Como dicen los lingüistas, Navidad y silencio es un oxímoron, una contradicción. A la Navidad parece irle mejor el bullicio, la alegría desbordante, el alborozo. Por eso, plantear una reflexión queriendo mezclar Navidad y silencio no parece la mejor opción.
Pero la cosa se complica cuando reconocemos, tras muchas Navidades vividas, que, con frecuencia, el ambiente festivo de las Navidades se queda en cosas muy superficiales (cantos, regalos, fiestas, etc.). Entonces brota la pregunta: ¿no será un camino para vivir de modo ahondado la encarnación recurrir a la vieja herramienta del silencio? ¿No se podrá entender y vivir mejor desde el silencio el “misterio abrupto” de la Navidad? ¿Puede tener recorrido plantear la Navidad como un itinerario de silencio?
Demasiado fácilmente decimos que el misterio de la encarnación es el silencio de Dios que habla en Jesús. Siendo esto así, ¿no será el silencio una buena propuesta para adentrarse en ese silencio de Dios? Y para escuchar al Dios que habla en el silencio ¿no será necesario bajar el nivel de ruido, de estímulos externos, de extroversión?
Quisiéramos plantear la Navidad de este año como un itinerario de silencio para ahondar más en la Navidad, para vivir con gozo la encarnación del Señor. No creemos estar fuera de onda con un planteamiento así. Para aceptarlo es preciso estar animado a adentrarse en los caminos de una fe adulta y cultivada. De lo contrario, esto no resultará. Que podamos entrar por las sendas de la Navidad desde la hermosa espiritualidad de un silencio habitado.
Señor Jesús, ponemos en tus manos nuestras propias familias, con sus alegrías y también con sus dificultades. Enséñanos a amar como Tú amas, a dialogar sin miedo, a perdonar cuando cuesta y a cuidar unos de otros con gestos sencillos pero sinceros.
Que María nos enseñe a confiar en Dios incluso cuando no entendemos todo, y que José nos inspire a ser responsables, valientes y fieles en lo cotidiano. Ayúdanos, Señor, a ser jóvenes que construyan hogares llenos de respeto, fe y esperanza, donde tu presencia sea el centro y el amor sea siempre más fuerte que cualquier problema. Amén.
Tu venida, Señor, rompe nuestros esquemas. Tu encarnación nos invita a aceptar con responsabilidad y gozo nuestra condición humana.
Este es el tiempo de Dios-con-nosotros del calor en el corazón y en los hogares y de la ternura desbordada.
Es también nuestro tiempo, el tiempo de todos, sin excluídos, pues todos somos hijos, hijas.
Si es así, Jesús, ven a nuestras casas esta Navidad, ven a nuestra familia, ven a nuestra ciudad, ven a nuestra parroquia, ven a nuestros grupos, ven a nuestro mundo... Y ven, antes que nada, a nuestro pobre corazón.
¡Feliz Navidad! Dios mismo nos ha anunciado la Buena Noticia del nacimiento de su Hijo, para que no lo dudemos. Acerquémonos a Belén y dejémonos llenar por el amor infinito y gratuito que Dios nos tiene.
Las palabras de esta canción de José Luis Perales nos introducen, un año más, en el espíritu navideño con el que deseamos vivir estas fechas al finalizar el año. Son las fiestas más tradicionales y familiares en todo el mundo, que en España continúan hasta el 6 de enero, día mágico de la Epifanía o de los Reyes Magos.
Aunque la sociedad nos vaya imponiendo cierta manera de vivir la Navidad o cuestionemos ciertas formas de celebrarla, también reconocemos que hay una serie de asuntos y momentos agradables que compartir en familia y con las personas más cercanas o más olvidadas. Desde finales de noviembre, es habitual que las ciudades iluminen cada noche sus calles con colores y motivos navideños y disfrutemos de ellas en nuestros paseos nocturnos. Para entonces, otra de las cosas que vamos compartiendo en este tiempo es la lotería de Navidad. Infinidad de parroquias, asociaciones, cofradías, etc, la utilizan como cauce de ayuda y solidaridad. Compartimos ilusiones y deseamos que nos toque “el gordo” o un buen premio para “tapar algún agujero”, para echar una mano o salir de algún apuro.
En Navidad compartimos también la mesa, en Nochebuena, en Nochevieja, en los días de fiesta con esas elaboradas comidas tradicionales llenas de sabor navideño. No siempre es fácil sentarnos a la misma mesa con los cercanos ni con los lejanos. Pero hacemos ese esfuerzo de encontrarnos, que nos hace más hermanos y más humanos y solidarios. Compartimos también las uvas a las doce de la noche, a ritmo de las campanadas que marca el reloj de la Puerta del Sol, con las que damos la bienvenida al nuevo año. Compartimos también regalos. Nos los traen distintos personajes autóctonos o de fuera, que entran por las ventanas, balcones y chimeneas de forma mágica. Aunque la tradición ha hecho de la noche de Reyes una noche especial. Noche de ilusión para grandes y pequeños.
Cada uno tenemos nuestra propia experiencia navideña. Pero está claro que el impacto del acontecimiento del nacimiento de Jesús, o de la Encarnación de nuestro Dios fue tan grande, que nunca se ha olvidado. Después de más de dos mil años todavía es recordado y celebrado, de una u otra forma, en todo el mundo. Esa es la magia de la Navidad, el espíritu de la Navidad que nadie ha conseguido todavía destruir: un aura bienhechora que es preciso conservar, pues nos hace más humanos.
Los cristianos celebramos la presencia de Dios en nosotros, entre nosotros y con nosotros. Celebramos su amor. Ha querido hacerse uno de nosotros y nos quiere. Esa es la Buena Noticia, su Evangelio. El papa León nos recuerda en su primer gran documento titulado “Dilexit Te” (Te he amado) “que el Evangelio sólo se anuncia bien cuando llega a tocar la carne de los últimos, y advirtiendo que el rigor doctrinal sin misericordia es una palabra vacía” (DT.48)
La palabra transita la ciudad. El anuncio que llega y que bendice evapora el olor de los desechos, las calles se hacen luz los amantes se aman y los niños y niñas juegan rondas. Cada tarde en la esquina la estrella nos convoca a un tiempo nuevo un mundo por hacer en nuestras manos… y los deseos florecen como gotas de la lluvia.
Dando por supuesta la marcha de cada día, lo asociamos a lo rutinario, lo ordinario, lo aburrido, lo que no llama la atención. En nuestra cultura, teniendo como modelo a seguir la dinámica juvenil, brilla lo nuevo, lo original, lo diferente, lo divertido, lo extraordinario. Por ello, lo de cada día se sobrelleva como cada uno pueda. Y lo que se espera son las vacaciones llenas de viajes, lugares nunca antes visitados, nuevas personas a conocer…
A medida que vamos haciéndonos mayores y las oportunidades para una vida juvenil descienden, o los compromisos familiares y existenciales aumentan, parece que lo de cada día va adquiriendo mayor presencia. Este cambio se puede vivir como una merma en la vida, una merma para ser uno mismo, etc. Pero quizá sea la gran oportunidad para descubrir la gran novedad del día a día. Y la gran novedad no está quizá en lo externo, sino en la nueva mirada que puedo ir adquiriendo sobre lo que me toca vivir.
En el día a día se viven las mismas realidades de siempre, pero puedo ir viendo que cada día trae algo diferente en mí y en los demás que va marcando el paso de la vida. Son cosas pequeñas pero significativas: un nuevo dolor, una nueva manera de mirar a la persona que quiero, un suceso inesperado al vecino de al lado, un olvido, un recuerdo olvidado, un nuevo amanecer irrepetible… Son las cosas de siempre pero que se dan una sola vez cada día. Para este cambio es necesario ejercitar la paciencia, esa virtud nada brillante pero que lo cambia todo, porque nos hace vivir de un modo nuevo, con mayor hondura y paz lo que aparentemente es lo de siempre, cada día.
