domingo, 8 de marzo de 2020

ESFUERZO Y GOZO

Tenemos un grado de satisfacción diferente cuando conseguimos algo con nuestro esfuerzo y trabajo que cuando nos lo dan todo hecho. En el primer caso, lo apreciamos mucho más. En nuestra vida existe como una balanza: en un platillo está el trabajo y el esfuerzo, y, en el otro, la felicidad y la satisfacción.

Si desequilibramos la balanza solo a favor del platillo del trabajo y el esfuerzo, y no ponemos nada en el de la felicidad y la satisfacción, el resultado es una persona insatisfecha, siempre descontenta y quejosa.

Si, por el contrario, todo el peso lo ponemos en conseguir lo que nos satisface en este momento, rehuyendo el esfuerzo necesario para conseguir una meta, viene el vacío que lleva a la insatisfacción y a la infelicidad.

Esos dos platillos de la balanza aparecen en el evangelio. En la Transfiguración, escuchamos a Pedro decir entusiasmado: ¡Qué bien se está aquí! Esta transfiguración se produce después del anuncio de Jesús de su pasión y muerte. Les había dicho a sus discípulos que tomasen la cruz para seguirle pero también que esperasen su vuelta gloriosa.

Este episodio forma parte de la pedagogía de Jesús: mostrar que el sacrificio, el esfuerzo, el trabajo y las renuncias no son por nada sino para llegar a la vida, para poder llegar a decir: ¡Qué bien se está aquí! También el camino difícil de la cruz necesita de la esperanza, de la motivación que anima. Al educar, no solo hay que exigir sino también motivar positivamente.

Ver la vida solo desde el punto de vista del sufrimiento, sin espacio para la alegría, es recorrer el camino difícil sin meta; por tanto, caer en la amargura.

También existe el peligro contrario: Pedro se siente tan bien, gozando de la presencia de Jesús y de su conversación con Moisés y Elías, que quiere quedarse allí en lugar de volver a la lucha de cada día. Es uno de esos momentos que decimos que no tendrían que acabar nunca.

Pero Jesús llama a levantarse y continuar el esfuerzo de cada día sin temor. Se puede arruinar la propia vida, las relaciones conyugales y familiares, el trabajo y muchas cosas si solo se acepta lo que agrada y se rechaza lo que requiere trabajo, camino laborioso. Hay que conjugar el ¡Qué hermoso es estar aquí! con el Levantaos, no temáis.

Iñaki Otano

sábado, 7 de marzo de 2020

APRENDER EL SILENCIO DE LA CRUZ

Así se podría entender la tarea espiritual de esta Cuaresma porque aprender la cruz no es cosa ideológica, sino trabajo de amoroso ahondamiento. El silencio se hace imprescindible para esa contemplación.

La cruz es silencio que grita la injusticia. Porque injustamente fue condenado quien hizo el bien y porque el silencio es el entorno de su muerte, una vez apaciguado el alboroto de la condena. Por lo que la cruz, las cruces, han de sentirse primeramente como injusticia y el rechazo de la cruz como respuesta correcta a quien injustamente ha sido puesto en ella.

La cruz de Jesús es silencio que se entrega sin gloria. Porque nadie agradeció ni alabó a Jesús por su muerte. Eso vino después. No fue una muerte rodeada de gloria sino de exclusión y de injuria (le hacían coplas: a ver si viene Elías…). La ausencia de gloria de los crucificados es su mejor carta de presentación: no querían gloria, querían justicia. Y no la hubo.

La cruz de Jesús es silencio que no reprocha a quien no ama. Es el amor sin esperanzas, sin demanda de recompensa y, por lo tanto, sin reproche (“no saben lo que hacen”: Lc 23,24). No se tomaron las opciones que llevaron al desastre para recibir premio, sino por amor. Y cuando no ha habido respuesta de amor, el amor sigue vivo y no reprocha.

La cruz de Jesús es un fracaso. Porque terminar una relación humana con una muerte violenta es un fracaso. No es un mártir glorioso porque el martirio nunca es glorioso, sino humillante. Jesús llega a morir como un fracasado. Hundirse en ese fracaso para hacer ver que ese camino no es el que los humanos habrían de seguir es su triunfo.

La cruz de Jesús cuestiona los infiernos. Porque ella misma es un infierno y, desde ahí, hace visible la insensatez de todo infierno humano y divino. Por haber sido infierno y haber bebido el cáliz de su contradicción, desautoriza todo infierno, despoja de razón de ser a toda opresión generadora de relaciones infernales.

La cruz de Jesús es bálsamo para las vidas heridas. Porque tales vidas están afectadas en mayor o menor medida de la ponzoña de la cruz. Si Jesús bebió esa ponzoña y, creemos, salió vivo, es que se puede superar el veneno de las heridas humanas con el bálsamo del amor callado.

