No está mal cuidar el cuerpo ni luchar por superarse, pero cuando eso ocupa el lugar de Dios, algo se rompe por dentro. El corazón humano no se llena solo con logros, seguidores o disciplina; necesita sentido, amor y esperanza. Dios no compite con nuestra fuerza, la completa. Él no nos quita nada, nos da un motivo para vivir y para amar.
La invitación es clara: no cambiar el templo por el gimnasio, sino aprender a unirlos. Cuidar el cuerpo, sí, pero también el alma. Ser fuertes, pero con un corazón abierto a Dios, que es quien nos sostiene cuando nuestras fuerzas ya no alcanzan.
Iván Alonso

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