Y desde la fe, el cada día es uno de los mayores motivos de agradecimiento a Dios por su amor de cada día.
Dice el Bautista que Jesús nos bautizará con Espíritu Santo y fuego. Dejamos lo de “fuego” porque eso pertenece a la espiritualidad del Antiguo Testamento. Jesús seguirá la línea del amor.
Nos interesa lo otro: ¿Qué es un bautismo con Espíritu Santo? A casi todos nosotros nos bautizaron en edades de las que nada recordamos. Y, además, tampoco hemos hecho mucho por recuperar la espiritualidad del bautismo, siendo así que es la fuente de todos los sacramentos y el cimiento de la vida cristiana. Por eso creemos que es pertinente la cuestión: ¿Cómo vivir mi bautismo con Espíritu Santo?
Recupera tu bautismo: pregunta la fecha, celébrala porque es el día de tu nacimiento a la fe. Pide una fotocopia de tu partida de nacimiento en el despacho parroquial y ponla en un cuadrito.
Sé consciente del valor de tu bautismo: cae en la cuenta de que es el cimiento de toda la vida cristiana, lo que te abre las puertas a los grandes socorros de la Iglesia, lo que te hace hermano/a de los demás cristianos.
Vive como un bautizado: es lo más importante: que tus acciones sean las de un cristiano, las de un bautizado. No digas que estás bautizado y luego actúas como si no lo estuvieras, lejos de los criterios evangélicos. Que tu manera de vivir no niegue tu bautismo.
Adviento puede ser un tiempo bueno para redescubrir el valor de nuestro bautismo. Pide a Dios que te haga consciente y que te haga consecuente. Y recuerda que vivir como un bautizado con Espíritu Santo, con el espíritu de Jesús, es trabajar sin desfallecer por una vida humana más fraterna y solidaria.
Si los cristianos fuésemos conscientes de ello y viviéramos como bautizados con el Espíritu de Jesús hasta las relaciones cambiarían, nuestro país no sería el que es. Comencemos la tarea o sigamos en ella sin desfallecer. Nos lo demanda el evangelio.
La voz de los profetas habita la ciudad se hace grande en la historia, la voz de los profetas nos llena el corazón de pasajes abiertos de caminos de amor y de justicia. La voz de las profetas atraviesa los siglos destruye las distancias remienda las heridas… La voz de las profetas nuevos ciclos de vida que arraiga en un portal.
Los Capuchinos de España estrenamos el pasado domingo “Adviento Directo”, un formato audiovisual para vivir el tiempo de Adviento que combina creatividad, espiritualidad y lenguaje digital, con una estructura inédita hasta ahora en las redes capuchinas.
La serie contará con cinco emisiones -los cuatro domingos de Adviento y Navidad- y seguirá el recorrido simbólico de la estrella de Belén, presentada en clave franciscana como la “hermana estrella”, en el marco de la celebración del 800 aniversario del Cántico de las Criaturas.
El formato está conducido por un presentador generado con inteligencia artificial, que aporta unidad, estética televisiva y continuidad narrativa a lo largo de toda la serie. Junto a él, participan jóvenes vinculados a la Pastoral Juvenil, a los Colegios y a la Fraternidad Capuchina, que actuarán como reporteros desde distintos puntos del país, simulando el “camino de la estrella” hacia Belén… hasta contar con un “enviado especial” en Tierra Santa.
La campaña busca acompañar el camino hacia la Navidad a través de un lenguaje breve, visual y accesible, conectando con todas las personas que siguen la vida de la Provincia por redes sociales y con aquellos nuevos seguidores que lo descubran por primera vez en este tiempo.
Los capítulos se publicarán cada domingo de Adviento (y en la Navidad) en los perfiles oficiales de los Capuchinos de España:
La fe puede vivirse de manera despierta o dormida. Una fe despierta es aquella que se sigue cultivando, que se interesa por mezclar la fe a lo que vamos viviendo en la sociedad, una fe interesada por el misterio de Dios y por el misterio de la persona. La fe despierta se renueva cada domingo en la celebración eucarística vivida como una fiesta. Una fe dormida es una fe que se ancla en lo de siempre, que repite las plegarias como un papagayo, que se refugia en ideas viejas diciendo que son las auténticas. Una fe dormida es una fe alejada del hecho social. Estamos llamados a vivir una fe despierta. ¿Cómo hacerlo?
Vive despierto/a relacionándote bien: porque si la relación no es buena entramos en un período de sueño y de aturdimiento. La buena relación nos despierta al gozo vital y a una fe llena de sorpresas.
Vive despierto/a contribuyendo a la paz familiar: porque la paz familiar es el cimiento para vivir interesado por el amor. Si no somos capaces de vivir la familia de manera despierta y consciente de su fuerza vital, ¿cómo vamos a entender la familia de la fe como algo realmente interesante?
Vive despierto/a interesándote por la paz social: que los problemas sociales no te sean ajenos y que tengas sobre ellos una mirada benigna y compasiva. Esa es la fe del evangelio.
Este comienzo de Adviento es un buen momento para proponerse vivir una fe despierta, para alejarse de la rutina que lo hace todo gris e irrelevante. Que la Palabra nos saque de nuestro letargo y que el recuerdo de Jesús sea acicate para una fe vigorosa.
Ya tocan las campanas de un mundo diferente la armonía se asoma a la ventana con anuncios de paz y de alegría. Bailaremos la danza del abrazo y la cena de hermanos que redime la cena miserable de Vallejo y el camino cuyo polvo atraviesa las miradas de angustia. El lobo y el cordero entrelazados anuncian nuevos días y el tambor armoniza las mañanas.
Dice el texto evangélico de este domingo y puesto en boca de uno de los crucificados que “este no ha hecho nada malo”. Jesús pasó haciendo el bien, fue un “Maestro bueno”. Por eso mismo, podríamos definirlo como un rey bueno.
Ser un rey bueno, bien lo vemos, no es fácil porque a nadie le resulta fácil ser bueno. Llevamos dentro un enemigo que hay que controlar, reorientar, trabajar. Ser bueno pude parecer poca cosa pero es un ideal divino porque, sencillamente, el Dios de Jesús es un Dios bueno. Por eso, el extraño reino de Jesús es el de un Jesús bueno, de personas buenas, el de quienes alimentan el caudal de bondad que sostiene el mundo.
A veces nos convendría medir el vigor de nuestra fe no por parámetros religiosos (la oración, el amor a la eucaristía, etc.), cosa que está muy bien, sino por parámetros antropológicos: sirves al otro, eres seguidor/a de Jesús; te relacionas bien, eres seguidor/a; crece en ti la bondad, eres seguidor/a; Si ves que, con los años, tu bondad no crece y cada vez te apuntas más al lado oscuro de las cosas, es señal de que el evangelio no está haciendo su obra. Hay que trabajar.
La vida de Francisco comenzó a cambiar el día en que descubrió que lo que estaba buscando no se encontraba en los privilegios ni lujos de su época. Se dio cuenta de que el corazón se vuelve torpe cuando está lleno de cosas materiales que no necesita, de preocupaciones por querer impresionar, de apariencias que quieren disimular vacios personales.
Para Francisco, la sencillez no consistía en vivir sin nada, sino en vivir con algo que le sobrara. Quería tener lo justo para no distraer el corazón. Decía que lo que uno es ante Dios, eso es y nada más. Era una manera de regresar a lo esencial: a lo que hace que el corazón respire hondo, a lo que nos permite encontrarnos con los demás sin máscaras ni falsas apariencias.