Cuaresma 2020

viernes, 6 de marzo de 2020

CONSTRUIR UNA ESPIRITUALIDAD DE SILENCIO

Esta espiritualidad, lo sabemos, pasa necesariamente por hacer silencio por fuera y por dentro. La persona necesita el silencio por constitución natural. El silencio externo conlleva el control de las interferencias técnicas y sociológicas. Lo más difícil es el silencio interno. Es el ruido de nuestras pasiones humanas: la sexualidad, la ambición, el orgullo, la vanidad. El silencio interno es el apaciguamiento del mundo íntimo acompañado de la ausencia de ruido externo. Es difícil de lograr, pero es el que más tendríamos que trabajar por una cuestión de salud psíquica, física y espiritual.

Habría que construir espacios de silencio que no tienen por qué ser siempre sagrados. Un rincón del propio cuarto, con una luz y una evocación espiritual (icono, flor, vela, etc.) puede ser lugar apto. Este sencillo espacio externo será una invitación a atender lo interior y un modo indirecto de cuidarlo efectivamente.

Luego habría que silenciar el cuerpo: postura, sentarse, quietud. La mente no puede silenciarse en un cuerpo inquieto. La quietud está en proporción directa con la concentración. Se trata de estar vivo ante quien vive.

Resulta necesaria una mística del desierto, vaciar la mente en la medida en que se medita. Es hacer consciencia de algo porque hemos hecho vacío a su alrededor, lo que nos permite distinguirlo.

Es necesaria también una mística de la escucha. El silencio va en busca de la palabra que abra aún a un silencio mayor. Eso nos permite meditar en busca de la propia identidad, del propio nombre y del papel que hemos de jugar en la vida.

Todo culmina en una mística de amor. Lo que se escucha en el desierto de la práctica meditativa no es un genérico “yo soy”, sino un “yo soy hijo”, “yo soy amado”. En otras palabras, se descubre que se puede confiar.

Cuaresma 2020

jueves, 5 de marzo de 2020

IMPOSICIÓN DE LA CENIZA EN JUFRA

El miércoles de ceniza dimos inicio a la Cuaresma y, por lo tanto, comenzamos el camino que nos permite prepararnos para la Pascua.

Un camino se puede recorrer de muchas maneras. Pero si queremos hacer que merezca la pena, antes de iniciarlo quizá tendríamos que pararnos a pensar si existe algo de lo que deberíamos desprendernos, si hay algo que deberíamos cambiar. Y todo cambio va precedido, generalmente, de un compromiso.

Cuando nos reunimos los grupos de Jufra en Zaragoza, para la celebración de la imposición de la ceniza el domingo pasado en la Parroquia de San Francisco de Asís, fuimos invitados precisamente a esto, a adquirir un compromiso que nos permitiera llegar a la Pascua siendo una versión más auténtica de nosotros; un compromiso que nos llama a quitarnos durante este tiempo las máscaras que utilizamos en nuestro día a día para protegernos o escondernos.

No pudo ser más simbólico. A nuestra llegada, se nos entregó una máscara que teníamos que ponernos para después escribir sobre ella qué nombre le dábamos cada uno: la de la alegría, para los que no quieren que les vean llorar; la de la educación, para los que disfrazan de corrección el miedo de expresar en voz alta su opinión; la del adicto al trabajo, incapaz de pedir ayuda y decir que no; la del “yo no fui”, para los que no quieren asumir las consecuencias de sus actos, etc.

Cuando se nos impuso la ceniza, hicimos esta promesa de quitarnos, a lo largo de estas semanas de transformación, nuestras máscaras. O al menos intentarlo, siendo conscientes de que aunque no se puedan ver, las llevamos puestas. Al final, tenemos que tener presente que, aunque a veces nuestra vida es una mentira que nos inventamos, como bien dice la canción de Dani Martín, que nos acompañó durante la celebración, todo depende de lo que uno decida salvar entre tanto ruido.

Lorena Horna 

PENSAR A DIOS DESDE EL SILENCIO

A la persona religiosa le cuesta entender y vivir la realidad de un Dios en silencio. El Dios de la religión, de la teología, de la piedad habla en palabras y revelaciones que damos por cierto que han sido gestadas en el mismo cielo. ¿Cómo se va a revelar Dios si no habla? Por eso mismo, el revelador es llamado el Verbo, la Palabra. ¿Es Palabra de un Dios que habla o de un Dios que no habla?

Es verdad que ha habido corrientes espirituales que han promovido el silencio de Dios, la espiritualidad “apofática” (que dice “no”). Pero ha sido algo minoritario. Lo normal ha sido que Dios hable, que hable mucho y que muchas veces lo que decimos que Dios habla se parece enormemente a lo que nosotros, por nuestros intereses, queremos que diga.

Habría, para empezar, que renunciar a hablar de Dios con ligereza, atribuyéndole cosas que son nuestras. Habría que pensar que es, tal vez, mejor que Dios no hable para que así se pueda garantizar su verdad, porque si le atribuimos locuciones suyas estamos invadiendo y pretendiendo apropiarnos de su verdad. Estar ante un Dios en silencio no quiere decir que se esté ante un Dios ausente, sino ante ese Otro que, por su peculiaridad, da sentido a la mía.

Hundirse en el silencio de Dios es, quizá, la senda para dar con él. Así lo han entendido los grandes místicos; ese silencio les ha hecho más buscadores y más anhelantes de un Dios de silencio.

Cuaresma 2020