Abogo por volver a lo pequeño, contemplar la rutina con nuevos ojos, sumergirte en la cotidianidad de todo con agradecimiento por tanta belleza escondida en cada detalle, cada rincón, cada gesto, cada tarea.
Nos perdemos en las grandezas. Queremos tener cuantos más amigos, mejor; estar en los grandes eventos y figurar en los mejores lugares o puestos. Pero, lo cierto es que el “fogonazo de lo colosal” nos desconecta de una realidad mucho más de verdad, que nos une y nos hace sentirnos parte de algo: de un barrio, de una comunidad, de una hermandad, de una familia.
Entiendo que Dios pensó lo mismo cuando decidió encarnarse en una humilde familia de un pequeño pueblo llamado Nazaret. En su vida diaria descubrió Jesús quién es el Padre y lo contó a través de parábolas sencillas que hablaban de ovejas, semillas, viñedos, lámparas de aceite, levadura, del hijo que despilfarra el dinero de la familia y del comerciante que es atracado en un camino. En sus palabras latía la rutina y lo cotidiano, porque ahí está Dios. En las pequeñas cosas, con las pequeñas gentes. Bendito sea.
Almudena Colorado

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