Dice la Biblia que la tierra tembló, que el velo del templo se rasgó. Son los signos del dolor de Dios, cuya creación, la tierra, es una parte de sí mismo: La tierra, su cuerpo, que expresa su dolor”.

Dios no es un ser estático e impasible. Jesús nos revela un “Dios con entrañas, un Dios que es pura entraña apasionada y compasiva, absoluta ternura y proximidad. Y, en su cruz, nos revela a un Dios que se hace solidario hasta el fin de la suerte de los crucificados” (F. Javier Sáez de Maturana).

No se debe buscar ni exaltar el sufrimiento, Pero es vital estar capacitado para luchar por causas nobles y afrontar los esfuerzos y sacrificios que requiere esa lucha.. El psiquiatra Enrique Rojas, en su libro “Una teoría de la felicidad”, afirma que “el problema de la vida es el problema del sufrimiento”.

No se trata de añadir arbitrariamente sufrimientos innecesarios sino de no dejarse abatir por los sufrimientos y frustraciones inherentes al esfuerzo por una vida con sentido, que incluye “una vida para los demás”, como la de Jesús.

En educación hay dos extremos: una educación demasiado permisiva y una educación demasiado constrictiva plagada de prohibiciones. El no saber decir nunca “no” puede producir inseguridad y también agresividad a la menor contrariedad. En el otro extremo, una educación que sofoque toda iniciativa o toda expansión puede llevar a la inhibición crónica o, en momentos culminantes, a una agresividad desbordada. El educador tiene la difícil tarea de, por una parte, no evitar las frustraciones con actitudes blandengues y, por otra, ayudar a afrontar esas frustraciones con comprensión y cariño.

Iñaki Otano

viernes, 3 de abril de 2020

REZAR EL PADRENUESTRO EN TIEMPOS DEL CORONAVIRUS

La oración del padrenuestro es una oración breve. La única que Jesús dejó en herencia a sus seguidores. Es una oración extraña. La rezan todos los cristianos, pero no habla de Cristo. Se reza en todas las iglesias, pero no se menciona a ninguna iglesia. Los católicos la pronuncian en la misa del domingo, pero no dice nada de ninguna religión. Como dice J. D. Crossan, es “una oración revolucionaria que proclama una nueva visión de la historia. Se trata de un manifiesto radical y un himno de esperanza en un lenguaje dirigido a toda la tierra”.

Padre nuestro que estás en los cielos
Tú eres nuestro Padre, recuerda que todos somos tus hijas e hijas. Estás en los cielos porque eres de todos. No estás ligado a ningún templo, ni a ningún lugar sagrado de la tierra. No perteneces a un pueblo ni a una raza privilegiada. No eres propiedad de ninguna religión. No eres solo de los buenos. Todos te podemos invocar como Padre.

Santificado sea tu nombre
Es nuestro primer deseo en estos momentos dolorosos para toda la humanidad. Que tu nombre de Padre sea reconocido y respetado. Que nadie lo desprecie haciendo daño a tus hijos e hijas. Que no perdamos nuestra confianza en Ti. Que sean desterrados los nombres de todos los dioses e ídolos que nos deshumanizan. El dinero que nos divide y no nos deja ser hermanos; la violencia que alimenta nuestras guerras; el poder que nos lleva a despreciar a los débiles.

Venga tu reino
Si Tú reinas entre nosotros, reinarán en la tierra la justicia, la igualdad y la paz. Nos podremos enfrentar juntos a los problemas del planeta. Unidos como hermanos y hermanas venceremos a las pandemias que puedan afligir a la humanidad. Que no reinen los ricos sobre los pobres; que los pueblos poderosos no abusen de los débiles; que los varones no dominen a las mujeres. Que venga tu reino y reine en la tierra la fraternidad.

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo
Que se haga tu voluntad y no la nuestra. El coronavirus nos está descubriendo que en la tierra todo está inacabado, todo lo vivimos a medias. No queremos aprender que los humanos somos seres frágiles y vulnerables, que no podemos alcanzar aquí la plenitud que desde lo más hondo de nuestro ser todos anhelamos. Padre, solo podemos confiar en tu Bondad insondable. Que no se haga pues lo que queremos nosotros, movidos por el egoísmo, el consumismo y nuestro bienestar. Que se haga lo que Tú quieres, pues siempre buscarás el bien de todos.

Danos hoy nuestro pan de cada día
Que, en estos momentos tan duros para el mundo, a nadie le falte el pan. No te pedimos dinero ni bienestar, no queremos riquezas para acumular. Solo te pedimos, para todos, el pan de cada día. Que esta pandemia del coronavirus nos recuerde, para siempre, que lo primero de todo es la vida: que los hambrientos puedan comer, que los pobres dejen de llorar, que los países del bienestar acojamos a los migrantes y refugiados para que puedan sobrevivir y tener un hogar.