Y esa es su invitación para nosotros: aprender a soltar. Soltar expectativas que no son nuestras, relaciones que solo ocupan espacio, objetos que usamos como escudos. La sencillez no nos estrecha la vida, sino que la ensancha. Nos enseña a elegir lo que realmente nos hace crecer, nos libera para estar más presentes y nos abre los ojos a la belleza de las cosas cotidianas.
La sencillez es aprender a mirar dentro y preguntarse: ¿qué es verdaderamente importante? No se trata de renunciar al mundo, sino de caminar más ligeros para poder amar mejor.
Preguntas para la reflexión personal
¿Qué cosas -materiales o no- siento que me pesan o me distraen?
¿Qué podría soltar para vivir más ligero y más auténtico?
¿Qué momentos sencillos de mi vida me han hecho sentir paz?
Es una evidencia que somos inconstantes. Vislumbramos algo hermoso y optamos por ello. Pero pronto nos damos cuenta de que eso bello que nos atrae es un camino que hay que andar poco a poco. Y que ese camino está lleno de dificultades y de obstáculos. Y entonces abandonamos, lo dejamos de lado, lo olvidamos. Con ello, el nivel de frustración de nuestra vida sube constantemente. ¿Cómo vivir una vida cristiana perseverante?
- Sé fiel a las promesas del evangelio: porque no interesa tanto que seas fiel a lo que tú has prometido, sino que descubras las maravillas de lo que se te ha prometido y que esas maravillas te encandilen para siempre. La maravilla de una vida en paz, la maravilla de poder tener un corazón perdonador, la maravilla de vivir inmerso en la generosidad.
- Vive una fe lo más lúcida posible: no te eches en brazos de la rutina, de la costumbre, de los meros ritos externos porque eso no terminará por ahogarte. Busca renovar tu oración, vive la eucaristía como un auténtico lugar de encuentro con Jesús, no te canses de leer la Palabra todos los días si es posible.
- Cultiva tu pensamiento cristiano: no vivas con las ideas del catecismo que aprendiste de niño, piensa la posibilidad de hacer parte de alguno de los grupos parroquiales donde se cultiva la Palabra, el pensamiento cristiano. Los tiempos cambian. Hemos de vivir la fe en modos adaptados a nuestro hoy, no de manera rígida e inflexible. Ha pasado el tiempo de comulgar con ruedas de molino y de tener la fe del carbonero.
La mejor forma de ser perseverante es aquella que nos implica algo en la vida familiar, en la vida parroquial o en la vida social. Una vida sin implicación lleva a vivir descolgado, situado en el propio egoísmo, como una isla. Así es imposible mantenerse vivo en la fe. Si vives implicado incrementa tu compromiso; si tu implicación es débil, hoy mismo puedes dar un paso adelante. Ánimo.
El relato de la expulsión de los mercaderes del templo refleja un episodio decisivo en la vida de Jesús. Si no hubiera ocurrido, quizá su muerte no habría sido tan violenta. Tocar el mercado era tocar la fibra sensible del poder.
Pero en el evangelio de Juan, el tema deriva hacia la realidad del templo. Y allí, en la polémica sobre el templo, escuchamos esta frase: hablaba del templo de su cuerpo. El judío cree que si uno quiere encontrarse con Dios tiene que ir al templo porque allí habita la gloria de Dios. Allí se puede “tocar” a Dios. Pero el evangelio de Juan dice que si quieres encontrarte con Dios tienes que ir al templo del cuerpo de Jesús, a su vida con sus criterios y modos de comportamiento. Jesús es el templo vivo, sacramento del encuentro de la persona con Dios, decían los teólogos del Concilio.
De ahí se puede deducir que todos los cuerpos son lugar de encuentro con Dios porque son lugares, como decía san Pablo, donde vive El Espíritu. La espiritualidad cristiana heredada ha censurado e incluso menospreciado el cuerpo. Lo cierto es que la Iglesia nunca se alejó tanto del Espíritu como cuando abandonó el cuerpo.
La sociedad de hoy nos ha sensibilizado en el aprecio y en la libertad respecto al cuerpo (somos sensibles a las tropelías que se comenten contra él). Si el evangelio no nos ha llevado, por nuestra cerrazón, a valorar positivamente los cuerpos como el mejor don de Dios, escuchemos la voz de los signos de los tiempos que, en modos diversos y peculiares, nos habla del valor del cuerpo.
Nunca como antes tenemos tan medido el tiempo como ahora. Lo contamos en horas, minutos, segundos. Personas de generaciones atrás pensarían que nos hemos vuelto locos al ver la minuciosidad con la que cronometramos la vida: la puntualidad, la precisión de las citas, la exactitud de los servicios…
Pero hay tiempos, épocas, que adquieren una importancia decisiva en nuestras vidas. Son los tiempos, sean breves o más largos, en los cuales se han producido cambios radicales para nosotros. Habrán sido por acontecimientos gozosos o dolorosos, públicos o más privados, conocidos por otros o que han quedado en la intimidad de la persona; pero han supuesto un cambio en la dirección y en la lectura que hacemos de nuestra existencia. Lo que sucedió en ese tiempo pudo ser algo fortuito o algo planificado, pero el resultado siempre habrá superado lo esperado.
Esos acontecimientos hacen que ese tiempo fuera de mucha densidad, de una importancia decisiva para la lectura que hagamos de nuestra vida. Así podremos pasar de leerlo como azar a leerlo más como destino. Y si nos hemos abierto a la relación con Dios y a su amor hacia nosotros, podremos comenzar a entender nuestra vida como fruto de su providencia.
En una lectura creyente de nuestra vida, cada tiempo de estos habrá sido un tiempo de gracia, tiempo favorable; porque Dios ha estado presente. Eso sí, esto se percibe a toro pasado y generalmente con una buena dosis de paciencia y esperanza; no antes. También decir que su presencia habrá sido de modo muy diferente en cada caso.
Qué hermoso es poder abrirnos a la voluntad salvadora de Dios en nuestra historia, estemos viviendo el tiempo que estemos viviendo: tiempo de consolación o de desolación, tiempo de gozo o de sufrimiento. Porque el tiempo irá adquiriendo la fragancia del amor de Dios hacia nosotros.
El último fin de semana de octubre de 2025, los jóvenes de la Pastoral Juvenil Capuchina de toda España nos juntamos en León para empezar el nuevo curso con el lema “Al final, hermano”. Fue un encuentro lleno de alegría, fraternidad y muchas ganas de seguir creciendo juntos.
Todo empezó el viernes con el reencuentro, lleno de risas, abrazos y recuerdos. Después, aprovechamos la noche para pasear por el centro de León y admirar la catedral iluminada, que nos dejó a todos con la boca abierta.
El sábado fue más intenso: por la mañana tuvimos una formación con el hermano Miguel Anxo Pena, capuchino, sobre el Testamento de San Francisco de Asís, ya que el próximo año se cumplirán 800 años de su muerte. Habló de cómo vivir la fraternidad hoy en día, con valores como la igualdad, la confianza, la alegría y la misericordia. Luego reflexionamos en grupo, compartiendo ideas sobre cómo ser más acogedores, perder el miedo a salir de la zona de confort y aprender a acompañar sin juzgar.
Por la tarde, visitamos la Catedral de León y la Basílica de San Isidoro, donde aprendimos sobre el valor histórico y cultural de estos lugares. Más tarde, la comisión de pastoral presentó el nuevo material y las actividades del curso, todas centradas en la fraternidad.
El domingo fue el turno de una mesa redonda con varios invitados relacionados con el Camino de Santiago. Contaron experiencias y reflexiones sobre cómo el Camino es una verdadera escuela de fraternidad y crecimiento personal. El hermano Federico dejó una frase que se quedó grabada: “La vida es para ser felices, no para cargar maletas de sufrimiento.”
