lunes, 31 de mayo de 2021

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

En el marco del “Día Mundial de la Biodiversidad” recientemente celebrado el 22 de mayo pasado, y en el contexto de la emergencia sanitaria en el que aún estamos inmersos, la ONU resaltó la urgente necesidad de tomar medidas enérgicas ante la pérdida de biodiversidad en el planeta, sobre todo por la amenaza que supone para la salud humana. «Existen pruebas de que perder nuestra biodiversidad podría aumentar los casos de zoonosis -enfermedades transmitidas de los animales a los humanos- mientras que, por el contrario, si conseguimos mantenerla estable, esta podría ser una gran herramienta en la lucha contra pandemias como aquellas causadas por los coronavirus» (ONU). Resulta relevante que en la diversidad se encuentre el futuro de la vida en el planeta, y también determinante la necesidad de complementariedad y no la invidualidad lo que posibilita la existencia. Dios es el origen de la vida y ha querido manifestarla de diversas formas y en una trama de relaciones (cf. LS 240). Dios se expresa así, en relación y encuentro entre personas distintas (Trinidad).

El misterio de la Santísima Trinidad es el que muestra el Evangelista Mateo en este domingo (Mt 28, 16-20). La comunidad mateana recogió en estos versículos el sello indeleble del ser cristiano: el bautismo en el nombre de la Trinidad. “Id, pues, y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). De ahí que, en razón de nuestro Bautismo, somos llamados a profesar nuestra fe en la Santísima Trinidad (cf. CEC 189). Por tanto, el misterio de la vida que se desarrolla solo y a través de la diversidad no ha de resultar extraño para los creyentes que creemos en un Dios Trinidad; contrariamente hemos de constatar que toda la realidad contiene en su seno una marca propiamente trinitaria (cf. LS 239). Las Personas divinas -Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo- son realmente distintas entre sí. “Dios es único pero no solitario” (cf. CEC 254). Confesar el valor de la comunión en la diversidad es inherente al cristianismo y por tanto al modo de vivir nuestro compromiso creyente en el mundo. Hace dos siglos I. Kant escribía: «Desde el punto de vista práctico, la doctrina de la Trinidad es perfectamente inútil». El planteamiento del filósofo prusiano estaba lejos de la realidad porque «la fe en la Trinidad cambia no sólo nuestra manera de mirar a Dios sino también nuestra manera de entender la vida» (A. Pagola).

Cuando el cristianismo habla de la Trinidad, declara que Dios no es una idea abstracta, por el contrario, esclarece y concretiza la acción divina en el proceso relacional que hace posible la vida. Este cosmos tiene fecundidad, amor y vida porque existe un fundamento originario, el Dios de la vida; un Dios que es movimiento de fecundidad y amor que desde el Padre culmina por el Hijo en el Espíritu (cf. X. Picaza). Esto nos desafía a fomentar la colaboración, la solidaridad, y la fraternidad cósmica y planetaria. Estamos transitando hacia la «Civilización Ecológica», tema de la próxima COP 15. En esta conferencia se espera que los acuerdos que se tomen en relación a la biodiversidad contribuyan a “la nutrición, la seguridad alimentaria y los medios de vida de las personas, especialmente de las más vulnerables” (ONU). Que la fiesta de la Trinidad nos anime a interesarnos, informarnos, orar y comprometernos en estas búsquedas globales. «Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad» (LS 240).

Hna. Gladys de la Cruz Castañón HCJC 

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