Los franciscanos solemos citar muchas veces aquellas palabras sabias de Francisco: «Es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras y nosotros, recitándolas, queremos recibir gloria y honor». Lo que quiere decir que quienes celebramos los 800 años de la muerte de Francisco no haríamos nada si, además de celebrarla, no hiciéramos propósito firme de profundizar en la fe, de no quedarnos en el postureo de las meras formas religiosas. Y además, nos queda la tarea de vivir en confianza, en estos tiempos nuestros de temor y de sospecha.
Es incompatible con el franciscanismo la exclusión y el rechazo. La única prioridad posible es la del pobre. El VIII centenario de la muerte de Francisco es celebración y, sobre todo, tarea.

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