Como no podemos rendirnos a las primeras de cambio, va asomando en la fraternidad como la obligación de redoblar los esfuerzos por salvarla. Cada miembro deberá poner más de sí. Es la hora de revisar y purificar las motivaciones de fondo que estaban en aquellos comienzos. Puede resultar que no había más que ideales, sueños, ilusiones. Puede que en medio de esos sueños e ilusiones también había relación sana y auténtica. Es la hora de mantener el esfuerzo, pero no por obligación sino por amor, por saber por quién y para quién vivimos nuestra vida. Un profesional se esfuerza por el sueldo, sea este monetario o de otro estilo; una madre no se esfuerza por obligación, sino por amor.
Los miembros de la fraternidad irán aprendiendo los caminos que ayudan a que sean llevados por el amor, no por la mera obligación. El esfuerzo que requiere la relación será llevado por el amor. Para ello, habrá que buscar los alimentos que nutran ese amor. La paga de dicho esfuerzo no será el salario sino más amor, o el mismo amor con dosis de nuevos condimentos que van enriqueciendo la relación: paciencia, generosidad, bondad, fe, esperanza…
Carta de Asís, junio 2026

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