sábado, 30 de marzo de 2013

SÁBADO SANTO: VIDAS QUE FLORECEN (Textos para la Pascua Joven)



   Esta fotografía es la de una clase de un pueblo de Cádiz (Camposoto, San Fernando). Son niños de último año de infantil. Todos se tapan la cara y queda solamente a la vista la cara de los profesores y la de un niño que se llama Antonio. Sus compañeros le llaman “superantonio”. Es un niño con parálisis cerebral, “va en carrito”, tiene un pupitre especial. Pero es listo como el aire y ha hecho piña con sus compañeros de manera increíble. Resulta que una productora de jóvenes jerezanos hizo gratuitamente un video sobre Antonio y su escuela como felicitación navideña. Pero Ana Pastor, la periodista, se fijó en él, le dio publicidad y de ahí saltó a todos los periódicos y televisiones. Lo han visto más de medio millón de personas. Son vidas que florecen más allá de cualquier prejuicio y uniéndose en el corazón, en la base de la dignidad, en el cimiento del amor.
   La vida de Jesús ha florecido. Eso es lo que celebramos en la Pascua: una vida florecida más allá de las tremendas limitaciones e injusticias de una muerte violenta. Jesús ha sido un ramo de abril florecido, un espino blanco que florece en primavera, una jara que cubre las laderas de su hermosa flor blanca. La herida de la muerte no fue más grande en él que la herida del amor. Al contrario, en el Calvario plantaron una cruz pero, en realidad, plantaban el más florido de los almendros, el rosal que no se agosta con los fríos. No es poesía barata decir que la de Jesús ha sido una vida florecida. Es la realidad más hermosa, la promesa de las esperanzas más hondas, la certeza de que los sueños tomarán cuerpo, la seguridad de que las ilusiones no quedarán frustradas.
   Para celebrar bien la Pascua es preciso celebrar bien la vida que florece. Para ello, hay que amar la vida, mirarla con benignidad, abrazarla con ternura. Mirar de través a la vida, a la sociedad, a la persona, pensar siempre negativamente, ser implacable con los fallos de los demás, vivir avinagrado y avinagrando al otro, no es camino de Pascua. No se trata de ser ingenuos y ocultar lo limitado y pobre de nuestros caminos e trata de ser animoso, positivo, constructor de horizontes.
   Es cierto que los tiempos de Francisco, la Edad Media, fueron épocas de mucha dureza, de mucha inhumanidad, de mucha muerte. Pero eso no logró amargar el corazón de Francisco. Para él la vida siempre fue luminosa, hasta en los peores momentos. Y esta luz le venía, sin duda, de haber descubierto a un Jesús hermoso, florecido, amable. En sus escritos él echa verdaderos “piropos” a Jesús: hermano, hermoso, de palabras perfumadas, amable en extremo, brillante, tierno, etc. Estaba embobado por él. De manera que se podría decir que toda su vida fue Pascua porque nunca le abandonó la certeza de que Jesús era luminoso y florido. Clara pensaba igual o más.
   Si quieres celebrar bien la Pascua has de sacar del baúl de tu corazón los ropajes más vivos, las sonrisas más luminosas, los abrazos más cálidos, los perfumes más embriagadores. Solamente se puede celebrar la Pascua desde lo mejor de ti mismo, desde tus valores menos estropeados, desde tus sueños más acariciados. Habríamos de florecer en Pascua como florecen los campos, como se llenan de color las laderas, como renace todo lo que estaba aterido. Una Pascua “florida”, una Pascua de amor. (Fidel Aizpurúa)

viernes, 29 de marzo de 2013

VIERNES SANTO: UNA MUERTE QUE PROTEGE LA VIDA (Textos para la Pascua Joven)


