La experiencia de Dios casi nunca comienza con certezas espectaculares, sino con una ruptura silenciosa de lo esperado. Lo que parecía definitivo se mueve, y en ese desconcierto surge la pregunta decisiva, ¿y si la historia no terminó donde creíamos? Cada persona se acerca al misterio de modo distinto; unos observan desde lejos, otros se atreven a entrar. Pero ninguna búsqueda nacida del amor es inútil. La fe no es competencia ni prisa, es un camino donde cada paso sincero cuenta. Dios no siempre se impone con señales deslumbrantes, a veces se deja intuir en lo pequeño, en lo aparentemente frágil y en detalles que solo el corazón atento reconoce.
Creer no significa comprenderlo todo, sino aprender a mirar de otra manera. Es aceptar que no todo se explica, pero todo puede abrirse al sentido. La fe madura cuando dejamos de buscar solo lo que perdimos y empezamos a descubrir lo que está naciendo. Incluso las ausencias pueden ser fértiles. Porque cuando aún está oscuro, la esperanza ya trabaja en silencio, preparando una luz que todavía no vemos, pero que comienza a amanecer. Porque Dios no siempre se presenta como presencia evidente; a veces se revela como esperanza que se niega a morir, incluso cuando todavía está oscuro.
Saúl Marrero

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