martes, 7 de junio de 2022

DADOR DE VIDA

Hablar del «Espíritu Santo» es hablar de lo que podemos experimentar de Dios en nosotros. El «Espíritu» es Dios actuando en nuestra vida: la fuerza, la luz, el aliento, la paz, el consuelo, el fuego que podemos experimentar en nosotros y cuyo origen último está en Dios, fuente de toda vida.

Esta acción de Dios en nosotros se produce casi siempre de forma discreta, silenciosa y callada; el mismo creyente solo intuye una presencia casi imperceptible. A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría desbordante y la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna.

El signo más claro de la acción del Espíritu es la vida. Dios está allí donde la vida se despierta y crece, donde se comunica y expande. El Espíritu Santo siempre es «dador de vida»: dilata el corazón, resucita lo que está muerto en nosotros, despierta lo dormido, pone en movimiento lo que había quedado bloqueado. De Dios siempre estamos recibiendo «nueva energía para la vida» (Jürgen Moltmann).

Esta acción recreadora de Dios no se reduce solo a «experiencias íntimas del alma». Penetra en todos los estratos de la persona. Despierta nuestros sentidos, vivifica el cuerpo y reaviva nuestra capacidad de amar. Por decirlo brevemente, el Espíritu conduce a la persona a vivirlo todo de forma diferente: desde una verdad más honda, desde una confianza más grande, desde un amor más desinteresado.

Para bastantes, la experiencia fundamental es el amor de Dios, y lo dicen con una frase sencilla: «Dios me ama». Esa experiencia les devuelve su dignidad indestructible, les da fuerza para levantarse de la humillación o el desaliento, les ayuda a encontrarse con lo mejor de sí mismos.

Otros no pronuncian la palabra «Dios», pero experimentan una «confianza fundamental» que les hace amar la vida a pesar de todo, enfrentarse a los problemas con ánimo, buscar siempre lo bueno para todos. Nadie vive privado del Espíritu de Dios. En todos está él atrayendo nuestro ser hacia la vida. Acogemos al «Espíritu Santo» cuando acogemos la vida. Este es uno de los mensajes más básicos de la fiesta cristiana de Pentecostés.

José Antonio Pagola

viernes, 3 de junio de 2022

HERMANO SOL

El día veintiuno de junio es el día más largo en cuanto a horas de luz se refiere. Coincidiendo con el solsticio de verano, en el hemisferio norte se celebra el día internacional del sol. Se nos recuerda así la importancia que tiene el astro rey para nuestra vida y para la vida en el planeta Tierra.

Es vida, y sin él la Tierra no sería habitable. Es la estrella más cercana a la tierra en torno a la cual giran los planetas del sistema solar. El sol no solo es importante, sino también es fundamental. Es la fuente de energía más grande para todos los seres vivos. Energía limpia e inagotable, que proporciona calor y luz. Cada vez estamos más sensibilizados sobre la importancia que tiene para nuestra vida y como fuente de energía renovable que nos permita contaminar cada vez menos y cuidar nuestra casa común.

Muchas culturas han celebrado a lo largo de la historia sus ritos en torno al sol. De hecho, la festividad de San Juan, próxima a este día, se cristianizó, y sus hogueras tienen su origen en estas fiestas paganas del culto al Sol.

El Sol en la espiritualidad franciscana ha tenido y tiene un lugar especial. Desde niños aprendimos a llamarlo hermano, “hermano sol”, como lo llamaba Francisco de Asís, a él y a todas las criaturas en su Cántico de la Criaturas o Cántico del hermano sol, por ser la primera criatura citada en tono de admiración. Además, la primera película de San Francisco que recordamos también tiene por título “Hermano Sol, Hermana Luna”. Tal vez sean estos los primeros “documentos” que nos ayudaron a conectar con la visión franciscana de la vida. En ellos aprendimos de Francisco su visión de Fraternidad Universal, vinculada al amor a la creación. Francisco es el primero que en el cristianismo emplea el apelativo de hermano o hermana para las criaturas inanimadas, ampliando el sentido de hermandad que en el Nuevo Testamento se emplea solo para las personas.

Muy pronto también aprendimos que las palabras de San Francisco fueron escritas al final de su vida mientras se encontraba casi ciego y enfermo. A través de su sufrimiento San Francisco compuso este himno de alabanza a Dios por todas las maravillas de la Creación. El Cántico es la música de fondo que acompaña a Francisco a lo largo de su vida. Francisco se expresa a sí mismo al tiempo que hace de sus palabras una expresión de la armonía del mundo. Todo canta el poder, la belleza y la bondad de Dios, el mundo se muestra bello en su simplicidad, las criaturas existen de manera gratuita, ajenas al deseo de poseer.