   Esta foto dio en su día la vuelta al mundo: un palestino protege a su hijo Muhammad al-Durrah de un fuerte tiroteo de los soldados israelíes. No sirvió para nada. Por mucho que el padre enseñara sus manos abiertas, fueron ambos abatidos. Un horror más de los muchos que hay en toda guerra. Pero el gesto envolvente del padre ante el terror del hijo pequeño nos parece magnífico. Es un intento gigantesco por proteger la vida débil, por amparar a quien está en desamparo, aunque no se pueda hacer más que abrigarlo contra su cuerpo. No acabó bien la cosa, pero el gesto sigue siendo hermoso: gente que entrega la vida aunque no haya final feliz.
   Algo parecido vamos a celebrar este Viernes Santo. No es solamente el recuerdo de la muerte injusta de Jesús de Nazaret. Cuando leas el relato de la pasión esta tarde piensa que de lo que se trata es de celebrar el final de alguien que ha querido proteger, abrazar, amparar, sostener nuestra vida. Jesús lo tenía claro. Solía decir: “Lo mismo que el Padre levanta a los muertos dando vida, yo también doy vida porque amo a todos”. Un protector de la vida, un amparador de caminos, un abrigo para quien necesita refugio, un defensor para quien se siente atacado.
   Mirando el final desastroso de su muerte violenta podríamos pensar que esa protección que nos quiso dar no ha servido para nada. Pero no es así. Muchas personas a lo largo de su vida han creído y sentido que Jesús acompañaba sus caminos, que estaba tan cerca como el amor más vivo de quien ama sin reservas, que les daba un calor que hacía que su alma encontrara un consuelo. Nos protegió de la muerte; nos sigue protegiendo y abrazando.
   Francisco de Asís era especialista en amparar la vida de sus hermanos y de las personas. Una vez le mandó a su compañero Rufino a que predicase desnudo en la catedral de Asís para vencer su timidez a la hora de ofrecer el Evangelio. El tímido Rufino obedeció. Y cuando era la rechifla de los de su pueblo entró Francisco como una tromba en la catedral y cubrió con una capa a su hermano a la vez que lo abrazaba y hacía ver a la gente que nosotros los cristianos seguimos a un “desnudo en cruz”, a un pobre, y no hay que avergonzarse ni zaherir al pobre. Francisco y Clara protegieron los caminos de sus hermanos. Por eso los llamaban “padre y madre”, porque sentían que en ellos tenían a quién agarrarse.
   Tú también puedes proteger y amparar el camino de tus amigos, de tu familia, de toda persona. No hace tener grandes medios; hay que tener, sí, gran corazón. Porque no nos cabe duda: la verdadera casa de la persona es otra persona que acoge. El amparo del otro no es comparable con ninguna seguridad social que valga. Si tenemos personas que nos amparen, vamos bien; si ignoramos el calor del amparo sencillo de quien nos ama, estaríamos perdidos. Si entiendes la vida de Jesús y su muerte como una historia de amparo, de protección, de abrazo, has dado en el quid de la cuestión. (Fidel Aizpurúa)

jueves, 28 de marzo de 2013

JUEVES SANTO: ENTREGAS QUE NO SE PIERDEN (Textos para la Pascua Joven)


