domingo, 6 de junio de 2021

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

La representación de lo sagrado está muy presente en la cosmovisión indígena, sobre todo a través de símbolos y elementos de la naturaleza. Un ejemplo de ello lo encontramos en el “Altar Maya”, realizado sobre todo en Centroamérica. Éste de ordinario es preparado frente al altar de la misa, con flores y velas de colores, según los cuatro rumbos del universo, y con frutos de la tierra. Llama la atención que después de las diversas oraciones, dirigidas según los puntos cardinales, todos se dirigen al centro del “Altar Maya” y se eleva una oración para aclamar a Jesucristo, “corazón del cielo y corazón de la tierra”, en quien se unen lo humano con lo divino, el cielo y la tierra, centro de la vida cristiana y corazón de la celebración (Cf. F. Arizmendi). Algunas veces el “Altar Maya” también es preparado para la adoración del Santísimo Sacramento. Así, se unen los símbolos y oraciones, expresión holística de la realidad, a la presencia Eucarística de Jesucristo. He querido compartir esta experiencia, propia de mi cultura, porque considero que expresa claramente el valor de la naturaleza y del cosmos en el Misterio eucarístico. Aspecto que reflexionaremos en este espacio, dentro del marco de la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. 

El Evangelio de este domingo nos presenta el más precioso don que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia: el Misterio eucarístico (Cf. EE 9). Desde aquella última cena, y a lo largo de los siglos, en el humilde signo del pan y el vino, Jesucristo nuestro Señor sigue entregando el don de sí mismo, de su persona, de su Cuerpo y su Sangre: 

«Tomad, esto es mi cuerpo… esta es mi sangre» (Mc. 14, 22-23). Es realmente asombroso considerar que el pan y el vino, frutos de la tierra y del trabajo humano, han sido los elementos elegidos por nuestro Señor para perpetuar su presencia viva entre nosotros. La encíclica Laudato sí’ expresa esta excepcional verdad: «El Señor, en el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo a él» (LS 236). Y así es, nada más cierto y hermoso, tener a Jesucristo presente bajo las apariencias de pan y vino, y más aún, comiéndolo en las especies consagradas. Esto es así, sin más explicación, Jesucristo está realmente presente en la Eucaristía. «No veas -exhorta San Cirilo de Jerusalén- en el pan y el vino meros elementos naturales, porque el Señor ha dicho expresamente que son su cuerpo y su sangre: la fe te lo asegura, aunque los sentidos te sugieran otra cosa» (EE 15).

La toma de conciencia sobre la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino consagrado no hace más que elevar nuestro pensamiento y preguntarnos: ¿cómo no abrazar a la creación de un modo distinto? Desde nuestra fe en la Eucaristía no sólo podemos valorar aún más el mundo creado, sino unirnos a la creación y dar gracias al que nos ha creado. Se puede decir que en la Eucaristía nos hermanamos realmente con todo el cosmos en una única alabanza, porque «Unido al Hijo encarnado, presente en la Eucaristía, todo el cosmos da gracias a Dios» (LS 236). Así también el gran Misterio de la presencia real de Cristo en los elementos naturales, en el que Cristo abraza y penetra todo lo creado, es fuente de luz y motivación para nuestras preocupaciones por el ambiente (Cf. LS 236). Para finalizar, te propongo hacer un ejercicio sencillo: cuando participes en la Eucaristía sé extremadamente consciente del momento en que el sacerdote consagra el pan y el vino. También puedes visitar a Jesús sacramentado en tu parroquia, o en algún templo que te quede cerca o de camino. En tu visita eucarística sé consciente de estar unido a todo el cosmos en la alabanza al Creador, y da gracias a Jesucristo, que a través de los elementos naturales, se ha hecho tu compañero y tu alimento.

Hna. Gladys de la Cruz Castañón

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