jueves, 3 de enero de 2019

UNA BOLA GIGANTE DE NAVIDAD

En Navidad, me gusta pasear por las calles simplemente viendo a la gente, las luces, los escaparates. Este año me he fijado en un adorno nuevo para mí. Es una bola de Navidad gigante, que está en el suelo, hueca y en la que te puedes meter dentro. También hay otra versión: es un árbol de Navidad que está en varias ciudades, en el que también es posible entrar porque el interior está vacío, y una vez allí puedes pedir un deseo.

Me parece que cualquiera de estos dos motivos ornamentales es una metáfora de una forma de vivir la Navidad que va creciendo. Son bonitos estos días por la luces, los regalos, el entusiasmo de los niños, el descanso del trabajo, tener más tiempo para la familia, los encuentros con parientes y amigos, etc. Pero ¿qué sustenta todo eso? ¿Qué sostiene esa esperanza que surge en Navidad si no dejamos que Dios entre en nuestras fiestas? Como el árbol o la bola navideña gigante, que están cubiertos de luz y color por fuera, pero huecos por dentro, nos puede ocurrir a nosotros con la Navidad. Que se convierta en una alegría sin motivo alguno más allá de las compras; que nos conformemos con la ilusión que vemos en los ojos de los niños, pero que nosotros ya no tenemos; que aspiremos solamente a un descanso vacacional que no transforma nada; que llenemos la casa de regalos pero no confiemos en el regalo que es cada instante de la vida; que el regocijo de las comilonas se convierta en vacío después de la siesta; que en el brindis de Nochevieja haya sólo buenos deseos pero sin esperanza profunda; que los anuncios que nos emocionan sean sólo estética y sentimentalismo sistemáticamente programados; que ayudemos o demos limosna porque parece que toca, porque “es Navidad”.

En cambio, si dejamos sitio en nuestra posada al Dios que viene, todo, absolutamente todo queda sostenido por él; nuestros vacíos se aceptan serenamente en su presencia; nos podemos permitir el lujo de tener esperanza porque tenemos su garantía; la ilusión de los niños es también la nuestra porque creemos en su magia; el escepticismo se va desdibujando y convirtiendo en certeza de vida; cada encuentro con otra persona es susceptible de convertirse en algo sagrado. Dios nos muestra el color de la existencia y entonces sí, las luces, los adornos, los regalos, las comidas quieren celebrar algo más que a ellas mismas, quieren festejar la Vida que se nos regala, el Dios que se nos hace compañero de camino, el hermano que tiene algo de Dios.
Javi Morala, capuchino

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