La humildad de Francisco no nació de sentirse pequeño, sino de reconocer la verdad de lo que era: un hombre amado, frágil y lleno de deseo de bien. Él descubrió que la humildad no es rebajarse, ni negarse el valor, ni aceptar que somos menos; es más bien mirar con honestidad lo que llevamos dentro, sin exagerarlo ni esconderlo.
Vivir con humildad significa aceptar con serenidad nuestras luces y nuestras sombras. Significa comprender que necesitamos a los demás, que no podemos solos, que nadie nace sabiendo amar. Francisco vivía desde esa verdad: escuchaba incluso a quienes pensaban distinto, aceptaba correcciones sin enfadarse y sabía pedir perdón cuando fallaba.
La humildad es la puerta de la libertad interior. Cuando dejamos de aparentar lo que no somos, empezamos a construir relaciones más sinceras. Cuando no nos creemos superiores, aprendemos a caminar con otros. Y cuando no nos sentimos inferiores, nos atrevemos a dar lo mejor de nosotros.

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