En el monte Tabor, los discípulos contemplan a Jesús transfigurado. La luz los envuelve, el miedo se vuelve asombro y quisieran quedarse allí para siempre. Es una experiencia alta, luminosa, donde descubren quién es realmente su Maestro: el Hijo amado de Dios. Pero esa gloria no es para instalarse. Hay que bajar del monte y anunciarlo.
Algo semejante -aunque por el camino contrario- vive san Francisco de Asís cuando se encuentra con el leproso. Pero esta vez no hay luz deslumbrante ni nubes de gloria. Hay olor, rechazo, pobreza, carne herida. Y, sin embargo, Francisco reconoce allí al mismo Jesús, abraza al que le daba repugnancia… y en ese gesto descubre el rostro de Cristo. Al final de sus días dirá algo asombroso: “Lo que me parecía amargo se me volvió dulcedumbre del alma".
Los discípulos ven a Jesús glorioso en el monte. Francisco lo encuentra escondido en el sufrimiento. Ambas experiencias revelan lo mismo: Cristo se manifiesta tanto en la luz como en la herida. Dios se deja encontrar en lo alto… y también en lo más bajo. El Tabor nos enseña quién es Jesús. El leproso nos enseña dónde encontrarlo.
Tal vez hoy nuestro camino no pase por montes luminosos, sino por encuentros incómodos, personas difíciles o situaciones que quisiéramos evitar. Pero allí también espera Cristo. Y muchas veces, justo donde más resistimos amar, Dios prepara nuestra mayor transformación.
