Durante la era glacial, muchos animales morían por causa del frío. Los puercoespines percibieron esta situación y acordaron vivir en grupo, porque así se daban abrigo y se protegían mutuamente.
Pero las espinas de cada uno herían a los vecinos más próximos, justamente a aquellos que les brindaban calor, y por eso se separaron unos de otros. Pero volvieron a sentir frío y tuvieron que tomar una decisión: o desaparecían de la faz de la tierra, o aceptaban las espinas de sus vecinos. Con sabiduría, decidieron volver a vivir juntos.
Aprendieron así a vivir con las pequeñas heridas que una relación muy cercana podía ocasionar, porque lo que era realmente importante era el calor del otro.
¡Sobrevivieron!
La mejor relación no es la que une personas perfectas, sino aquella donde cada uno acepta los defectos del otro y consigue perdón por los suyos propios.
Este curso comenzamos el camino hacia una fecha muy especial: el V Centenario de la Reforma Capuchina (1528-2028). Celebramos los 500 años de la bula Religionis Zelus, firmada por el papa Clemente VII el 3 de julio de 1528 en Viterbo.
Con ese documento, la Iglesia reconocía oficialmente el pequeño grupo de frailes que soñaba con vivir el Evangelio de una manera más sencilla, auténtica y cercana al estilo de san Francisco de Asís.
En la bula se les permitía vivir una vida eremítica, usar hábito con capucha cuadrada, llevar barba, recibir candidatos y mendigar, bajo la protección de los franciscanos conventuales, ya que los franciscanos observantes -a los que pertenecían- los estaban persiguiendo.
Todo empezó con algunos franciscanos inquietos, como Mateo de Bascio y los hermanos Ludovico y Rafael de Fossombrone. Ellos sentían que hacía falta volver a lo esencial: una vida sencilla, fraterna, pobre, cercana a la gente y profundamente conectada con Dios. No querían crear algo nuevo, si no recuperar el fuego de los orígenes franciscanos. Así nació la reforma capuchina.
Para eso dieron dos pasos muy importantes que siguen inspirándonos hoy:
1. Encontrarse con uno mismo y con Dios
Los primeros capuchinos entendieron algo muy actual: para vivir de verdad, primero hay que parar y hacer silencio. Por eso buscaron espacios de silencio y contemplación. Se retiraban a pequeños eremitorios, lugares apartados pero cercanos a los pueblos, donde podían reconectar con Dios, con ellos mismos y con lo verdaderamente importante.
Necesitaban hacer silencio para escuchar el corazón, desconectar de lo superficial para volver a lo auténtico, y desde ahí dejarse renovar por el Espíritu.
Ese “encontrarse” no era huir del mundo, sino aprender a mirarlo con más verdad.
2. Encontrarse con la realidad y con las personas
Precisamente porque hacían silencio, podían escuchar mejor el sufrimiento, las búsquedas y las necesidades de la gente de su tiempo.
El siglo XVI era una época de crisis, cambios y búsqueda espiritual. Muchas personas tenían hambre de sentido, de profundidad y de una fe más auténtica. Los capuchinos respondieron a esa necesidad con una manera de vivir cercana, sencilla y creíble.
Por eso mucha gente se sintió atraída por ellos: jóvenes, laicos, religiosos, personas cultas y también gente sencilla. Un ejemplo muy importante fue Catalina Cybo, duquesa de Camerino. Mujer inteligente, sensible y buscadora de Dios, apoyó y protegió a los primeros capuchinos en sus momentos más difíciles.
Pero los capuchinos no solo hablaban de Dios: también se acercaban al dolor de las personas. Mientras otros huían, ellos cuidaban enfermos durante las pestes, acompañaban a los pobres y servían donde más se les necesitaba.
Llama la atención su capacidad de reinventarse para atender a las necesidades reales, como cuando se convierten en los primeros bomberos de París. Su manera de vivir hablaba más fuerte que cualquier discurso.
¿Y hoy?