El encuentro terminó con una emotiva Eucaristía y una despedida llena de abrazos, sonrisas y alguna que otra lágrima, con la promesa de volver a verse pronto y de aplicar todo lo vivido en nuestras comunidades.
Siempre que, por una circunstancia u otra, leemos las bienaventuranzas nos suenan como algo nuevo. Es el sueño de Jesús que sigue anidando en muchas personas. El evangelio es un libro de sueños.
Hay bienaventuranzas que nos parecen decisivas (los pobres, hambre y sed de justicia). Otras quedan más en la penumbra. De una de esas queremos hablar: Bienaventurados los limpios de corazón. Son aquellos que, por milagroso que parezca, no albergan el mal en el corazón, no ven segundas intenciones, no piensan jamás que el otro se pueda acercar a ellos para darles la puñalada por la espalda, son capaces de hacerte un favor después haber tenido un desencuentro contigo. Gente de mirada y de corazón claros, que ha vaciado su carpeta de agravios.
Dice el evangelio que esos verán a Dios. Los rabinos decían que se ve a Dios en la faz de los grandes intérpretes de la Ley. Jesús dice que se ve a Dios en el rostro y la vida de los limpios de corazón. ¿Por qué? Porque Dios es el gran limpio de corazón, el Dios sin doblez, y quien es como él hace visible su rostro.
Quizá hayas tenido la suerte de haber vivido con alguna persona de corazón limpio. Ocurre que no son gente importante sino muy sencilla. Tienen algo en la mirada y en el corazón que cautiva. Es fácil que, a veces, nos saquen de quicio porque los consideramos simples. Pero su alegría es el signo de su bondad. Si tienes cerca a una de esas personas, da gracias a Dios por ello y agradéceles aunque no sea más que con una sonrisa o una buena palabra.
El pasaje del fariseo y el publicano de este domingo se ha leído con frecuencia como la enseñanza de Jesús sobre dos maneras distintas de orar: la oración soberbia del fariseo y la oración humilde el publicano. El evangelio sostiene que hay dos maneras de orar: como los paganos que hablan mucho y como los seguidores de Jesús que confían mucho. Este es el pensamiento del evangelio sobre la oración.
Pero el texto de hoy va más lejos. Describe dos maneras de ser: una considerarse justo y despreciar a los demás. Otra: reconocer las propias limitaciones sin despreciar a nadie. Huelga decir que es esta segunda la que apoya el evangelio.
Hemos de superar la cultura del menosprecio. Hemos de superar el sarcasmo, el insulto, el supremacismo, esa infantil actitud que cree que lo mío es lo único valioso y lo de los demás no merece consideración. Esa cultura llevará a algunos países (como EEUU) a una situación sin salida. Tomemos nosotros la parte que nos toca.
Frente a la cultura del menosprecio habríamos de construir la cultura de la comprensión y de la compasión. Es la manera de ser de quien mira al corazón de la realidad y de las personas para ver ahí reflejadas las mismas situaciones por las que uno pasa y que le hacen ser apoyo, ayuda y ánimo para quien anda en dificultad. Esto será altamente beneficioso para la fe y para la sociedad.
El evangelio de este domingo está orientado por el mismo evangelista a la oración “insistente”. Pero el texto dice que el secreto de la oración cristiana no reside en orar mucho, sino en hacerlo con mucha confianza (Mt 6,7). Por eso, más que de orar insistentemente se trataría de orar confiadamente.
Pero el pasaje de la viuda importuna tiene debajo otra cosa: la sed de justicia. Más que una orante, la viuda cree que hasta los jueces venales y descreídos tienen que hacer justicia porque si desaparece la justicia de la tierra desaparece la dignidad. El mismo Jesús no se cansaba de decir: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33).
El texto evangélico termina con una pregunta extraña: “Cuando venga el hijo del Hombre ¿encontrara esta fe en la tierra? ¿A qué fe se refiere? A la fe en la justicia. Es más decisiva la fe en la justicia que la fe en Dios porque sin justicia hasta la fe en Dios pierde sentido. Si nos interpela el tema de la justicia, si oramos por ella, si nos comprometemos un poco nuestra fe está viva. De lo contrario, está en peligro.
Dice el evangelio de hoy que la alabanza a la madre y a la creyente que es María sale de una mujer desde el gentío. Es una mujer la que ha captado la grandeza de María que es ser madre de Jesús y que ha provocado la aseveración de Jesús de que es más importante ser creyente que ser madre. Una mujer de entre el gentío nos ha llevado del aprecio a María a la fe del creyente.
Es evidente el importante papel que las mujeres juegan en la vida eclesial y el problema que no terminamos de solucionar, el lugar de las mujeres en la Iglesia. Por eso, hay que seguir en el camino marcado por el recordado Papa Francisco que decía que “la Iglesia es mujer”.
Cada vez se escuchan más voces que demandan en la Iglesia igualdad entre hombre y mujeres. Son voces desde el gentío que hacen visible la presencia de las mujeres en la Iglesia y marcan el futuro a seguir.
Celebramos una fiesta de María muy arraigada en nuestro país. Celebrar es comprometerse a que la igualdad sea la pauta general de la comunidad cristiana. Y por eso hay que superar el continuado pecado de injusticia y de desigualdad que aún sufren las mujeres cristianas. No será imposible si nos damos a la tarea.
Se suele decir que “tal es la vida, tal es la muerte” porque la muerte, momento de verdad único en la vida de las personas, refleja la manera de vivir que se ha tenido. Eso ocurre en la persona de Francisco: su vida fue respetuosa, fraterna, bendiciente. No nos ha de extrañar que terminara bendiciendo a sus hermanos, a las criaturas y su querida ciudad de Asís.
Cumple a las mil maravillas con aquello que dirá luego el recordado papa Francisco en Fratelli tutti 223: «San Pablo mencionaba un fruto del Espíritu Santo con la palabra griega jrestótes (Ga 5,22), que expresa un estado de ánimo que no es áspero, rudo, duro, sino afable, suave, que sostiene y conforta. La persona que tiene esta cualidad ayuda a los demás a que su existencia sea más soportable, sobre todo cuando cargan con el peso de sus problemas, urgencias y angustias. Es una manera de tratar a otros que se manifiesta de diversas formas: como amabilidad en el trato, como un cuidado para no herir con las palabras o gestos, como un intento de aliviar el peso de los demás. Implica «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian».
Así ha sido Francisco, el hermano de las palabras buenas, agradecidas, bondadosas. Francisco decía a sus hermanos a la hora de morir: “Comencemos, hermanos”. Comencemos y continuemos diciendo palabras buenas en nuestro mundo. Ahora que vivimos en una época de polarización, de discursos violentos, de grandes descalificaciones, de palabras desgarradas, quienes amamos a Francisco, siguiendo su ejemplo, respetemos, hablemos moderadamente, bendigamos, seamos ecuánimes.
No haríamos nada con recordar a Francisco si con nuestras palabras negativas, hirientes, condenatorias contribuyéramos a la crispación social. Por el contrario, el camino marcado por Francisco es el mismo que marcó san Pablo: “Bendecid, sí, no maldigáis” (Rom 12,14).
Nuestros modos de mirar a las otras personas están muy mediatizados por los esquemas sociales, profesionales, académicos, ideológicos, etc. En la otra persona vemos eso que miramos y la gran mayoría de las veces está en función del filtro que ponemos en la mirada. Cada cual tiene su punto de mira. Pero de vez en cuando, si me pongo a ello, intuyo en el hermano/a, en el amigo/a que hay más, que es más de lo que percibo de él, de ella.
