Cuando hablamos de hacer memoria, tiene más que ver con la capacidad de recordar lo vivido. “Re-cordar” sería algo así como volver a pasar por el corazón. Y este re-memorar nos ayuda a vivir la vida de modo más humano. La memoria no solo de lo vivido en nuestra biografía, sino lo vivido por los hombres y mujeres que nos han precedido. Ellos, que vivieron lo que les tocó vivir, nos ayudan ahora en nuestra vida porque nos ha llegado su memoria, sus vivencias, sus apuestas vitales, sus idas y venidas. Y sobre todo, sus aprendizajes sobre nuestra condición humana, y los valores y modos que más ayudan en nuestra situación.
Quizá, si no perdiéramos la memoria de la sabiduría existencial de las vidas pasadas, nuestro modo de vida sería de un modo más humano. Además de tecnología y eficacia, necesitamos aprender que lo que nos hace más humanos no son los avances científicos y técnicos, sino la memoria de la sabiduría que nos ayuda a vivir y a morir; la sabiduría de los consejeros, sean estos letrados o analfabetos. Porque aprendieron en propia carne la sabiduría de la existencia: el nacimiento, el amor, el dolor, la muerte, la esperanza…
Uno de los ejercicios que más ayudan a vivir la fe es el recuerdo, el hacer memoria de la maravillas que Dios ha hecho en el mundo, y en cada uno de nosotros. Los cristianos hacemos memoria de Jesús cada vez que nos reunimos en su nombre. Es más que traer a nuestra mente su recuerdo; es hacerle presente hoy y aquí para nuestra vida y la del mundo.
Carta de Asís, marzo 2026

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