El grupo musical español Mecano también cantó al hermano Sol. Hacemos nuestro el deseo que expresa el estribillo de su canción:

Hermano Sol, hermana Luna
que nada nunca me separe de los dos.
Hermano Sol, hermana Luna
que nada nunca me separe de mi Dios.


Benjamín Echeverría, capuchino

martes, 31 de mayo de 2022

ES TIEMPO DE ABRAZAR

Una vez nacemos y llegamos a este mundo una de las primeras cosas que vivimos es el abrazo de nuestros seres queridos, el cual se nos regala para sentir su amor hacia nosotros, para darnos una calurosa bienvenida, a partir de ese momento abrazamos y nos abrazan todo el rato.

Es de los gestos más sencillos pero, ¿cuántos significados puede tener un abrazo?

Abrazamos para dar las gracias, para dar la enhorabuena, abrazamos para consolar a quien está triste, para hacerle sentir a alguien que no está solo, abrazamos para apoyarnos ante una dificultad o fracaso, abrazamos para demostrar amor, cercanía y empatía, abrazamos para saludar o despedir a alguien, abrazamos para hacer sentir en casa o para transmitir que todo va bien, en definitiva abrazamos continuamente, tanto que a veces pierde su significado y se convierte en un gesto rutinario y mecánico cuando lo hacemos de forma rápida y vacía.

La pandemia nos ha demostrado que necesitamos afecto, necesitamos sentirnos queridos, entrar en contacto con aquellos a los que queremos, recordando así que en los abrazos silenciosos pueden estar contenidas todas las palabras y todas las expresiones del alma que no hemos sido capaces de expresar de otra manera. Es en ese momento cuando deseamos que el abrazo nunca termine, que dure para siempre, porque son una conexión entre almas, una fusión que deja una huella imborrable tanto en el corazón que los recibe como el que los da.

Abracemos cuando no sepamos qué decir, los abrazos mejoran nuestra autoestima, nos animan, reducen el estrés, nos hacen sentir queridos, son beneficiosos tanto a nivel emocional como a nivel fisiológico.

El libro de Eclesiastés nos dice: “Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol: un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado; un tiempo para matar y un tiempo para curar, un tiempo para demoler y un tiempo para edificar; un tiempo para llorar y un tiempo para reír, un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar; un tiempo para arrojar piedras y un tiempo para recogerlas, un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse (…).”

Hay un tiempo para todo, ¿por qué perderlo pensando en aquello que pudimos hacer y no hicimos? Abracemos con sentimiento, no nos privemos de esa conexión sanadora y reparadora que siempre aparece en el momento que más lo necesitamos, abracemos con sentido, abracemos con corazón.

¿Y tú como quieres abrazar?
Irene Guillén

martes, 24 de mayo de 2022

JUSTICIA Y COMPASIÓN

La solidaridad que conlleva la fe cristiana, y en ella la espiritualidad franciscana, nos hace mirar el mundo con mayor profundidad. Francisco de Asís vivió en propia persona la gran misericordia que Dios tuvo con él. Así lo dice en sus escritos. Esta experiencia le empujó a ser misericordioso en su relación con los demás, sobre todo con los más pobres y necesitados. También nosotros, si vamos descubriendo la misericordia que Dios nos tiene, iremos mirando a los demás con mayor hondura en una doble dirección.

Por una parte esa mirada será más compasiva. Es decir, nos haremos cargo de la fragilidad de tantas y tantas personas. Nos dejaremos conmocionar por el sufrimiento de los demás. Esta capacidad de dejarse tocar por el sufrimiento ajeno se va adquiriendo poco a poco. Lo normal es escapar de estas realidades, no mirar, no querer ver nada de esto para que no me moleste ni me incomode. Nuestra sociedad tiende a alejarse de los sufrientes. La mirada compasiva, en cambio, nos hace más receptivos, más capaces de empatía.

Por otra parte también se aguza el sentido de justicia frente a tantas injusticias vistas como naturales en nuestra sociedad, y que son generadoras de sufrimiento y modos de vida insanos para muchas personas. La misericordia de Dios hacia cada uno de nosotros nos abre los ojos para ver que el mundo no está bien, que hay mucho que cambiar y que mejorar. Nos empuja a denunciar injusticias y males que muchas veces se maquillan en nuestro mundo.

Ahondar en esas dos dimensiones es imprescindible para avanzar y dejarse llevar por la espiritualidad franciscana. De esta profundización en la mirada sobre el mundo y las personas en ella podremos dar pasos de misericordia y de justicia. Sin misericordia la justicia se vuelve fría y la misericordia sin justicia queda en solo sentimiento sin efectos saludables para los sufrientes.

Carta de Asís, mayo 2022