De cuando en cuando, captamos unas dimensiones en la otra persona que resultan nuevas para el que mira. Puede ser fruto de preguntas sobre la persona que jamás las habíamos formulado: ¿qué le alegra en el fondo de todo lo que vive? o ¿qué le entristece? ¿Cuál habrá sido su mayor momento de plenitud vivido en su existencia? Sus miedos inconfesados, sus ansias, sus sueños casi nunca formulados, su infancia medio olvidada, sus personas más entrañables… Cuando hacemos el ejercicio de mirar a la persona más allá de lo habitual, nos asomamos a mundos desconocidos pero reales.
Para ello, necesitamos desarrollar una cierta empatía, acercarnos al misterio que asoma en la otra persona en sus reacciones, sus gestos, las palabras dichas o medio-dichas. La fraternidad puede caer en lo de siempre, en relaciones marcadas por prejuicios y en modos calcificados por el aburrimiento. Pero la fraternidad también puede convertirse en la novedad del encuentro con otras personas siempre sorprendentes; aunque aparentemente no muestren nada nuevo.
Y esta mirada en profundidad me va haciendo a mí mismo más hermano, más fraterno con los demás, pues voy percibiendo en mí mismo/a profundidades desconocidas. Dios nos mira con una mirada profunda, más de lo que nosotros mismos pudiéramos imaginar. Y nos acoge en lo que somos, en nuestra verdad.
El evangelio de hoy nos ha llevado a una humildad, muchas veces falsa, que encuentra su fórmula en la expresión "siervos inútiles somos". Quizá habría que haber dicho: somos personas dignas, aunque débiles, trataremos de hacer las cosas lo mejor posible. Huyamos de las falsas humildades que, a veces, encierran otras cosas.
Pero quizá el texto no va por ahí. Habla de tener fe siquiera como un grano de mostaza, un poco de fe nueva, la fe de Jesús. Y es posible que se responda: imposible, estamos bajo leyes, costumbres y rutinas que no queremos ni podemos abandonar.
Y ahí llega este texto lleno de retranca e ironía. Mirad lo que hace la ley con vosotros: os explota, os esclaviza y os humilla, os mantiene en la opresión y encierra vuestra dignidad en una cárcel hasta llegar cambiar vuestro yo libre por un yo esclavo. Liberaos de la ley, viene a decir el texto. Es posible construir una fe libre.
El Papa León en su primera homilía se lamentaba de la pérdida de fe que arrastra consigo la pérdida de valores, de la dignidad y de la solidaridad. Esto es cierto siempre que esa fe sea nueva y liberadora. Si no lo es, verse libre de una fe rutinaria y empobrecida sería una liberación. La fe es como la vida: ha de ser nueva cada día, libre de cualquier yugo que la oprima. Con Jesús, se puede.
En el silencio de la Porciúncula, cuando la vida terrenal tocaba a su fin, Francisco no temió a la muerte, sino que la llamó con ternura: “Hermana muerte corporal.” En ese momento de tránsito, su corazón repasó con gratitud cada paso que lo había acercado a Cristo.
Recordó su juventud inquieta y cómoda, las fiestas y los sueños de gloria. Recordó el instante en que, frente al leproso, el asco se transformó en compasión y su alma despertó. Recordó el abandono confiado ante el obispo, desnudo, libre, diciendo: “Ahora puedo decir con toda verdad: Padre nuestro que estás en el cielo.”
Volvió a pasar por su corazón la fraternidad naciente, los caminos recorridos con sus hermanos, la alegría de vivir sin nada, pero teniéndolo todo, el regalo de la hermana Clara... Evocó la sonrisa del niño de Belén al que pudo acunar, y también los momentos de soledad en el monte Alvernia, donde el amor lo marcó con los signos de la cruz. Y en su memoria, el Cántico de las criaturas seguía cantando: una alabanza que había nacido en la enfermedad, en la pobreza, en el dolor, pero también en la luz.
Francisco murió pobre, tendido en el suelo, rodeado de hermanos, con la mirada puesta en Cristo y el alma llena de paz. Y en esa última mirada interior, reconoció que cada experiencia —la alegría, el sufrimiento, el servicio, la fraternidad— había sido parte del camino que lo conformó a imagen del amado.
El tránsito de Francisco fue una despedida serena, profundamente humana y profundamente divina. Francisco entrega su aliento último no con temor, sino con gratitud: por haber amado, por haber servido, por haber sido transformado en otro Cristo.
La Jornada Mundial del Migrante y Refugiado este Año Jubilar en el que se nos anima a ser “testigos de la esperanza”, coincide con la de San Francisco de Asís, el primer fin de semana de octubre.
El mensaje que el papa León ha enviado a la Iglesia con motivo de esa jornada nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el vínculo entre esperanza, migración y misión. Nos recuerda que el contexto actual en nuestro mundo “está tristemente marcado por guerras, violencia, injusticias y fenómenos meteorológicos extremos, que obligan a millones de personas a abandonar su tierra natal en busca de refugio en otros lugares… Es importante que crezca en el corazón de la mayoría el deseo de esperar un futuro de dignidad y paz para todos los seres humanos”.
Noticias sobre el fenómeno de la migración las tenemos todos los días y a todas horas. Opiniones sobre la bondad o problemática que crean los migrantes también. Cada uno tenemos o nos vamos creando nuestra propia opinión o visión sobre esta realidad, que es uno de los “signos de los tiempos”.
Desde hace unos años, una de las líneas de actuación social de los Capuchinos en España tiene que ver con este mundo de la migración. Los programas en Madrid llamados Afrique, Casa Boza, y nuestra empresa de inserción Trébede Social a través del proyecto Huerto Hermana Tierra, están orientados a la migración africana. Desde SERCADE (Servicio Capuchino para el Desarrollo), que es nuestra ONG, acompañamos a personas migrantes y refugiadas desde su llegada, tratando de ofrecerles un camino seguro, humano y transformador en esta sociedad nuestra a la que llegan y de la que quieren formar parte. Somos conscientes de que migrar no sólo es cruzar fronteras, sino que es enfrentarse a una nueva vida con incertidumbre, miedo y esperanza.
Inspirándose en el Evangelio, San Francisco de Asís decía lo siguiente: “Trata a los demás como te gustaría ser tratado si estuvieras en situación semejante”. Por eso nuestro objetivo y deseo es que cada persona migrante no sólo sobreviva, sino que viva con dignidad, pueda construir su proyecto vital y se sienta parte activa de una sociedad justa y diversa. Desde nuestra espiritualidad y visión franciscana de la vida, la migración no es un problema, sino una oportunidad colectiva de enriquecimiento mutuo. Por eso en SERCADE trabajamos para que cada historia de migración sea también una historia de integración. Estamos llamados a pasar de la hostilidad a la hospitalidad.
El papa León, en el mensaje para este año al que hacemos referencia afirma que “las comunidades que acogen migrantes y refugiados pueden ser testimonio vivo de una sociedad en la que se reconoce a todos la dignidad de hijos de Dios, en la que todos son hermanos y hermanas, parte de una única familia”.
El evangelio de Lucas es tajante con los ricos. Cree que su autorreferencialidad no tiene remedio: no piensan más que en ellos mismos, en su beneficio personal, en el de su familia. Los demás no existen. Por eso su convicción final: no se convencerán ni aunque resucite un muerto.
Es el misterio de la cerrazón humana: no hay maltratador, xenófobo, capitalista, que se convierta. Es un mundo ocupado solamente por el yo y los demás no tienen sitio. Y los pobres, menos.
¿Cómo construir una espiritualidad de la apertura? ¿Cómo no caer en las garras de una manera cerrada de ver el mundo?
Mira a Jesús: él es una persona de mente y corazón abiertos: entiende la ley con flexibilidad, comprende las situaciones de los pobres, se abre al mundo de los paganos, es solidario con los dolores ajenos.
