jueves, 30 de abril de 2015

LA POBREZA

La pobreza es un estado de falta de recursos de cualquier orden para poder vivir y llevar una vida dignamente humana. Nadie queremos ser pobre. Sin embargo, puede que por opciones ideológicas, políticas, morales, etc. vivamos una cierta pobreza y austeridad como un mérito frente a los que no lo son. De hecho, en muchos ambientes, nadie quiere alardear de riqueza sino que lo adecuado es llevar una vida sencilla y sin ostentación. Es más, recordar una época anterior de carestía nos da cierto brillo ante los demás: “Ya sé, ya, lo que es sufrir la pobreza”. Pero en el fondo, de un modo u otro, se utiliza la pobreza para adquirir un cierto grado de virtud. Hay una cierta asociación de pobre y bueno; y rico y malo.
   Sin embargo, la pobreza en Francisco va unida a la humildad; no es un juicio a los ricos por ser ricos, sino una identificación con Jesús que vivió la pobreza de dejar de ser como Dios y vivir la miseria de la vida humana, llena de limitaciones y contradicciones. La pobreza es un desprendimiento de la riqueza, de la posesión, y entrar en el reconocimiento de la necesidad de Dios. Pero esta necesidad de Dios no es sólo interior; la pobreza tiene consecuencias económicas, sociales, relacionales… La pobreza de Francisco es reflejo de la pobreza que vive ante Dios y ante los demás; siempre irá ligada a la humildad de corazón. Así, la pobreza no es arma arrojadiza contra nadie ni una virtud a imitar, sino un momento de la dinámica de la humildad. La pobreza es la cristalización de la apertura a la riqueza de Dios.
   La pobreza es una de las características que más ha estado ligada a Francisco: Francisco pobre y humilde. Pero el referente para Francisco de esta pobreza humilde es Jesucristo, y su programa del Reino: “Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos”. La pobreza de Francisco siempre ha resultado una provocación para todos los que de un modo y otro le tenemos como referente.

Carta de Asís, abril 2015


martes, 28 de abril de 2015

EL SUEÑO DE FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS

Mirando a Francisco y Clara de Asís vamos entendiendo que el verdadero núcleo de su espiritualidad no es ni la pobreza, ni la contemplación, ni la alegría, etc., con ser estos valores centrales de su carisma. Es en el anhelo de la fraternidad universal donde se halla la cota más alta de su mensaje. La certeza, verdadera fe, en que las personas podrían ser hermanas entre sí e incluso con la creación es lo que ha alimentado el sueño más íntimo de la vida evangélica de los hermanos primeros. Así lo han experimentado muchas personas sacudidas fuertemente por la duda de la imposibilidad de ese logro. "Este hombre luminoso, escribe el franciscano E. Leclerc que convivió con la muerte en largos años de prisión en los campos de concentración nazis, puso en mi corazón el sol y, junto con el sol, toda la creación. Yo me he vuelto hacia él y le he preguntado por el secreto de la verdadera fraternidad humana". Quizá ese secreto no sea otro sino aquel que cree en la enorme verdad del valor innegociable de toda persona dotada de dignidad por el amor del Padre.
   Desde ahí quizá sea posible mantener vivo el sueño increíble, y más increíble cuanto más se sufre, de una sociedad sin violencia y sin sufrimiento, sin llanto ni dolor, como dice y sueña Ap 21,4. Francisco y Clara de Asís nos empujan hoy en esa dirección. Y si queremos ir construyendo una acción solidaria de nuevo cuño, quizá haya que adentrarse más en la senda de la inagotable fraternidad que los santos de Asís anduvieron con una decisión que todavía nos estremece.
Fidel Aizpurúa, capuchino


domingo, 26 de abril de 2015

HACIA DENTRO

Desde siempre, la figura del Buen Pastor ha sido una imagen casi estrictamente identificada con los que estando dentro del “rebaño” de Jesús, somos llamados a permanecer en Él con la confianza propia de estar con Aquel que nos ama y los que no lo están poder un día estarlo.
   Pero hoy propongo mirar hacia dentro. Los protagonistas no van a ser los que ya somos cristianos y los que quisiéramos que fueran, sino todos esos afectos, sentimientos, emociones que se mueven dentro de cada uno de nosotros y que muchas veces andan sin pastor, sin saber ni dónde colocarse y nos llevan a una existencia desconcertante y fuera de nosotros mismos.
   Y es que realmente no nos han enseñado a tener una visión y un conocimiento de nosotros mismos más interno que externo y los miedos, juicios y expectativas nos hacen ir por la vida como oveja sin pastor, sin poner las miras en nada en particular y haciendo más uso de una visión parabólica que nos descentra a una visión en línea recta que nos guíe continuamente porque sabemos adónde queremos ir. Aprender a vivir en el presente es clave para ello.
   En el Evangelio podemos observar en cantidad de ocasiones como Jesús dedica la mayor parte de su vida a conocerse por dentro, por lo que actuando con naturalidad en cada momento, se muestra con las emociones que son propias de lo que va viviendo. Todas estas ovejas que conforman su interior van guiadas por un sentir y una intención que en todo momento están claros. Como Él, otras figuras de la historia, aprendieron a tener muy presente su objetivo y guiaron sus ovejas interiores para tal fin. Francisco y Clara, Ghandi, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, son ejemplos claros de personalidades muy fuertes y convencidas de su misión que conociendo a sus ovejas supieron cómo dirigirlas para meterlas en el “redil” del tiempo presente desde la serenidad y el equilibrio.
   En la práctica del Taichi, que humildemente practico, esto es treméndamente interesante y básico. Tener clara la dirección en la que se hacen las distintas técnicas es clave para que el Tao acabe en la dirección en la que se empezó. Una atención al cien por cien en lo que se hace, guardando las ovejas de las preocupaciones, juicios… en el redil para tratar con ellas en el momento que corresponde. Y todo con una sensación de circularidad y equilibrio de saber dónde estamos conectados guían nuestra práctica y no sólo de Taichi sino de nuestra propia vida, un caminar con la seguridad de que nuestro Pastor vive dentro de nosotros y que Él guía para llevarnos a buen puerto.