Quizá hoy también necesitamos volver a “encontrarnos”:
encontrarnos con nosotros mismos,
encontrarnos con Dios,
encontrarnos de verdad unos con otros,
y encontrarnos con las heridas y necesidades de nuestro mundo.
Ojalá este lema, “Encontrarnos”, nos ayude también a acercarnos más entre las distintas realidades de la Provincia de Capuchinos de España, caminando juntos desde la sencillez, la fraternidad y la alegría franciscana.
Desde hace algunos años la Familia Franciscana estamos celebrando un tiempo jubilar. En estos últimos años hemos recordado los 800 años de la Regla de vida franciscana, de la celebración de la Navidad en Greccio, de los Estigmas o las Llagas y del Cántico de las Creaturas. Estos aniversarios nos han permitido volver sobre los inicios de la fraternidad y vida franciscana a través de distintos estudios, encuentros, reflexiones, etc... También este 2026 está siendo un año muy especial para nosotros: 800 años del Tránsito de San Francisco.
800 años de la muerte de san Francisco, la hermana muerte, como él la llamó. Estamos en año jubilar hasta el 10 de enero de 2027. Todas las iglesias de la familia franciscana son iglesias Jubilares, donde recibir la gracia de la Indulgencia plenaria.
El Papa León XIV en su Carta A los Ministros Generales (10 de enero de 2026) relaciona el carisma de san Francisco con la promoción de la Paz. Su deseo es que este “Año de gracia” puede realmente ayudarnos a promover una reconciliación universal que genera “paz con Dios, paz entre los hombres y paz con la creación”.
Durante el mes de septiembre hay dos fechas señaladas para la familia franciscana: el día 17, la celebración de las Llagas o Estigmas de san Francisco y el día 21, el recuerdo de uno de sus hijos, canonizado hace pocos años, el P. Pío de Pietrelcina, cuyo cuerpo estuvo marcado también por los estigmas, como le ocurrió a san Francisco de Asís en los últimos días de sus vida. La impresión de los estigmas suscitó en sus vidas la misma pregunta que el hermano Maseo: “¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti las llagas?”
Nuestro hermano Elías Cabodevilla, que tanto difundió la vida y espiritualidad del P. Pío, en su libro San Pío de Pietrelcina: “fotocopia de Cristo”, afirma que, cuando el enviado por el Vaticano le preguntó al P. Pío qué efectos le producen esos estigmas, éste le respondió: “Dolor, siempre, de modo especial algunos días cuando sangran. El dolor es más o menos agudo: en algunos días no puedo resistirlo”.
Muchas veces nos olvidamos de ese aspecto doloroso que produjeron los Estigmas en la vida de estos dos santos y remarcamos únicamente el aspecto llamativo o sorprendente de los mismos. Así, hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares del mundo han visto en ellos un signo de que tanto Francisco de Asís como el P. Pío de Pietrelcina fueron hombres de Dios e instrumentos elegidos por Él para ofrecer la salvación a los hermanos.
Con las pilas recargadas y mucha ilusión... ¡comenzamos un nuevo curso! Y lo hacemos con la mirada puesta en algo muy especial: el V Centenario de la Reforma capuchina en 2028.
Este año nos acompañará un lema que tiene mucho que decirnos: «ENCONTRARNOS». Porque la vida también va de eso: de encontrarnos con nosotros mismos, de descubrir a Dios en nuestro camino y, sobre todo, de encontrarnos con los demás.
Queremos que este curso sea una oportunidad para compartir, celebrar, crecer, rezar, disfrutar y hacer camino juntos, al estilo de Francisco de Asís: con sencillez, alegría y el corazón abierto.
En breve tendremos listo el calendario de actividades, para ir llenando nuestras agendas de fechas y nuestros corazones de buenos encuentros.
¿Preparados para todo lo que viene? ¡Nos iremos encontrando!
