domingo, 29 de marzo de 2026

SER HERMANO EN EL TRIUNFO Y EN LA DERROTA

DOMINGO DE RAMOS

En el Domingo de Ramos, Jesús entra en Jerusalén entre cantos y palmas. Lo aclaman como Mesías, la multitud celebra y todo parece triunfo. Pero pocos días después, esas mismas voces callan… o gritan condena. Jesús no se deja engañar por los aplausos, sabe que el amor verdadero pasa por la cruz. No entra como rey poderoso, sino montado en un asno. Su camino no es el del éxito, sino el de la entrega.

Algo parecido ocurre con San Francisco de Asís. Tras su muerte, la Iglesia lo declara santo, se le honra, se le admira, se levantan templos en su nombre. Pero su mensaje más radical -la pobreza evangélica, la fraternidad sin fronteras, la simplicidad del Evangelio, la renovación profunda de la Iglesia y de la sociedad- muchas veces queda suavizado, ignorado o incluso olvidado.

Jesús fue aclamado… y crucificado. Francisco fue canonizado… y a menudo desactivado. Ambos nos recuerdan una verdad incómoda: Es fácil celebrar a los profetas, pero es mucho más difícil vivir lo que ellos vivieron.

El Domingo de Ramos nos confronta con una pregunta personal: ¿seguimos a Jesús solo cuando hay palmas, o también cuando llega la cruz? Porque el Reino no se construye con aplausos, sino con fidelidad. Y la santidad no consiste en ser recordados, sino en amar hasta el final.


No hay comentarios:

Publicar un comentario