miércoles, 18 de febrero de 2026

EN CUARESMA, HERMANO

La fraternidad como camino de conversión.

La Cuaresma suele entenderse como un tiempo de esfuerzo personal: cambiar hábitos, dejar cosas, mejorar conductas. Y todo eso tiene sentido. Pero la experiencia de san Francisco de Asís nos recuerda algo esencial: la conversión cristiana nunca es solo individual, siempre tiene un rostro concreto, el del hermano.

Francisco no inició su camino de conversión encerrándose en sí mismo ni huyendo del mundo. Su vida cambió cuando se dejó tocar por el otro, especialmente por aquel que le resultaba incómodo, molesto o difícil. El encuentro con los leprosos, y más tarde la experiencia de la fraternidad, le hicieron descubrir que Dios se manifiesta de manera especial en la relación con los demás. Por eso pudo decir con sencillez y profundidad: “El Señor me dio hermanos”.

La Cuaresma, vivida desde esta clave, se convierte en una escuela de fraternidad. No se trata solo de preguntarnos qué vamos a dejar o qué prácticas vamos a asumir, sino cómo estamos viviendo nuestras relaciones. ¿A quién excluimos? ¿A quién juzgamos con dureza? ¿A quién evitamos? Muchas veces nuestro corazón necesita convertirse no porque haga grandes males, sino porque se ha ido cerrando poco a poco al otro.

Por eso la conversión cuaresmal pasa por gestos muy concretos: aprender a escuchar, pedir perdón, ofrecerlo sin condiciones, renunciar al juicio fácil, abrir espacio al que queda al margen. Es en estos pequeños gestos donde el Evangelio se hace carne y donde nuestro corazón se va pareciendo al de Jesús.

Que este camino cuaresmal nos ayude a dejarnos transformar no solo en lo que hacemos, sino en cómo miramos y tratamos a quienes caminan con nosotros. Porque, como descubrió Francisco, ahí -en el hermano- nos espera el Señor.

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