   Esta niña pakistaní se llama Malala Yousafzai. Fue tiroteada hace poco a sus 13 años por hacer campaña en su blog y en su vida a favor de la escolarización de las niñas de Pakistán. Los talibán no dudaron en pegarle cuatro tiros y dejarla al borde de la muerte. Ha pasado por varias operaciones en Inglaterra. Su rostro no es ahora tan bonito como el de la foto, pero su corazón es mucho más hermoso. Cuando cayó víctima del atentado sus verdugos habrían pensado que su entrega a la causa de la escolarización de las niñas se venía abajo. Una entrega perdida. Pero era justamente lo contrario: su entrega cobrara más valor cuanto más injustamente era tratada. Por ella hemos sabido que la vida de las niñas en países como el suyo es muy dura. Pero también hemos visto que no están solas, que alguien acompaña el despertar difícil de las mujeres que viven en regímenes de desigualdad. No es una entrega perdida porque las entregas no se pierden nunca. Y esto es así porque las entregas tienen valor en sí mismas. No dependen ni del aplauso, ni del reconocimiento, ni del premio, ni del sueldo. Tienen el valor dentro, antes que todas estas cosas. Quien se entrega ha de saber que aunque no reciba aplausos, lo suyo vale. Esto le ha de hacer levantar los hombros y seguir adelante.
   El Jueves Santo es el día de la entrega pobre y humilde de Jesús, su lavar los pies a aquellos amigos suyos que no entendían el lenguaje de la entrega. Pero es el día en que hoy valoramos el justo sentido de aquella entrega. Cuando se ató la toalla y les lavó los pies a sus amigos les estaba queriendo decir: las entregas valen, no se pierden; si os entregáis sois de los míos; no os importe que ignoren vuestra generosidad; cuando os entregáis estás siendo de mi grupo; si te das al otro sin reclamar nada a cambio, eres mi amigo mejor. Pedro creía que aquello era una broma de mal gusto. Pero no, él también entendería que entregarse era la clave y que lavar los pies, servir, no era una pérdida, sino una ganancia.
   No le han calificado a Francisco como un “entregado”. Pero, en realidad, lo era: se entregó a tumba abierta al Evangelio y llegó a su corazón; se entregó sin reservas a su comunidad y sintió el calor del amor; se entregó con pasión a la creación y disfrutó siempre con ella; se entregó sin descanso a la oración y halló en ella consuelo y fortaleza; se entregó a la vida de los humildes y de ellos recibió dulzura y consuelo. Entregados que salieron ganando, esos son Francisco y Clara.
   Quizá no sea palabra del gusto de nuestro tiempo, eso de llamarnos entregados y de querer entregarse. Parece que suena a rendirse, a servilismo, a esclavitud. Nada de eso. Entregarse es ser como Jesús y saber que entregándose, sirviendo, puedo vivir contento, realizado, humano. Entregarse es abrazar el corazón del otro más allá de sus indudables limitaciones. Es aprender el disfrute de lo sencillo y mirar de frente a la realidad a la que te entregas. Es abandonar el ansia de que me aplaudan siempre, de que me reconozcan siempre, de que me paguen siempre. Un camino de luz, un amanecer nuevo. (Fidel Aizpurúa)

SEMBRANDO VIDA (Textos para la Pascua Joven)


