sábado, 11 de marzo de 2023

ANTES MUERTA QUE SENCILLA POR DENTRO

«Antes muerta que sencilla», escuchábamos hace unos años en una canción de no sé qué personaje del mundo de la canción. Nunca me gustó el mensaje y siempre estuve en desacuerdo y más aún cuando la vida te va poniendo por delante ejemplos de individuos que están tan adornados por abalorios externos que parecen árboles de navidad. Y no me refiero solo a la apariencia externa, sino a los atributos de personalidad que se van desarrollando en la vida y que hacen de nosotros seres humanos con una carcasa que no deja ver ni un ápice de nuestra esencia.

A mí también me pasa. Este mundo tan aparente, contradictorio, complicado, ha ido llenando mi vida de prisa, de ruido, de falta de conexión. Me ha hecho complicada, con la necesidad de un gran folleto de instrucciones para poder entenderme a mí misma cuando la vida aprieta y como no logro entenderme ni aceptarme, entonces me agobio y viene la ansiedad. Y es que se me olvidó lo más sencillo de esta vida: respirar y respirar… en Dios.

Cuando Jesús en los últimos días de su vida se vio envuelto en la aventura de tener que entrar en Jerusalén para celebrar la Pascua, buscó la manera más sencilla de hacerlo, otra cosa es que la gente se lo complicara. Sin hacer alardes, sin aparentar lo que no era, aceptó montar su vida en un burrito y fluir con el clamor del pueblo. Dejarse hacer, bailar con lo que tocaba… sin juzgar la pretensión de la gente, a pesar de saber que sería una razón más para las autoridades de Israel para condenarlo a muerte. El gesto no fue gratuito pero hasta ahí se vislumbra claramente la forma sencilla de vivir de Jesús.

Así que volviendo al principio, para esta Cuaresma, antes sencilla, que muerta por dentro víctima del juicio, la apariencia, el autoengaño y la desconexión. No sé si lo conseguiré pero es un comienzo.

Clara López

jueves, 9 de marzo de 2023

TRES VERBOS PARA ESTA CUARESMA

En esta Cuaresma quisiera invitaros a reflexionar sobre tres verbos que nos pueden acompañar durante este camino que lleva a la Pascua. Estos verbos son: volver, mirar y amar.

Volver: en el Antiguo Testamento, cuando se habla de la conversión se suele utilizar una palabra hebrea que significa «volver». Este verbo lo encontramos en un precioso texto del segundo capítulo del libro del profeta Oseas. Oseas explica que Dios ama a su pueblo apasionadamente. Sin embargo, este amor no es correspondido. Pese a esto, Dios jamás pierde la esperanza de que algún día su pueblo regresará a Él. Para ello lo invita a volver a la fe que vivió en el desierto durante el tiempo del éxodo de Egipto. También a nosotros nos puede pasar lo mismo con Dios. Él nos ama de todo corazón, pero no siempre le correspondemos. Dios nos invita a volver a Él para ofrecernos su amor y compartir con nosotros su alegría. Dios no se cansa nunca de perdonarnos.

Mirar: Dios nos invita a mirar como Jesús miraba. Solo así vemos a cada ser humano, especialmente a aquel que es más vulnerable, como un regalo para nuestra vida. Dice el profeta Samuel que el hombre ve solo lo que está delante de sus ojos y que, en cambio, el Señor mira el corazón (cf. 1Sam16,6). Así nos contempla Jesús. Su mirada siempre va más allá de las apariencias. Él nos ve como frágiles vasijas de barro que, a través de sus grietas, dejan ver el amor de Dios.

Amar: estos días de Cuaresma podemos orar y pedir a Dios que purifique nuestro corazón para que podamos amar a los demás como lo hacía Jesús. El apóstol Pablo nos lo dice con estas bellas palabras: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo» (Flp 2,5). Los evangelistas recogen en muchas ocasiones el amor incondicional de Jesús por sus discípulos. Él les ama fielmente a pesar de sus caracteres, sus errores, sus impaciencias, sus dudas, su abandono e incluso su traición.

Cardenal Juan José Omella

martes, 7 de marzo de 2023

RATIO FORMATIONIS: EL SENTIDO

Dios, amando, crea al ser humano y le invita a vivir, le regala la libertad, otorgándole de este modo la capacidad de construirse a sí mismo (1R 23,1). Esta lógica de la creación nos enseña que vivir consiste en asumir la responsabilidad del camino, en dar forma a la propia existencia, tratando de descubrir nuestra vocación: aquello que el mundo está esperando de nosotros, el regalo que el Creador nos da. La vida es don que exige nuestra responsabilidad.

El centro del Evangelio es la forma de vida de Jesús, quien eligió no agotar la propia existencia en beneficio propio, sino viviendo para los demás (Flp 2, 6-11; 2CtaCl 19-20). En él descubrimos que la vida consiste en el arte del encuentro. Jesús, abriéndose a Dios y haciendo de sí mismo una puerta abierta al encuentro con los otros, nos enseña cuál es la paradoja del cristiano: quien guarda la vida la pierde, y quien la da la gana para siempre (Jn 12, 24-25).

¿A quién no le gustaría ser un gran caballero? En su juventud, Francisco no sueña con otra cosa: ser el más grande, el más poderoso, el más admirado. Parece estar en posesión de todas las respuestas, hasta que un día se enfrenta a la guerra y experimenta el sufrimiento y la sombra de la muerte. Los sueños se convierten en pesadillas. Cae prisionero en la batalla de Collestrada y, en la cárcel de Perusa, descubre que el mundo no es como él piensa. A la experiencia de la cárcel, sigue la enfermedad, la crisis y la pérdida de sentido: ante su vista aparecen solo conflictos y enemigos, fragmentos de un mundo roto. Se siente perdido (1C 3; TC 4; 2Cel 4).

Cuando las cosas pierden sentido la vida se llena de miedos, que se adueñan de nosotros y nos impiden saber quiénes somos. Entonces, surgen sentimientos que no conocíamos y que nublan nuestro camino: el ansia de poder, el afán por competir, la tentación de la exclusión. La falta de sentido se convierte en soledad y la soledad, convertida en egoísmo, nos impide ver quiénes somos (2CtaF 63-71). Sin embargo, en el fondo del corazón humano late siempre el deseo de Dios.

viernes, 3 de marzo de 2023

EL CRISTO DE MEDINACELI

Dulce Jesús Nazareno,
que estás mirando, mirando,
mientras sus penas te dicen
miles y miles pasando.

Tu corazón compasivo
a nadie rechaza airado:
todos al verte sentimos
que a todos estás amando.

Volvemos a casa en paz,
con un secreto milagro,
la plegaria que hemos hecho,
tú, Jesús, has escuchado.

Muchos guardaron consigo,
para besar, tu retrato;
tu amor, abrazo y ternura
en mi corazón yo guardo.

Te ofrezco, Jesús, mi vida,
que tú me la has regalado;
quiero seguir tu Evangelio
cual verdadero cristiano.

Gracias, Jesús Nazareno
por el gozo que me has dado:
seré tu testigo fiel
en medio de mis hermanos.

Rufino Mª Grández, capuchino