viernes, 29 de junio de 2018

BÚSQUEDA DE LA JUSTICIA

Cuántas veces hemos oído en la toma de posesión de algún cargo la expresión: “tomo este cargo como servicio a la comunidad”. Y luego vemos muchas veces que, a la vista de todos o disimuladamente, el servicio es a los intereses de uno mismo. En nuestra época no se nos hace fácil entender bien eso de la autoridad como servicio. Y ciertamente, en todo colectivo humano hay alguien que formal o informalmente funciona como autoridad con ascendencia sobre los demás. ¿Cómo ejercer ese papel de modo que sea al servicio de la comunidad?

La autoridad no es un estado sino un modo de relación, algo dinámico, en continuo movimiento, en continuo ejercicio, tanto por parte del que lo detenta como por parte de los que están bajo dicha autoridad. También es cierto que en cada contexto la autoridad ha adquirido una forma diferente. De todos modos, hay algunos aspectos importantes para que sea verdad eso del “servicio de la autoridad”.

Uno es que la autoridad no es propiedad del que debe ejercerlo. Es una gran tentación la apropiación de la autoridad por parte de la persona que ejerce. En la fraternidad, entre hermanos la autoridad no se consigue sino se recibe, por lo que no es propiedad sino concesión. Así, es sólo temporal, caduco. Y otro de los aspectos de la autoridad entre hermanos, hermanas, es que el destinatario de ese ejercicio responsable son las personas de la fraternidad. Así, la mirada no se fija en el sistema, en el orden del colectivo, en la lógica del organismo, etc. sino en las personas que formamos la fraternidad. La autoridad no es dominio sino una forma de servicio temporal, una forma de ser hermano determinada por un tiempo.

Si se pierde estas intuiciones el ejercicio de la autoridad en la fraternidad podrá derivar en otras cosas: autoritarismo, caos, mero equilibrio de fuerzas, etc. y los que saldrán perdiendo serán los pequeños en primer lugar, y todos a fin de cuentas. Jesús tenía autoridad, como nadie, pero lo ejerció dando su vida por todos.
Carta de Asís, junio 2018 

martes, 26 de junio de 2018

EL ARREPENTIDO



«El Arrepentido» es una canción interpretada por Melendi, con Carlos Vives, publicada en el álbum «Ahora» en febrero del 2018. Esta canción reflexiona sobre distintas actitudes que nos impiden vivir en el momento presente. Acompañamos al videoclip unos puntos para pensar sobre este tema.

1. A veces vivimos como ciegos
Vamos por la vida sin prestar mucha atención en lo que pasa a nuestro alrededor. La canción habla de cuando estamos tan metidos en el pasado o en el futuro que somos como «sordos, ciegos y mudos». No es malo recordar viejos tiempos o hacer proyectos para el futuro pero a veces estas actitudes no nos dejan vivir prestando atención al momento presente.

2. El dolor nos puede impedir ver claramente
Cuando estamos muy heridos podemos recurrir a encerrarnos en nosotros mismos y echarle la culpa a los demás de nuestros problemas. Parecería la forma más fácil de lidiar con la situación pero a medida que pasa el tiempo esa herida nos va impidiendo vivir con alegría y vamos caminando con un dolor muy grande en el corazón.

3. Jesús viene a devolvernos la vista
Él conoce nuestras cegueras mejor que nadie y quiere curarlas todas. Sólo tenemos que pedírselo y nos va a devolver la vista y sanar todo ese dolor que nos impide ver. Podemos acercarnos a la Adoración Eucarística para hablar con Él, contarle todo lo que nos pasa, poner en sus manos las preocupaciones y miedos que ocupan nuestra mente y pedirle la confianza para vivir con alegría la situación que estemos pasando en este momento.

4. Cuando despertamos podemos escuchar el grito del planeta
Cuando empezamos a vivir en el ahora, nos damos cuenta que no estamos solos, que tenemos hermanos y que necesitan de nosotros. Descubrimos que tenemos mil y una oportunidades para amar en nuestro día a día; mil y una oportunidades para celebrar esta vida tan linda que Dios nos regala, y mil y una oportunidades para encontrarnos con nuestros hermanos en mi familia, en el trabajo, en el estudio y con mis amigos.

Tomado de catholic-link.com

martes, 19 de junio de 2018

RECUPERAR LAS COSAS SENCILLAS

Tendemos a dar poca importancia a los detalles y a las cosas pequeñas. Nos dejamos encandilar por las cosas complejas y espectaculares, corremos tras de ellas frenéticamente y terminamos agotados, incapaces de disfrutar lo que tenemos. Benjamin Franklin decía: “La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días”.

Estamos rodeados por cosas sencillas que se esconden a nuestra mirada distraída. No tenemos tiempo para mirar las estrellas. Sería bueno que un día de estos contemplemos un amanecer: los rayos del sol que acarician lo que tocan, el canto de los pájaros que saludan el nuevo día, la multitud de pequeños animales que hacen sentir que en la tierra estalla la vida por doquier. Pongamos atención a este ritual que generalmente nos pasa inadvertido y observemos lo que sucede en nuestro ánimo.

Las cosas sencillas de la vida nos hacen sentir vivos. Si cada día pudiéramos detenernos en esas pequeñas cosas que nos rodean, tal vez nuestro día se llenaría de armonía y paz interior. La contemplación de las cosas pequeñas y humildes nos lleva a descubrirnos a nosotros mismos desde lo sencillo. Si nos detenemos unos minutos en nuestro propio ser, descubrimos la grandeza de la vida que nos envuelve, nos acoge, nos invita a vivirla y sentirla. Entonces nos percatamos de la fuerza escondida en nuestro interior y nos sentimos grandes en nuestra pequeñez, seguros en nuestra debilidad. Entonces nos amamos con nuestras virtudes y defectos, nuestra grandeza y fragilidad. No esperemos el día en que extrañaremos las cosas simples que no supimos y no quisimos valorar.

Benjamín Monroy, Ofm