Perdónanos nuestras deudas
Padre, perdona nuestras deudas: nuestra indiferencia, nuestra incredulidad, nuestra resistencia a confiar en Ti. A lo largo de estos años, todos hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más críticos, pero también menos consistentes. Más indiferentes a todo lo que no sea nuestro bienestar, pero más vulnerables que nunca ante cualquier crisis. No nos resulta fácil creer, pero se nos va a hacer difícil no creer en nada. Padre, perdónanos y despierta nuestra vida interior.

Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores
En estos momentos en que vivimos sobrecogidos al descubrir la impotencia que todos sentimos ante ese límite inevitable de la muerte, también nosotros queremos perdonarnos mutuamente, unos a otros. No queremos alimentar ni rechazos ni resentimientos contra nadie. Queremos vivir esta dura experiencia como hermanas y hermanos.

No nos dejes caer en la tentación
Somos débiles y limitados. Lo estamos experimentando ahora más que nunca. Estamos siempre expuestos a tomar decisiones y cometer errores que pueden arruinar nuestra vida y la de otros. Por eso, no nos dejes caer en la tentación de olvidarte y rechazarte a Ti, Padre. Despierta en nosotros la confianza en tu bondad. Te necesitamos más que nunca. Tú puedes abrir caminos para encontrarte con cada uno de nosotros: creyentes y no creyentes, ateos o agnósticos. Que todos podamos sentir tu fuerza callada pero eficaz en nuestro interior.

Y líbranos del mal
Somos responsables de nuestros errores, pero también víctimas. El mal y la injusticia no están solo en nuestras personas. Están también en las estructuras y las instituciones, en las políticas y las religiones. Por eso, terminamos nuestra oración con un grito: ¡Padre, arráncanos del mal! Un día, esa felicidad plena que todos anhelamos se hará realidad. Las horas alegres y dichosas que hemos disfrutado en la tierra y también las experiencias amargas y dolorosas que hemos vivido; el amor, la justicia y la solidaridad que hemos sembrado, y también los errores y torpezas que hemos cometido… Todo será transformado en felicidad plena.

Ya no habrá muerte ni dolor. Nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Un texto cristiano escrito en una de las primeras comunidades pone en boca de Dios estas palabras: “Al que tenga sed, yo le daré gratis del manantial de la vida” (Apocalipsis 21,6). “Gratis”, es decir no por nuestros méritos; “al que tenga sed de vida”, ¿y quién no tiene sed de vida eterna? Cada uno ha de decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Yo creo y confío en que el misterio último de la realidad, que algunos llamamos “Dios”, otros “Energía”, otros “lo Trascendente” y otros “nada”, es un Misterio de Bondad en el que todos encontraremos la Plenitud de nuestra existencia. AMÉN.

José Antonio Pagola

miércoles, 1 de abril de 2020

NOS QUEDA EL CIELO EN SU TOTALIDAD

Una amiga farmacéutica me hablaba el otro día de la presión que está viviendo en el trabajo. Los Centros de Asistencia Primaria, en su región, están cerrados y muchas familias con problemas médicos van a la farmacia a que se los resuelvan. A la cantidad de trabajo, se une el gran número de personas con las que tiene que tratar día a día, por lo que aumenta las posibilidades de contagio. Y añadía: “No tengo por qué quejarme. Tengo de todo. Hay otra mucha gente que está peor que yo: los enfermos de los hospitales o los que tienen un familiar fallecido”.

Es verdad que el confinamiento nos limita las relaciones que tanto echamos de menos; que no podemos pasear por la naturaleza; que los niños tienen que aguantar en casa con todo el nerviosismo que puede generar; que estamos preocupados por nuestros mayores; que el trabajo puede estar en cuestión y también nuestra salud.

Pero mucha gente en el mundo ha vivido un estado de excepción sin agua corriente; o sin poder comer todos los días; o sin electricidad o internet; tantos niños no han podido conservar su educación –aunque sea online-; tantas familias acomodadas han tenido que dejar sus casas y vagabundear por el mundo con el cielo como único techo; tantos niños, jóvenes, mujeres, mayores han quedado traumatizados por los horrores de la guerra, por tantos familiares asesinados.

Etty Hillesum, judía que murió en Auschwitz, va un poquito más allá en su vivencia. En los Países Bajos ocupados, cuando progresivamente los nazis iban acosando más y más a los judíos, dice en su diario: “sobre el único camino que nos queda se encuentra el cielo en su totalidad. No nos pueden hacer nada, realmente no nos pueden hacer nada”. Es decir, nos puede faltar todo, incluso pueden acabar con nuestra vida, pero todavía nos queda el cielo, todavía nos queda Dios, que nos lo da todo.

Es la certeza de fondo, que tenemos a veces, de que hay algo que sostiene la vida aunque todo caiga, hay algo que permanece con nosotros aunque nos quedemos sin nada. Ya lo decía otro judío pero muchos siglos antes: “Si mi padre y mi madre me abandona, el Señor me acogerá” (Salmo 27, 10). Y esto se descubre cuando vas perdiendo apoyos, cuando se te caen muchos de tus asideros. Por eso el tiempo que vivimos es un tiempo privilegiado de crecimiento, de aprendizaje, de ahondamiento en la VIDA con mayúsculas.

Javi Morala