jueves, 30 de mayo de 2024
martes, 28 de mayo de 2024
LA SOLIDARIDAD DE LOS ÚLTIMOS
Cuando hablamos de solidaridad, sin pretenderlo, pensamos que se da de arriba hacia abajo, desde las personas y grupos que pueden ayudar hacia quienes necesitan esa ayuda: de los ricos hacia los pobres, de los sanos hacia los enfermos, de los cultos hacia los incultos, etc. Nos nace imaginarnos la solidaridad como un movimiento en vertical. Sin embargo, la solidaridad se da también, y mucho, entre los iguales. Hay grupos de personas que se ayudan mutuamente, que organizan campañas de acompañamiento, de trabajo, de formación… entre ellos mismos. Así, en medio de esta cultura donde prima lo individual, subsisten y surgen colectivos de solidaridad entre iguales. Adquieren distintos nombres: trabajo comunitario, auzolan, movimiento popular…
Este tipo de solidaridad apunta a mucho más que a unos actos de generosidad esporádicos, nacidos de sentimientos pasajeros. Nace de una manera de pensar y de vivir en términos más de comunidad, de fraternidad. Según los casos pueden adquirir tintes también sociales y políticos, pero en general se mueve en los ámbitos de ciertas tradiciones comunitarias: barrio, poblado, vecindad, etc. Es un contraste ante el aislamiento, la autonomía mal entendida, la autosuficiencia y al “sálvese quien pueda” que reina en nuestra sociedad.
Es curioso cómo en el libro de los Hechos de los Apóstoles se dice que en las primeras comunidades cristianas “ponían todo en común y no había nadie que pasara necesidad”. Y en las historias de los orígenes del franciscanismo, el trabajo y el cuidado entre los hermanos y con la gente era de igual a igual. Quizá resulte que cuanto más tengamos y menos necesidades vivamos, menos contamos con los demás y nos vayamos volviendo más individualistas y egoístas. Mientras que en la necesidad, aunque no sea automático, surge la urgencia del movimiento solidario.
El espíritu franciscano no está lejos de esta realidad, sino que la lleva en sus entrañas, aunque ya no lo vivamos con tanta intensidad.
Este tipo de solidaridad apunta a mucho más que a unos actos de generosidad esporádicos, nacidos de sentimientos pasajeros. Nace de una manera de pensar y de vivir en términos más de comunidad, de fraternidad. Según los casos pueden adquirir tintes también sociales y políticos, pero en general se mueve en los ámbitos de ciertas tradiciones comunitarias: barrio, poblado, vecindad, etc. Es un contraste ante el aislamiento, la autonomía mal entendida, la autosuficiencia y al “sálvese quien pueda” que reina en nuestra sociedad.
Es curioso cómo en el libro de los Hechos de los Apóstoles se dice que en las primeras comunidades cristianas “ponían todo en común y no había nadie que pasara necesidad”. Y en las historias de los orígenes del franciscanismo, el trabajo y el cuidado entre los hermanos y con la gente era de igual a igual. Quizá resulte que cuanto más tengamos y menos necesidades vivamos, menos contamos con los demás y nos vayamos volviendo más individualistas y egoístas. Mientras que en la necesidad, aunque no sea automático, surge la urgencia del movimiento solidario.
El espíritu franciscano no está lejos de esta realidad, sino que la lleva en sus entrañas, aunque ya no lo vivamos con tanta intensidad.
Carta de Asís, mayo 2024
jueves, 23 de mayo de 2024
martes, 21 de mayo de 2024
EXHALÓ SU ALIENTO
En toda la Biblia solamente se dice que alguien sopla en dos textos: cuando Dios crea a la persona, sopla en su nariz para infundirle la respiración y cuando Jesús sopla sobre sus discípulos para decirles: ánimo, la cruz ha sido un desastre pero seguís teniendo alma, no os acobardéis, el mundo sigue siendo vuestra casa.
Es que, por muchas razones, el desaliento atenaza nuestras vidas, el desánimo hiela nuestros adentros y convierte la vida en un secarral. Y decimos que todo está mal, que no tenemos remedio, que somos un país cainita, que nunca llegaremos a entendernos. Sálvese, pues, quien pueda. ¿Cómo sembrar ánimo y no hacer parte del coro de quienes solamente saben lamentarse?
La inefable y admirada por muchos Gloria Fuertes decía: “A mí solo me erotiza la gente buena”. Eso significa que estás de parte de la gente buena, que crees en el bien, que no te das por derrotado ante la avalancha del mal.
Es que, por muchas razones, el desaliento atenaza nuestras vidas, el desánimo hiela nuestros adentros y convierte la vida en un secarral. Y decimos que todo está mal, que no tenemos remedio, que somos un país cainita, que nunca llegaremos a entendernos. Sálvese, pues, quien pueda. ¿Cómo sembrar ánimo y no hacer parte del coro de quienes solamente saben lamentarse?
- Hay muchas cosas que están bien: constantemente leemos en el periódico el agradecimiento de las personas a los servicios públicos, a la sanidad, a la docencia. Hay muchas gentes en este país que siembran el bien a manos llenas. Creámoslo, mirémoslo.
- Podemos entendernos: no es fácil. Pero somos humanos y todos tenemos un corazón que late. Si somos pacientes, si damos el brazo a torcer, si nos ponemos en el lugar del otro encontraremos cauces de convivencia. Creámoslo, pensémoslo, hablémoslo.
- Seguimos teniendo un alma: hoy no se habla mucho del alma, pero sigue estando ahí. Por eso mismo, seguimos siendo valiosos, seguimos teniendo dignidad, aunque como tierras de Gaza y en otros muchos lugares haya quien atropella las almas y arruina los cuerpos.
La inefable y admirada por muchos Gloria Fuertes decía: “A mí solo me erotiza la gente buena”. Eso significa que estás de parte de la gente buena, que crees en el bien, que no te das por derrotado ante la avalancha del mal.
Fidel Aizpurúa, capuchino
viernes, 17 de mayo de 2024
MIRA QUE TE MIRA
No hay mejor mirada que la de una madre a un hijo, no hay mirada más tierna que la de un hijo a una madre. ¡Cuántas cosas se dirían Jesús y María con tan solo una mirada!
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