CLARA LÓPEZ RUBIO

martes, 21 de abril de 2015

PAZ A VOSOTROS

“Paz a vosotros”, no nos puede Jesús decir más. Y nos puede enseñar cien veces las manos , los pies y el costado. Y puede partir el pan para nosotros y puede aparecerse atravesando las puertas… Que si en cada momento no vivimos lo que tenemos que vivir, necesitaremos mil y una pruebas para creer. Paz a vosotros, la que nada ni nadie nos puede quitar, la que procede de una existencia desde la presencia, la que se origina dentro, a la que todos estamos llamados. Cuando esto es así, la mayor experiencia es la de la libertad, porque ya no son necesarios los asideros ni las muletas.
   Si nos damos cuenta, el Evangelio, cada uno de los cuatro, hasta su mitad aproximadamente, está lleno de grandes señales en forma de milagros para hacernos caer en la cuenta de quién es Jesús. Incluso si tomamos el orden de lo que se nos narra en el Evangelio como algo fiable, que sabemos que no es así, de hecho un mismo relato se presenta al principio de la vida de Jesús en un evangelio y al final en otro, nos serviría para darnos cuenta de lo que Jesús necesitaba al principio de su trayectoria espiritual y como se va haciendo ésta cada vez más sencilla, más descargada de todo. Como la propia vida cuando se vive desde dentro. Sólo ya para Jesús es necesario vivir desde dentro sin apegos a nada. Sólo la sensación de que lo que se va gestando sea lo que toca, sin adelantar acontecimientos y sin retrasar.
   Aún así, la vida, de vez en cuando nos va a ir dando pequeños gestos o guiños que nos confirmarán si lo que vamos viviendo apunta a lo que queremos vivir mañana o nos sacan del camino. Para ello, es necesario estar muy atentos a los que se llama “leer los signos de los tiempos”. Ardua pero interesante tarea de la que procede toda sabiduría.

CLARA LÓPEZ RUBIO

domingo, 19 de abril de 2015

¿POR QUÉ HAY DUDAS EN NUESTRO CORAZÓN?

Continúa la liturgia ofreciéndonos testimonios y consecuencias de la resurrección del Señor, del triunfo de Jesús sobre la muerte. Porque Cristo no solo supo morir (eso pertenece al campo de las posibilidades humanas), sino que venció a la muerte y la iluminó. Y esto parece que nos cuesta creerlo, y les costó creerlo ya a los primeros discípulos.
   Tal vez porque lo sabía, quiso dedicar cuarenta días a explicar a los suyos ese camino de gozo por el que tanto les costaba entrar y transitar. No podía resignarse Jesús a la idea de que los hombres, tras su muerte, lo jubilasen y encerrasen en el cielo. No bastaba, pues, con resucitar. Había que meter la resurrección por los oídos, los ojos y el tacto de los suyos. Y habría que hacerlo con la paciencia del Maestro que repite una y otra vez la lección a un grupo de alumnos testarudos.
   ¡Cuánto le cuesta al hombre aprender que puede ser feliz! ¡Qué tercamente se aferra a sus tristezas! ¡Qué difícil le resulta aprender que su Dios es infinitamente mejor de lo que se imagina!
   Eso fueron aquellos cuarenta días que siguieron a la resurrección: una lucha de Cristo con la terquedad y ceguera humanas de los discípulos, ayudándoles a comprender el trasfondo de todo lo que en los tres años anteriores habían vivido a su lado.
   ¿Cómo es posible que los herederos del gozo de la resurrección no lo llevemos en nuestros rostros y brille en nuestros ojos? ¿Cómo es que cuando celebramos la Eucaristía, la prueba de que el Señor vive, no salen de nuestros templos oleadas de alegría? ¿Cómo puede haber cristianos que se aburren de serlo? ¿Cómo entender que miren con angustia a su mundo, persuadidos de que es imposible que las cosas terminen bien?
   “¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón?” No es solo una recriminación a la incredulidad de los discípulos, sino una invitación al análisis. ¿De dónde provenían las dudas de los discípulos? De no haber comprendido el misterio de la cruz, ni antes ni después. Por eso, para deshacer sus dudas, Jesús les invita a verificar su identidad de Crucificado, pues la resurrección no desfigura ni falsea la realidad.
   ¿Por qué surgen dudas en nuestro corazón? Quizá porque no hemos salido de él, de nuestro encasillamiento egoísta.
   A Francisco de Asís se le desvanecieron las dudas al abrazar al leproso… Quien toca o abraza la cruz de Cristo encarnada en los hombres; quien hace la experiencia de amar a Dios como Dios manda, o mejor, como Dios ama, supera todas las dudas de fe. Porque creer es amar, ya que Dios es Amor. Hay que salir de dudas; para eso hay que salir de uno mismo y abrirse a los demás con un abrazo fraterno, como Francisco de Asís.

Domingo Montero, capuchino