domingo, 11 de abril de 2021

ECOEVANGELIO: VER LAS INJUSTICIAS SOCIOAMBIENTALES

Hace unas semanas fueron presentadas las Orientaciones Pastorales sobre Desplazados climáticos. Importante aporte entregado al mundo por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. El documento aborda la problemática de millones de hermanos nuestros, obligados a abandonar sus tierras inhabitables como consecuencia de la crisis climática. Este no es un tema desconocido por la sociedad; con regularidad los medios de comunicación muestran el constante éxodo de personas damnificadas por desastres naturales. Pero en este, como en otros temas de justicia social, poco nos dejamos afectar por él y mucho menos nos sentimos internamente movidos a la acción. «El efecto que tienen estas historias en nosotros y cómo respondemos, si nos parece algo lejano o las tenemos muy presentes, depende de nosotros». Es cuestión de ‘Ver o no ver’, dice el Papa en el documento. 

El Evangelio de este segundo domingo de Pascua nos pone también delante de lo que vemos o no vemos, para creer o no creer, para dejarnos afectar por la presencia viva del Resucitado o seguir encerrados en nuestros miedos y egoísmos. El argumento es creer viendo, pero no superficialmente, sino ir al fondo de lo que observamos, hasta suscitar en nosotros una confesión o una transformación a partir de las llagas del Resucitado. En el texto centramos nuestra mirada en Tomás, el “discípulo incrédulo”, quien no estaba presente cuando el Señor Resucitado se apareció a los discípulos en el cenáculo. Ellos le contaron que habían visto al Señor (cf. Jn 20, 19-31), pero a Tomás no le fue suficiente el relato de los otros. Su respuesta fue valiente y desafiante, quiso ver las heridas en profundidad y más aun, tocarlas. El Señor le concedió ambas acciones, y en este ver y tocar reconoció al Maestro vivo experimentando su misericordia.

Tanto a la comunidad como a Tomás, el Señor les descubrió sus heridas; con estos signos manifestó su presencia resucitada. En nuestro tiempo, el Señor sigue revelándonos su presencia, tanto al partir el pan de la Eucaristía como en las llagas de sus manos y costado traspasado presente ahora en nuestros hermanos pobres y necesitados. A esto se refiere el Papa Francisco cuando dice a los jóvenes: «Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental recibida en la eucaristía». Entrar en el misterio de las llagas del Resucitado descubiertas en los necesitados, es penetrar en el misterio de su amor misericordioso (cf. Francisco). Misericordia en el doble movimiento, tanto de recibirla como de practicarla, «Quien desee alcanzar misericordia en el cielo, debe practicarla en este mundo» (San Cesáreo de Arles).

En este día, en el que celebramos el Domingo de la Divina Misericordia, el EcoEvangelio nos invita a aprender de la incredulidad del discípulo para ir más allá del solo escuchar, y atrevernos a tocar las heridas de los otros, en este caso, la de los desplazados climáticos. Esto conlleva, entre otras cosas, mirar a fondo la crisis climática y asumir que «el deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de un modo especial a los más débiles del planeta» (LS 48); conlleva también “ecologizar” nuestros pensamientos y acciones, empezando por conocer el problema. El Movimiento Católico Mundial por el clima ofrece una amplia información y formación al respecto. Que a la luz del Resucitado podamos “confesar nuestra fe” y, tocando estas heridas, nos involucremos en la lucha para «resolver las consecuencias dramáticas de la degradación ambiental en las vidas de los más pobres del mundo» (LS 13).

Hna. Gladys de la Cruz HCJC

 

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