domingo, 23 de enero de 2022

ENVIADOS POR EL ESPÍRITU

Tras el Bautismo y la experiencia del desierto, Jesús, fortalecido por el Espíritu y entregado a la misión, regresa a Galilea. En Nazaret, un sábado entra en la sinagoga, lugar de la Palabra, como era su costumbre. Y se ofreció a hacer la lectura del texto sagrado. Una lectura sorprendente e identificadora. Ahí Jesús personaliza, radicaliza y recrea la palabra de Dios. Se identifica como el Ungido y enviado a evangelizar. E identifica su Evangelio, su proyecto: no es un adoctrinamiento ni una moralización de la vida, sino una regeneración de la vida.

Evangelizar es humanizar según el proyecto de Dios (Gén 1,26). Y esa fue la tarea de Jesús, dignificar la condición humana, dando sentido a los sentidos perdidos del hombre; levantar del suelo, abrir los ojos y los oídos, hacer caminar y hasta revivir… Jesús no solo marcó objetivos, no solo diseñó caminos: los anduvo, convertido en acompañante paciente del hombre, cargando con nuestras dolencias (Is 53,4) y pecados (1 Pe 2,24).

Y esta es la primera acción pastoral y educativa: ayudar al hombre, que parece haber perdido el sentido profundo y vive asentado, y a veces prematuramente aparcado, en la periferia de las cosas y de la vida, ayudarle a ver, a oír, a caminar por un mundo cada vez más confuso. En definitiva ayudarle a ser hombre. Evangelizar no es solo, ni sobre todo, predicar, sino hacer explícito a Jesucristo, “visualizarlo”. Y un criterio para evaluar el nivel evangelizador de una praxis pastoral/educativa es evaluar el nivel de humanidad que genera.

La Palabra de Dios, y singularmente el Evangelio, es un hontanar de humanidad, en el que puede saciarse el hambre y la sed de ser hombre a poco que se afine la sensibilidad y la capacitación para leer su mensaje humanizador en unos textos que, si bien envueltos a veces en un lenguaje para nosotros culturalmente lejano mitológico, son un modo de ilustrar dramáticamente el problema existencial del hombre.

Pero existe el peligro de que atendamos más a la defensa de los propios intereses y de posiciones adquiridas que a la escucha abierta de la Palabra del Señor. Por eso los que en nuestra profesión de fe nos referimos a Cristo como a nuestro principio de identidad reconociendo un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre, nos encontramos divididos por razones de tipo disciplinar y doctrinal, difíciles de valorar objetivamente, pero que no dejan de interrogar a los no cristianos y, sobre todo, no deben dejar de interrogarnos.

Los que estábamos llamados a formar un solo cuerpo, nos hemos dividido, blandiendo textos bíblicos, los unos contra los otros. De modo que hoy lo importante ya no es el sustantivo cristiano, sino el adjetivo que a continuación se coloca. Así "anuláis la Palabra de Dios por vuestras tradiciones" (Mt 15,6).

Estamos celebrando la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, y el fragmento de la 1ª Carta a los Corintios nos recuerda que “Todos hemos sido bautizados en el mismo Espíritu para formar un solo cuerpo” (2ª lectura). Hemos de orar y vivir el proyecto del Señor: “Padre, que todos sean uno, como tú y somos uno…, para que el mundo crea” (Jn 17,20-26). Así seremos testigos creíbles del Evangelio.

REFLEXIÓN PERSONAL
  • ¿De qué soy yo mensajero?
  • ¿Siento al otro como “hermano” y “miembro” del cuerpo de Cristo?
  • ¿Cómo “leo” la palabra de Dios?
Domingo Montero, capuchino
 

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