Escucha incansablemente: porque la apertura pasa por la escucha amante, aquella que escucha a la vez que aprecia y considera los argumentos del otro.
Cree en la verdad del otro: porque no tenemos toda la verdad, sino que cada uno aportamos una parte de ella. Apropiarse de la verdad es el primer paso para la tiranía.
Recordamos las palabras del papa Francisco donde se da el fundamento de la espiritualidad de la apertura el otro: «Un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». (FT 87)
Septiembre suena a comienzo. Iniciamos un nuevo curso pastoral, escolar, etc, después de las vacaciones de verano.
Este año, a nivel eclesial, está marcado por el Jubileo convocado por el papa Francisco, en el que nos animó a ser Testigos de la esperanza.
En la carta que escribió el papa Francisco a Monseñor Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, decía: “Debemos mantener encendida la llama de la esperanza que nos ha sido dada, y hacer todo lo posible para que cada uno recupere la fuerza y la certeza de mirar al futuro con mente abierta, corazón confiado y amplitud de miras. El próximo Jubileo puede ayudar mucho a restablecer un clima de esperanza y confianza, como signo de un nuevo renacimiento que todos percibimos como urgente…”
Todos los meses en Roma se celebran una serie de jornadas jubilares que tienen como destinatarios un colectivo o grupo especial. A finales de septiembre se celebra el Jubileo de los Catequistas. Y en este mes, en nuestras parroquias comienza la actividad catequética, la organización y planificación de los grupos de catequesis, expresión de la vida parroquial.
Puesto que la vida de una comunidad cristiana, del lugar en el que vivimos la fe, gira en torno a tres acciones: la celebración, la formación y el compromiso solidario, en este mes nos acordamos de los catequistas de nuestras parroquias. Muchas veces hablamos de catequistas, en femenino, pues la mayoría de ellas son mujeres. Son personas evangelizadoras que no actúan por libre. Al catequizar lo hacen como portavoces de la Iglesia, transmitiendo la fe que ella cree, celebra y vive.
Hace varios años decía el Papa Francisco que ser catequista no era tanto un trabajo, sino más bien es el poder enseñar con paciencia, acompañar, anunciar la alegría del Evangelio con la propia vida, con mansedumbre, con valentía y creatividad. No es un maestro o un profesor que da una lección. La catequesis es la comunicación de una experiencia y el testimonio de una fe que introduce el deseo de encontrar a Cristo.
Al ver la historia de la evangelización reconocemos la labor que hacen los catequistas siempre. En tantas comunidades cristianas que carecen de sacerdote, y especialmente en lugares de misión, los catequistas son los laicos y laicas, líderes de las comunidades cristianas locales que evangelizan, convocan y guían a su comunidad en la oración, la celebración y las obras de caridad. Reflejan el rostro de una iglesia no tan clerical, auténtico Pueblo de Dios. En tantos lugares donde la labor de la Iglesia es cuestionada los/as catequistas realizan un primer anuncio que llega a tocar el corazón y la mente de muchas personas que están a la espera de encontrar a Cristo. Incluso sin saberlo, pero lo están esperando.
El evangelio de este domingo previene contra la irresistible tentación del dinero. Bien lo vemos en la vida de hoy. Pero elabora también lo que podíamos llamar una “espiritualidad de lo poco”: EL QUE ES FIEL EN LO POCO, TAMBIÉN EN LO MUCHO ES FIEL. Nosotros tendemos a lo mucho. Creemos que teniendo mucho, sabiendo mucho, viajando mucho, hallaremos felicidad. Pero el evangelio sugiere que en lo poco hay un secreto, una sabiduría. El evangelio siempre a contrapelo, siempre contracultural.
¿No ha situado Jesús mismo su vida en lo poco? Pocos bienes, poco éxito, pocos discípulos, pocos aplausos, poco agradecimiento, etc. Así anunciaba la hermosura de un reino humilde, de una mesa donde los poco considerados tienen un puesto. Nosotros hemos magnificado su vida, pero, bien mirada, es poca cosa.
El teólogo K. Rahner decía: «La más pequeña sonrisa pura y delicada, que brota de no importa donde, desde un corazón recto, ante cualquier tontería de este mundo, refleja una imagen y un rayo de Dios. Es una señal del Dios vencedor, señor de la historia y de la eternidad. Del Dios cuya sonrisa nos demuestra que todo en definitiva es bueno». No es mal apostolado el apostolado de la sonrisa. Es poco, pero es algo muy valioso.
La Pastoral Juvenil de capuchinos de España reúne en su actividad de verano, como todos los años, a animadores y jóvenes de nuestras presencias, en esta ocasión de Tudela, Zaragoza, Logroño, Gijón, Madrid y Totana, para un viaje a Asís “tras las huellas de Francisco”.
Primera parada: Santuario Fonte Colombo, rodeado de naturaleza llegamos al Santuario un lugar lleno de paz y silencio, tras la introducción de Javier, visitamos la capilla de María Magdalena en ella vimos la tau roja que pintó Francisco, después recorrimos el Sacro Speco y el Santuario, llegamos a Asís, donde nos esperan las hermanas de la Casa Santa Elisabetta lugar donde nos alojamos.
Ya en Asís, recorremos sus callejuelas, rincones, plazas y como no la casa y almacén donde vivió Francisco conserva su estilo medieval donde se podía imaginar fácilmente a Francisco y Clara. Por la mañana celebramos la eucaristía que hemos preparado en una capilla de la Basílica de San Francisco, nos adentramos y vemos sus pinturas y frescos que decoran todo el edificio junto a su techo pintado como cielo, vemos sus reliquias y bajamos a la tumba de San Francisco, donde días después tras un paseo nocturno somos guiados a rezar las completas. A la tarde nos disponemos a visitar la Basílica de Santa Clara, momento de oración individual bajo la cruz de San Damián y la tumba de Santa Clara, tras visitar las reliquias nos dirigimos a visitar la catedral de San Rufino.
Al día siguiente tras visitar Gubbio llegamos al Monte Alverna, es impresionante poder sentir la presencia de San Francisco en sus montañas, cuevas y la Capilla donde recibió los estigmas de Cristo. Seguimos nuestro camino hacía el Santuario de le Celle di Cortona lugar donde se respira paz y tranquilidad, la entrada desde arriba es espectacular y visitamos la celda original de San Francisco.
Hermanados con nuestra camiseta roja, que preparamos para el viaje, nos dirigimos a celebrar junto con Javier la eucaristía preparada por nosotros en La Porciúncula dentro de la Basílica Santa María de los Ángeles, conmovidos con una profunda emoción nos hizo recordar la importancia de la comunidad y la sencillez de la fe, con el corazón lleno de gratitud y alegría seguimos nuestro camino a Rivotorto y San Damián donde rezamos las vísperas.
En Foliño, nos abre las puertas de la Iglesia de San Francisco el párroco que estaba en la puerta, pareciera que nos estaba esperando, comemos La porchetta típico plato en Peruggia y visitamos el museo, la catedral y viajamos en el tiempo paseando por los túneles de la Rocca Paolina.
De camino a Roma, visitamos Spoleto, y en el Santuario de Greccio, donde en una oración de Navidad repartimos regalos de nuestro amigo invisible. Y ya en Roma nos disponemos a la visita nocturna, cansados pero entusiasmados de la grandeza de la ciudad eterna.
Llegando al final de nuestro viaje, visitamos la Basílica de San Pedro, la magnitud, la sensación de estar en un lugar tan simbólico hacen que la visita sea inolvidable y para terminar visitamos La basílica de Santa María la Mayor y en ella la tumba humilde y sencilla del Papa Francisco, donde nos recuerda que “La verdadera riqueza no son los bienes de este mundo, la verdadera riqueza es ser amado por Dios y aprender a amar como Él.”
