jueves, 7 de mayo de 2026

AMOR INTELIGENTE

Cuando se habla de trabajar la dimensión solidaria, es necesario un trabajo lo más eficaz posible para responder mejor a la situación de las personas a las que se quiere ayudar. Para ello muchas organizaciones echan mano de distintos análisis que hacen diversas ciencias: sociología, psicología, economía, medicina… Hay que saber cómo está la situación de las personas más necesitadas y cómo poder ayudar más eficientemente, de modo que el esfuerzo que supone la ayuda llegue a más personas y de modos más ajustados a sus necesidades. Hay que trabajar inteligentemente.

Esta vertiente de la solidaridad tiene sus peligros. Podemos caer, sin darnos cuenta, en fríos análisis, una mera gestión de recursos y cuantificación de los resultados. Pero perderíamos algo esencial en la ayuda a las personas: la conciencia de que trabajamos para las personas y no pensando en la cuenta de resultados en una empresa de producción.

Por ello, el trabajo solidario conlleva otra dimensión esencial que es la caridad, el amor en sus diversas formas: cercanía, afecto, empatía, ternura… Las personas a las que se quiere ayudar son más que meros números, más que solo gestión, más que resultados cuantificables. Estas personas tienen historia propia e intransferible, tienen sus propios gozos y dolores, su pasado y su futuro, sus miedos y esperanzas. La solidaridad adquiere una mirada más profundamente humana que la ciencia.

Y esta otra vertiente también tiene el riesgo de ir deslizándose hacia un sentimentalismo asistencialista. Caeríamos, como ha sucedido en tantos casos, en un sentimiento muy intenso hacia los necesitados pero sin querer ver la realidad en toda su crudeza y complejidad.

La solidaridad pide inteligencia y gestión, sin duda. Y a su vez, cercanía y cariño hacia las personas a las que se quiere ayudar. Como dijo Benedicto XVI: “No existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor.” (CV30)

Carta de Asís, mayo 2026

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