De la leyenda de Los tres compañeros: Era su vivo deseo que tanto él como los hermanos abundasen en aquellas buenas obras mediante las cuales el Señor es alabado. Y les decía: «La paz que anunciáis con los labios, tenedla aún más abundante en vuestros corazones. No provoquéis a nadie a la ira ni al escándalo, sino que todos sean atraídos a la paz, a la bondad y a la concordia por vuestra mansedumbre».
En el Testamento, Francisco recuerda la misión recibida del Señor: «El Señor me reveló que dijéramos este saludo: “El Señor te dé la paz”». Es mucho más que un deseo o una estilo formal de saludo: es un programa de vida y un compromiso de evangelización. Al inicio de su nueva vida, encontramos a Francisco, aquí mismo en la Porciúncula, participando en la Eucaristía, escuchando la Palabra evangélica del envío de los discípulos a predicar, llevando el saludo de paz a donde se dirigían. Se hace explicar de inmediato por el sacerdote la Palabra escuchada y exclama: «¡Esto quiero, esto pido, esto anhelo hacer con todo el corazón!». El saludo y el anuncio de paz son un mandato confiado a los discípulos, a la Iglesia -que Francisco siente como algo urgente para sí mismo y nos transmite a nosotros- y también son el saludo de Cristo Resucitado dirigido a los discípulos en el momento en que estaban “encerrados en sí mismos por el miedo”, vinculando dicho saludo con la tarea de la reconciliación. He aquí la clave para construir la paz: el valor del perdón, de la reconciliación, de la misericordia. Francisco es portador de un don que viene de lo alto, del Señor, y es consciente de ser su mediador. Aprendamos también nosotros a ser operadores y portadores de paz, especialmente cuando se necesita el valor evangélico de lo aparentemente inútil. (Roberto Genuin, Ministro General de los Capuchinos)

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