La piedad y la liberalidad van unidas en la vida cristiana. La piedad abre el horizonte de Dios; la liberalidad construye lo humano. Si se separan, se empobrecen; si se integran, se fortalecen y dan fruto.
Jesús vivió esa unidad de manera sorprendente. Fue profundamente piadoso y, al mismo tiempo, escandalosamente libre: puso la persona por delante de la norma, la misericordia por encima del rigor. Su mesa compartida con pecadores mostró que el amor concreto es la verdadera medida de la fe. Su ejemplo nos invita a revisar qué piedad practicamos y qué liberalidad ejercemos.
Esta Cuaresma puede ser un tiempo para cuidar la oración y el silencio, pero también para comprometernos más con la justicia y la solidaridad. Una piedad razonable y una liberalidad con horizonte espiritual pueden renovar nuestra vida cristiana. Que al llegar la Pascua estemos un poco más cerca del fuego que es Jesús.
Iván Alonso

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