viernes, 22 de septiembre de 2023

EL CUIDADO

La solidaridad tiene muchas traducciones según las épocas y los contextos que vivimos. En estos tiempos nuestros, se le va dando un mayor relieve a todo lo que implica el cuidado: cuidado de los niños, de nuestros mayores, de los enfermos… Tomamos prestadas palabras del Papa Francisco en su encíclica Fratelli Tutti en su número 115. Nos ayuda a comprender mejor esta dimensión de la solidaridad que abarca toda la existencia.

«En estos momentos donde todo parece diluirse y perder consistencia, nos hace bien apelar a la solidez que surge de sabernos responsables de la fragilidad de los demás buscando un destino común. La solidaridad se expresa concretamente en el servicio, que puede asumir formas muy diversas de hacerse cargo de los demás. El servicio es en gran parte, cuidar la fragilidad. Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo. En esta tarea cada uno es capaz de dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia ante la mirada concreta de los más frágiles. El servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad y hasta en algunos casos la “padece” y busca la promoción del hermano. Por eso nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas».

Somos porque hemos sido cuidados. Todos hemos sido cuidados por otras personas cuando hemos sido unos necesitados. Todos seremos cuidados cuando nuestras fragilidades marquen nuestra vida. Todos estamos llamados, de un modo u otro, a hacernos cargo de la fragilidad de otras personas, sean estas cercanas o lejanas, de las nuestros o no. El cuidado es una traducción concreta, cercana y eficaz de la solidaridad. Es la pregunta que Dios hace a Caín: “¿Dónde está tu hermano/a?” Es el encargo desde la vida y desde la fe hacia las fragilidades de los demás. Tenemos el encargo del cuidado.

Carta de Asís, septiembre 2023

sábado, 9 de septiembre de 2023

EL RELOJ DE DIOS

Señor, al comenzar este nuevo curso
te pido que me regales un nuevo reloj…
No, no, ni digital ni a pilas ni a cuerda,
quiero uno muy especial, quiero tu reloj…

Un reloj que no marque las horas que me quedan
ni los días que faltan para el fin de semana…
Un reloj que marque solo y exclusivamente
segundos, instantes, oportunidades para hacer el bien.

Un reloj que se pare cuando alguien entre en apuros,
que se adelante para ver las necesidades del otro
y que se atrase para pedir perdón…
¿Un reloj de pulsera o de pared? No; mucho mejor; de corazón.

Un reloj en cuyos números aparezcan nombres:
María, Ana, Carlos, Alejandro, Yolanda,…
Nombres y más nombres de amigos, de compañeros,
de hermanos que Tú, Señor, cada día pones en mi camino.

Un reloj cuyas agujas acaricien, abracen, sirvan,
ayuden, perdonen, escuchen, compartan…
y en cuya esfera aparezca tu rostro de Padre
y de amigo y de compañero de clase, de juegos o de salida.

Un reloj con un gran despertador
que despierte mi conciencia y mi indiferencia,
y que me recuerde levantarme cuando me caiga
y ponerme en camino cuando me detenga.

Un reloj con cronómetro incorporado,
no para estresarme, angustiarme o deprimirme,
sino para aprovechar a tope cada día que Tú me regalas,
cada segundo que Tú conviertes en un nuevo reto, en una nueva oportunidad.

Señor, al comenzar este nuevo curso
me pongo mi nuevo reloj… ¡Tu reloj!
Bendice cada una de las horas, minutos y segundos
que voy a pasar, codo a codo y corazón con corazón, a tu lado.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

RATIO FORMATIONIS: LA PALABRA

En el Evangelio, Francisco encuentra su forma de vida. No inventa nada sino que descubre que se trata de vivir como vivió Jesús: El mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del Santo Evangelio (Test 14). Jesús, como predicador itinerante, anuncia la buena noticia del Reino: el amor gratuito de Dios que no excluye a nadie. Precisamente, el Evangelio -el libro que narra los encuentros de Jesús, la mayor parte con pobres, enfermos y excluidos- nos propone, como centro de la vida, la capacidad del encuentro. Las Bienaventuranzas (Mt 5, 3-12) y la invitación a la misericordia (Mt 9, 10-13) resumen bien el encuentro con el mundo al que Jesús nos llama.

A Francisco le basta el Evangelio, vive en y de las Escrituras y habita en ellas como en su casa (2Cel 102; LM 11, 1): este es el marco vital de referencia y de discernimiento de los que seguimos a Jesús. Él se hace presente en medio de nosotros cada vez que hacemos memoria de su Palabra y tratamos de iluminar nuestra vida. El mismo Francisco, enamorado de las palabras de Jesús, alerta a sus hermanos contra la tentación de revestir la vida desnuda y sencilla del Maestro (1Cel 6), y nos invita a vivir evangélicamente y sine glosa (Test 38-39).

Francisco nunca fue un oyente sordo del Evangelio sino que, confiando a su feliz memoria cuanto oía, procuraba cumplirlo a la letra sin tardanza (1Cel 22). De él aprendemos que la Palabra de Dios solo se entiende en su profundidad cuando se pone en práctica, que vivir en torno a ella genera un estilo nuevo de relación: la fraternidad (1Cel 38; LM6,5). Vivir como hermanos es el espejo de los valores del Reino, su anuncio más hermoso, la forma más auténtica de compartir el deseo de Dios. La acogida fraterna de la diversidad constituye el modo más creíble de contemplar y narrar la historia de nuestro Dios, que se hace menor y hermano en el misterio de la encarnación del Hijo.