   Hemos visto esta foto muchas veces. Los telediarios nos la ponen delante. Es algo de lo que podemos estar satisfechos en nuestra sociedad. Son los SEMBRADORES DE VIDA. Unos muchachos transportan una nevera con un órgano para ser transplantado en algún hospital. Llevan dentro la vida, van sembrando la vida. No se escatima en medios personales (personal de transporte, sanitario, de la DIA)  y materiales (avión, hospitales). Sembrar vida es la tarea humana más hermosa que se pueda dar. Hace de contrapeso, pequeñito pero significativo, a las grandes heridas que nos hacemos los humanos, a las fuertes destrucciones de vida que aparecen todos los días en las páginas de los periódicos.
   Es que la Semana Santa es más que un acto religioso que vuelve todos los años. Es celebrar la siembra de vida que hizo, que hace, Jesús. Él sí que da vida a manos llenas. Ya lo decía claramente: “Yo he venido para que tengan vida”. Lo suyo fue sembrar vida, no implantar unas creencias o una moral, ni siquiera una nueva religión. A él le enamoraba la vida y la quería derramar a manos llenas. Es cierto que, bien mirado, no hizo mucho, no tenía medios para hacerlo. Era como esa humilde nevera de plástico que lleva un poquito de vida dentro. Pero eso poco fue tan importante que muchos siguen creyendo que dar vida es lo más hermoso que puede una persona hacer en su historia, aunque nadie se entere, aunque nadie aplauda.
   Hay mucha gente que cree que la Semana Santa es una recreación de la muerte de Jesús. Muchas imágenes de muerte serán paseadas por las calles del país. Pero, en realidad, es una fiesta de vida: el recuerdo hermoso de aquel sembrador de vida que Jesús y que nos anima hoy a continuar sembrando vida. No es un tiempo para la muerte, sino todo lo contrario: una celebración de la vida. Habría que extasiarse, quedarse embobado ante todo lo que vive: las personas que luchan por vivir y dar vida, los animales humildes que viven para acompañar y servir nuestra vida, los árboles que mueven la cabellera de sus ramas, hasta las piedras mismas cuyo silencio es su manera de decirnos que están vivas.
   En esto, Francisco de Asís fue un sembrador maravilloso. Era humilde, pero amaba la vida; por eso podía ser buen sembrador. Era pobre, pero disfrutaba con las cosas sencillas; por eso podía ser un buen sembrador; miraba al corazón de la persona con arrobo; por eso podía sembrar consuelo y aliento. Había entendido que toda persona, toda creatura era en realidad hermana suya sin ninguna duda; por eso podía sembrar en las personas y cosas el amor que brotaba de dentro. Francisco y Clara fueron “buenos sembradores”. Así podríamos llamarlos.
   ¿Cómo no te vas animar a sembrar vida tú también? No vale decir que soy poca cosa, que mis recursos son insignificantes. Toda semilla es insignificante y mira luego qué planta tan hermosa. Una siembra de vida es derramar una buena sonrisa, dar un abrazo sentido o un apretón de manos cálido, acoger una conversación, acompasar mi paso al del otro, ser amable y respetuoso, disfrutar juntos los sencillos disfrutes de la vida, rezar dándonos las manos, cantar juntos la hermosura de la vida, preocuparte un poco del dolor ajeno, hacer tuyos los sueños de otros. Con esta clase de semillas se hace la siembra de la vida. Anímate a sembrar vida ya. (Fidel Aizpurúa

martes, 26 de marzo de 2013

SEMANA SANTA

Hay realidades que mejor se entienden en el silencio que con mucha palabrería. Hay momentos en los que mejor nos dedicamos a callar y a escuchar. En la Semana Santa es cuando Jesús “calla”. Apenas si dice unas cuantas palabras. Se parece al nacimiento. Tampoco recién nacido Jesús hablaba, porque los recién nacidos no hablan. Sin embargo, Juan lo llama “Palabra”. En la Semana Santa todos se extrañan de su silencio: “¿No dices nada?” “Y Jesús callaba.” Es que no hay mejor palabra que la vida misma.
   Durante estos días también nosotros debiéramos callar. Las palabras pueden ser una manera de distraernos y descentrarnos del verdadero misterio. Es una Semana para “escuchar”:
   Mirar en silencio y dejar que lo que vemos nos toque por dentro.
   Escuchar en silencio y dejar que lo que vemos se haga palabra dentro de nosotros.
   Escuchar el silencio de Dios, que es la mejor palabra de Dios.
   Nosotros mismos hablamos demasiado, pero ¿habla nuestra vida?
   Hablamos mucho de Dios, pero ¿habla de Dios nuestra vida?
   La muerte pareciera ser el silencio de la vida. Al morir, la vida calla. Sin embargo, si asomamos nuestro oído a la muerte de Jesús, ¿no escucharemos la voz de Dios hablando a nuestro corazón? La Semana Santa debiera enseñarnos a escuchar el silencio de Dios en silencio. Nadie tiene palabras válidas en esta Semana. La única palabra que tiene sentido es el silencio de la muerte de Jesús. Aquí no valen nuestros razonamientos ni nuestros argumentos. Aquí solo vale callar, escuchar en silencio y dejar que nuestro corazón responda.