Agradecer a todos los que hicieron posible este viaje y a quienes me acompañaron en esta experiencia.
El Tiempo de la Creación es un tiempo (del 1 de septiembre al 4 de octubre) para que los cristianos se unan en oración y acción por la Creación. El tema para este año es: Paz con la Creación
El profeta Isaías (32:14) describe la Creación desolada sin paz debido a la falta de justicia y la relación rota entre Dios y la humanidad. Esta descripción de ciudades devastadas y tierras baldías enfatiza el hecho de que los comportamientos destructivos humanos tienen un impacto negativo en la Tierra.
Nuestra esperanza: La Creación encontrará la paz cuando se restaure la justicia.
Todavía hay esperanza y la expectativa de una Tierra en paz. Esperar en un contexto bíblico no significa quedarse quieto y en silencio, sino actuar, orar, cambiar y reconciliarse con la Creación y el Creador en unidad, metanoia (arrepentimiento) y solidaridad.
Haz click en la imagen para acceder a la web de este hermoso tiempo.
Jesús ha dicho que su yugo es “llevadero”, no obligatorio (Mt
11,30). ¿Cómo va a condenar quien no obliga? ¿Cómo va a condenar el amor que se
entrega totalmente? Si lo hiciera, demostraría que no es amor.
Escuchar este evangelio tendría que llevarnos a trabajar por
suprimir de nuestra vida cristiana el espíritu de condena. Estos podrían ser
algunos cauces:
Abandonar la idea de un Dios que condena: porque ese no es
el Dios de Jesús que envuelve con amor nuestras injusticias y pecados. Seamos
apóstoles decididos del Dios bueno.
Abandonar la senda insensata de condenar al hermano: que nos
aleja del evangelio y nos aleja del corazón del hermano. Nada se consigue con
condenas y exclusiones.
Abandonar el camino inútil de condenar a la sociedad: porque
una mentalidad negativizadora no contribuye a la paz ni al bienestar social.
Abandonar la senda de la descalificación, del insulto, los bulos y todo lo que
deteriora la convivencia.
La fe cristiana está hecha no para hundir más en la zanja,
sino para sacar de ella. Si hay algo que oprime nuestra vida, eso no viene del
evangelio porque el evangelio está hecho para liberar, para dar respiro. La fe
habría de llevarnos a sentir en los pulmones del alma el aire fresco de la
libertad.
En el campo de la solidaridad, el esquema con el que pensamos y actuamos es desde nosotros hacia ellos, hacia los pobres, los que nos necesitan. A ellos dirigimos nuestra ayuda, nuestro tiempo, nuestra atención. Luego están las actitudes que nos mueven a ello, los motivos que nos impulsan a ese movimiento, etc.
Sin embargo, cuando nos acercamos, tocamos y ayudamos a esas personas, se da en muchos casos un fenómeno que va en la dirección opuesta. En la cercanía con el pequeño, yo que ayudo soy tocado en lo más hondo y soy transformado. El enfermo, el abandonado, la persona necesitada, sin ella saberlo, hace que yo mismo me vea implicado en su estado y ahora yo ya no esté como al principio. Estas personas necesitadas me curan de vivir para la eficacia, la ganancia, la importancia, el renombre… El trato con ellas desde la cercanía ha generado en mí movimientos interiores que nunca había vivido; y me transforman.
Hay momentos en que Dios se hace presente en dichas personas y me toca. Puede tocarme en el bolsillo, en mi tiempo, en mis valores, en mi corazón, y me va curando de tantas tonterías y tantas falacias para comenzar a vivir de modo nuevo. Es Dios que se acerca a mí, cuando yo me acerco a la persona que me necesita. Y donde creía que hacía algo por ella, resulta que es ella, lo sepa o no, quien está haciendo algo grande en mí. Así se hace verdad aquello de “los pobres nos evangelizan”; no en ideas, sino en verdad, en la cercanía, en el tú a tú de la solidaridad.
Este curso nos prepararemos para celebrar los 800 años de la Pascua de San Francisco de Asís… ¡y no es cualquier cosa! Es como hacer memoria de alguien que sigue marcando tendencia después de ocho siglos.
Este acontecimiento es una invitación a mirar nuestra vida y la historia de la gran Familia Franciscana con ojos de fe: descubrir que Dios siempre está presente, incluso en los momentos difíciles que nos tocan.
También es una ocasión para dar gracias: por todo lo que hemos recibido, por la vida de Francisco y su forma tan radical y auténtica de vivir el Evangelio. Su estilo se convirtió en un carisma que inspira distintas formas de servicio y de vida, y que todavía hoy sigue hablando fuerte a jóvenes y adultos, dentro y fuera de la Iglesia.
El lema elegido para este acontecimiento es "Al final, hermano" y pronto tendreís en nuestro blog y en la web todo el material que la Comision ha preparado. Esperamos que os sirva y lo compartáis para que llegue a más gente.
Gracias por estar ahí y… ¡a por un curso lleno de paz y bien!
Os deseamos un verano intenso, lleno de buenos momentos y buenas experiencias. Y si vais a participar en las actividades de pastoral juvenil… ¡a darlo todo! Ya sea en Urbasa, en la peregrinación a Asís o en el Jubileo de los jóvenes, que sea una experiencia top.
¡Disfrutad con alegría e intensidad y nos reencontramos en septiembre con las pilas cargadas!
La mayoría de personas tenemos algún sitio al que queremos volver. Nuestros lugares de ensueño, llenos de memorias y vida. Puede ser una playa, una buena vista, el pueblo de tus abuelos o un cielo estrellado. Sitios con tanto encanto y que nos evocan tantas cosas que nuestra memoria no puede evitar regresar a ellos durante el año, por mucho que el calendario nos impida escaparnos. Escenarios donde los protagonistas somos nosotros y donde están grabados capítulos memorables de nuestra vida y que forman parte de nuestras raíces más profundas.
Cuando llegan las vacaciones, muchos nos reencontramos con esos rincones de nuestra historia. En ellos podemos dormir, estar con los nuestros, hacer deporte, leer, jugar, rezar, salir de fiesta… Verbos que apuntan a una parte de nuestra vida tan necesaria como irrenunciable y que muchas veces olvidamos y no les damos la importancia que tienen. Acciones que nos recuerdan que es necesario frenar un poco para sacar nuestra mejor versión. Momentos que invitan a conversar, querer, agradecer, pensar, imaginar, cuestionarnos e incluso a soñar, porque Dios también trabaja en medio de nuestro descanso.
El verano, para muchos significa tiempo de vacaciones, ojalá podamos apreciar este tiempo como una oportunidad para hacer de nuestra vida algo más pleno, más humano. Y también para recordar que estos lugares son importantes porque un día Dios quiso hablarnos en lo profundo y hacer de estos espacios el escenario de grandes historias. ¿Cuáles son tus lugares? ¿Y cuáles son tus historias?
En el evangelio de hoy escuchamos que Simón recibe el sobrenombre de Pedro (Petros): piedra arrojadiza, un canto del camino, un guijarro (roca, por su parte se dice lithos). Aunque adherido a Jesús, Pedro es terco y cerril para entender los mecanismos del reino: así es Pedro. Y Jesús dice que sobre esta piedra edificaré mi iglesia.
Es decir, la Iglesia de Jesús se asienta sobre la debilidad de Pedro (y la nuestra). Y si no se hunde es porque Jesús la sostiene porque si no fuera así, hace ya tiempo que esto se hubiera acabado. Es un milagro que la Iglesia perdure cuando está basada sobre el frágil cimiento que somos nosotros. La fuerza de Jesús es la que sostiene a la comunidad cristiana. Sostenidos por él.
