La cuestión es ser conscientes de ello, ser sabedores de aquello que nos mueve en verdad. Y además de eso, caer en la cuenta del grado de influencia que tiene en nosotros cada uno de los motivos que entran en juego.
Por ello, solemos desarrollar una sana sospecha sobre las razones más fuertes que nos decimos a nosotros mismos a hora de tomar decisiones en la vida; no sea que detrás de ellas se escondan otras de mayor hondura e importancia y no las hayamos visto.
Esta sana sospecha la deberemos aplicar también, y sobre todo, en el terreno de las razones espirituales que nos mueven. Los actos de caridad pueden camuflar la búsqueda de buena autoimagen o de cierto paternalismo; con apariencia de corrección fraterna se puede estar tapando la animadversión hacia la otra persona; la entrega y cercanía en el acompañamiento la necesidad de cariño afectivo… Así podríamos seguir hasta el infinito.
La cuestión no es ir de puritanos, con la conciencia limpia de polvo y paja rayando el escrúpulo. Sino que se nos invita a vivir con humildad y lucidez las motivaciones que nos mueven en la vida, en las relaciones, en la fe... aplicando una sana sospecha. Dios no busca puros; sí humildes pecadores.
Carta de Asís, abril 2026

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