Este verano, un grupo de 21 jóvenes recorrió el Camino de Santiago por la Ruta del Norte, desde La Caridad hasta Santiago. Siete etapas marcadas por el esfuerzo, la convivencia, la reflexión y el descubrimiento de paisajes y lugares únicos.
Tras recorrer hasta 40 kilómetros en la última jornada, alcanzaron la Catedral de Santiago entre la emoción y la satisfacción de haber superado juntos el reto.
Más allá de los kilómetros y de las dificultades, se llevan aprendizajes, recuerdos y, sobre todo, el valor de haber compartido el camino como una verdadera familia.
Aunque la última etapa terminó el 11 de agosto, el Camino continúa en cada uno de ellos.
La muerte nos acompaña toda la vida y forma parte de ella. Existen momentos de la vida en los que la olvidamos, la sentimos lejana. A veces, sin embargo, se hace muy presente, por una enfermedad, la edad, la muerte de alguien querido... En algunos casos su aparición va envuelta en el miedo, en la frustración, en la desesperanza, mientras que en otras situaciones se la desea como el fin de los sufrimientos. Incluso la Biblia nos sorprende y aturde cuando se dice “Déjame morir ya, Señor”, en boca del profeta Elías. Francisco la llama hermana.
El modo de afrontar la muerte está relacionado con el modo como se encara la vida. Existe el miedo a la muerte y el miedo a la vida y, a menudo, van de la mano. Quien juega la vida con entereza, quien la gasta por lo que merece la pena, quien camina llenando de vida sus días, al final del recorrido puede sentirse agradecido por todo lo vivido y puede acoger la muerte con paz. Francisco al final dice: “He concluido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra”.
Quien ha perdido la vida por ayudar otras vidas, puede tener la seguridad de que su vida no se ha perdido ni se perderá, sino que seguirá viva en otras vidas y en otros corazones. Y, desde las palabras de Jesús, puede creer que está bien guardada y abrazada en el corazón del Padre Dios. Así lo cree Francisco.
Francisco no aparece como alguien que sufre la muerte, sino como alguien que vive su muerte. Sabe lo que quiere hacer en ese momento: volver la mirada hacia Jesucristo, estar acompañado de hermanos, bendecir, agradecer, orar. Celebra su muerte uniéndola a la muerte de Jesús, confiándose en las manos del Padre, del que procede todo bien y toda vida. La muerte es la hermana muerte.
Dios santo, cuyo Espíritu se cernía sobre las aguas en el principio, nos reunimos como parte de tu comunidad de toda la creación, sedientos de tu gracia. Te damos gracias por el don del agua, las venas de nuestra casa común, que sustenta al cedro y a la ballena, al pastizal y a la ciudad. Estamos agradecidos por las aguas locales que nutren nuestras tierras y a nuestras criaturas hermanas. Damos gracias porque, en tu jardín bien regado, cada gota es un testimonio sagrado de tu amor.
Sin embargo, confesamos que hemos tratado este don como si fuera una mera mercancía. Hemos asfixiado los mares con nuestros residuos y hemos visto cómo subían las mareas cálidas a modo de juicio. Lamentamos la tierra agrietada de quienes sufren la sequía y las lágrimas saladas de los refugiados climáticos. Derrite nuestros corazones helados, oh Dios, y deja que fluyan las aguas del arrepentimiento.
Señor de toda la Vida, prometiste que dondequiera que fluyera el río, todo cobraría vida. Despierta en nosotros el llamado a cuidar las aguas: a proteger las cuencas hidrográficas, a defender los derechos del agua y a honrar la dignidad de los sedientos. Que tu Palabra sea un manantial dentro de nosotros, que brote para la sanación de las naciones.
Que Dios nuestro Padre, que hizo brotar agua de la roca, nos sostenga en el desierto. Que Cristo nuestro Señor, que es el Agua Viva, nos renueve para la labor de la restauración. Y que el Espíritu Santo nos lleve en las corrientes de la gracia hasta que la justicia fluya como las aguas y la rectitud como un arroyo que nunca se seca. Amén.