No creamos que una vivencia de la fe asentada en estas certezas se vuelve irrelevante. Todo lo contrario: la actividad social y de mediación del Papa León en estos primeros pasos de su pontificado nos hace ver que la Iglesia, si se apoya en los valores del evangelio, puede hacer una gran contribución a la mejora de la sociedad. El evangelio, no lo dudemos, es terapéutico.
Hace ya años que el teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer profetizó: «Nuestra Iglesia, que durante estos años sólo ha luchado por su propia subsistencia, es incapaz de erigirse ahora en portadora de la Palabra que ha de reconciliar y redimir a los hombres y al mundo. Por esta razón las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer, y nuestra existencia de cristianos sólo tendrá, en la actualidad, dos aspectos: orar y hacer justicia entre los hombres». Pues bien, oremos y trabajemos por la justicia. Por esas sendas la comunidad cristiana se hace fuerte y tiene un horizonte ante ella.
El hermano Martin Erspamer es monje benedictino de la Archiabadía de San Meinrado, en el sur de Indiana. Es un reconocido artista litúrgico y consultor litúrgico. Erspamer trabaja con una amplia gama de materiales, como cerámica, vitrales y madera, y es reconocido nacionalmente por sus ilustraciones de temas sagrados.
Erspamer se identifica con varios estilos, pero es reconocido por su estilo románico contemporáneo que evidencia una estudiada sensibilidad tanto por la imaginería medieval como por un estilo gráfico contemporaneo. Sus evocadoras impresiones en blanco y negro se han utilizado ampliamente en boletines, revistas y materiales de catequesis.
Ha sido miembro de los Amigos de la Caligrafía durante varios años. No se considera a sí mismo un calígrafo, pero utiliza partes de él en sus obras de arte y para documentos monásticos específicos.
Fray Martin Erspamer infunde corazón e imaginación al libro "El Cántico de las Criaturas de San Francisco de Asís", ilustrando los textos creados por Luigi Santucci que toma los sermones que Francisco dedicó a las aves, al lobo de Gubbio y a tantas otras criaturas, y permite que su sabiduría nos llegue a través de las voces de esas criaturas, brindándonos un nuevo clásico de la espiritualidad franciscana.
Estas ilustraciones a cuatro colores capturan el espíritu sencillo pero alegre de San Francisco, que ha inspirado a generaciones en la profunda preocupación por la naturaleza, la justicia para los pobres y la paz interior.
Concluye el conocido relato llamado de la multiplicación de los panes (en realidad debería llamarse “el milagro del compartir”) con la aseveración de que recogieron doce cestos de trozos que les habían sobrado después de saciarse. Es la abundancia que brota del compartir no siendo obstáculo la pobreza.
Pero en esta época nuestra, que algunos han calificado como la “era del despilfarro” esas palabras cobran una importancia especial. Despilfarrar alimentos es una iniquidad, algo inaceptable, un pecado de lesa humanidad. ¿Cómo justificar ante los niños de Gaza y sus cazuelas vacías nuestro despilfarro, nuestra inconsciencia al tirar a la basura alimentos buenos? Se mata con bombas y también se mata con descuido.
Hoy también Jesús nos instaría a recoger lo que sobra y, más todavía, a que no sobre nada mientras haya alguien que pasa necesidad. No haríamos nada con leer estos hermosos relatos del evangelio si no sacamos todas las consecuencias que de ellos dimanan. Son las exigencias de una fe madura.
Los conflictos armados, la polarización, el aumento de los discursos de odio pueden llevarnos fácilmente a la tentación de considerarnos superados por el mal y la violencia, pero la esperanza habita en cada ser humano y de forma especial en este año jubilar convocado por el Papa Francisco.
Con el deseo profundo de reavivar ese anhelo que anida en nuestro corazón, Cáritas presenta su campaña de Caridad, que este año lleva por lema “Mientras haya personas, hay esperanza”. Con esta campaña, la red de Cáritas se une a la fiesta del Corpus Christi -que se celebrará el domingo 22 de junio- y lanza una invitación a la sociedad y a todas las personas de buena voluntad a ser embajadores y portadores de esperanza.
Vivienda, empleo y personas migrantes, tres realidades preocupantes
El adelanto del informe FOESSA presentado en diciembre del año pasado -y cuyos datos definitivos serán publicados en el último trimestre de este año- dan cuenta de cómo la exclusión residencial, el empleo precario y la situación administrativa irregular en la que se hayan muchas personas migrantes son algunas de las causas de la cronificación de la pobreza y la exclusión que sufren más de 9,4 millones de personas en nuestro país.
El problema generalizado del acceso a la vivienda en muchos países de Europa y en concreto, en nuestro país, se ha convertido, para las personas más pobres, en un problema de emergencia social al hacerse prácticamente imposible que puedan acceder a una vivienda digna.
Las posibilidades que tienen los jóvenes de acceder a un empleo que dignifique el desarrollo personal y facilite la posibilidad de iniciar proyectos vitales están aún más mermadas entre las personas con menos recursos y más vulnerables.
Las personas migrantes que llegan a nuestro país también se ven expuestas a grandes dificultades. Enfrentan importantes dificultades económicas y sociales que les impiden integrarse en la sociedad. Muchas de las personas y familias al completo que llegan a Cáritas demandando apoyo y ayuda, viven situaciones verdaderamente dramáticas que son difíciles de resolver en el corto y medio plazo.
Todas estas realidades requieren con urgencia nuestro movimiento. Nos invitan a ser presencia real y cotidiana siempre en salida, siempre atentos a las necesidades de nuestro alrededor. El verdadero sentido de nuestra vida se juega en el espacio del nosotros compartido, y como cristianos, en la profesión de nuestra fe y el compromiso en el seguimiento de Jesús. Porque solo saliendo al encuentro de los que sufren es donde la esperanza del nosotros va tomando forma.
“Todas somos personas, y llevamos dentro semillas de fraternidad y solidaridad que brotan en forma de pequeños gestos y acciones cotidianas que contagian esperanza. Solo necesitamos recrearla y encontrar nuevas formas de hacerla tangible. A través de la resiliencia, la creatividad y el trabajo colectivo y solidario, podemos aportar luz en medio de las sombras de la realidad que nos toca vivir en este tiempo”, explica Eva San Martín, responsable de la campaña.
El papa Francisco recuerda en la Bula para convocar el Jubileo de la esperanza que “necesitamos que sobreabunde la esperanza para testimoniar de manera creíble y atrayente la fe y el amor que llevamos en el corazón; para que la fe sea gozosa y la caridad entusiasta; para que cada uno sea capaz de dar aunque sea una sonrisa, un gesto de amistad, una mirada fraterna, una escucha sincera, un servicio gratuito, sabiendo que, en el Espíritu de Jesús, esto puede convertirse en una semilla fecunda de esperanza para quien lo recibe”.
El alto valor de cada persona
En su habitual mensaje con motivo del Día de la Caridad, los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social subrayan que “el Cuerpo de Cristo se nos ofrece como el único alimento capaz de traer paz ante tanta violencia y también se ofrece como alimento y ejemplo de nuestro compromiso activo”.
“Es necesario recordar que quien participa en la Eucaristía ha de empeñarse en construir la paz y denunciar las circunstancias que van contra la dignidad del hombre, por el cual Cristo ha derramado su sangre, afirmando así el valor tan alto de cada persona. Si no tomamos conciencia de esto, nuestras eucaristías se aproximan a la incoherencia”, señalan en la nota.
Por todo ello, recuerdan que “es hora de ser peregrinos de esperanza, para anunciar el amor de Cristo al mundo. El papa León XIV, en su homilía de comienzo del ministerio petrino, nos ha dejado un encargo ineludible: ‘¡Esta es la hora del amor! La caridad de Dios, que nos hace hermanos entre nosotros, es el corazón del Evangelio’”.